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 El testamento

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ANA

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Localización : MEXICO

MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:20 am

—¿De cuánto tiempo dispongo?
—Nosotros, los demás abogados y yo, quisiéramos verlo en video dentro de unos días. Oiremos su relato,
lo acribillaremos a preguntas y después contemplaremos su actuación. Estoy seguro de que querremos cambiar
algunas cosas. Lo adiestraremos y es posible que grabemos más videos. Cuando ya no haya resquicios, estará
usted preparado para la declaración.
Snead se retiró a toda prisa. Quería depositar el dinero en el banco y comprarse un automóvil nuevo.
Nicolette también necesitaba uno.
Un enfermero del turno de noche que estaba haciendo la ronda observó la bolsa vacía. Las instrucciones
escritas a mano en la parte posterior decían que el gota a gota no debía interrumpirse. La llevó a la farmacia del
hospital, donde una estudiante de enfermería que trabajaba a tiempo parcial volvió a mezclar las sustancias
químicas y le devolvió la bolsa al enfermero. Por el hospital circulaban rumores acerca del rico paciente
norteamericano.
En su sueño, Nate se fortaleció con medicamentos que no necesitaba. Cuando Jevy acudió a verlo antes
del desayuno, lo encontró medio despierto y con los ojos aún cubiertos con la gasa, pues prefería la oscuridad.
—Está aquí Welly —le dijo Jevy en un susurro.
La enfermera que estaba de guardia ayudó a Jevy a sacar la cama de la habitación y a empujarla por el
pasillo hasta un pequeño y soleado patio. Luego hizo girar una manivela y la mitad de la cama se inclinó.
Después retiró la gasa y el esparadrapo sin que el paciente pegara un respingo. Nate abrió lentamente los ojos y
trató de enfocar los objetos. A pocos centímetros de su rostro, Jevy señaló:
—Le ha bajado la hinchazón.
—Hola, Nate —dijo Welly, inclinado sobre él al otro lado de la cama.
La enfermera se retiró.
—Hola, Welly —repuso Nate con voz profunda, lenta y pastosa. Estaba aturdido, pero se sentía feliz.
Jevy le dio unas palmaditas en la frente y le anunció:
—La fiebre también ha desaparecido.
Los brasileños se miraron el uno al otro con una sonrisa y soltaron un suspiro de alivio por el hecho de no
haber matado al norteamericano durante su excursión por el Pantanal.
—¿Qué te ocurrió? —le preguntó Nate a Welly, procurando hablar con frases cortas por temor a sonar
como un borracho.
Jevy tradujo la pregunta al portugués. Welly se animó de inmediato y empezó a contar con lujo de
detalles la historia de la tormenta y el hundimiento del Santa Loura.
Jevy lo obligaba a detenerse cada treinta segundos para traducir. Nate escuchó procurando mantener los
ojos abiertos, pero todavía le costaba fijar la atención en algo.
Valdir los encontró en el patio. Saludó cordialmente a Nate y se alegró de ver a su huésped incorporado
en la cama y con mejor aspecto. Sacó un teléfono móvil y, mientras marcaba los numeros, le dijo:
—Tienes que hablar con el señor Stafford. Está muy preocupado por ti.
—No sé si...
Las palabras de Nate se perdieron mientras éste se dejaba vencer por el sueño.
—Toma, incorpórate un poco más, es el señor Stafford —anunció Valdir, pasándole el teléfono y
ahuecando su almohada.
—Hola —dijo Nate.
—¡Nate! —contestó una voz—. ¡Eres tú!
—Josh.
—Nate, prométeme que no te vas a morir. Prométemelo, por el teléfono por favor.
—No estoy muy seguro.
Valdir acercó cuidadosamente el teléfono y le ayudó a sujetarlo. Jevy y Welly se apartaron.
—Nate, ¿encontraste a Rachel Lane? —preguntó Josh a gritos.
Nate se reanimó un instante y frunció el entrecejo, tratando de concentrarse.
—No —respondió.
—¡Cómo!
—No se llama Rachel Lane.
—Pero ¿qué demonios estás diciendo?
Nate trató de pensar durante un segundo, pero el cansancio se apoderó de él. Se hundió un poco en la
almohada mientras seguía intentando recordar el nombre. Quizás ella no le hubiera dicho su apellido.
—No lo sé —musitó sin apenas mover los labios. Valdir le acercó un poco más el teléfono.
—¡Nate, háblame! ¿Encontraste a la mujer que buscamos?
—Ah..., sí. Aquí abajo todo bien, Josh. Tranquilízate.
—¿Qué hay de la mujer?
—Es encantadora.
Josh vaciló por un instante, pero no podía perder el tiempo.
—Me parece muy bien, Nate. ¿Firmó los papeles?
—No recuerdo su nombre.
—¿Firmó los papeles?
Se produjo una larga pausa, en cuyo transcurso Nate inclinó la barbilla sobre el pecho como si estuviera
durmiendo. Valdir le sacudió el brazo y trató de moverle la cabeza con el teléfono.
—La verdad es que me gustó —dijo repentinamente Nate—. Muchísimo.
—Estás medio atontado, analgésicos, ¿no es cierto?
—Sí.
—Mira, Nate, llámame cuando tengas la mente más despejada, ¿de acuerdo?
—Yo no tengo teléfono.
—Pues utiliza el de Valdir. Por favor, llámame, Nate.
Nate asintió con la cabeza y cerró los ojos.
—Le pedí que se casara conmigo —le dijo al teléfono antes de inclinar la barbilla sobre el pecho por
última vez.
Valdir tomó el teléfono y se retiró a un rincón, donde trató de describirle a Josh el estado de Nate.
—¿Hace falta mi presencia allí? —gritó Josh Stafford por tercera o cuarta vez.
—No es necesario. Tenga paciencia, por favor.
—Estoy harto de que me diga que tenga paciencia.
—Lo comprendo.
—Haga que se reponga, Valdir.
—Está bien.
—No lo está. Llámeme más tarde.
Tip Durban encontró a Josh de pie junto a la ventana de su despacho, contemplando el grupo de edificios
que estaban enfrente de él. Cerró la puerta, se sentó y preguntó;
—¿Qué ha dicho?
—Ha dicho que la ha encontrado, que es encantadora y que le ha pedido que se case con él —contestó
Josh sin apartar los ojos de la ventana. En su voz no se advertía el menor atisbo de humor.
A Tip, sin embargo, le hizo gracia. En cuestión de mujeres, Nate no era muy selectivo, sobre todo entre
divorcio y divorcio.
—¿Cómo está?
—No le duele nada, lo atiborran de analgésicos y está semi-inconsciente. Valdir dice que le ha bajado la
fiebre y que su aspecto ha mejorado mucho.
—0 sea, que no va a morir.
—Parece ser que no.
Durban se echó a reír.
—Hay que ver cómo es que no le gustaran.
Josh volvió la cabeza.
—Es genial dijo con expresión risueña—. Nate está arruinado. Ella sólo tiene cuarenta y dos años y debe
de llevar siglos sin ver a un blanco.
—A Nate no le importaría que fuera la mujer más fea del mundo, siendo, como es, la más rica.
—Ahora que lo pienso, no me sorprende. Creí que le hacía un favor enviándolo a una aventura. Jamás se
me ocurrió pensar en la posibilidad de que intentara seducir a una misionera.
—¿Crees que lo consiguió?
—Quién sabe lo que hicieron en la selva.
—Yo lo dudo mucho —añadió Tip, pensándolo mejor—. Conocemos a Nate, pero no a ella. Para eso
hacen falta dos.
Josh se sentó en el borde de su escritorio, mirando al suelo, todavía con una risueña sonrisa en los labios.
—Tienes razón. No estoy seguro de que a ella le gustara Nate. Hay muchos desaprensivos por ahí.
—¿Firmó ella los papeles?
—No hemos entrado en tantos detalles, pero estoy seguro de que sí, pues de otro modo él no la habría
dejado.
—¿Cuándo vuelve a casa?
—En cuanto pueda viajar.
—No estés tan seguro. Por once mil millones de dólares, hasta yo me quedaría algún tiempo por allí.
Nate. Jamás ha encontrado unas faldas.
El médico encontró a su paciente roncando a la sombra en el patio, todavía incorporado en la cama y con
la boca abierta, sin el apósito de gasa sobre los ojos y con la cabeza inclinada hacia un lado. Su amigo el del río
estaba haciendo la siesta en el suelo, muy cerca de él. El médico echó un vistazo a la bolsa del gota a gota e
interrumpió el goteo. Tocó la frente de Nate y comprobó que no tenía fiebre.
—Senhor O'Riley —dijo, levantando la voz mientras daba unas palmadas al hombro del paciente.
Jevy se levantó de un salto. El médico no hablaba inglés. Quería que Nate regresara a la habitación, pero
cuando Jevy lo tradujo Nate no lo aceptó de buen grado y le suplicó a Jevy que no lo llevaran dentro, deseo que
éste transmitió de inmediato al médico. El joven había visto a los demás pacientes, las llagas, los ataques y a los
moribundos que había en el pasillo, por lo que le prometió al médico que se quedaría allí, en el patio, con el
norteamericano, hasta que oscureciera. El médico cedió porque, en realidad, le daba igual. Al otro lado del patio
había una pequeña sala con unos gruesos barrotes negros que se hundían en el cemento. De vez en cuando, los
pacientes se acercaban a los barrotes para contemplar el patio. No podían escapar de allí. A última hora de la
mañana uno de ellos se puso a gritar, protestando por la presencia de Nate y Jevy en el patio. Su piel morena
estaba cubierta de manchas, tenía el cabello rojo y ralo y aparentaba estar tan loco como efectivamente lo estaba.
Se agarró a los barrotes, introdujo el rostro entre ellos y se puso a gritar. Su estridente voz resonó por el patio y
los pasillos.
—¿Qué dice? —preguntó Nate.
El comportamiento de aquel chalado lo había sobresaltado y había contribuido a despejarle la mente.
—No entiendo ni una palabra —respondió Jevy—. Está loco.
—¿Y me tienen en el mismo hospital que a los locos?
—Sí. Lo lamento. Es una ciudad pequeña.
Los gritos se intensificaron. Apareció una enfermera en el patio y le ordenó al hombre que se callara. Él
contestó empleando un lenguaje que indujo a la mujer a huir despavorida. Después, el loco volvió a centrar su
atención en Nate y en Jevy. Se agarró con tal fuerza a los barrotes que los nudillos se le quedaron blancos, y
empezó a brincar sin dejar de dar voces.
—Pobre hombre —dijo Nate.
Los aullidos se transformaron en lamentos y, tras varios minutos de incesante alboroto, un enfermero se
acercó al loco por la espalda y trató de apartarlo de allí. El hombre no quería irse y empezó a forcejear. En
presencia de testigos, el enfermero se mostraba firme, pero prudente. Sin embargo, no había manera de que el
loco soltase los barrotes. Los lamentos se transformaron en chillidos mientras el enfermero tiraba de él por
detrás.
Al final, el enfermero se dio por vencido y se marchó. El loco se bajó los pantalones y empezó a orinar
entre los barrotes, soltando sonoras carcajadas mientras apuntaba más o menos hacia Nate y Jevy; por suerte,
éstos estaban fuera de su alcance. Aprovechando que el hombre había apartado momentáneamente las manos de
los barrotes, el enfermero lo atacó por detrás con una llave y consiguió apartarlo. En cuanto el hombre
desapareció de la vista de los testigos, sus gritos cesaron como por arte de ensalmo.
Cuando terminó aquel drama volvió nuevamente la calma, Nate dijo:
—Jevy, sácame de aquí.
—¿Qué es lo que pretende?
—Que me saques de aquí. Me encuentro bien. La fiebre ha desaparecido y estoy recuperando las fuerzas.
Vámonos.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:21 am

—No podemos irnos hasta que el médico le dé el alta. Y, además, lleva eso puesto. Jevy señaló el gota a
gota.
—Eso no es nada —repuso Nate, sacándose rápidamente la aguja del brazo—. Búscame ropa, Jevy. Me
voy.
—Usted no sabe lo que es el dengue. Mi padre lo tuvo.
—Ya estoy curado. Lo noto.
—No, no lo está. La fiebre volverá y será peor. Mucho peor.
—No lo creo. Llévame a un hotel, Jevy, por favor. Allí estaré bien. Te pagaré para que te quedes
conmigo. Si me vuelve la fiebre, podrás darme las pastillas. Por favor.
Jevy se encontraba a los pies de la cama. Miró alrededor, temiendo que alguien comprendiese el inglés.
—No lo sé —dijo, titubeando. No era mala idea.
—Te pagaré doscientos dólares para que me compres ropa y me lleves a un hotel, y otros cincuenta
dólares al día para que me cuides hasta que me recupere.
—No es por el dinero, Nate. Soy su amigo.
—Yo también soy tu amigo, Jevy, y los amigos se ayudan mutuamente. No puedo regresar a aquella
habitación. Ya has visto a esos pobres enfermos. Se están pudriendo, muriendo y meándose encima. Huele a
excrementos humanos. A las enfermeras les importa un rábano, y los médicos no te examinan. El manicomio
está justo al lado. Por favor, Jevy, sácame de aquí. Te pagaré una buena cantidad de dinero.
—Su dinero se hundió con el Santa Loura.
Nate se quedó de piedra al oír aquellas palabras. Ni siquiera se le había ocurrido pensar en el Santa Loura
y en sus efectos personales: su ropa, el dinero, el pasaporte y la cartera con todos los artilugios y documentos
que Josh había metido en ella. Desde que se separara de Rachel, Nate había tenido algunos momentos de
lucidez, sólo unos pequeños intervalos de claridad, en cuyo transcurso había pensado en la vida y la muerte, pero
jamás en cosas tangibles o propiedades.
—Puedo conseguir todo el dinero que haga falta, Jevy. Lo pediré por telegrama a Estados Unidos.
Ayúdame, por favor.
Jevy sabía que el dengue raras veces era mortal. El acceso que Nate había sufrido daba la impresión de
estar bajo control, aunque la fiebre volvería a subirle con toda seguridad. Nadie podía reprocharle que quisiera
huir del hospital.
—De acuerdo —dijo, mirando nuevamente alrededor. No había nadie en las inmediaciones—. Vuelvo en
unos minutos.
Nate cerró los ojos y recordó que no tenía pasaporte, ni dinero en efectivo. Ni ropa, ni cepillo de dientes.
Ni teléfono, tanto satélite como móvil, ni tarjetas telefónicas. Y en su hogar la situación no era mucho mejor. De
las ruinas de su bancarrota personal, podía abrigar la esperanza de conservar el automóvil de alquiler, su ropa, su
modesto mobiliario y el dinero de su plan de pensiones. Nada más. El contrato de alquiler de su pequeña
vivienda de Georgetown había terminado durante su estancia en el centro de desintoxicación. No tenía ningún
sitio a donde ir cuando regresara. Ni familia propiamente dicha. Sus dos hijos mayores se habían distanciado de
él y no sentían el menor interés por verlo, y a los dos pequeños de su segundo matrimonio se los había llevado la
madre. Hacía seis meses que no los veía y apenas había pensado en ellos en Navidad.
Al cumplir cuarenta años había ganado un pleito contra un médico, a quien se le pedía una indemnización
de diez millones de dólares por no haber diagnosticado un cáncer. Fue el veredicto más importante de su carrera.
Cuando al cabo de dos años terminaron las apelaciones, su bufete percibió unos honorarios superiores a los
cuatro millones de dólares. Su bonificación de aquel año ascendió a un millón y medio de dólares. Fue rico
durante unos meses, hasta que se compró la nueva casa. Hubo pieles y brillantes, automóviles y viajes y algunas
inversiones dudosas. Después empezó a salir con una universitaria adicta a la cocaína y el muro se resquebrajó.
La caída fue muy dura, y se pasó dos meses encerrado. Su segunda mujer se marchó con el dinero, y, aunque
posteriormente regresó y se reconcilió brevemente con él, del dinero nunca más se supo.
Había sido millonario y ahora ya se imaginaba la pinta que debía de tener en aquel patio: enfermo, solo,
arruinado, condenado por fraude fiscal, temiendo regresar a casa y aterrorizado ante la idea de enfrentarse con
las múltiples tentaciones que lo esperaban en su país.
La búsqueda de Rachel había sido emocionante y le había hecho olvidar sus inquietudes. Ahora que todo
había terminado y él se encontraba de nuevo tendido boca arriba, pensó en Sergio, en la desintoxicación, en las
adicciones y en los problemas que lo aguardaban.
No podía pasarse el resto de su vida subiendo y bajando en chalana por el Paraguay con Jevy y Welly,
lejos de la bebida, las drogas y las mujeres y sin preocuparse por sus problemas legales. Tenía que regresar.
Tenía que enfrentarse una vez más con las consecuencias de sus actos.
Un penetrante alarido lo sacó bruscamente de sus ensoñaciones. El chalado pelirrojo había vuelto.
Jevy empujó la cama de ruedas por una galería y después por un pasillo para dirigirse a la parte delantera
del hospital. Se detuvo junto a un cuarto de los porteros y ayudó a su amigo a levantarse. Nate temblaba y estaba
muy débil, pero aun así tenía el firme propósito de escapar. En el interior del cuarto, se quitó la camisa de
hospital y se puso unos holgados pantalones de jugador de fútbol, una camiseta roja, las consabidas sandalias de
goma, una gorra de tela vaquera y unas gafas ahumadas de plástico. Tenía toda la pinta, pero no se sentía
brasileño en absoluto. Jevy había gastado muy poco dinero en la ropa. Cuando se estaba encasquetando la gorra,
se desmayó.
Jevy oyó el golpe contra la puerta. La abrió de inmediato y lo encontró tumbado en el suelo entre unos
cubos y unas fregonas. Lo sujetó por debajo de las axilas y lo arrastró de nuevo hasta la cama, consiguió
colocarlo en ella y lo cubrió con la sábana.
Nate abrió los ojos y preguntó: —¿Qué ha pasado?
—Se ha desmayado —contestó Jevy.
La cama se estaba moviendo y Jevy se encontraba a su espalda. Se cruzaron con dos enfermeras que no
parecieron reparar en ellos.
—No es una buena idea —opinó Jevy.
—Tú sigue adelante.
Se detuvieron muy cerca del vestíbulo. Nate se levantó muy despacio, volvió a sentirse débil y dio unos
pasos. Jevy le rodeó los hombros con su fuerte brazo y evitó que perdiera el equilibrio, agarrándolo por el
bíceps.
—Tómeselo con calma —repetía—. Despacito.
Ni los empleados administrativos que había por allí, ni los enfermos que intentaban ser admitidos, ni los
camilleros y enfermeras que fumaban en los escalones de la entrada, les dirigieron una sola mirada de extrañeza.
El sol azotó con fuerza el rostro de Nate, que se apoyó en Jevy. Cruzaron la calle hasta el lugar donde éste había
dejado aparcada su mastodóntica camioneta Ford.
Al llegar al primer cruce evitaron la muerte por un pelo.
—¿Quieres conducir más despacio si no te importa? —dijo Nate en tono áspero.
Estaba sudando y le gruñía el estómago.
—Perdón —se disculpó Jevy, aminorando considerablemente la marcha.
Echando mano de todo su encanto personal y de la promesa de una futura recompensa, Jevy consiguió
que la recepcionista del hotel Palace les alquilara una habitación doble.
—Mi amigo está enfermo —le explicó en voz baja, señalando con la cabeza a Nate, cuyo aspecto era
ciertamente el de una persona enferma.
Jevy no llevaba equipaje, y no quería que la mujer pensara mal.
Una vez en la habitación, Jevy se dejó caer en la cama. La fuga lo había dejado agotado. Jevy encontró en
la televisión la repetición de un partido de fútbol, pero a los cinco minutos se cansó y se fue para reanudar su
galanteo con la chica de abajo.
Nate intentó un par de veces ponerse en contacto con una telefonista internacional. Recordaba vagamente
haber oído la voz de Josh por teléfono y sospechaba que tenía que volver a llamarlo. Al segundo intento, le
soltaron una parrafada en portugués. Cuando la telefonista intentó hablar en inglés, a Nate le pareció oír las
palabras «tarjeta telefónica». Colgó y se fue a dormir.
El médico llamó a Valdir. Valdir encontró la camioneta de Jevy aparcada en la calle delante del hotel
Palace y al muchacho tmando una cerveza en la piscina. Se agachó junto al borde de ésta y, sin poder ocultar su
irritación, preguntó:
—¿Dónde está el señor O'Riley?
—Arriba, en su habitación —contestó Jevy tras beber otro sorbo de cerveza.
—¿Y por qué está aquí?
—Porque quería irse del hospital. ¿Se lo reprocha?
La única intervención quirúrgica que Valdir había sufrido en su vida se la habían practicado cuatro años
atrás en Campo Grande. Ninguna persona que tuviera dinero hubiese querido permanecer voluntariamente en el
hospital de Corumbá.
—¿Cómo está?
—Yo creo que bien.
—Quédate con él.
—Ya no trabajo para usted, señor Valdin
—Lo sé, pero no olvides lo del barco.
—No puedo sacarlo a flote. No fui yo quien lo hundió, sino una tormenta. ¿Qué quiere que haga?
—Quiero que atiendas al señor O'Riley.
—Necesita dinero. ¿Podría pedírselo usted por telegrama?
—Supongo que sí.
—Y también necesita un pasaporte. Lo ha perdido todo.
—Tú cuida de él. Yo me encargaré de lo demás.
La fiebre volvió a subir durante la noche, calentándole el rostro mientras dormía al tiempo que se
consolidaba el impulso que no tardaría en provocar un estrago. Su tarjeta de visita fue una hilera de minúsculas
gotitas de sudor perfectamente alineadas por encima de las cejas y, a continuación, la creciente humedad del
cabello en contacto con la almohada. Hirvió a fuego lento mientras él dormía, preparándose para estallar. Los
temblores y las pequeñas oleadas de escalofríos recorrían todo su cuerpo, pero él estaba tan cansado y su cuerpo
conservaba todavía tantos restos de sustancias químicas que siguió durmiendo sin darse cuenta. No obstante, la
presión que estaba acumulándose por detrás de sus ojos era tan fuerte que, cuando los abriera, no tendría más
remedio que gritar. La fiebre le secó la boca por completo.
Al final, Nate soltó un gruñido. Sintió el terrible martilleo de una taladradora entre las sienes. Cuando
abrió los ojos, la muerte lo esperaba. Estaba sumergido en un charco de sudor, le ardía el rostro y tenía las
rodillas y los codos doblados a causa del dolor. Jevy —musitó en un susurro—. ¡Jevy!
Jevy encendió la lámpara que estaba sobre la mesilla de noche que los separaba y Nate soltó un gruñido
todavía más fuerte.
—¡Apaga eso! —exclamó.
Jevy corrió al cuarto de baño para tener una fuente de luz menos directa. A fin de superar la prueba, había
comprado agua embotellada, hielo, aspirinas, medicamentos de venta sin receta y un termómetro. Creía estar
preparado.
Transcurrió una hora que a Jevy se le hizo eterna. La fiebre subió a cuarenta y las oleadas de escalofríos
eran tan violentas que la pequeña cama vibraba y hacía estremecer el suelo. Cuando Nate no temblaba, Jevy le
introducía pastillas en la boca, lo obligaba a beber agua para que se las tragase y le humedecía el rostro con
toallas mojadas. Nate lo soportaba todo en silencio y se limitaba a apretar los dientes valerosamente para no
gritar. Estaba decidido a resistir las fiebres en medio del relativo lujo de aquella pequeña habitación de hotel.
Cada vez que sentía el impulso de gritar, recordaba las grietas del techo y los malos olores del anticuado
hospital.
A las cuatro de la madrugada la fiebre subió a cuarenta y uno y Nate empezó a perder el conocimiento. Se
sujetaba fuertemente las pantorrillas con los brazos, hecho un ovillo. De pronto, experimentaba un escalofrío
que lo obligaba a estirarse mientras unos fuertes temblores le sacudían el cuerpo.
Cuando la temperatura alcanzó los cuarenta y un grados y medio, Jevy comprendió que, en determinado
momento, su amigo entraría en estado de shock. Al final, tuvo miedo, no por la fiebre, sino al observar el sudor
que goteaba desde las sábanas al suelo. Su amigo ya había sufrido suficiente. En el hospital tenían medicamentos
más eficaces. Encontró a un portero dormido en el tercer piso y juntos arrastraron a Nate hacia el ascensor,
cruzaron el desierto vestíbulo y lo llevaron hasta la camioneta. A las seis de la mañana Jevy llamó a Valdir y lo
despertó.
En cuanto terminó de soltarle maldiciones, Valdir accedió a llamar al médico.
Se comunicó a Estados Unidos más tarde desde el pasillo del hospital a través de su teléfono móvil—. El
señor O'Riley se repondrá.
—No deje que se muera, Valdir —suplicó Josh con voz ronca a causa de la emoción.
Iban a enviar dinero. El consulado en Sáo Paulo estaba resolviendo la cuestión del pasaporte.
Sin levantarse de la cama, el médico indicó el tratamiento. Debían llenar la bolsa del gota a gota con
muchos medicamentos, insertar la aguja en el brazo del paciente y procurar encontrar una habitación mejor.
Como todas las habitaciones estaban llenas, se limitaron a dejarlo en el pasillo de la sala de los hombres, cerca
de un desordenado escritorio que hacía las veces de despacho de las enfermeras. Allí por lo menos no se
olvidarían de él. Jevy fue invitado a marcharse. Todo cuanto podía hacer era esperar.
En determinado momento de la mañana, durante una pausa en sus actividades, apareció un enfermero con
unas tijeras. Cortó los pantalones cortos y la camiseta roja del paciente y los sustituyó por otra bata amarilla de
hospital. En el transcurso de dicha operación, Nate se pasó cinco minutos desnudo en la cama a la vista de todas
las personas que pasaban. Nadie le prestó atención y a Nate le dio enteramente igual. Le cambiaron las sábanas

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:23 am

empapadas de sudor. Los restos de los pantalones y la camiseta fueron arrojados al cubo de la basura y Nate
O'Riley se quedó una vez más sin ropa que ponerse.
Cuando se estremecía o gemía demasiado, el médico o la enfermera más próximo abría ligeramente la
válvula del gota a gota, y cuando roncaba demasiado, la cerraba un poco.
Una defunción por cáncer dejó un espacio vacante, y condujeron a Nate a la habitación más cercana,
donde lo dejaron instalado entre un obrero que acababa de sufrir la amputación de un pie y un hombre que se
estaba muriendo por fallo renal. El médico lo visitó un par de veces a lo largo del día. La fiebre osciló entre los
cuarenta y un grado y los cuarenta y dos. Valdir pasó por allí a última hora de la tarde para charlar un rato, pero
Nate no estaba despierto. A continuación informó acerca de los acontecimientos del día al señor Stafford, que no
se mostró muy contento.
—El médico dice que es normal —le explicó Valdir.
La bolsa del gota a gota se vació una vez más y nadie se apercibió de ello. Transcurrieron varias horas
mientras el efecto de los medicamentos desaparecía gradualmente. En mitad de la noche, cuando la oscuridad era
total y no había el menor movimiento en ninguna de las tres camas restantes, Nate se sacudió finalmente las
telarañas del coma y empezó a dar señales de vida. Apenas podía ver a sus compañeros de habitación. La puerta
estaba abierta y se distinguía un poco de luz procedente del fondo del pasillo. Ni voces ni pisadas.
Se tocó la bata, empapada de sudor, y advirtió que debajo de ésta volvía a estar desnudo. Se frotó los ojos
hinchados y trató de estirar las anquilosadas piernas. Le ardía la frente. Estaba sediento y no lograba recordar
cuándo había comido por última vez. Procuró no moverse para no despertar a las personas que lo rodeaban.
Tenía la certeza de que no tardaría en pasar alguna enfermera.
Las sábanas estaban mojadas, por lo que, cuando volvieron los escalofríos, no hubo manera de entrar
nuevamente en calor. Se estremeció y se frotó los brazos y las piernas mientras le castañeteaban los dientes.
Cuando cesaron los temblores, trató de dormir y consiguió dar algunas cabezadas a lo largo de la noche, pero, en
medio de la más profunda negrura, volvió a subirle la fiebre. Las sienes le palpitaban con tal fuerza que rompió a
llorar. Se envolvió la cabeza con la almohada y apretó con las pocas fuerzas que le quedaban.
En la oscuridad de la habitación, entró una silueta que se fue desplazando de cama en cama hasta llegar a
la de Nate. Lo vio estremecerse y luchar bajo las sábanas, oyó sus gemidos amortiguados por la almohada. Le
tocó suavemente el brazo y susurró:
—Nate.
En circunstancias normales, Nate habría experimentado un sobresalto, pero las alucinaciones se habían
convertido en un síntoma habitual. Se cubrió el pecho con la almohada y trató de enfocarla figura.
—Soy Rachel —murmuró ésta.
—¿Rachel? —dijo él. Trató de incorporarse y de abrirse los párpados con los dedos—. ¿Rachel?
—Estoy aquí, Nate. Dios me envía para protegerlo.
Él tendió la mano para tocarle el rostro, y ella la tomó en la suya y le besó la palma.
—No va a morir, Nate —le aseguró—. Dios tiene muchos planes para usted.
Nate no pudo articular palabra. Poco a poco sus ojos se adaptaron a la semipenumbra y consiguió verla.
—Es usted —dijo.
¿0 acaso era otro sueño?
Volvió a reclinar la cabeza en la almohada y se tranquilizó mientras sentía que se le relajaban los
músculos y las articulaciones recuperaban la flexibilidad. Cerró los ojos sin soltarle la mano. De pronto,
desapareció el martilleo en sus ojos. El ardor abandonó su frente y su rostro. La fiebre lo había dejado sin
fuerzas, por lo que volvió a sumirse en un sueño profundo, que esta vez no estaba inducido por las sustancias
químicas sino por el puro agotamiento.
Soñó con los ángeles, unas jóvenes doncellas vestidas de blanco que flotaban sobre las nubes por encima
de su cabeza como si lo protegieran, entonando unos himnos que él jamás había oído, pero que en cierto modo le
sonaban conocidos.
Acompañado por Jevy y Valdir, abandonó el hospital al mediodía del día siguiente, pertrechado con las
instrucciones del médico. No tenía ni rastro de fiebre, la erupción cutánea había desaparecido y sólo le dolían un
poco los músculos y las articulaciones. Había insistido en irse y el médico había dado gustosamente su
aprobación, pues estaba deseando librarse de él. La primera parada fue un restaurante, donde dio cuenta de un
gran cuenco de arroz y un plato de patatas hervidas, evitando los bistecs y las chuletas. Jevy, en cambio, se lo
comió todo. Ambos todavía estaban hambrientos después de su aventura. Valdir los observó comer, mientras
tomaba café y fumaba.
Nadie había visto entrar y salir a Rachel del hospital. Nate le había hablado a Jevy en secreto de la visita
que ella le había hecho la noche anterior, y éste había hecho averiguaciones entre las enfermeras y las mujeres de la limpieza. Después del almuerzo, Jevy los dejó y se fue a dar una vuelta a pie por el centro de la ciudad, en
un intento de localizarla. Se dirigió hacia el río y habló con los marineros del último barco de transporte de
ganado que había llegado. Rachel no había viajado con ellos. Los pescadores tampoco la habían visto. Nadie
parecía saber nada acerca de una mujer blanca procedente del Pantanal.
Una vez solo en el despacho de Valdir, Nate telefoneó al bufete Stafford, aunque le costó recordar el
número.
—¿Cómo estás, Nate? —preguntó Josh, que había tenido que ausentarse de una reunión—. ¿Cómo estás?
—Ya no tengo fiebre —respondió Nate, balanceándose en el sillón de Valdir—. Estoy bien. Un poco
dolorido y cansado, pero bien.
—Por tu manera de hablar, parece que estás estupendamente. Quiero que vuelvas a casa.
—Dame un par de días.
—Te envío un jet, Nate. Saldrá esta noche.
—No, Josh, no lo hagas. No es una buena idea. Iré cuando yo quiera.
—De acuerdo. Háblame de la mujer, Nate.
—La hemos encontrado. Es la hija ilegítima de Troy Phelan y el dinero no le interesa.
—Entonces, ¿cómo la convenciste de que lo aceptara?
Josh, a esta mujer no se la puede convencer. Lo intenté, no conseguí nada y me di por vencido.
—Vamos, Nate; nadie rechaza semejante suma de dinero. Estoy seguro de que la habrás hecho
recapacitar.
—Ni soñarlo, Josh. Es la persona más feliz que jamás he conocido y está absolutamente empeñada en
pasar el resto de su vida trabajando entre su gente. Es el lugar donde Dios quiere que esté.
—Pero ¿ha firmado los papeles?
—No. Se produjo una larguísima pausa mientras Josh asimilaba la respuesta.
—Debes de estar bromeando dijo al fin en voz muy baja.
—No. Lo siento, jefe. Hice todo lo que pude para convencerla de que, por lo menos, firmara los papeles,
pero no hubo manera. Jamás los firmará.
—¿Leyó el testamento?
—Sí.
—¿Y le dijiste que eran once mil millones de dólares?
—Sí. Vive sola en una choza, sin agua corriente ni electricidad, viste y come de forma sencilla, no
dispone de teléfonos ni de fax y no le interesa aquello que no tiene. Vive en la Edad de Piedra, Josh, justo donde
ella quiere estar, y eso no hay dinero que lo cambie.
—Es incomprensible.
—Yo también lo pensé y eso que vi cómo vivía.
—¿Es inteligente?
—Es médico, Josh, tiene un doctorado, y habla cinco idiomas.
—¿Es médico?
—Sí, pero no hablamos de pleitos sobre negligencias médicas.
—Dijiste que era encantadora.
—¿Eso dije?
—Sí, hace dos días, por teléfono. Creo que entonces estabas un poco atontado.
—Puede que lo estuviese, pero ella es encantadora.
—0 sea, que te gustó.
—Nos hicimos amigos.
De nada serviría decirle a Josh que Rachel se hallaba en Corumbá. Nate abrigaba la esperanza de dar
rápidamente con ella y, aprovechando que estaban en la civilización, intentar hablarle de la herencia de Troy.
—Fue toda una aventura —añadió Nate—. El resto, imagínatelo.
—No he podido dormir pensando en ti.
—Tranquilízate. Estoy entero.
—He enviado cinco mil dólares. Los tiene Valdir.
—Gracias, jefe.
—Llámame mañana.
Valdir lo invitó a cenar, pero él declinó la invitación. Recogió el dinero y se fue a pie, libre una vez más,
por las calles de Corumbá. Lo primero que hizo fue entrar en una tienda, comprar ropa interior, pantalones
cortos color caqui, unas sencillas camisetas blancas y unas botas de excursionista. Cuando llegó al hotel Palace,
cuatro manzanas más abajo, estaba muerto de cansancio. Se pasó dos horas durmiendo.
Jevy no encontró ni rastro de Rachel. La buscó entre la muchedumbre que abarrotaba las calles. Habló
con la gente del río, a la que tan bien conocía, pero nadie había oído hablar de su llegada. Entró en los vestíbulos
de los hoteles del centro de la ciudad y cortejó a las recepcionistas. Nadie había visto a una norteamericana de
cuarenta y dos años que viajaba sola.
Conforme pasaba la tarde, Jevy empezó a tener sus dudas acerca del relato de su amigo. El dengue hacía
ver cosas y oír voces, incluso creer en fantasmas, sobre todo de noche, pero aun así siguió buscando.
Después de la siesta y de otra comida, Nate también salió a dar un paseo. Caminaba despacio, a ser
posible por la sombra, y siempre con una botella de agua en la mano. Descansó en el peñasco que se levantaba
por encima del río y contempló la majestuosidad del Pantanal, que se extendía ante sus ojos a lo largo de cientos
de kilómetros.
El agotamiento lo venció y lo obligó a regresar renqueando al hotel para descansar. Se quedó dormido y,
cuando despertó, Jevy estaba aporreando la puerta. Habían acordado reunirse para cenar a las siete. Eran las
ocho. Al entrar en la habitación, Jevy miró inmediatamente alrededor en busca de botellas vacías. No había
ninguna.
Comieron pollo asado en la terraza de un café. La noche estaba llena de música y viandantes. Los
matrimonios con hijos pequeños compraban helados y regresaban lentamente a casa. Los adolescentes paseaban
en grupos sin destino aparente. Los clientes de los bares abarrotados ocupaban las aceras. Los chicos y las chicas
iban de bar en bar. Las calles eran cálidas y seguras; nadie parecía temer que le pegaran un tiro o lo atracaran.
En una cercana mesa un hombre bebía una cerveza Brahma fría directamente de la botella. Nate observó
con atención cada uno de sus movimientos.
Después del postre, ambos se despidieron y prometieron reunirse a primera hora del día siguiente para
reanudar la búsqueda. Jevy tomó una dirección y Nate, que se sentía descansado y estaba harto de la cama, otra.
A dos manzanas de distancia del río, las calles estaban más tranquilas. Las tiendas habían cerrado, las
casas tenían las luces apagadas y el tráfico era más fluido. Más adelante, Nate vio las luces de una capillita.
«Seguro que está allí», se dijo.
La puerta principal estaba abierta de par en par y Nate vio desde la acera las filas de bancos de madera, el
púlpito vacío, el mural de Jesucristo en la cruz y las espaldas de un puñado de fieles inclinados en actitud de
plegaria y meditación. La suave música del órgano lo indujo a entrar. Se detuvo junto a la puerta y contó cinco
personas repartidas entre los bancos; ninguna de ellas estaba sentada al lado de otra ni guardaba el menor
parecido con Rachel. Bajo el mural, el banco del órgano estaba vacío. La música procedía de un altavoz.
Podía esperar. Tenía tiempo; quizás ella apareciese. Se sentó en el último banco, apartado de todos.
Estudió la figura del Cristo crucificado, los clavos de las manos, la herida del costado, la expresión de
sufrimiento. ¿De veras lo habían matado de una manera tan atroz? Por el camino, en un determinado momento
de su desventurada vida de seglar, Nate había leído o le habían contado los hechos esenciales de la vida de
Jesucristo: el nacimiento virginal del que procedía la fiesta de Navidad, el episodio en que Jesús caminaba sobre
las aguas; quizás uno o dos milagros más; ¿era a él o a otro a quien se había tragado la ballena? Y después, lo de
la traición de judas; el juicio ante Poncio Pilato; la crucifixión y la resurrección de la que procedía la fiesta de la
Pascua, y, finalmente, la ascensión a los cielos.
Sí, conocía los hechos esenciales. Tal vez su madre se los hubiera contado. Ninguna de sus dos esposas
era practicante, aunque la segunda era católica y en alguna ocasión habían ido a la misa de medianoche por
Nochebuena.
Entraron tres personas más. Un joven con una guitarra salió de una puerta lateral y se dirigió al púlpito.
Eran exactamente las nueve y media. El joven se puso a entonar una canción mientras su rostro se iluminaba con
palabras de fe y alabanza. Un banco más allá, una mujer menuda empezó a batir palmas y a cantar.
Quizá la música atrajera a Rachel. Seguramente echaba de menos la auténtica adoración en una iglesia
con suelo de madera, vidrieras de colores y gente totalmente vestida, leyendo la Biblia en un idioma moderno.
Seguro que acudía a los templos cuando visitaba Corumbá.
Cuando terminó la canción, el joven leyó algo y empezó a hablar. Su portugués era el más lento que Nate
hubiera escuchado hasta entonces a lo largo de su pequeña aventura. Los suaves y prolongados sonidos y la
pausada cadencia lo hipnotizaban. A pesar de que no comprendía ni una sola palabra, trató de repetir las frases.
Después, sus pensamientos se perdieron.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:24 am

Su cuerpo había eliminado las fiebres y las sustancias químicas. Estaba bien alimentado, despierto y
descansado. Volvía a ser el mismo de siempre y, al comprenderlo así, se sintió profundamente deprimido. El
presente había regresado de la mano del futuro.
Las pesadas cargas que había dejado con Rachel habían vuelto a localizarlo en aquella capilla. Necesitaba
que ella se sentara a su lado, tomara su mano y lo ayudara a rezar.
Nate aborrecía sus debilidades. Las nombró una a una y la extensión de la lista lo entristeció. Los
demonios lo esperaban en casa; los buenos amigos y los malos amigos, sus locales preferidos y las malas
costumbres, las presiones que ya no tenía modo de resistir. La vida no se podía vivir con gente como Sergio a
mil dólares al día, y tampoco gratis, en las calles.
El joven rezaba con los ojos cerrados y los brazos ligeramente levantados. Nate también cerró los ojos e
invocó el nombre de Dios. El señor estaba esperándolo.
Asió fuertemente con las dos manos el respaldo del banco que tenía delante. Repitió la lista, enumerando
en voz baja todas las debilidades, los defectos, los errores y los males que lo atormentaban. Los confesó todos.
En un prolongado y espléndido reconocimiento de sus faltas, se desnudó ante Dios sin ocultar nada. La carga de
la que se liberó habría bastado para aplastar con su peso a tres hombres y, cuando el momento pasó, los ojos de
Nate estaban llenos de lágrimas.
—Perdóname —le suplicó a Dios—. Ayúdame, te lo ruego.
Con la misma rapidez con que la fiebre había abandonado su cuerpo, sintió que el peso abandonaba su
alma. Con el suave movimiento de una mano, la pizarra en que estaban inscritos sus pecados quedó limpia. Dejó
escapar un profundo suspiro de alivio, pero el pulso se le había desbocado.
Oyó de nuevo la guitarra. Abrió los ojos y se enjugó las lágrimas. En lugar de ver al joven del púlpito,
vio el rostro de Cristo, muriendo en la cruz tras una dolorosa agonía. Muriendo por él.
Una voz lo llamó. Era una voz interior que lo empujaba por el pasillo, pero la invitación resultaba
desconcertante. Nate experimentaba muchas emociones contradictorias. De repente, las lágrimas dejaron de
correr por sus mejillas.
«¿Por qué estoy llorando en una pequeña y sofocante capilla —pensó—, escuchando una música que no
comprendo en una ciudad que jamás volveré a ver?» Las preguntas se agolpaban en su mente, pero las
respuestas se le escapaban.
Una cosa era que Dios le perdonara su sorprendente serie de iniquidades, y estaba claro que ahora su
carga era mucho más ligera; pero otra muy distinta, y mucho más difícil, que él esperara convertirse en un
discípulo.
De pronto, mientras escuchaba la música, se sintió desconcertado. No era posible que Dios estuviese
llamándolo. Él era Nate O'Riley, un borracho, drogadicto, mujeriego, mal padre, peor marido, abogado
codicioso, defraudador de impuestos... La lista era interminable.
Estaba mareado. Cesó la música y el joven se dispuso a entonar otra canción. Nate abandonó
precipitadamente la capilla. Al doblaruna esquina, volvió la cabeza no sólo con la esperanza de ver a Rachel,
sino también para cerciorarse de que Dios no había enviado a nadie tras él.
Necesitaba a alguien con quien hablar. Sabía que ella estaba en Corumbá y juró encontrarla.
El despachante forma parte integral de la vida brasileña. Ningún negocio, banco, bufete jurídico, centro
médico o persona con dinero puede actuar sin los servicios de uno. Es un auxiliar extraordinario. En un país en
que la burocracia es tan vasta como anticuada, el despachante es el hombre que conoce a los funcionarios
municipales, a la gente de los juzgados, a los burócratas, a los agentes de aduanas. Trata a diario con el sistema y
sabe cómo engrasarlo. En Brasil no se consigue ningún papel o documento oficial sin hacer largas colas, y el
despachante es el sujeto que las hace por uno. A cambio de una módica suma, esperará ocho horas para renovar
la inspección del automóvil de quien sea y sujetársela después al parabrisas mientras quien ha pagado por ello
está ocupado en el despacho. Es el que vota, hace gestiones bancarias, envía paquetes y correspondencia por
uno... No se arredra ante ningún obstáculo burocrático.
Los negocios de despachantes exhiben los nombres de éstos en los escaparates lo mismo que los bufetes
de los abogados y los consultorios de los médicos. El oficio no requiere ninguna preparación específica. Lo
único que se necesita es una lengua rápida, paciencia y mucha cara.
El despachante de Valdir en Corumbá conocía a otro de Sáo Paulo, un hombre muy poderoso que tenía
contactos en las altas esferas y que, a cambio de una tarifa de dos mil dólares, podía conseguir otro pasaporte.
Jevy se pasó las siguientes mañanas en el río, ayudando a un amigo a arreglar una chalana. Lo observaba
todo y prestaba atención a los chismorreos. Ni una sola palabra acerca de la mujer. Al mediodía del viernes,
llegó al convencimiento de que ésta no había visitado Corumbá, por lo menos en el transcurso de las últimas dos
semanas. Conocía a todos los pescadores, capitanes y marineros y sabía que a éstos les encantaba hablar. Si una
norteamericana que vivía con los indios hubiera llegado a la ciudad, ellos se habrían enterado.
Nate estuvo buscándola hasta finales de semana. Recorría las calles, observaba a la gente, hacía
averiguaciones en los vestíbulos de los hoteles y en las terrazas de los cafés, estudiaba los rostros y no veía a
nadie que tuviera el más remoto parecido con Rachel.
A la una de su último día allí pasó por el despacho de Valdir para recoger su pasaporte. Ambos se
despidieron como viejos amigos y prometieron volver a verse muy pronto, aunque sabían que tal cosa jamás
volvería a ocurrir. A las dos, Jevy acompañó a Nate al aeropuerto. Permanecieron sentados media hora en la
zona de salidas, contemplando cómo descargaban el único aparato que había en la pista y volvían a prepararlo
para el nuevo vuelo. Jevy deseaba pasar un tiempo en Estados Unidos y necesitaba la ayuda de Nate.
—Necesito un trabajo —dijo.
Nate lo escuchó con interés, aunque sin estar muy seguro de si él conservara el suyo.
—Veré lo que puedo hacer.
Hablaron de Colorado, del Oeste y de lugares que Nate jamás había visitado. Jevy estaba enamorado de
las montañas y Nate, tras pasarse dos semanas en el Pantanal, lo comprendía muy bien. Cuando llegó el
momento de la partida, ambos se abrazaron afectuosamente y se dijeron adiós.
Nate avanzó por el ardiente asfalto en dirección al avión, llevando toda su ropa en una pequeña bolsa de
deporte.
El turbohélice de veinte plazas efectuó dos aterrizajes antes de llegar a Campo Grande. Allí los pasajeros
subieron a bordo de un reactor con destino a Sáo Paulo. La señora del asiento de al lado pidió una cerveza del
carrito de las bebidas. Nate estudió la lata situada a menos de un palmo de distancia. «Nunca más», pensó. Cerró
los ojos, le suplicó a Dios que le diera fuerzas y pidió un café.
El vuelo con destino al aeropuerto Dulles despegó a medianoche. Llegaría al distrito de Columbia a las
nueve de la mañana siguiente. Su búsqueda de Rachel lo había obligado a permanecer fuera del país casi tres
semanas.
No sabía muy bien dónde estaba su automóvil. No tenía ningún lugar donde vivir ni medios para
conseguirlo, pero no debía preocuparse, pues Josh se encargaría de los detalles.
El aparato efectuó un descenso a través de las nubes hasta tres mil metros de altura. Nate estaba
despierto, tomando un café y pensando con inquietud en las calles de la ciudad. Estarían frías y blancas. La tierra
aparecía cubierta por una gruesa capa de nieve. Fue muy bonito verlo durante unos cuantos minutos mientras se
acercaban a Dulles, hasta que Nate recordó de pronto lo mucho que aborrecía el invierno. Llevaba unos
pantalones muy finos, calzaba unos baratos mocasines sin calcetines y una camisa Polo de pega que le había
costado seis dólares en el aeropuerto de Sáo Paulo. No tenía una sola prenda de abrigo.
Aquella noche dormiría en cualquier sitio, probablemente en un hotel, sin que nadie lo vigilara en el
distrito de Columbia por primera vez desde la noche del 4 de agosto en que había entrado tambaleándose en una
habitación de un motel de las afueras. Había ocurrido al final de una larga y patética caída, y él había tratado por
todos los medios de olvidarlo.
Pero aquél era el viejo Nate; el de ahora era nuevo. Tenía cuarenta y ocho años, le faltaban trece meses
para cumplir los cincuenta y estaba preparado para iniciar una vida distinta. Dios le había dado fuerzas y había
robustecido su determinación. Le quedaban treinta años. No los pasaría recogiendo botellas vacías ni los pasaría
huyendo. Las máquinas quitanieves estaban en plena actividad cuando el aparato aterrizó y rodó hacia la
terminal. Las pistas estaban mojadas y aún seguían cayendo copos de nieve. Cuando Nate bajó del aparato y
entró en la manga, el invierno lo golpeó con todo su rigor y le hizo recordar las húmedas calles de Corumbá.
Josh lo esperaba en la zona de recogida de equipajes, provisto, naturalmente, de un abrigo de más.
—Tienes una pinta horrible —fueron sus primeras palabras.
—Gracias —repuso Nate. Tomó el abrigo y se lo puso.
—Estás delgado como un alambre.
—Si quieres perder ocho kilos, búscate el mosquito apropiado.
Avanzaron entre la gente hacia las puertas de salida, un empujón por aquí, un codazo por allá y unos
apretujones más fuertes al cruzar las puertas. «Bienvenido a casa», pensó Nate.
—Viajas muy ligero de equipaje —dijo Josh, señalando la bolsa de deporte.
—He aquí todas mis posesiones mundanas.
Sin calcetines ni guantes, Nate ya estaba medio congelado de frío en la acera cuando Josh se acercó con
el automóvil. La nevada que había caído durante la noche había alcanzado la categoría de temporal. La nieve
que se acumulaba junto a los edificios llegaba a los sesenta centímetros de altura.
—Ayer en Corumbá estábamos a treinta y cuatro —dijo Nate al salir del aeropuerto.
—¿Acaso lo echas de menos?
—Pues sí. De repente, lo echo de menos.
—Mira, Gayle está en Londres y he pensado que podrías quedarte un par de días en mi casa.
En la casa de Josh podrían haber dormido quince personas.
—Ah, muy bien, gracias. ¿Dónde está mi coche?
—En mi garaje.
Pues claro. Era un jaguar de alquiler que sin duda habría sido debidamente mantenido, lavado y
abrillantado y cuyos pagos mensuales debían de estar al día.
—Gracias, Josh.
—Mandé guardar tus muebles en un depósito. Tu ropa y tus efectos personales están en el coche.
—Gracias —dijo Nate sin sorprenderse en absoluto.
—¿Cómo te encuentras?
—Muy bien.
—Mira, Nate, he estado leyendo cosas sobre el dengue. La plena recuperación sólo se alcanza al cabo de
un mes. Te lo digo con toda franqueza.
Un mes. Era la puñalada inicial en la lucha por el futuro de Nate en el bufete. Tómate otro mes,
muchacho. A lo mejor, estás demasiado enfermo para trabajar. Nate incluso podría haber escrito el guión. Pero
no habría ninguna lucha.
—Estoy un poco débil, eso es todo. mucho líquido.
—¿Qué clase de líquido?
—Vas directamente al grano, ¿eh?
—Como siempre.
—Estoy rehabilitado, Josh. Tranquilízate. No volveré a caer.
Josh había oído lo mismo muchas veces. La conversación había sido un poco más dura de lo que ambos
hubieran deseado, por cuyo motivo se pasaron un rato en silencio. El tráfico era lento. El Potomac estaba medio
congelado y grandes placas de hielo flotaban lentamente hacia Georgetown. Mientras permanecían atascados en
el Chain Bridge, Nate anunció como quien no quiere la cosa:
—No voy a regresar al despacho, Josh. Aquellos días ya terminaron para mí.
No hubo ninguna reacción visible por parte de Josh. Hubiera podido mostrarse decepcionado ante el
hecho de que un viejo amigo y excelente abogado quisiera dejar su trabajo, o feliz de que uno de sus mayores
quebraderos de cabeza decidiese abandonar el bufete, o aun indiferente, ya que la marcha de Nate parecía
inevitable y de todos modos el lío del fraude fiscal quizá le costase la pérdida de la licencia.
Sin embargo, se limitó a preguntar:
—¿Por qué?
—Por muchas razones, Josh. Digamos, sencillamente, que estoy cansado.
—Casi todos los abogados se queman al cabo de veinte años.
—Eso dicen.
Ya estaba bien de hablar del retiro. Nate ya lo había decidido y Josh no quería disuadirlo. Faltaban dos
semanas para la Super Bowl y los Redskins no iban a disputarla. Pasaron al tema del fútbol, tal como suelen
hacer los hombres cuando tienen que mantener en marcha la conversación en medio de cuestiones más
importantes.
A pesar de la gruesa capa de nieve que las cubría, a Nate las calles le resultaban tremendamente
desagradables.
Los Stafford eran propietarios de una espléndida casa en Wesley Heights, en el noroeste del distrito de
Columbia. Tenían, además, una casa de veraneo en la bahía de Chesapeake y una cabaña de troncos en Maine.
Los cuatro hijos eran mayores y estaban desperdigados. La señora Stafford prefería viajar mientras que su
marido prefería dedicarse al trabajo.
Nate sacó algunas prendas de abrigo del maletero de su automóvil y disfrutó de una ducha caliente en la
zona de invitados de la casa. La presión del agua era más floja en Brasil. La ducha de la habitación de su hotel
nunca estaba caliente, pero tampoco estaba fría. Las pastillas de jabón eran más pequeñas. Comparó las cosas
que lo rodeaban y recordó con regocijo la ducha del Santa Loura: una cuerda colgando por encima de la taza del
retrete que, cuando uno tiraba de ella, soltaba agua tibia del río a través de una alcachofa. Era más fuerte de lo
que él creía; la aventura que acababa de vivir se lo había enseñado, entre otras cosas.
Se afeitó y se cepilló los dientes, reanudando sus costumbres con mucha calma. Estar en casa le parecía
agradable en muchos sentidos.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:25 am

El despacho de Josh en el sótano era más espacioso que el que tenía en el bufete, y estaba tan
desordenado como éste. Se reunieron allí para compartir un café. Había llegado el momento de presentar el
informe. Nate empezó por contar los pormenores del malhadado intento de localizar a Rachel por el aire, el
aterrizaje de emergencia, la vaca muerta, los tres chiquillos, la tristeza de la Navidad en el Pantanal. Refirió
también, con lujo de detalles, la historia de su paseo a caballo, su encuentro en el pantano con el caimán, y el
rescate por medio de un helicóptero. No comentó su borrachera de la noche de Navidad; no habría servido de
nada y él se moría de vergüenza de sólo pensar en ella. Describió a Jevy, Welly, el Santa Loura y la excursión al
norte. Recordó que, cuando él y Jevy se habían perdido con la batea, tuvo miedo, pero había tenido tantas cosas
de que ocuparse que eso había impedido que sucumbiese al pánico. Ahora, en la seguridad de la civilización, sus
andanzas por Brasil se le antojaban aterradoras.
Josh quedó muy sorprendido al enterarse del verdadero alcance de aquella aventura. Sintió el impulso de
disculparse ante Nate por haberlo enviado a un lugar tan peligroso, pero estaba claro que la excursión había sido
emocionante. El número de caimanes iba en aumento conforme avanzaba el relato, y a la solitaria anaconda que
tomaba el sol a la orilla del río se añadió otra que nadaba junto a la embarcación.
A continuación, Nate describió a los indios, su desnudez, la insípida comida y la lánguida existencia, al
jefe y su negativa a permitirles marcharse.
Y, finalmente, a Rachel. Al llegar a ese punto del informe, Josh tomó su cuaderno de apuntes y empezó a
hacer anotaciones. Nate la describió minuciosamente, desde la suavidad de su voz hasta las sandalias y las botas
de excursionista; también su choza y su botiquín de medicamentos, a Lako y su cojera, la forma en que los
indios la miraban cuando ella pasaba por su lado. Contó la historia de la niña que había muerto por culpa de la
mordedura de una serpiente. Comunicó lo poco que Rachel le había contado acerca de sí misma.
Con toda la precisión de un veterano de las salas de justicia, Nate refirió todo lo que había averiguado
acerca de Rachel en el transcurso de su viaje. Utilizó las mismas palabras que ella había empleado al hablar de la
herencia y el dinero. Recordó el comentario que ella había hecho acerca del carácter tosco de la escritura de
Troy.
Contó lo poco que recordaba— de su viaje de regreso del Pantanal. Y minimizó el horror del dengue.
Había sobrevivido, y este hecho, por sí solo, lo llenaba de asombro.
Una doncella sirvió sopa y té caliente para el almuerzo.
—Bueno pues —dijo Josh tras haber tomado unas cuantas cucharadas—. Si rechaza la herencia de Troy,
el dinero se quedará en la testamentaría, pero si, por alguna razón, el testamento es declarado nulo, no habrá
ningún testamento.
—¿Cómo puede ser nulo el testamento? Un equipo de psiquiatras habló con él minutos antes de que se
arrojara al vacío. —Ahora han contratado a otros psiquiatras muy bien pagados que tienen otras opiniones. El
asunto es muy complicado. Todos sus anteriores testamentos fueron destruidos. Si algún día se llega a establecer
que Troy murió sin dejar un codicilo válido, sus hijos, los siete, se repartirán la herencia a partes iguales. Puesto
que Rachel no quiere su parte, ésta se dividirá entre los otros seis herederos.
—Esos imbéciles.
—Algo así.
—¿Qué posibilidades hay de que se invalide el testamento?
—No muchas. Yo preferiría defender nuestra causa que la de ellos, pero las cosas pueden cambiar.
Nate empezó a pasear por la estancia mordisqueando una galletita salada mientras analizaba las distintas
alternativas.
—¿Por qué luchar por la validez del testamento si Rachel lo rechaza en su totalidad?
—Por tres razones —contestó rápidamente Josh. Como de costumbre, había analizado el asunto desde
todos los ángulos posibles, y había elaborado un plan magistral cuyos pormenores iría revelándole a Nate poco a
poco—. Primero y lo más importante, mi cliente redactó un testamento válido en el que distribuía sus bienes
exactamente tal y como él quería, y yo, como abogado suyo, no puedo por menos que luchar para proteger la
integridad de ese testamento. Segundo, sé la opinión que al señor Phelan le merecían sus hijos. La mera
posibilidad de que éstos se apoderaran de su dinero le horrorizaba. Yo comparto su opinión y me estremezco al
pensar en lo que ocurriría si cada uno de ellos se embolsarán mil millones de dólares por cabeza. Tercero,
siempre cabe la posibilidad de que Rachel cambie de parecer.
—No cuentes con ello.
—Mira, Nate, es sólo un ser humano. Tiene los papeles. Esperará unos días y empezará a pensar en ellos.
A lo mejor, la idea de ser rica jamás se le ha pasado por la imaginación, pero, en determinado momento, no
tendrá más remedio que pensar en todo el bien que podría hacer con el dinero. ¿Le hablaste de los fideicomisos
y las fundaciones benéficas?
—Ni siquiera sé muy bien lo que son, Josh. Yo era un abogado, ¿o es que ya no te acuerdas?
—Vamos a luchar para defender el legado del señor Phelan, Nate. El problema es que el asiento más
importante de la mesa está vacío. Rachel necesita que alguien la represente.
—No lo necesita. Ni siquiera ha pensado en ello.
—El pleito no puede seguir adelante hasta que cuente con un abogado.
Nate no podía competir con aquel estratega magistral. El negro abismo se abrió como por arte de ensalmo
y Nate ya estaba empezando a caer en él. Cerró los ojos y musitó:
—Bromeas.
—No. Y no podemos aplazarlo por mucho tiempo. Troy murió hace un mes. El juez Wycliff está
desesperado por averiguar el paradero de Rachel Lane. Se han presentado seis demandas de impugnación del
testamento y hay mucha presión en torno a este asunto. Todo se comenta en los periódicos. El simple hecho de
insinuar que Rachel tiene previsto rechazar la herencia haría que perdiésemos el control de la situación. Los
herederos Phelan y sus abogados se volverían locos, y el juez perdería repentinamente cualquier interés en
apoyar el último testamento de Troy.
—¿Significa eso que yo soy su abogado?
—No habrá más remedio, Nate. Si quieres irte, me parece muy bien, pero tendrás que encargarte de un
último caso. Tú limítate a sentarte a la mesa y a proteger sus intereses. Del levantamiento de peso nos
encargaremos nosotros.
—Pero hay un problema: yo soy socio de tu bufete.
—Se trata de un problema menor, porque nuestros intereses son los mismos. Nosotros (la testamentaría y
Rachel) tenemos el mismo objetivo: proteger el testamento. Nos sentamos a la misma mesa. Y, técnicamente,
podemos declarar que abandonaste el bufete el pasado mes de agosto.
—Hay mucha verdad en eso.
Ambos reconocían la triste realidad. Josh tomó un sorbo de té sin apartar los ojos de Nate.
—En determinado momento iremos a ver a Wycliff y le diremos que has localizado a Rachel, que ella no
tiene previsto presentarse en este momento, y que aun cuando no sabe muy bien qué hacer, desea que defiendas
sus intereses.
—Eso es mentirle al juez.
—Sólo una mentirijilla, Nate, que más tarde él mismo nos agradecerá. Está deseando que se inicie el
litigio, pero no ocurrirá hasta que tenga noticias de Rachel. Si tú eres su abogado, ya puede empezar la guerra.
La mentira la diré yo.
—0 sea, que soy un abogado independiente y trabajo en mi último caso.
—Exacto.
—Quiero irme de la ciudad, Josh —dijo Nate. Soltó una carcajada y añadió—: ¿Dónde iba a vivir aquí?
—¿Adónde vas?
—No lo sé. Mis pensamientos todavía no han llegado tan lejos.
—Se me ocurre una idea.
—No me cabe la menor duda.
—Vete a mi casa de la bahía de Chesapeake. En invierno no la utilizamos. Está en Saint Michaels, a dos
horas de carretera. Puedes venir cuando te necesitemos y quedarte allí cuando no. Te repito, Nate, que nosotros
nos encargaremos del trabajo.
Nate se pasó un rato estudiando las estanterías de libros. Veinticuatro horas antes estaba comiendo un
bocadillo sentado en un banco de un parque de Corumbá, desde el cual contemplaba a los peatones a la espera
de que apareciera Rachel. Había jurado no volver a entrar voluntariamente en una sala de justicia. Pero no tenía
más remedio que reconocer, muy a pesar suyo, que el plan le atraía. Jamás hubiera podido imaginar un cliente
mejor. El caso no acabaría en juicio. Y, con el dinero que estaba en juego, él por lo menos podría ganarse la vida
durante unos cuantos meses.
Josh se terminó la sopa y pasó al siguiente punto de la lista.
—Te propongo unos honorarios de diez mil dólares mensuales.
—Es una suma muy generosa, Josh.
—Creo que podemos sacarla de la herencia del viejo, y, como no tendrás que ceder nada para los gastos
generales del bufete, te ayudará a recuperarte.
—Hasta que...
—Exacto, hasta que resolvamos la cuestión de Hacienda.
—¿Sabes algo del juez?
—Le llamo de vez en cuando. La semana pasada almorzamos juntos.
—De modo que sois amigos.
—Nos conocemos desde hace mucho tiempo. No te preocupes por la cárcel, Nate. El Estado se
conformará con imponerte una fuerte multa y privarte durante cinco años de tu licencia da abogado.
—Por mí pueden quedársela.
—Todavía no. La necesitamos para otro caso.
—¿Cuánto tiempo esperará el Estado?
—Un año. No es urgente.
—Gracias, Josh.
Nate estaba empezando a sentirse cansado. El vuelo nocturno, los estragos de la selva, el combate mental
con Josh... Necesitaba acostarse en una cálida y mullida cama en una habitación completamente a oscuras.
A las seis de la mañana del lunes, Nate terminó de darse otra ducha caliente, la tercera en veinticuatro
horas, y empezó a forjar planes para irse de allí cuanto antes. La casa en la bahía estaba llamándolo. El distrito
de Columbia había sido su hogar durante veintiséis años, pero, tras haber adoptado la decisión de marcharse,
deseaba hacerlo cuanto antes.
Como no tenía domicilio, la mudanza sería muy fácil. Encontró a Josh sentado junto a su escritorio del
despacho del sótano, hablando por teléfono con un cliente de Tailandia. Mientras escuchaba la mitad de la
conversación acerca de unos yacimientos de gas natural, Nate se alegró infinitamente de estar a punto de
abandonar el ejercicio de la abogacía. Josh le llevaba doce años, era muy rico y su idea de la diversión era estar
en su despacho a las seis y media de la mañana de un domingo. «No dejes que a mí me ocurra lo mismo», pensó
Nate, pero sabía que no le ocurría. Si regresaba al despacho, volvería a pegarse las mismas palizas de antes. El
hecho de que hubiera pasado por cuatro desintoxicaciones significaba que la quinta estaba a la vuelta de la
esquina. Él no era tan fuerte como Josh. Moriría en cuestión de diez años.
El hecho de dejar aquel trabajo contenía una cierta dosis de emoción. Demandar a los médicos era una
tarea desagradable de la que podía prescindir sin problemas. Tampoco echaría de menos la tensión de un
despacho tremendamente dinámico. Él ya había hecho carrera y cosechado triunfos, pero no sabía asimilar el
éxito, y éste sólo le había reportado sufrimiento, arrojándolo al arroyo.
Ahora que se había librado del horror de la cárcel podría disfrutar de una nueva vida.
Se fue con el portaequipaje lleno de ropa y dejó lo demás en una caja, en el garaje de Josh. Ya no nevaba,
pero las máquinas quitanieves seguían trabajando. Las calles estaban resbaladizas y, tras recorrer dos manzanas,
se le ocurrió pensar que llevaba más de cinco meses sin sentarse al volante de un automóvil. Afortunadamente
no había tráfico y pudo circular sin prisa por Wisconsin hasta llegar a Chevy Chase y desde allí a la carretera de
circunvalación, donde ya habían quitado el hielo y la nieve.
Solo en su espléndido automóvil, volvió a sentirse de nuevo un ciudadano norteamericano. Recordó a
Jevy, con su ruidosa y peligrosa camioneta Ford, y se preguntó cuánto tiempo duraría ésta en la carretera de
circunvalación. Se acordó también de Welly, un muchacho tan pobre que su familia ni siquiera tenía coche. En
días sucesivos tenía previsto escribir algunas cartas, y una de ellas la enviaría a sus amigos de Corumbá.
Vio el teléfono y le llamó la atención. Al parecer, seguía funcionando. Como era de esperar, Josh se había
encargado de que se pagaran todas las facturas. Llamó a Sergio a su casa y se pasó veinte minutos charlando con
él. Sergio estaba preocupado y lo regañó por no dar señales de vida. Nate le explicó lo ocurrido con el servicio
telefónico en el Pantanal. Las cosas estaban yendo en otra dirección, se enfrentaba con algunas incógnitas, pero
su aventura seguía adelante. Abandonaría su profesión y se libraría de ir a la cárcel.
Sergio no le hizo ninguna pregunta relacionada con la bebida. Le daba la impresión de que Nate se había
rehabilitado y había recuperado las fuerzas. Éste le dio el número de la casa donde se hospedaría y ambos
prometieron almorzar juntos muy pronto.
Después llamó a su hijo mayor a la Universidad del Noroeste en Evanston y le dejó un mensaje en el
contestador. ¿Dónde podría estar un estudiante de posgrado de veintitrés años a las siete de la mañana de un
domingo? No en la iglesia asistiendo a misa, desde luego. Nate prefería no saberlo. No importaba lo que hiciese,
nunca fracasaría tan estrepitosamente como su padre. Su hija tenía veintiún años y estudiaba de forma
discontinua en la Universidad Pitt. La última conversación que había mantenido con ella había girado en torno al
tema de la matrícula; la conversación había tenido lugar la víspera de que él se fuera a una habitación de motel
con una botella de ron y una bolsa llena de pastillas.
No conseguía encontrar el número de teléfono de su hija. Desde que dejara a Nate, la madre de ambos
jóvenes había vuelto a casarse un par de veces. Era una persona desagradable, a la que él sólo llamaba en caso
estrictamente necesario. Esperaría un par de días y le telefonearía para pedirle el número de su hija. Estaba
decidido a hacer el doloroso viaje hasta Oregón para ver por lo menos a sus dos hijos menores. Su madre había
contraído otra vez matrimonio, curiosamente con un abogado, en cuya existencia estaba claro que no tenía

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:26 am

cabida ningún vicio. Les pediría perdón y trataría de sentar las frágiles bases de una relación. No sabía muy bien
cómo hacerlo, pero había jurado que lo intentaría.
Se detuvo en un café de Annapolis para desayunar. Escuchó las predicciones meteorológicas desde un
reservado ocupado por un grupo de pendencieros clientes habituales del local y echó distraídamente un vistazo
al Post. Leyó los titulares y las noticias de última hora y no vio nada que le interesara. Las noticias jamás
cambiaban; problemas en Oriente Próximo; problemas en Irlanda; escándalos en el Congreso; los mercados
subían y volvían a bajar; un vertido de petróleo; otro medicamento contra el sida; matanzas de campesinos por
parte de las guerrillas en América del Sur; disturbios en Rusia.
La ropa le estaba holgada, por lo que decidió comerse tres huevos con jamón y galletas. Los del
reservado habían llegado a un frágil consenso, según el cual volvería a nevar.
Cruzó la bahía de Chesapeake por el Bay Bridge. Las carreteras de la costa oriental seguían cubiertas de
nieve en algunos tramos. El jaguar derrapó por dos veces y lo obligó a aminorar la marcha. El vehículo tenía un
año de antigüedad y Nate no recordaba cuándo expiraba el alquiler; sólo había elegido el color, pues su
secretaria se había ocupado del papeleo, pero estaba decidido a librarse de él lo antes posible y buscarse un viejo
automóvil con tracción en las cuatro ruedas. Antes aquel coche elegante, tan propio de un abogado, le parecía un
detalle muy importante. Ahora ya no le hacía falta.
Al llegar a Easton, giró en la carretera estatal 33, todavía cubierta por cinco centímetros de nieve en
polvo. Siguió las huellas de otros vehículos y pronto cruzó las adormiladas localidades costeras con sus puertos
llenos de embarcaciones de vela. Las playas de la bahía de Chesapeake aparecían blancas después de la nevada y
el agua era de un color intensamente azul.
St. Michaels tenía una población de mil trescientos habitantes. La carretera 33 se convertía, al cruzar la
ciudad a lo largo de unas pocas manzanas, en Main Street, la calle principal, con tiendas y locales comerciales a
ambos lados y viejos edificios muy juntos los unos de los otros, perfectamente conservados y listos para salir en
una postal.
Nate había oído hablar toda su vida de St. Michaels. La localidad tenía un museo marítimo, un festival de
las ostras, un puerto con gran actividad y docenas de encantadores establecimientos hoteleros que ofrecían
alojamiento y desayuno y atraían a muchos habitantes de la ciudad durante largos fines de semana. Nate pasó
por delante de la oficina de Correos y de una pequeña iglesia cuyo párroco estaba quitando la nieve de los
peldaños con una pala.
La casa estaba en Green Street, a dos manzanas de distancia de Main Street, orientada hacia el norte y
con una vista del puerto. Era de estilo victoriano, con unos gabletes gemelos y un largo porche exterior que
rodeaba los muros laterales. Estaba pintada de azul pizarra, tenía unos adornos de madera blancos y amarillos y
la nieve acumulada llegaba casi hasta la puerta principal. El jardín delantero era pequeño y el sendero de entrada
estaba cubierto por cincuenta centímetros de nieve. Nate aparcó junto al bordillo y se abrió paso como pudo
hasta el porche. Una vez dentro de la casa, fue encendiendo las luces mientras se dirigía a la parte posterior. En
un armario que había junto a la puerta trasera encontró una pala de plástico.
Se pasó una hora maravillosa limpiando el porche y quitando la nieve del sendero de entrada y de la acera
para poder regresar a su automóvil.
Como era de esperar, la casa estaba lujosamente decorada con antigüedades y ofrecía un aspecto muy
pulcro y bien organizado. Josh le había dicho que una mujer iba todos los miércoles para limpiar y quitar el
polvo. La señora Stafford pasaba allí dos semanas en primavera y una en otoño. En el transcurso de los últimos
dieciocho meses Josh sólo había dormido tres noches en la casa. Había cuatro dormitorios y otros tantos baños.
Menuda casita.
Pero no había café, lo cual constituyó la primera emergencia del día. Nate cerró las puertas y se dirigió al
centro. Las aceras estaban limpias y mojadas a causa de la nieve que empezaba a fundirse. Según el termómetro
del escaparate de la barbería, la temperatura era de cuatro grados. Las tiendas y negocios estaban cerrados. Nate
estudió los escaparates mientras caminaba sin prisa. De pronto oyó sonar las campanas de la iglesia.
Según el boletín que le entregó el anciano portero, el párroco era el padre Phil Lancaster, un hombrecillo
bajito y vigoroso con gruesas gafas de montura de concha y ensortijada cabellera pelirroja con algunas hebras
grises. Igual hubiera podido tener treinta y cinco años que cincuenta. El rebaño que asistiría al acto religioso de
las once era viejo y escaso, debido sin duda al mal tiempo. Nate contó veintiuna personas en el pequeño templo,
incluyendo al propio Phil y al organista. Había muchas cabezas grises.
La iglesia era muy bonita, con techo abovedado, bancos y suelo de madera oscura y cuatro vidrieras de
colores. Cuando el solitario portero se acomodó en el último banco, Phil se levantó con sus negras vestiduras y
dio la bienvenida a la iglesia de la Trinidad, en la que todo el mundo se sentía como en casa. Tenía una voz
sonora y nasal, y no necesitaba micrófono. En su plegaria, el párroco dio gracias a Dios por la nieve y el
invierno y por las estaciones que se nos daban como recordatorio de que todo estaba siempre en sus manos.
Siguieron los himnos y las plegarias. Cuando el padre Phil empezó a predicar, se percató de la presencia
de Nate, el único forastero, sentado en el banco de la antepenúltima fila. Ambos intercambiaron una sonrisa y,
por un angustioso momento, Nate temió que el cura tuviera intención de presentarlo a los demás feligreses.
El sermón versaba sobre el tema del entusiasmo, una elección un poco extraña dado el promedio de edad
de los concurrentes. Nate trató por todos los medios de prestar atención, pero no pudo evitar distraerse. Sus
pensamientos regresaron a la capillita de Corumbá con su puerta y sus ventanas abiertas, a través de los cuales
penetraba un calor sofocante, el Cristo en la cruz y el joven de la guitarra.
Para no ofender a Phil, se esforzó en mantener los ojos clavados en el globo de mortecina luz fijado a la
pared, detrás y por encima del púlpito. Al observar el grosor de las gafas del predicador, abrigó la esperanza de
que su desinterés pasara inadvertido.
Sentado en la caldeada y pequeña iglesia, finalmente a salvo de las incertidumbres de su gran aventura, a
salvo de las fiebres y las tormentas, de los peligros del distrito de Columbia, de sus adicciones y de la
destrucción espiritual, Nate se dio cuenta de que se sentía en paz por primera vez en su vida, que él recordara.
No temía nada. Dios estaba atrayéndolo, y aunque Nate no sabía hacia dónde, no sentía miedo. «Ten paciencia»,
se dijo.
Entonces musitó una oración. Le dio gracias a Dios por haberle salvado la vida y rezó por Rachel, porque
sabía que ella estaba rezando por él.
La serenidad lo indujo a sonreír. Cuando terminó la plegaria, abrió los ojos y vio a Phil, que lo miraba
con una sonrisa en los labios.
Después de la bendición, los fieles empezaron a salir y, al llegar a la puerta, pasaron por delante de Phil.
Cada uno de ellos lo felicitó por el sermón y le hizo algún breve comentario relacionado con la iglesia. La cola
se movía muy despacio, pues en realidad aquello era un ritual.
—¿Cómo está su tía? —le preguntó Phil a uno de los feligreses, escuchando después con sumo interés la
descripción del más reciente achaque de la mujer.
—¿Qué tal va la cadera? —le preguntó a otro—. ¿Cómo fue el viaje a Alemania?
Estrechaba las manos y se inclinaba hacia delante para escuchar mejor lo que le decían. Sabía lo que
pensaban los fieles. Nate permaneció pacientemente al final de la cola. No tenía prisa. Nada ni nadie lo esperaba.
—Bienvenido —dijo el padre Phil, dándole la mano y sujetándolo por el otro brazo—. Bienvenido a la
iglesia de la Trinidad.
Le apretó la mano con tal fuerza que Nate no pudo por menos que preguntarse si sería el primer forastero
en muchos años.
—Me llamo Nate O'Riley —dijo, y se apresuró a añadir, como si ello contribuyese a definirlo—: De
Washington.
—Ha sido un placer tenerle entre nosotros esta mañana.
Los grandes ojos de Phil danzaban detrás de los cristales de las gafas. Visto de cerca, las arrugas
revelaban que tenía por lo menos cincuenta años. En su cabeza abundaban más los cabellos grises que los rojos.
—Me hospedo unos días en casa de los señores Stafford —explicó Nate.
—Ah, sí, una casa —preciosa. ¿Cuándo llegó usted?
—Esta mañana.
—¿Solo?
—Sí.
—Bien, en tal caso tiene que reunirse a almorzar con nosotros. A Nate le hizo gracia aquella agresiva
hospitalidad.
—Bueno, gracias, pero...
Phil también se estaba deshaciendo en sonrisas.
—No, insisto. Cada vez que nieva mi mujer prepara estofado de cordero. Ahora mismo lo tiene en el
horno. En invierno los huéspedes escasean. Por favor, la rectoría se encuentra justo detrás de la iglesia.
Nate estaba en manos de un hombre que había compartido su mesa dominical con centenares de personas.
—Pero es que, en realidad, yo sólo pasaba por aquí y...
—Será un placer —lo interrumpió Phil, tirando de él en dirección al púlpito—. ¿A qué se dedica usted en
Washington?
—Soy abogado —contestó Nate.
Una respuesta más completa habría sido muy complicada.
—¿Y qué lo ha traído aquí?
—Es una historia muy larga.
—¡Estupendo! A Laura y a mí nos encantan las historias. Vamos a disfrutar de un largo almuerzo y a
contar historias. Nos lo pasaremos muy bien.
Su entusiasmo era irresistible. El pobre hombre estaba deseando charlar con alguien de fuera.
¿Por qué no?, pensó Nate. No había comida en la casa, y, al parecer, todas las tiendas estaban cerradas.
Pasaron por delante del púlpito y franquearon una puerta. Laura estaba apagando las luces.
—Es el señor O'Riley, de Washington —le anunció Phil a su mujer, levantando la voz—. Ha aceptado
almorzar con nosotros. Laura sonrió y le estrechó la mano. Tenía el cabello gris y muy corto, y aparentaba por lo
menos diez años más que su marido. Si la presencia de un inesperado invitado a su mesa la sorprendió, supo
disimularlo muy bien, pero Nate tuvo la impresión de que era algo que ocurría a menudo.
—Por favor, llámeme Nate.
—Pues lo llamaremos Nate —anunció Phil, quitándose la túnica. La rectoría colindaba con el solar de la
iglesia y su fachada daba a una calle secundaria. Caminaron pisando con mucho cuidado la nieve.
—¿Qué tal mi sermón? —le preguntó Phil mientras subían por los peldaños del porche.
—Excelente, querido —contestó ella sin el menor entusiasmo. Nate esbozó una sonrisa; sin duda, todos
los domingos, desde hacía muchos años, Phil hacía la misma pregunta en el mismo lugar y a la misma hora, y
recibía la misma respuesta.
Cualquier duda que Nate pudiera albergar acerca de la conveniencia de quedarse a almorzar con ellos se
disipó en cuanto entró en la casa. El penetrante y exquisito aroma del estofado de cordero impregnaba el aire.
Phil atizó las ascuas de la chimenea mientras Laura preparaba la comida.
En el pequeño comedor situado entre la cocina y el estudio, la mesa estaba puesta para cuatro
comensales. Nate se alegró de haber aceptado la invitación, pese a constarle que no habría tenido ninguna
posibilidad de rehusar.
—Nos encanta que esté usted aquí —dijo Phil mientras se sentaban a la mesa—. Tuve la corazonada de
que hoy tendríamos un invitado.
—¿Para quién es este sitio? —preguntó Nate, señalando el asiento vacío.
—Los domingos siempre ponemos la mesa para cuatro —contestó Laura, sin dar más detalles.
Los tres se tomaron de la mano mientras Phil agradecía una vez más a Dios la nieve, las estaciones y la
comida.
—Y haz que siempre estemos atentos a las necesidades y anhelos de los demás —concluyó.
Las palabras desencadenaron un recuerdo en la mente de Nate. Las había escuchado antes, muchísimos
años atrás.
Mientras se pasaban la comida, hicieron los habituales comentarios acerca de las actividades de la
mañana. Solía haber un promedio de unas cuarenta personas en el oficio de las once. La nieve había hecho que
muchos decidieran quedarse en casa y, además, el virus de la gripe estaba causando estragos en la península.
Nate alabó la sencilla belleza del templo. Phil y Laura llevaban seis años en St. Michaels. Cuando apenas habían
empezado a comer, ella comentó:
—Estamos en enero, y aun así tiene usted un bronceado estupendo. No lo habrá conseguido en
Washington, ¿verdad?
—No. Acabo de regresar de Brasil.
Ambos esposos dejaron de comer y se inclinaron un poco más hacia delante. La aventura se había puesto
nuevamente en marcha. Nate tomó una buena cucharada del delicioso estofado e inició su relato.
—Coma, por favor —le decía Laura aproximadamente cada cinco minutos.
Nate tomaba un bocado, masticaba lentamente y seguía. Se limitó a referirse a Rachel como a «la hija de
un cliente». En su relato, las tormentas eran cada vez más fuertes, las serpientes más largas, la embarcación más
pequeña y los indios más hostiles. A Phil le brillaban los ojos de asombro mientras Nate proseguía con su
narración.
Era la segunda vez que Nate hablaba del viaje desde su regreso. Aparte de alguna que otra pequeña
exageración aquí y allá, el relato era fidedigno y lo llenaba de asombro incluso a él. Se trataba de una historia
impresionante y sus anfitriones estaban disfrutando de una pormenorizada versión de los hechos. Siempre que
podían, intercalaban una pregunta.
Cuando Laura despejó la mesa y sirvió de postre bizcochos de chocolate y nueces, Nate y Jevy acababan
de llegar al primer poblado ípica.
—¿Se extrañó ella al verlo? —preguntó Phil cuando Nate le describió la escena en que los indios iban a
buscar a la mujer al poblado para que se reuniera con ellos

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:28 am

—Pues no mucho, la verdad —contestó Nate—. Era como si ya esperase nuestra llegada.
Nate trató de describir lo mejor que pudo a los aborígenes y su cultura de la Edad de Piedra, pero sus
palabras no conseguían transmitir las imágenes apropiadas. Se comió dos bizcochos, haciendo breves pausas en
su narración hasta vaciar el plato.
Luego tomaron café. Para Phil y Laura el almuerzo del domingo giraba más en torno a la conversación
que a la comida. Nate se preguntó quién habría sido el último huésped que había tenido la suerte de ser invitado
para compartir aquella comida. No resultaba fácil minimizar los horrores del dengue, pero Nate trató
decididamente de hacerlo. Un par de días en el hospital, un poco de medicación y listo. Cuando terminó,
empezaron las preguntas. Phil quería saberlo todo acerca de la misionera: el credo que profesaba, su fe, su labor
entre los indios. La hermana de Laura había vivido quince años en China, trabajando en un hospital eclesiástico,
lo cual dio lugar a otra serie de relatos.
Ya eran casi las tres de la tarde cuando Nate se encaminó hacia la puerta. Sus anfitriones hubieran
deseado seguir charlando en torno a la mesa o en el estudio hasta el anochecer, pero Nate necesitaba dar un
paseo. Les agradeció su hospitalidad y, cuando los dejó saludándolo con la mano en el porche, tuvo la sensación
de que los conocía desde hacía muchos años.
Recorrer St. Michaels le llevó una hora. Las estrechas calles estaban flanqueadas por edificios de cien
años de antigüedad. Nada estaba fuera de lugar, no había perros callejeros, solares vacíos o edificios
abandonados. Hasta la nieve era limpia y había sido cuidadosamente retirada con palas para que las calzadas y
aceras estuvieran expeditas y ningún vecino se enfadara. Nate se detuvo en el muelle y contempló la belleza de
los veleros. Jamás había puesto los pies en ninguno.
Decidió no irse de St. Michaels hasta que no tuviera más remedio que hacerlo. Viviría en la casa y se
quedaría allí hasta que Josh lo desahuciara amablemente. Ahorraría dinero y, cuando terminara el caso Phelan,
ya encontraría alguna manera de seguir tirando.
Muy cerca del puerto topó con una pequeña tienda de comestibles que estaba a punto de cerrar. Compró
café, sopa en lata, galletas saladas y copos de avena para desayunar. En el mostrador había un paquete de
botellines de cerveza. Lo contempló con una sonrisa y se alegró de haber dejado aquellos días a su espalda.
Grit fue despedido por fax y correo electrónico; era la primera vez que ocurría algo semejante en su
bufete. Lo hizo Mary Ross a primera hora de la mañana del lunes tras un tenso fin de semana con sus hermanos.
Pero Grit no se fue por las buenas. Reclamó por fax el pago de los honorarios que ella le debía hasta la
fecha: ciento cuarenta y ocho horas a seiscientos dólares la hora sumaban un total de ochenta y ocho mil
ochocientos dólares. Sus tarifas horarias tendrían que aplicarse al porcentaje que le correspondiera sobre el acto
de conciliación o cualquier otro resultado favorable. Grit no quería que le pagaran seiscientos dólares la hora; lo
que quería era un saludable trozo del pastel, de la parte que le correspondiera a su cliente, esto es, el veinticinco
por ciento que había negociado con ella. Grit quería millones y, mientras permanecía sentado en su despacho
cerrado bajo llave contemplando el fax, le pareció imposible que la fortuna se le hubiera escapado de las manos.
Estaba firmemente convencido de que, al cabo de unos cuantos meses de encarnizados litigios, la testamentaría
Phelan llegaría a un acuerdo con los hijos. Le echaría veinte millones a cada uno de los seis hermanos y
contemplaría cómo estos se arrojaban encima de ellos igual que perros hambrientos sin que se advirtiera la
menor merma en la fortuna Phelan. Veinte millones para su cliente significaban cinco millones para él. Grit no
pudo por menos que admitir en su fuero interno que ya se había imaginado varias maneras de gastar esa
cantidad.
Llamó al despacho de Hark para insultarlo, pero le dijeron que en aquellos momentos el señor Gettys
estaba ocupado.
Ahora el señor Gettys tenía como clientes a cuatro herederos de la primera familia. Su porcentaje había
bajado, primero, del veinticinco al veinte y, finalmente, al diecisiete y medio. Pero su potencial de crecimiento
era enorme.
El señor Gettys entró en su sala de juntas minutos después de las diez y saludó a los restantes abogados
de los Phelan, congregados allí para celebrar una importante reunión.
—Tengo que darles una noticia —dijo en tono jovial—. El señor Grit ya no interviene en este caso. Su ex
cliente, Mary Ross Phelan Jackman, me ha pedido que la represente y, tras haberlo pensado mucho, he accedido
a hacerlo.
Sus palabras estallaron como pequeñas bombas alrededor de la mesa. Yancy se acarició la barba rala y se
preguntó qué método coactivo se habría utilizado para arrancar a la mujer de los tentáculos de Grit. Sin
embargo, él se sentía en cierto modo seguro. La madre de Ramble había utilizado todos los medios a su alcance
para atraer al chico hacia otro abogado, pero el muchacho odiaba a su madre.
La señora Langhorne se mostró sorprendida, sobre todo porque Hark acaba de añadir a Troy junior a su
clientela; pero, tras el breve sobresalto inicial, se sintió a salvo. Su cliente, Geena Phelan Strong, detestaba a sus
hermanastros y hermanastras mayores. Estaba segura de que no renunciaría a su abogada. Aun así, convenía que hiciera un alarde de poder. Llamaría a Geena y Cody cuando finalizara la reunión. Almorzaría con ellos en el
Promenade, cerca del Capitolio, y puede que avistaran brevemente al poderoso vicepresidente de algún
subcomité.
Cuando Wally Bright oyó la noticia su nuca se tiñó de un intenso color escarlata. Hark estaba depredando
clientes; de la primera familia sólo quedaba Libbigail y él mataría a Hark en caso de que intentara robársela.
—No se acerque a mi cliente, ¿está claro? —dijo levantando la voz, furioso.
Todos en la sala se volvieron hacia él.
—Cálmese.
—Y un cuerno. ¿Cómo podemos calmarnos si usted está robándonos los clientes?
—Yo no he robado a la señora Jackman. Fue ella quien me llamó.
—Ya sabemos a qué está usted jugando, Hark. No somos idiotas —soltó Wally, volviéndose hacia sus
colegas.
Ellos no se consideraban idiotas, ciertamente, pero no estaban muy seguros de que Wally no lo fuese. La
verdad era que nadie podía fiarse de nadie. Había demasiado dinero en juego como para dar por seguro que el
colega que se sentaba al lado de uno no sacaría una navaja.
Hicieron pasar a Snead y su presencia en la estancia dio lugar a un cambio de tema. Hark lo presentó al
grupo. El pobre Snead parecía un hombre enfrentado a un pelotón de fusilamiento. Se sentó a un extremo de la
mesa, enfocado por dos videos.
—Esto es sólo un ensayo —le aseguró Hark—. Tranquilícese.
Los abogados sacaron sus cuadernos de notas repletos de preguntas, y se acercaron un poco más a Snead.
Hark se situó a su espalda y le dio una palmada en el hombro.
—Bien, señor Snead —dijo—, cuando usted haga su declaración los abogados de la otra parte tendrán
derecho a interrogarle en primer lugar. Por consiguiente, en el transcurso de aproximadamente una hora deberá
usted suponer que somos el enemigo. ¿De acuerdo?
Snead no estaba de acuerdo, por supuesto, pero ya había cobrado el dinero. Tenía que hacer lo que le
dijeran.
Hark tomó su cuaderno de notas y empezó a formular preguntas muy sencillas sobre su nacimiento,
antecedentes, familia, educación, temas fáciles que Snead manejó muy bien y le sirvieron para relajarse.
Después Hark pasó a interrogarlo sobre sus primeros años con el señor Phelan y otros mil asuntos aparentemente
improcedentes.
Tras una pausa para ir al lavabo, la señora Langhorne asumió el mando y sometió a Snead a un severo
cuestionario acerca de las diversas familias Phelan, las esposas, los hijos, los divorcios y las amantes. Snead
pensó que todo aquello era por completo innecesario, pero advirtió que a los abogados les encantaba.
—¿Conocía usted la existencia de Rachel Lane? —inquirió Langhorne.
Snead reflexionó un momento antes de contestar.
—Eso no lo había pensado. —En otras palabras, pedía que le echasen una mano con la respuesta—.
¿Usted qué cree? —le preguntó al señor Gettys.
Hark representó rápidamente su papel.
—Yo creo que usted lo sabía todo sobre el señor Phelan, especialmente en lo relacionado con sus mujeres
y sus hijos. A usted no se le escapaba nada. El viejo se lo contaba todo, incluyendo la existencia de su hija
ilegítima, que tenía unos diez u once años cuando usted entró al servicio del señor Phelan. Éste intentó, a lo
largo de los años, establecer contacto con ella, pero la chica no quería saber nada de él. Supongo que eso debió
de dolerle mucho y, como era un hombre que siempre conseguía lo que quería, el desprecio de Rachel hizo que
su dolor se transformara en cólera. Yo creo que él sentía antipatía hacia ella. De ahí que el hecho de que se lo
dejara todo constituyera una demostración fehaciente de su absoluta locura.
Una vez más, Snead se asombró de la habilidad de Hark para inventarse historias en un santiamén. Los
restantes abogados también se quedaron boquiabiertos de asombro.
—¿Qué les parece? —les preguntó Hark. Todos asintieron en gesto de aprobación.
—Será mejor que se le facilite toda la información acerca de Rachel Lane —sugirió Bright.
Snead repitió entonces ante las cámaras la misma historia que Hark acababa de contar y, mientras lo
hacía, dio muestras de poseer una aceptable habilidad para ampliar el tema. Cuando terminó, los abogados no
pudieron disimular su complacencia. Aquel gusano diría cualquier cosa que hiciera falta, y no había nadie capaz
de rebatir sus afirmaciones.
Cuando le hacían alguna pregunta para cuya respuesta necesitaba ayuda, Snead contestaba: «Bueno, eso
no lo había pensado». Y Hark, que parecía prever los puntos débiles de Snead, solía tener a punto una rápida Con frecuencia, sin embargo, los demás abogados, deseosos de exhibir su habilidad a la hora de fraguar
mentiras, intervenían para proponer también sus pequeñas tramas.
De esta manera, inventaron y armonizaron a la perfección una capa tras otra de falsedades
cuidadosamente urdidas para demostrar, sin el menor asomo de duda, que el señor Phelan no estaba en su sano
juicio la mañana en que garabateó su último testamento. Los abogados adiestraron a Snead y éste se dejó dirigir
sin dificultad alguna. De hecho, era tan maleable que todos los presentes temieron que hablara más de la cuenta.
Su credibilidad no podía quedar en entredicho. No debía existir ninguna laguna en su declaración.
Se pasaron tres horas creando la historia y otras dos tratando de desmontarla de manera implacable, para
ver si funcionaba. No le dieron de comer a la hora del almuerzo. Se burlaron de él y lo llamaron embustero. En
un momento determinado, Langhorne estuvo a punto de hacerlo llorar. Cuando Snead ya estaba agotado y a
punto de venirse abajo, lo enviaron a casa con todos los videos y le ordenaron que los estudiase, una y otra vez.
Aún no estaba debidamente preparado para declarar, le dijeron. Sus relatos todavía no eran irrebatibles.
El pobre Snead regresó a casa con su nuevo Range Rover, cansado y perplejo, pero firmemente decidido a
practicar sus mentiras hasta que los abogados aplaudieran su actuación.
El juez Wycliff disfrutaba de sus tranquilos y breves almuerzos en su despacho. Como de costumbre,
Josh compró unos bocadillos en un establecimiento de comida preparada griega que había cerca de Dupont
Circle. Los desenvolvió, junto con el té helado y los encurtidos, sobre la mesita del rincón. Ambos se inclinaron
sobre la comida, comentando primero lo muy ocupados que estaban para pasar rápidamente al tema de la
herencia Phelan. Algo debía de haber ocurrido, pues de otro modo Josh no hubiera llamado.
—Hemos localizado a Rachel Lane —dijo éste.
—Estupendo. ¿Dónde? —En el rostro de Wycliff se dibujó una visible expresión de alivio.
—Nos hizo prometer que no lo diríamos, al menos por el momento.
—¿Se encuentra en el país? —preguntó el juez, olvidándose de su bocadillo.
—No. Está en un lugar muy apartado del mundo y encantada de vivir allí.
—¿Cómo la localizaron?
—Lo hizo su abogado.
—¿Quién es su abogado?
—Un hombre que antes trabajaba en mi bufete. Se llama Nate O'Riley, un antiguo socio de mi firma. Nos
dejó en agosto. Wycliff entornó los ojos mientras reflexionaba.
—Qué casualidad —dijo—. Ella contrata a un antiguo socio del bufete de abogados cuyos servicios
utilizaba su padre.
—No es ninguna casualidad. En mi calidad de abogado de la testamentaría, yo tenía que buscarla. Envié a
Nate O'Riley. Él la localizó y ella lo contrató. En realidad, es muy sencillo.
—¿Cuándo se presentará por aquí?
—Dudo mucho que comparezca en persona.
—¿Y qué me dice de los documentos de aceptación y renuncia?
—Están en camino. Ella se lo toma todo con mucha calma, y, si he de serle sincero, no sé muy bien
cuáles son sus planes.
—Habrá una disputa testamentaria, Josh. La guerra ya ha estallado. Las cosas no pueden esperar. Es
necesario que este tribunal tenga jurisdicción sobre ella.
—Señor juez, Rachel Lane cuenta con representación legal. Sus intereses estarán protegidos. Vamos a
luchar. Nosotros haremos la exhibición de datos y veremos qué es lo que tiene la otra parte.
—¿Puedo hablar con ella?
—Es imposible.
—Vamos, Josh.
—Se lo juro. Mire, trabaja como misionera en un lugar perdido de Suramérica. Es todo lo que le puedo
decir.
—Quiero ver al señor O'Riley.
—¿Cuándo?
Wycliff se acercó a su escritorio y tomó la agenda de citas que tenía más a mano. Su atareada existencia
estaba regulada por un calendario de listas de causas pendientes de juicio, un calendario de juicios y un
calendario de solicitudes. Su secretaria se guiaba por un calendario de oficina.
—¿Qué tal este miércoles?

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:29 am

—Muy bien. ¿Para almorzar? Nosotros tres juntos, con carácter informal.
—Por supuesto.
El abogado O'Riley tenía previsto pasarse toda la mañana leyendo y escribiendo, pero una llamada del
párroco truncó sus planes.
—¿Está usted ocupado? —preguntó el padre Phil con una poderosa voz que resonó con fuerza a través
del teléfono.
—Pues, en realidad, no —contestó Nate.
Se encontraba sentado en un mullido sillón de cuero, junto a la chimenea, con las rodillas cubiertas por
una manta, tomando café y leyendo a Mark Twain.
—¿Está seguro?
—Pues claro que lo estoy.
—Mire, resulta que he decidido hacer unas reformas en el sótano de la iglesia y necesito que me echen
una mano. He pensado que, a lo mejor, estaría usted aburrido, pues aquí en Saint Michaels no hay mucho que
hacer, por lo menos en invierno. Según dicen, hoy volverá a nevar.
El recuerdo del estofado de cordero pasó por la mente de Nate. Había sobrado una buena cantidad.
—En diez minutos estoy ahí.
El sótano se hallaba directamente debajo de la iglesia. Nate oyó unos martillazos mientras bajaba por los
inestables peldaños. Era una ancha y larga sala con un techo muy bajo. El proyecto de reforma llevaba bastante
tiempo en marcha, pero no se vislumbraba el final. Al parecer, el plan general consistía en la construcción de
una serie de habitaciones adosadas a los muros exteriores, con un espacio abierto en el centro. Phil se encontraba
de pie entre dos caballetes de aserrar, con una cinta métrica en la mano y los hombros cubiertos de serrín. Vestía
camisa de franela, tejanos y botas, y por su aspecto podría haber pasado fácilmente por carpintero.
—Gracias por venir —dijo con una ancha sonrisa.
—Faltaría más. Me estaba aburriendo —repuso Nate.
—Estoy colocando un revestimiento de fibra prensada en la pared —explicó Phil, señalándolo con un
movimiento del brazo—. Entre dos el trabajo es más fácil. Antes me ayudaba el señor Fuqua, pero ya tiene
ochenta años y su espalda ya no es lo que era.
—¿Qué está construyendo?
—Seis aulas para estudios bíblicos. El área del centro será una sala común de reuniones. Nuestro
presupuesto no da para muchos proyectos nuevos y por eso lo hago yo solo. Además, así me mantengo en
forma.
El padre Phil llevaba muchos años sin estar en forma.
—Indíqueme exactamente lo que tengo que hacer —pidió Nate—, y recuerde que soy abogado.
—No se ha dedicado mucho a las tareas manuales, ¿verdad?
—Pues no.
Cada uno tomó un extremo de una lámina de fibra prensada y la arrastraron por el suelo hasta el aula que
en aquellos momentos se estaba construyendo. La lámina medía un metro veinte por metro ochenta y, cuando la
levantaron para colocarla en su sitio, Nate advirtió que, en efecto, se trataba de un trabajo para dos personas.
Phil soltó un gruñido, frunció el entrecejo, se mordió la lengua y, cuando la pieza encajó en el rompecabezas,
indicó:
—Ahora aguante aquí.
Nate apretó la lámina contra los listones de sesenta por ciento veinte centímetros mientras Phil la
aseguraba con clavos. Una vez asegurada, Phil clavó otros seis clavos en los listones y contempló su obra con
admiración. Acto seguido tomó la cinta métrica y empezó a medir el siguiente espacio abierto.
—¿Dónde aprendió usted el oficio de carpintero? preguntó Nate, estudiándolo con interés.
—Lo llevo en la sangre. José era carpintero.
—¿Quién?
—El padre de Jesús.
—Ah, se refiere a ese José.
—¿Lee usted la Biblia, Nate?
—No mucho.
—Pues tendría que hacerlo.
—Me gustaría empezar.
—Yo puedo ayudarlo, si quiere.
—Gracias.
Phil anotó unas medidas en la lámina de fibra prensada que acababan de colocar. Después midió con
cuidado un par de veces. Nate no tardó en comprender la razón de la tardanza en la culminación del proyecto.
Phil se lo tomaba todo con mucha calma y era un firme creyente en la bondad de un dinámico régimen de pausas
para el café.
Al cabo de una hora subieron por la escalera para dirigirse al despacho de la rectoría, donde se disfrutaba
de una temperatura seis grados superior a la del sótano. Phil tenía una cafetera lista sobre un pequeño hornillo.
Llenó dos tazas y empezó a examinar las hileras de libros de los estantes.
—Aquí tiene usted una espléndida guía de devociones cotidianas, una de mis preferidas —dijo, tomando
delicadamente el libro, pasándole la mano por encima como si estuviese cubierto de polvo y entregándoselo a
Nate. Era de tapa dura y tenía la sobrecubierta intacta. Phil era muy cuidadoso con los libros. Eligió otro y
también se lo tendió—. Es un estudio de la Biblia para personas ocupadas —añadió—. Muy bueno, por cierto.
—¿Qué le induce a pensar que soy una persona ocupada?
—Es usted un abogado de Washington, ¿no?
—Técnicamente, sí, pero eso está a punto de terminar.
Phil juntó las puntas de los dedos de ambas manos y miró a Nate tal como sólo un clérigo podía hacerlo.
Sus ojos decían: «Siga adelante. Cuénteme más cosas. Estoy aquí para ayudarlo».
Y entonces Nate le contó algunas de sus preocupaciones pasdas y presentes, haciendo hincapié en sus
problemas con Hacienda y la inminente pérdida de su licencia de abogado. Evitaría ir a la cárcel, pero le
exigirían pagar una multa que no estaba en condiciones de afrontar.
Pese a ello, el futuro no le preocupaba; antes bien, se alegraba de abandonar la profesión.
—¿Qué piensa hacer? —le preguntó Phil.
—No tengo ni idea.
—¿Confía en Dios?
—Sí, creo que sí.
—Pues entonces, tranquilícese. Él le mostrará el camino.
Se pasaron tanto rato hablando que la mañana se alargó hasta la hora del almuerzo. Entonces se dirigieron
hacia la puerta de al lado y disfrutaron una vez más de un festín de estofado de cordero. Laura se reunió con
ellos más tarde. Enseñaba en un parvulario y sólo disponía de treinta minutos para almorzar.
Hacia las dos bajaron de nuevo al sótano, donde reanudaron a regañadientes su tarea. Mientras observaba
la manera de trabajar de Phil, Nate comprendió que éste jamás terminaría aquel trabajo. Tal vez José fuera un
buen carpintero, pero al padre Phil se le daba mejor el púlpito. La lámina de fibra prensada destinada a ocupar el
siguiente espacio vacío pasó por el mismo proceso que la anterior. Al final, tras haber hecho tantas señales a
lápiz que ni siquiera un arquitecto las hubiera comprendido, Phil tomó con gran nerviosismo la sierra eléctrica y
cortó la lámina. A continuación la colocaron sobre el espacio abierto, la clavaron y la aseguraron. El ajuste era
siempre perfecto, y cada vez que ello ocurría Phil soltaba un profundo suspiro de alivio.
Ya tenían dos aulas aparentemente terminadas y listas para pintar. Entrada la tarde, Nate decidió que al
día siguiente iba a convertirse en pintor.
Dos días de agradable esfuerzo sólo dieron lugar a un insignificante progreso en las obras del sótano de la
iglesia de la Trinidad. Pero ambos consumieron gran cantidad de café y, al final, se terminaron el estofado de
cordero, pintaron un poco, colocaron unas cuantas láminas de fibra prensada y establecieron los cimientos de
una amistad.
El martes por la noche Nate estaba rascando pintura con las uñas cuando sonó el teléfono. Era Josh,
llamándolo de nuevo al mundo real.
—El juez Wycliff quiere verte mañana —le anunció—. He intentado telefonearte antes.
—¿Qué quiere? —preguntó Nate sin poder evitar que se le notara el miedo en la voz.
—Estoy seguro de que quiere hacerte unas preguntas acerca de tu nueva cliente.
—Es que estoy muy ocupado, Josh. Estoy haciendo obras, pintando, colocando láminas de fibra prensada
y cosas por el estilo.
—No me digas.
—Pues sí. Estoy arreglando el sótano de una iglesia. El tiempo es muy importante.
—No sabía que tuvieras esa habilidad.
—¿Tengo que ir, Josh?
—Creo que sí. Accediste a llevar este caso. Ya se lo he dicho al juez. Te necesitan, muchacho.
—¿Cuándo y dónde?
—Preséntate en mi despacho a las once. Iremos juntos en miautomóvil.
—No me apetece ver el despacho, Josh. Me trae malos recuerdos. Me reuniré contigo en el juzgado.
—Muy bien. Preséntate al mediodía. En el despacho del juez Wycliff.
Nate echó un tronco al fuego y contempló los copos de nieve que pasaban flotando por delante del
porche. Podía ponerse traje y corbata y andar por ahí con un maletín. Podía interpretar el papel. Podía decir
«Señoría» y «Con la venia del tribunal», protestar a gritos y someter a un duro e implacable interrogatorio a los
testigos. Podía hacer todo eso y todas las demás cosas que otros millones de abogados hacían, pero ya no se
consideraba un abogado. Aquellos días habían pasado a la historia, gracias a Dios. Sin embargo, lo haría una vez
más, pero sólo una. Aunque trató de convencerse de que lo hacía por su cliente, Rachel, sabía que a ella le daba
igual.
Aún no le había escrito, a pesar de las muchas veces que había intentado hacerlo. La carta que le había
escrito a Jevy le había exigido dos horas de duro esfuerzo para rellenar una página y media.
Cuando sólo llevaba tres días en medio de la nieve, ya echaba de menos las húmedas calles de Corumbá,
con el lento tráfico peatonal, las terrazas de los cafés y aquel ritmo vital que decía que todo podía esperar hasta
mañana. Nevaba cada vez más fuerte. Tal vez fuese otra ventisca; con un poco de suerte cerrarían las carreteras
al tráfico y no tendría que ir.
Más bocadillos de la tienda de comida griega, más encurtidos y té. Josh puso la mesa mientras
aguardaban la llegada del juez Wycliff.
—Esto es el dossier del tribunal —dijo, entregándole a Nate un abultado expediente de tapas rojas—. Y
aquí está tu respuesta —añadió, tendiéndole una carpeta de cartulina—. Tienes que leerlo y firmarlo cuanto
antes.
—¿La testamentaría ya ha presentado la respuesta? —preguntó Nate.
—Lo hará mañana. La respuesta de Rachel Lane está aquí, ya preparada y a la espera de tu firma.
—Aquí hay algo que no marcha, Josh. Estoy presentando una respuesta a una impugnación de un
testamento en representación de una cliente que no lo sabe.
—Envíale una copia.
—¿Adónde?
—A su único domicilio conocido, el de Tribus del Mundo en Houston, Texas. Todo está en la carpeta.
Nate sacudió la cabeza con expresión de desaliento al ver los preparativos que había hecho Josh. Se
sentía una pieza en un tablero de ajedrez. La respuesta de la defensa de la validez del testamento a nombre de
Rachel Lane tenía cuatro páginas de extensión y negaba, tanto general como específicamente, los argumentos
esgrimidos en las seis peticiones de impugnación. Nate leyó las seis peticiones mientras Josh hablaba a través de
su teléfono móvil.
Una vez reducidos los precipitados argumentos y la jerga legal a sus justas proporciones, el caso era muy
sencillo: ¿sabía Troy Phelan lo que hacía cuando redactó su último testamento? Sin embargo, estaba claro que el
juicio sería un circo, en el que los abogados llamarían a declarar no sólo a psiquiatras de toda laya, sino a
empleados, ex empleados, antiguas amantes, porteros, criadas, chóferes, pilotos, guardaespaldas, médicos,
prostitutas y todo aquel que hubiera pasado cinco minutos en compañía del viejo Troy.
Nate no se veía con ánimos para enfrentarse a aquel jaleo. El expediente le resultaba cada vez más pesado
a medida que iba leyendo su contenido. Cuando aquella guerra terminara, ocuparía una habitación.
El juez Wycliff hizo su espectacular entrada a las doce y media, disculpándose por estar tan atareado
mientras se quitaba la toga a toda prisa.
—Usted es Nate O'Riley —dijo, tendiéndole la mano a Nate.
—Sí, señor juez —respondió Nate—, celebro conocerlo.
Josh consiguió dejar de lado el teléfono móvil. Los tres se apretujaron alrededor de la mesita y
empezaron a comer.
Josh me ha explicado que consiguió localizar usted a la mujer más rica del mundo —dijo Wycliff,
saboreando un bocadillo con fruición.
—Sí, en efecto. Hace aproximadamente un par de semanas.
—¿Y no puede decirme dónde está?
—Ella me rogó que no lo hiciera. Y yo se lo prometí.
—¿Comparecerá para declarar en el momento oportuno?

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:30 am

—No tendrá que hacerlo —intervino Josh. Guardaba en la carpta un informe relacionado con la cuestión
de la presencia de Rachel durante el juicio—. Si ella no sabe nada acerca de la capacidad mental del señor
Phelan, mal puede presentarse como testigo.
—Pero ella es parte implicada —señaló Wycliff.
—En efecto. Sin embargo, su presencia se puede excusar. Podemos pleitear sin ella.
—¿Excusar por parte de quién?
—De usted, señoría.
—Tengo intención de presentar una solicitud en el momento oportuno —dijo Nate—, pidiendo al tribunal
su autorización para la celebración del juicio sin su presencia.
Josh esbozó una sonrisa desde el otro lado de la mesa. «Así me gusta, Nate», pensó.
—Mejor será que nos ocupemos de eso más adelante —repuso Wycliff—. Me interesa más la
presentación obligatoria de los datos. Huelga decir que los demandantes están deseando seguir adelante sin
dilación.
—La testamentaría presentará mañana su respuesta —intervino Josh—. Estamos preparados para dar
batalla.
—¿Y el defensor?
—Aún estoy trabajando en la respuesta —respondió Nate en tono grave, como si llevara varios días en
ello—, hiba a presentarla mañana.
—¿Está usted preparado
—Sí, señor.
—¿Cuándo podemos ver la renuncia y la aceptación por esperar esos documentos de parte de su cliente?
—De eso no estoy seguro. ¿Es para la presentación de los datos?
—Técnicamente no tengo jurisdicción sobre ella hasta que reciba los documentos.
—Sí, lo comprendo. Estoy seguro de que aquí. Su servicio de correos es muy lento. Josh miró con una
sonrisa a su protegido.
—¿Usted la localizó, le mostró una copia del testamento, le explicó lo que eran los documentos de
renuncia y aceptación y accedió a representarla? —preguntó el juez.
—Sí, señor —contestó Nate, pero sólo porque no tenía más remedio que hacerlo.
—¿Lo incluirá usted en una declaración para que conste en acta?
—Eso es un poco insólito, ¿no le parece? —observó Josh.
—Es posible, pero si iniciamos la presentación sin su renuncia y aceptación, necesito que conste en acta
que se ha establecido contacto con ella y que ella sabe lo que estamos haciendo.
—Me parece una buena idea, señor juez —dijo Josh como si la idea se le hubiera ocurrido a él desde un
principio—. Nate la firmará.
Nate asintió con la cabeza e hincó el diente en su bocadillo, confiando en que lo dejaran comer sin verse
obligado a contar más mentiras.
—¿Estaba ella unida a Troy? —inquirió Wycliff. Nate masticó todo lo que pudo antes de contestar.
—Aquí estamos hablando confidencialmente, ¿verdad?
—Por supuesto; es un simple chismorreo.
«Claro, y los chismorreos hacen ganar o perder los juicios.»
—No creo que estuvieran demasiado unidos. Ella llevaba años sin verlo.
—¿Cómo reaccionó cuando leyó el testamento?
Wycliff hablaba, efectivamente, en tono distendido, familiar incluso. Nate comprendió que el juez quería
conocer todos los detalles.
—Se llevó una sorpresa —contestó ásperamente Nate.
—No me extraña. ¿Preguntó cuánto?
—Más tarde, sí. Creo que se sentía abrumada, como cualquier persona en su lugar.
—¿Está casada?
—No.
Josh comprendió que las preguntas acerca de Rachel podían prolongarse un buen rato, y eso resultaba
peligroso. No convenía que Wycliff supiera, al menos por el momento, que a Rachel no le interesaba el dinero.
Como siguiese insistiendo en el tema y Nate siguiese diciéndole la verdad, algo acabaría por escaparse.
—Mire, señor juez —dijo, encauzando hábilmente la conversación por otros derroteros—, éste no es un
caso complicado. La presentación de los datos no puede durar mucho. Ellos están nerviosos, y nosotros también.
Hay un montón de dinero en la mesa y todo el mundo lo quiere. ¿Por qué no aceleramos el proceso de la
presentación obligatoria de los datos y fijamos una fecha para el juicio?
Acelerar un litigio en un asunto de legalización era algo inaudito. A los abogados de testamentarías se les
pagaba por horas. ¿Por qué tantas prisas?
—Es interesante —admitió Wycliff—. ¿Qué se propone usted?
—Organizar cuanto antes una reunión para que se proceda a la revelación de los datos. Reunir a todos los
abogados en una habitación y que cada uno de ellos presente una lista de los posibles testigos y documentos. Dar
un plazo de treinta días para todas las declaraciones y fijar la fecha del juicio para noventa días más tarde.
—Eso es un plazo tremendamente corto.
—En los tribunales federales lo hacemos constantemente. Da resultado. Los muchachos de la otra parte lo
aceptarán con entusiasmo, porque sus clientes están sin un centavo.
—¿Y usted, señor O'Riley? ¿Está su cliente ansiosa de recibir el dinero?
—¿Usted no lo estaría, señor juez? —replicó Nate. Los tres se echaron a reír.
Cuando Grit consiguió atravesar la línea de la defensa telefónica de Hark, sus primeras palabras fueron:
—Estoy pensando en ir a ver al juez.
Hark pulsó la tecla de grabación de su teléfono y dijo:
—Buenas tardes, Grit.
—Podría explicarle al juez la verdad, que Snead ha vendido su declaración por cinco millones de dólares
y nada de lo que afirma es verdad.
Hark se echó a reír lo bastante alto para que Grit lo oyera.
—Usted no puede hacer eso, Grit.
—Por supuesto que puedo.
—Pues no demuestra ser usted muy listo, la verdad. Escúcheme, Grit, y preste mucha atención. Primero,
usted firmó la nota junto con todos los demás, lo cual significa que está implicado en el delito del que nos acusa.
Segundo, y más importante, sabe lo de Snead porque intervenía en el caso en calidad de abogado de Mary Ross.
Se trata de una relación confidencial. Si usted divulga cualquier dato que haya obtenido en el desempeño de las
tareas propias del abogado de una persona, quebranta el principio de secreto profesional, y si comete usted una
estupidez, ella presentará una protesta al colegio de abogados y yo lo perseguiré sin piedad hasta conseguir que
lo expulsen de éste. Haré que le retiren la licencia, Grit, ¿lo ha entendido?
—Es usted un canalla, Gettys. Me ha robado mi cliente.
—Si tan contenta estaba su cliente, ¿por qué se buscó a otro abogado?
—Aún no he terminado con usted.
—No cometa ninguna estupidez.
Grit colgó violentamente el auricular. Hark disfrutó del momento y después reanudó su trabajo.
Circulando solo en su automóvil por la ciudad, Nate cruzó el río Potomac, pasó por delante del Lincoln
Memorial y se dejó llevar sin prisa por el tráfico. Los copos de nieve acariciaban el parabrisas, pero la anunciada
ventisca no se había producido. Al llegar a un semáforo en rojo de la avenida Pennsylvania, miró por el espejo
retrovisor y vio el edificio, apretujado entre una docena de otros muy similares, en el que había pasado buena
parte de los últimos veintitrés años. La ventana de su despacho estaba seis pisos más arriba y apenas podía verla.
En la calle M, por la que se accedía a Georgetown, empezó a ver sus guaridas de antaño, los viejos bares
y tugurios donde había compartido oscuras y largas horas con gente a la que ya no conseguía recordar. Sí
recordaba, en cambio, los nombres de los bármanes. Cada local tenía su historia. En sus días de bebedor, una
dura jornada en el despacho o en la sala de justicia debía suavizarse necesariamente con unas cuantas horas
bebiendo, de lo contrario no podía regresar a casa. Giró al norte por Wisconsin y vio un bar en el que una vez se
había peleado con un universitario que estaba aún más borracho que él. La disputa la había provocado una
estudiante un poco ligera de cascos. El barman los había mandado a darse puñetazos a la calle. Cuando a la
mañana siguiente compareció ante el juez, Nate lucía una tirita.
Y allí estaba el pequeño café en el que había comprado cocaína suficiente para matarse. La brigada de
narcotráfico había practicado una redada en el local cuando él se encontraba en período de desintoxicación. Dos
corredores de bolsa habían ido a parar a la cárcel.
Había pasado sus días de gloria en aquellas calles mientras sus esposas esperaban y sus hijos crecían sin
él. Se avergonzaba del sufrimiento que había causado. Cuando abandonó Georgetown juró no regresar jamás.
En la casa de Stafford volvió a cargar en el automóvil más ropa y efectos personales y se marchó a toda
prisa.
Llevaba en el bolsillo un cheque por valor de diez mil dólares, el anticipo sobre los honorarios. Hacienda
le reclamaba sesenta mil dólares de impuestos atrasados, y la multa ascendería a otro tanto por lo menos. Le
debía a su segunda mujer treinta mil dólares por la manutención de los hijos. Mientras él se recuperaba con
ayuda de Sergio, sus obligaciones mensuales se habían acumulado.
El hecho de que estuviera arruinado no le eximía del pago de aquellas deudas. Reconocía que su futuro
económico era decididamente negro. La manutención de los hijos menores le costaba tres mil dólares mensuales
por cada uno. Y los dos mayores le resultaban casi igual de caros, a causa de las matrículas, la vivienda y la
comida. Podría subsistir con el dinero que le dejase el caso Phelan durante unos cuantos meses, pero, a juzgar
por lo que decían Wycliff y Josh, el juicio se adelantaría en lugar de retrasarse. Cuando se cerrara finalmente la
testamentaría, él comparecería ante un juez federal, se declararía culpable de evasión de impuestos y entregaría
su licencia.
El padre Phil estaba enseñándole a no preocuparse por el futuro. El Señor cuidaba de los suyos.
Nate se preguntó una vez más si Dios estaba recibiendo más de lo que había pactado.
Puesto que era incapaz de escribir en otro tipo de papel que no fuera el de oficio, por la comodidad de sus
amplios márgenes y sus anchas líneas, Nate tomó una hoja e intentó escribirle una carta a Rachel. Tenía la
dirección en Houston de Tribus del Mundo. Indicaría en el sobre «Personal y Confidencial», lo dirigiría a Rachel
Lane y añadiría una nota explicatoria: «A quien corresponda».
Alguien de Tribus del Mundo debía de saber quién era ella y dónde estaba. A lo mejor, ese alguien estaba
al corriente de que Troy era su padre. Y, a lo mejor, ese alguien había atado cabos y ya sabía que su Rachel era
la beneficiaria.
Nate suponía, además, que Rachel se pondría en contacto con Tribus del Mundo, si no lo había hecho ya.
Estaba en Corumbá, pues había ido a verlo al hospital. Era lógico suponer que desde allí hubiera llamado a
Houston para comentarle a alguien la visita que él le había hecho.
Recordaba que ella le había comentado el presupuesto anual que le asignaba Tribus del Mundo. Tenía
que haber algún método de correspondencia por correo. Si su carta llegaba a las manos apropiadas en Houston,
quizá también llegase al lugar apropiado de Corumbá.
Escribió la fecha y, después, «Querida Rachel».
Se pasó una hora contemplando el fuego que ardía en la chimenea mientras trataba de buscar palabras
que sonaran inteligentes. Al final, inició la carta con un párrafo en el que hablaba de la nieve. ¿La echaba ella de
menos de la época de su infancia? ¿Cómo eran las nevadas de Montana? En aquellos momentos había una capa
de al menos treinta centímetros de grosor al otro lado de su ventana.
Se vio obligado a confesarle que estaba actuando como abogado suyo y, en cuanto entró de lleno en el
ritmo de la jerga legal, la carta echó a andar sin dificultad. Le explicó con toda la sencillez que pudo lo que
estaba ocurriendo con el juicio.
Le habló del padre Phil, de la iglesia y del sótano. Estaba estudiando la Biblia y le gustaba mucho.
Rezaba por ella.
Al terminar, vio que había llenado tres páginas y se sintió orgulloso. La leyó un par de veces y la
consideró digna de ser enviada. Si la carta llegaba a la choza de Rachel, sabía que ésta la leería una y otra vez y
no prestaría la menor atención a las deficiencias de su estilo.
Estaba deseando volver a verla.
Uno de los motivos del lento avance de las obras de reforma del sótano de la iglesia era la tendencia del
padre Phil a levantarse tarde. Laura decía que ella salía diariamente de casa a las ocho de la mañana para
dirigirse al parvulario, y la mayor parte de las veces el párroco aún seguía bajo las mantas. Era un ave nocturna,
decía él para justificarse, y le encantaba ver viejas películas en blanco y negro en la televisión pasada la
medianoche.
De ahí la extrañeza de Nate cuando Phil le llamó el viernes a las siete de la mañana y le preguntó:
—¿Ha leído el Post?
—No leo los periódicos —contestó Nate.
Se había librado de aquella costumbre durante su período de desintoxicación. En cambio, Phil leía cinco
periódicos al día. Eran una buena fuente de material para sus sermones.
—Pues creo que le convendría hacerlo.
—¿Por qué?
—Hay un reportaje sobre usted.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:31 am

Nate se calzó las botas y recorrió las dos manzanas que lo separaban de una cafetería de Main Street. En
la primera plana de la sección dedicada al área metropolitana aparecía un bonito reportaje acerca del hallazgo de
la heredera perdida de la fortuna de Troy Phelan. Los documentos se habían presentado a última hora del día
anterior en el juzgado de distrito del condado de Fairfax, en el que ella, a través de su abogado, un tal Nate
O’Riley, rechazaba los argumentos de las personas que habían impugnado el testamento de su padre. Puesto que
no había muchas cosas que decir acerca de ella, el reportaje se centraba en su abogado. Según su declaración,
presentada también en el juzgado, éste había localizado a Rachel Lane, le había mostrado una copia del
testamento manuscrito, había discutido con ella las distintas cuestiones legales y había conseguido convertirse en
su abogado.
No se ofrecía ninguna indicación concreta acerca del paradero de la señorita Lane.
El señor O'Riley era un antiguo socio del bufete Stafford; había sido un destacado procurador de los
tribunales, había abandonado el bufete en agosto; se había declarado insolvente en octubre; había sido
encausado en noviembre y todavía tenía que responder de la acusación de fraude fiscal que pesaba sobre él. Las
autoridades tributarias señalaban que les había escamoteado sesenta mil dólares, y para redondear la cosa, el
reportero mencionaba el innecesario dato de sus dos divorcios y completaba la humillación con la pésima
fotografía que acompañaba el reportaje, en la cual O'Riley aparecía con una copa en la mano en un bar del
distrito de Columbia. Nate estudió su granulosa imagen de varios años atrás, con los ojos irritados, las mejillas
oscurecidas por el alcohol y una estúpida sonrisa de complacencia, como si estuviera alternando con personas de
su agrado. Se avergonzó al verla, pero era algo que pertenecía a otra vida.
Naturalmente, ningún reportaje podía considerarse completo sin una rápida enumeración de los
turbulentos detalles de la vida y muerte de Troy: tres esposas, siete hijos conocidos, unos once mil millones de
dólares en activos y su vuelo final desde catorce pisos de altura.
No había sido posible contactar con el señor O'Riley para conocer sus opiniones. El señor Stafford no
tenía nada que declarar. En cuanto a los abogados de los herederos Phelan, ya habían dicho tantas cosas que no
había sido necesario preguntarles nada más.
Nate dobló el periódico y regresó a casa. Eran las ocho y media. Le quedaban casi dos horas antes de la
reanudación de las obras del sótano. Los sabuesos ya conocían su nombre, pero les resultaría muy difícil dar con
su rastro. Josh había dispuesto que su correspondencia se desviara a un apartado de Correos del distrito de
Columbia. Le habían asignado un nuevo número de teléfono de oficina, a nombre de Nate O'Riley, abogado. Las
llamadas las atendía una secretaria del bufete de Josh que archivaba los mensajes.
En St. Michaels, sólo el párroco y su mujer conocían su identidad. Corrían rumores de que era un
próspero abogado de Baltimore que estaba escribiendo un libro.
Se enviaron por correo copias de la respuesta de Rachel Lane a todos los abogados de los hermanos
Phelan que, en su conjunto, se quedaron estupefectos al recibir la noticia. De modo que estaba viva y dispuesta a
presentar batalla, por más que la elección del abogado resultase en cierto modo enigmática. La fama de O'Riley
era cierta. Se trataba de un hábil y brillante letrado que no podía soportar la presión a que estaba sometido; pero
los representantes legales de los hermanos Phelan y el propio juez Wycliff sospechaban que quien llevaba la voz
cantante era Josh Stafford. Había rescatado a O'Riley de las drogas y el alcohol, lo había regenerado, había
depositado el expediente en sus manos y lo había enviado al juzgado.
Los abogados de los Phelan se reunieron el viernes por la mañana en el despacho de la señora Langhorne,
ubicado en uno de los modernos edificios de la avenida Pennsylvania, en la zona comercial. El bufete era un
poco quiero y no puedo: sus cuarenta abogados constituían un número suficiente para atraer clientes de la
máxima categoría, pero su ambiciosa dirección había elegido el espectacular y ostentoso mobiliario propio de
unos abogados que estaban esperando con ansia la gran oportunidad que los lanzara a la fama.
Habían acordado reunirse una vez por semana, cada viernes a las ocho y por no más de dos horas, para
analizar el litigio Phelan y planear la estrategia.
La idea había sido de Langhorne, quien había comprendido que ella tendría que ser la conciliadora, pues
los chicos estaban demasiado ocupados pavoneándose y combatiendo. Además, había demasiado dinero que
perder en un juicio en el que los contendientes, todos agrupados a un lado de la estancia, estaban apuñalándose
mutuamente por la espalda.
Al parecer, la depredación ya había terminado, o eso creía ella por lo menos. Sus clientes Geena y Cody
no la abandonarían. Yancy llevaba al joven Ramble muy bien sujeto por la correa y Wally Bright vivía
prácticamente con Libbigail y Spike. Hark tenía a los otros tres —Troy junior, Rex y Mary Ross— y daba la
impresión de conformarse con su cosecha. El polvo estaba posándose alrededor de los herederos. Las relaciones
adquirían por momentos un carácter familiar. Las cuestiones se habían definido y los abogados sabían que como
no trabajasen en equipo perderían el pleito.
La cuestión número uno era Snead. Se habían pasado varias horas estudiando los videos de su primer
intento y cada uno de ellos había preparado largas notas acerca de la manera de mejorar su actuación. La
invención de mentiras resultaba descarada. Yancy, un antiguo aspirante a guionista cinematográfico, había a escribirle a Snead un guión de cincuenta páginas plagado de afirmaciones en las que se presentaba al
pobre Troy como un individuo totalmente insensato.
La número dos era Nicolette, la secretaria. En unos días la machacarían delante de las cámaras de video,
pues la chica tendría que decir ciertas cosas. A Bright se le había ocurrido apuntar la posibilidad de que el viejo
hubiera sufrido un ataque de apoplejía en el transcurso de una relación sexual con ella horas antes de enfrentarse
con los tres psiquiatras, algo que sólo Nicolette y Snead estaban en condiciones de declarar. Un ataque de esa
especie equivaldría a una merma de las facultades mentales. La genial idea había sido aceptada de inmediato,
pero había dado lugar a una prolongada discusión acerca de la autopsia. Aún no disponían de una copia del
resultado. El pobre hombre se había estrellado contra el suelo de ladrillos del patio y había sufrido un terrible
golpe en la cabeza, como cabía esperar. ¿Podía la autopsia, a pesar de ello, revelar la presencia de un ataque
cerebral?
La número tres eran sus propios expertos. El psiquiatra de Grit había protagonizado una precipitada
salida en compañía de éste, por cuyo motivo ahora sólo había cuatro letrados, uno por cada bufete. No era un
número difícil de manejar en un juicio y, de hecho, podía resultar más convincente, sobre todo en caso de que
todos ellos llegaran a las mismas conclusiones por caminos distintos. Los abogados habían acordado ensayar
también las declaraciones de sus psiquiatras, y los habían sometido a duros interrogatorios, tratando de provocar
su derrumbamiento por efecto de la presión.
La número cuatro era la necesidad de contar con más testigos. Tenían que encontrar a otras personas que
hubieran estado alrededor del viejo Troy Phelan en sus últimos días. En eso Snead podría echarles una mano.
La última cuestión a debatir era la aparición de Rachel Lane y su abogado.
—No hay nada en los registros firmado por esta mujer —anunció Hark—. Es una especie de reclusa.
Nadie sabe dónde está excepto su abogado, y éste no quiere revelarlo. Han tardado un mes en localizarla, y no
ha firmado nada. Desde un punto de vista técnico, el tribunal carece de jurisdicción sobre ella. En mi opinión, es
obvio que esta mujer se muestra reacia a presentarse.
—Lo mismo les ocurre a algunos ganadores de la lotería —terció Bright—. Quieren llevar la cosa con
discreción para evitar que todos los sablistas del barrio llamen a su puerta.
—¿Y si no quiere el dinero? —preguntó Hark, dejando boquiabiertos de asombro a todos los presentes en
la estancia.
—Eso es una locura —replicó instintivamente Bright, pero sus palabras se perdieron en el aire mientras él
reflexionaba acerca de aquella posibilidad.
Al ver que los demás se rascaban la cabeza, perplejos, Hark insistió en el tema.
—Era sólo una idea, pero convendría tenerla en cuenta. Según la legislación de Virginia, el legado de un
testamento puede rechazarse, en cuyo caso queda dentro de la testamentaría, sujeto a las restantes disposiciones.
Si este testamento es impugnado y no existe ningún otro, los siete hijos de Troy Phelan se lo llevarán todo. Y, si
Rachel Lane no quiere nada, nuestros clientes se repartirán la herencia.
Unos vertiginosos cálculos cruzaron por la mente de los abogados. Once mil millones menos los
impuestos de sucesión dividido por seis... Los honorarios de siete cifras se convertían en honorarios de ocho
cifras.
—Eso es un poco traído por los pelos —dijo lentamente Langhorne con el cerebro todavía ardiendo por
efecto de los cálculos matemáticos.
—No estoy tan seguro —repuso Hark. Estaba claro que sabía algo más que sus colegas—. Una renuncia
es un documento muy fácil de ejecutar. ¿Esperan que nos creamos que O'Riley viajó al Brasil, encontró a Rachel
Lane, le habló de lo de Troy, consiguió que ella contratara sus servicios, pero no logró que estampara una
firmita en un breve documento que otorgaría jurisdicción al juzgado? Aquí hay gato encerrado.
Yancy fue el primero en preguntar:
—¿Brasil?
—Sí. El abogado acaba de regresar de allí.
—¿Y usted cómo lo sabe?
Hark abrió lentamente una carpeta y extrajo unos papeles.
—Tengo un investigador muy bueno —contestó mientras los demás enmudecían de asombro—. Ayer,
tras recibir la respuesta de Rachel Lane y la declaración de O'Riley, lo mismo que ustedes, lo llamé. En tres
horas, averiguó lo siguiente: el 22 de diciembre Nate O'Riley salió del aeropuerto Dulles en el vuelo 882 de la
Varig, directo a Sáo Paulo. Desde allí tomó el vuelo 146 de la Varig a Campo Grande y allí subió a bordo de un
aparato de la Air Pantanal con destino a una pequeña ciudad llamada Corumbá, adonde llegó el día 23.
Permaneció allí casi tres semanas, al cabo de las cuales regresó al aeropuerto Dulles.
—Puede que fueran unas vacaciones —murmuró Bright, que estaba tan sorprendido como los demás.
—Quizá, pero lo dudo. O'Riley se pasó el último otoño en un centro de desintoxicación, y no era la
primera vez. Estaba allí cuando Troy se arrojó al vacío. Salió de allí el 22, el mismo día de su partida hacia
Brasil. Su viaje tenía un solo objetivo, y era el de localizar a Rachel Lane.
—¿Y usted cómo sabe todo eso? —no tuvo más remedio que preguntar Yancy.
—No es tan difícil, en realidad. Sobre todo la información relativa a los vuelos. Cualquier buen pirata
informático puede obtenerla.
—¿Y cómo sabe usted que él estaba en un centro de desintoxicación?
—Espías.
Se produjo un prolongado silencio mientras los presentes asimilaban la información. Todos despreciaban
y al mismo tiempo admiraban a Hark. Siempre se las arreglaba para obtener información de la que ellos
carecían. Y ahora estaba de su parte. Todos pertenecían al mismo equipo.
—Es una simple cuestión de medios —añadió—. Procedemos rápidamente a la presentación de los datos
que obran en nuestro poder. Impugnamos el testamento con todas nuestras fuerzas. No decimos nada acerca de
la falta de jurisdicción del juzgado sobre Rachel Lane. Si ésta no comparece en persona o por medio de un
documento de renuncia, ello constituirá un excelente indicio de que no quiere el dinero.
Jamás conseguirán que me lo crea —dijo Bright.
—Porque es usted abogado.
—¿Y usted no?
—Por supuesto que sí, sólo que menos codicioso. Tanto si lo cree como si no, Wally, hay personas en
este mundo que no se sienten motivadas por el dinero.
—Aproximadamente unas veinte —intervino Yancy—, y todas son clientes mías.
Unas leves carcajadas aliviaron la tensión.
Antes de levantar la sesión, los abogados se comprometieron una vez más a considerar confidencial todo
lo hablado en el transcurso de la reunión. Cada uno de ellos estaba decidido a hacerlo, pero no se fiaba del todo
de los demás. La noticia sobre Brasil era particularmente delicada.
El sobre era de color marrón y de tamaño ligeramente más grande que el legal. Al lado de la dirección de
Tribus del Mundo en Houston, figuraban unas palabras escritas en clara letra de imprenta de color negro: «Para
Rachel Lane, misionera en América del Sur. Personal y confidencial.»
Lo recibió el administrativo responsable del correo, lo examinó por un instante y después lo envió al
supervisor de la planta superior. El sobre prosiguió su viaje durante toda la mañana hasta llegar finalmente,
todavía sin abrir, al escritorio de Neva Collier, coordinadora de las Misiones de América del Sur. Ésta se quedó
boquiabierta de asombro al verlo: nadie más que ella sabía que Rachel Lane era una misionera de Tribus del
Mundo.
Estaba claro que los que se habían ido pasando el sobre no habían establecido ninguna relación entre el
nombre que figuraba en éste y el que había aparecido recientemente en las noticias. Era un lunes por la mañana y
en los despachos todo estaba muy tranquilo.
Neva cerró la puerta de su despacho con llave. En el interior del sobre había una carta dirigida «A quien
corresponda» y un sobre más pequeño, cerrado. Leyó la carta en voz alta, sorprendiéndose de que alguien
conociera en parte la identidad de Rachel Lane.
A quien corresponda:
Adjunto a la presente una carta a Rachel Lane, una de sus misioneras en Brasil. Le ruego que se la haga
llegar sin abrir.
Conocí a Rachel hace un par de semanas. Di con ella en el Pantanal, viviendo entre los ípicas, tal como
lleva haciendo desde hace once años. El propósito de mi visita era un asunto legal pendiente.
Para su información, le diré que se encuentra bien. Le prometí a Rachel que no revelaría su paradero a
nadie bajo ningún pretexto. No desea que la molesten con más cuestiones legales, y accedí a su petición.
Necesita dinero para una nueva embarcación y un motor, y también fondos adicionales para
medicamentos. Tendré mucho gusto en mandar un cheque a su organización para sufragar esos gastos; le ruego
me envíe instrucciones.
Me propongo volver a escribir a Rachel, aunque no tengo la menor idea de cómo recibe la
correspondencia.
¿Tendría usted la bondad de escribirme unas líneas para hacerme saber que ha recibido esta carta y que la
que le he enviado a Rachel se le ha hecho llegar? Gracias.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:32 am

La misiva estaba firmada por Nate O'Riley. Al pie había un número de teléfono de St. Michaels,
Maryland, y una dirección de un bufete jurídico de Washington.
La correspondencia con Rachel era de lo más sencillo. Dos veces al año, el 1 de marzo y el 1 de agosto,
Tribus del Mundo enviaba unos paquetes a la oficina de Correos de Corumbá, con suministros médicos,
literatura cristiana y todo cuanto Rachel pudiera necesitar o desear. La oficina de Correos se comprometía a
guardar los paquetes de agosto durante treinta días y, en caso de que éstos no se recogieran, a enviarlos de nuevo
a Houston, algo que jamás había ocurrido. En el mes de agosto de cada año, Rachel efectuaba su excursión anual
a Corumbá y aprovechaba para llamar a la sede central y practicar el inglés durante diez minutos. Recogía los
paquetes y regresaba junto a los ípicas. En marzo, una vez finalizada la estación de las lluvias, los paquetes se
enviaban río arriba en una chalana y se dejaban en una fazenda próxima a la desembocadura del río Xeco. Allí
acudía Lako a recogerlos. Los paquetes del mes de marzo siempre eran más pequeños que los de agosto.
En once años, Rachel jamás había recibido una carta personal, por lo menos a través de Tribus del
Mundo.
Neva copió el número telefónico en un cuaderno de notas y guardó la carta en un cajón. La enviaría en
aproximadamente treinta días, junto con los habituales suministros del mes de marzo.
Se pasaron casi una hora cortando láminas de fibra prensada de sesenta centímetros por metro veinte para
la siguiente aula. El suelo estaba cubierto de serrín. Phil tenía serrín incluso en el cabello. El chirrido de la sierra
todavía resonaba en sus oídos. Ya era hora de que se tomaran un café. Se sentaron en el suelo de espaldas a la
pared, muy cerca de una estufa portátil. Phil vertió un cargado café con leche de un termo.
—Hoy se ha perdido un buen sermón —dijo con una sonrisa.
—¿Dónde?
—¿Cómo que dónde? Pues aquí,
—¿Cuál era el tema?
—El adulterio.
—¿A favor o en contra?
—En contra, como siempre.
—No creo que eso sea un problema para sus feligreses.
—Doy un sermón una vez al año.
—¿El mismo sermón?
—Sí, pero siempre renovado.
—¿Cuándo fue la última vez que problema con el adulterio?
—Hace un par de años. Una de las integrantes más jóvenes de nuestra grey creía que su marido tenía otra
mujer en Baltimore. Él se trasladaba una vez a la semana allí por motivos de trabajo y ella observó que, cuando
regresaba a casa, era una persona distinta. Rebosaba de energía y sentía más entusiasmo por la vida. La cosa
duraba tres días y después el hombre volvía a mostrarse tan malhumorado como de costumbre. Entonces ella se
convenció de que su marido se había enamorado de otra.
—A ver si va un poco más al grano.
—Pues resulta que el marido visitaba a un quiropráctico.
Phil se rió ruidosamente por la nariz, lo que siempre resultaba más gracioso que el propio chiste que
contaba.
Cuando se les pasó la risa, ambos tomaron un sorbo de café al mismo tiempo.
—En su otra vida, Nate, ¿tuvo alguna vez un problema con el adulterio?
—Ninguno en absoluto. De hecho, no constituía un problema, sino una forma de vida. Perseguía
cualquier cosa que caminara. Si una mujer era medianamente atractiva, de inmediato se convertía en un objetivo
para mí. Yo estaba casado, pero ni se me ocurría pensar que lo que hacía era cometer adulterio. No se trataba de
un pecado sino de un juego. Yo era un presumido asqueroso, Phil.
—No debería haberle hecho esa pregunta.
—No, la confesión es buena para el alma. Me avergüenzo de la persona que era antes. Mujeres,
borracheras, bares, peleas, divorcios, abandono de los hijos... un auténtico desastre. Ojalá pudiera volver atrás
para vivir de otra manera; pero ahora lo importante es recordar hasta qué extremo he progresado.
—Le quedan muchos años por delante, Nate.
—Eso espero. De todos modos, no sé muy bien qué hacer.
—Tenga paciencia. Dios le guiará.
—Claro que, al paso que vamos, le llevará su tiempo.
Phil sonrió.
—Estudie la Biblia, Nate, y procure rezar. El Señor necesita personas como usted.
—Supongo que sí.
—Confíe en mí. Yo tardé diez años en descubrir la voluntad de Dios. Me pasé algún tiempo corriendo
por ahí hasta que, al final, me detuve para prestar atención. Y, poco a poco, él me guió hacia el sacerdocio.
—¿Cuántos años tenía entonces?
—Tenía treinta y seis años cuando entré en el seminario.
—¿Era el más viejo?
—No. En el seminario es frecuente ver a personas de cuarenta y tantos años. Ocurre constantemente.
—¿Cuánto duran los estudios?
—Cuatro años.
—Eso es peor que estudiar abogacía.
—No estuvo nada mal. En realidad, fue muy agradable.
—Pues no puedo decir lo mismo de mi paso por la universidad. Se pasaron una hora más trabajando hasta
que llegó la hora del almuerzo. Por fin se fundió toda la nieve. Algo más abajo de la carretera, en Tilghman,
había una marisquería que a Phil le encantaba. Nate estaba deseando invitarlo a almorzar.
—Bonito automóvil —dijo Phil, abrochándose el cinturón de seguridad.
El serrín cayó desde su hombro sobre la impoluta tapicería de cuero del jaguar. A Nate le dio enteramente
igual.
—Es un coche de abogado, de alquiler, naturalmente, pues no podría permitirme el lujo de pagarlo.
Ochocientos dólares al mes.
—Perdón.
—Preferiría conducir un pequeño Blazer o algo por el estilo.
La carretera 33 se estrechaba en las afueras de la ciudad y muy pronto empezaron a seguir el tortuoso
perfil de la bahía.
Cuando sonó el teléfono estaba en la cama, aunque no dormía; todavía faltaba una hora para eso. No eran
más que las diez, pero su cuerpo seguía acostumbrado a la rutina de Walnut Hill, a pesar de su viaje al sur. A
veces aún se sentía un poco fatigado como consecuencia del dengue.
Le parecía increíble que, a lo largo de casi toda su vida profesional, a menudo hubiera trabajado hasta las
nueve o las diez de la noche y después se hubiera ido a cenar a un bar y a tomar copas hasta la una. Le entraba
cansancio sólo de pensarlo.
Puesto que el teléfono sonaba muy de tarde en tarde, se apresuró a tomarlo en la certeza de que habría
ocurrido algún contratiempo.
—Con Nate O'Riley, por favor —dijo una voz femenina.
—Soy yo.
—Buenas noches, señor. Soy Neva Collier y he recibido una carta suya para nuestra amiga de Brasil.
El edredón salió despedido mientras salto de la cama.
—¡Sí! ¿Ha recibido usted mi carta?
—La hemos recibido. La he leído esta mañana y le enviaré carta a Rachel.
—Estupendo. ¿Cómo recibe ella la correspondencia?
—Yo la envío a Corumbá en determinadas fechas del año.
—Muchas gracias. Me gustaría volver a escribirle.
—Me parece muy bien, pero, por favor, no ponga el nombre Rachel en los sobres.
A Nate se le ocurrió pensar que en Houston eran las nueve. Su comunicante estaba llamándolo desde su
casa, lo cual le pareció sumamente extraño. Sin embargo, la voz era agradable, aunque un poco reticente.
—¿Ocurre algo?
—No, sólo que aquí nadie más que yo sabe dónde está Rachel. Ahora que usted ha intervenido, somos
dos los que estamos al corriente de su paradero.
—Ella me hizo jurar que guardaría el secreto.
—¿Le resultó muy difícil localizarla?
—Ya puede usted figurarse. Yo no me preocuparía por la posibilidad de que otras personas la
encontraran.
—Pero ¿cómo lo hizo usted?
—En realidad, lo hizo su padre. ¿Usted se ha enterado del caso de Troy Phelan?
—Sí, estoy recortando las noticias de los periódicos.
—Antes de abandonar este mundo, la localizó en el Pantanal. No tengo ni idea de cómo lo hizo.
—Contaba con los medios.
—En efecto. Sabíamos más o menos dónde estaba, me desplacé allí, contraté un guía, me perdí y di con
ella. ¿La conoce usted bien?
—No estoy muy segura de que haya alguien que conozca bien a Rachel. Yo hablo con ella una vez al
año, en agosto, cuando me llama desde Corumbá. Hace cinco años probó a disfrutar de un permiso y un día
almorzamos juntas, pero la verdad es que no la conozco muy bien.
—¿Ha tenido noticias suyas recientemente?
—No.
Rachel había estado en Corumbá hacía dos semanas. Nate lo sabía porque había acudido a verlo al
hospital. Le había hablado, lo había tocado y después se había desvanecido junto con la fiebre. ¿Y no había
llamado a la sede central? Era muy extraño.
—Se encuentra bien —dijo Nate—, y muy a gusto con su gente.
¿Comprende usted lo que hizo su padre?
—Eso intento.
—¿Por qué lo enviaron a usted a buscarla?
—Alguien tenía que hacerlo.
—Había que notificárselo a Rachel, y para eso nadie mejor que un abogado. Casualmente, yo era el único
de nuestra firma que no tenía otra cosa mejor que hacer.
—Y ahora es su representante legal.
—Veo que sigue usted el caso.
—Puede que tengamos algo más que un interés pasajero. Es una de las nuestras y está un poco fuera de
órbita, por así decirlo.
—Eso suena a eufemismo.
—¿Qué pretende hacer Rachel con la herencia de su padre?
Nate se frotó los ojos e hizo una pausa para interrumpir la conversación. Neva Collier se estaba pasando
un poco de la raya, pero él dudaba mucho que fuese consciente de ello.
—No quisiera ofenderla, señora Collier, pero no puedo comentar con usted la conversación que mantuve
con Rachel a propósito de la herencia de su padre.
—Naturalmente. No era mi intención sonsacarle. Lo que ocurre es que no sé muy bien qué debe hacer
Tribus del Mundo en este momento.
—Nada. Ustedes no tienen que intervenir a menos que Rachel les pida que lo hagan.
—Comprendo. Me limitaré a seguir los acontecimientos a través de la prensa.
Nate le comentó el caso de la niña que Rachel atendió y que no disponía del antídoto apropiado.
—En Corumbá no encuentra suficientes medicamentos.
—Me encantaría enviarle cuanto necesite.
—Gracias. Envíe el dinero a mi nombre a Tribus del Mundo y me encargaré de que ella reciba los
suministros. Tenemos cuatro mil misioneros como Rachel repartidos por todo el mundo y eso nos obliga a
estirar mucho el presupuesto.
—¿Alguno es tan extraordinario como ella?
—Sí. Dios los elige.
Acordaron mantenerse en contacto. Nate podría enviar todas las cartas que quisiera. Neva las remitiría a
Corumbá. Cualquiera de los dos que tuviese noticias de Rachel, llamaría al otro.
Una vez de nuevo en la cama, Nate repasó la conversación telefónica. Era asombroso lo mucho que se
había callado. Rachel acababa de enterarse por su mediación de que su padre había muerto y le había dejado una
de las fortunas más grandes del mundo.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:33 am

A continuación, ella se había desplazado en secreto a Corumbá porque había averiguado a través de Lako
que él estaba muy enfermo. Después se había marchado sin llamar a nadie de Tribus del Mundo para comentar
la cuestión del dinero.
Cuando él la dejó en la orilla del río, estaba absolutamente convencido de que a ella no le interesaba el
dinero. Ahora esa certeza era aún mayor.
Las declaraciones empezaron el lunes 17 de febrero en una alargada sala vacía del juzgado del condado
de Fairfax. Se trataba de una sala de testigos, pero el juez Wycliff había echado mano de su influencia y la había
reservado para las últimas dos semanas del mes. Estaba previsto que declararan quince personas como mínimo,
pero los abogados no habían conseguido ponerse de acuerdo acerca del lugar y el momento. El juez Wycliff se
había visto obligado a intervenir. Las declaraciones se recibirían ordenadamente una detrás de otra, hora tras
hora y día tras día hasta que concluyeran. Semejante maratón era un hecho un tanto insólito, pero también lo era
todo cuanto estaba en juego. Los abogados se habían mostrado muy habilidosos a la hora de conciliar cualquier
otro compromiso con el fin de pasar cuanto antes a la fase de la presentación de pruebas en el caso Phelan.
Pospusieron juicios; se libraron de otras declaraciones; retrasaron una vez más importantes fechas límite;
transfirieron informes a otros colegas, aplazaron alegremente sus vacaciones hasta el verano, y dejaron los
asuntos más intrascendentes en manos de sus asociados. Nada era tan importante como el embrollo Phelan.
Para Nate la perspectiva de pasarse dos semanas en una sala llena de abogados, sometiendo a duros
interrogatorios a los testigos, era un suplicio peor que el infierno.
Si su cliente no quería el dinero, ¿qué más le daba a él quién lo recibiera?
Su actitud cambió un poco cuando vio a los herederos de Troy Phelan.
El primer declarante fue Troy Phelan junior. La secretaria del juzgado le tomó juramento, pero sus
miradas furtivas y sus mejillas coloradas hicieron que perdiese credibilidad a los pocos segundos de sentarse a la
cabecera de la mesa. En el extremo opuesto de ésta una cámara de video captó un primer plano de su rostro. El
equipo de Josh había preparado centenares de preguntas para que Nate pudiera cebarse en él. El trabajo y la
investigación habían corrido a cargo de media docena de asociados, a los que Nate jamás llegaría a conocer;
pero podría haberlo hecho él solo, improvisando sin necesidad de preparación previa. No era más que una
declaración, y él contaba con una más que amplia experiencia.
Nate se presentó a Troy junior y éste lo miró con la sonrisa propia de un recluso que está ante su verdugo.
«No será muy doloroso, ¿verdad?», parecía preguntarle.
—¿Se encuentra usted en este momento bajo los efectos de alguna droga ilegal, medicamento o bebida
alcohólica? —le preguntó cordialmente Nate, provocando el desconcierto entre los abogados de los Phelan,
sentados al otro lado de la mesa.
Sólo Hark lo comprendió. Había escuchado casi tantas declaraciones como Nate O'Riley.
—No —contestó ásperamente Troy junior, que ya no sonreía. Tenía resaca, pero en aquellos momentos
no estaba bebido.
—¿Es consciente de que acaba usted de jurar decir toda la verdad?
—Sí.
—¿Sabe lo que es el perjurio?
—Por supuesto que lo sé.
—¿Quién es su abogado? —preguntó Nate.
—Hark Gettys.
La arrogancia de O'Riley volvió a desconcertar a los letrados de los Phelan, esta vez incluido el propio
Hark. Nate no se había tomado la molestia de averiguar qué abogado representaba a qué cliente. El desdén que
le inspiraba todo el grupo resultaba ofensivo.
En el transcurso de los primeros dos minutos, Nate ya había conseguido marcar la desagradable pauta del
día. Estaba claro que desconfiaba de Troy junior y cabía la posibilidad de que éste se encontrara, en efecto, bajo
los efectos de algo. Se trataba de un viejo truco.
—¿Cuántas esposas ha tenido usted?
—¿Y usted? —replicó junior, mirando a su abogado en busca de aprobación.
Hark, sin embargo, estaba estudiando una hoja de papel.
Nate no perdió la compostura. Era imposible saber qué habrían estado diciendo los abogados de los
Phelan a su espalda. En cualquier caso, no le importaba.
—Permítame explicarle una cosa, señor Phelan —dijo sin la menor irritación en la voz—. Se lo explicaré
muy despacito para que pueda entenderme. Yo soy el abogado y usted es el testigo. ¿Me sigue hasta ahora?
Troy Junior asintió lentamente con la cabeza.
—Yo formulo las preguntas y usted da las respuestas —añadió Nate—. ¿Lo capta?
Junior volvió a asentir.
—Usted no formula preguntas ha entendido?
—Sí.
—Bien, no creo que tenga usted dificultades con las respuestas si presta atención a las preguntas. ¿De
acuerdo?
Troy junior asintió de nuevo con la cabeza.
—¿Le queda todavía alguna duda? —preguntó Nate.
—No.
—Bien. Si vuelve a tener alguna, por favor, consulte con su abogado sin el menor reparo. ¿Lo va
entendiendo?
—Sí.
—Estupendo. Vamos a probar otra vez. ¿Cuántas esposas ha tenido usted?
—Dos.
Una hora después ya habían dado por concluido el tema de sus matrimonios, sus hijos y su divorcio.
Junior sudaba y se preguntaba cuánto más iba a durar aquello. Los abogados de los Phelan estudiaban con aire
ausente sus papeles, preguntándose lo mismo. Pero Nate aún tenía que echar un vistazo a algunos puntos del
interrogatorio que le habían preparado. Era capaz de arrancarle la piel a cualquier testigo con sólo mirarlo a los
ojos y valerse de una pregunta para llegar a otra. Ningún detalle era demasiado nimio como para que él no lo
investigara. ¿Dónde cursó estudios secundarios su primera esposa, en qué universidad estudió, dónde obtuvo su
primer empleo? ¿Fue ése su primer matrimonio para ella? Podía hacer un recuento de todos sus empleos. En
cuanto al divorcio, ¿a cuánto ascendía la pensión por alimentos de los hijos? ¿La pagaba él por entero?
Fue en buena parte una declaración inútil que no estaba destinada a obtener información sino a molestar
al testigo y hacerle comprender que se podrían sacar a relucir sus secretos. Él había puesto el pleito y, por
consiguiente, tendría que soportar que lo sometieran a examen.
La relación de sus empleos duró hasta poco antes de la hora del almuerzo. Nate lo machacó con un severo
interrogatorio acerca de los distintos cargos que había ocupado en las empresas de su padre. Había docenas de
testigos que podrían refutar sus afirmaciones a propósito de la utilidad de su labor. A cada nuevo empleo que se
mencionaba, Nate preguntaba los nombres de todos sus colaboradores y supervisores, con lo cual le tendía una
trampa. Hark lo advirtió y pidió una pausa. Salió al pasillo con su cliente y le soltó un sermón acerca de la
revelación de la verdad.
La sesión de la tarde fue brutal. Cuando Nate le preguntó a Troy junior acerca de los cinco millones de
dólares que había recibido al cumplir los veintiún años, todos los abogados de los Phelan parecieron ponerse
tensos.
—De eso hace mucho tiempo —contestó Troy junior en tono de resignación.
Tras haberse pasado cuatro horas con Nate O'Riley, Troy Junior comprendió que la siguiente tanda de
preguntas sería muy dolorosa.
—Bueno, vamos a intentar recordarlo —dijo Nate sonriendo, sin dar muestras de cansancio. Lo había
hecho tantas veces que, en realidad, parecía que estuviera deseando recrearse en los detalles.
Su actuación fue soberbia, aun cuando le desagradaba estar allí, atormentando a unas personas a las que
esperaba no volver a ver jamás. Cuantas más preguntas hacía, tanto más se reafirmaba en su propósito de iniciar
una nueva carrera.
—¿Cómo recibió usted el dinero? —inquirió. —Lo depositaron inicialmente en una cuenta —¿Tenía
usted acceso a dicha cuenta?
—Sí.
—¿Alguna otra persona tenía acceso a esa cuenta?
—No. Sólo yo.
—¿Cómo sacaba usted dinero de esa cuenta?
—Extendiendo cheques.
Y vaya si los había extendido. Su primera adquisición fue un Maserati nuevo, a estrenar, de color azul
oscuro. Se pasaron quince minutos hablando del maldito automóvil.
Troy junior no regresó a la universidad tras haber recibido el dinero, si bien era cierto que los centros en
los que había estudiado estuvieran deseosos de volver a acogerlo. Se dedicó sencillamente a ir de fiesta en fiesta,
aunque eso no lo reveló en forma de confesión bancaria.
Nate lo atosigó a preguntas acerca de los distintos empleos que había tenido desde los veintiún años hasta
los treinta, y poco a poco salieron a la superficie los suficientes datos para que se descubriera que en el
transcurso de aquellos nueve años Troy junior no había dado golpe. Jugaba al golf y al rugby, cambiaba de
automóvil cada dos por tres, se había pasado un año en las Bahamas y otro en Vail y había convivido con un
asombroso surtido de mujeres antes de casarse finalmente con su primera esposa a la edad de veintinueve años,
viviendo a lo grande hasta que se le acabó el dinero.
Entonces el hijo pródigo regresó a rastras junto a su padre y le pidió trabajo.
Conforme pasaba la tarde, Nate empezó a imaginarse los estragos que aquel testigo se causaría a sí
mismo y a todos aquellos que lo rodeaban en caso de que consiguiera poner sus pegajosos dedos sobre la fortuna
de Troy Phelan. El dinero lo mataría.
A las cuatro de la tarde Troy junior pidió permiso para retirarse por aquel día. Nate se lo negó. Durante la
pausa que se produjo a continuación, se envió una nota al despacho del juez Wycliff, situado al fondo del
pasillo. Mientras esperaban, Nate echó por primera vez un vistazo al cuestionario que le había preparado el
equipo de Josh.
En su respuesta, el juez decretaba que la instrucción del caso siguiera adelante.
Una semana después del suicidio de Troy, Josh había contratado los servicios de una empresa privada de
investigación para que llevara a cabo una indagación sobre los herederos Phelan. El examen se centraba más en
los aspectos económicos que en los personales. Nate leyó los puntos más destacados mientras el testigo fumaba
en el pasillo.
—¿Qué clase de automóvil tiene usted ahora? —preguntó cuando se reanudó el interrogatorio,
cambiando súbitamente de rumbo.
—Un Porsche.
—¿Cuándo lo compró usted?
—Lo tengo desde hace un tiempo.
—Intente responder a la pregunta.
—Hace un par de meses.
—¿Antes o después de la muerte de su padre?
—No estoy muy seguro. Creo que antes. Nate tomó una hoja de papel.
—¿Qué día murió su padre? ¿Cuándo lo compró?
—Vamos a ver. Fue un lunes... mmm..., creo que el 9 de diciembre.
—¿Compró usted el Porsche antes o después del 9 de diciembre?
—Ya le he dicho que me parece que fue antes.
—No, vuelve usted a equivocarse. ¿El martes 10 de diciembre acudió usted a Irving Motors de Arlington
y compró un Porsche Carrera Turbo 911 de color negro por noventa mil dólares más o menos? —Nate formuló
la pregunta sin levantar los ojos de la hoja que tenía delante.
Troy junior volvió a agitarse nerviosamente en su asiento. Miró a Hark, pero éste se encogió de hombros
como si le dijese: «Conteste la pregunta. Él está al corriente».
—Sí.
—¿Compró usted algún otro automóvil aquel día?
—Sí.
—¿Cuántos?
—Dos.
—¿Ambos Porsche?
—Sí.
—¿Por una suma total de ciento ochenta mil dólares aproximadamente?
—Algo así.
—¿Cómo los pagó?
—No los he pagado.
—¿Significa eso que los automóviles fueron un regalo de Irving Motors?
—No exactamente.
—¿Pidió usted que le concedieran un crédito?
—Sí, por lo menos en Irving Motors.
—¿Y ellos quieren cobrar el dinero?

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:34 am

—Sí, como usted comprenderá.
Nate tomó otros papeles.
—En realidad, han presentado una querella para cobrar el dinero o recuperar los vehículos, ¿no es cierto?
—Sí.
—¿Hoy ha utilizado usted el Porsche para venir a hacer la declaración?
—Sí. Está en el aparcamiento.
—Vamos a ver si lo entiendo. El 10 de diciembre, al día siguiente de la muerte de su padre, usted acudió
a Irving Motors y adquirió dos automóviles muy caros mediante una especie de crédito y ahora, dos meses
después, no ha pagado un centavo y ellos han presentado una querella contra usted. ¿Es así?
El testigo asintió con la cabeza.
—Y éste no es el único pleito que tiene pendiente, ¿verdad?
—No —contestó Troy junior en tono de derrota.
Nate casi se compadeció de él.
Una empresa de alquiler de muebles lo había demandado por falta de pago. La American Express le
exigía quince mil dólares. Un banco había presentado una denuncia contra él una semana después de la lectura
del testamento de su padre. Junior había conseguido la concesión de un préstamo de veinticinco mil dólares con
el simple aval de su nombre. Nate tenía copias de todos los litigios, lo cual le permitió repasar lentamente, con el
testigo, todos los detalles de cada uno de ellos.
A las cinco de la tarde, se produjo otra discusión y hubo que enviar otra nota a Wycliff, quien se presentó
en la sala y se interesó por la marcha de la instrucción.
—¿Cuándo cree usted que terminará con este testigo? —le preguntó a Nate.
—Todavía no veo el final —contestó Nate, mirando a Junior, que parecía sumido en un trance hipnótico
y necesitaba desesperadamente un trago.
—Pues entonces siga trabajando hasta las seis —dijo Wycliff.
—¿Podemos empezar a las ocho de la mañana? —preguntó Nate como si estuviera hablando de ir a la
playa.
—A las ocho y media —decretó su señoría, retirándose.
Nate se pasó la última hora que le quedaba acribillando a junior con toda una serie de preguntas al azar
acerca de una gran variedad de temas. El declarante no tenía ni idea de adónde quería ir a parar su interrogador
con su brillante y magistral actuación. Cuando estaban aposentados en un tema y él ya empezaba a sentirse
cómodo, Nate cambiaba bruscamente de cuestión y lo golpeaba con otra cosa distinta.
¿Cuánto dinero había gastado entre el 9 de diciembre y el 27 de diciembre, el día de la lectura del
testamento? ¿Qué le había comprado a su mujer por Navidad y cómo lo había pagado? ¿Y a sus hijos?
Volviendo a los cinco millones, ¿había invertido alguna parte de aquel dinero en acciones u obligaciones?
¿Cuánto dinero había ganado Biff el año anterior? ¿Por qué razón había obtenido su primer marido la custodia
de los hijos? ¿A cuántos abogados había contratado y despedido desde la muerte de su padre? Y dale que te
dale.
A las seis en punto, Hark se levantó y anunció que la declaración quedaba suspendida. Diez minutos más
tarde Troy junior ya estaba en el bar del vestíbulo de un hotel, a tres kilómetros de distancia.
Nate durmió en la habitación de invitados de Stafford. La esposa de éste se encontraba en algún lugar de
la casa, pero él ni siquiera la vio. Josh se había ido a Nueva York por motivos de trabajo.
Los interrogatorios del segundo día empezaron puntualmente. El reparto era el mismo, pero los abogados
vestían prendas mucho más informales. Junior llevaba un jersey rojo de algodón.
Nate reconoció su cara de borracho, los ojos enrojecidos, los párpados hinchados, el intenso rubor de las
mejillas y la nariz y el sudor por encima de las cejas. Durante muchos años él mismo había tenido ese aspecto.
Combatir la resaca formaba parte de su ritual matutino, como la ducha y el hilo dental. Tomar unas pastillas,
beber mucha agua y café cargado. Si quería comportarse como un estúpido, debía ser fuerte.
—¿Sabe usted que todavía está bajo juramento, señor Phelan? —preguntó Nate para empezar.
—Sí.
—¿Se encuentra usted bajo los efectos de alguna droga o bebida alcohólica?
—No, señor.
—Bien. Volvamos al 9 de diciembre, el día de la muerte de su padre. ¿Dónde estaba usted mientras lo
examinaban los tres psiquiatras?
—En el mismo edificio, en una sala de juntas, en compañía de mi familia.
—Y vio todo el interrogatorio, ¿verdad?
—Sí.
—En la sala había dos monitores en color, ¿no es cierto? De veintiséis pulgadas, ¿verdad?
—Si usted lo dice. Yo no los medí.
—Pero sí los vio, ¿no es cierto?
—Sí.
—¿No había nada que le impidiera la visión?
—Lo vi con toda claridad, en efecto.
—¿Y tenía usted algún motivo claro para observar detenidamente a su padre?
—Sí.
—¿Tuvo usted alguna dificultad para oírlo?
—Ninguna.
Los abogados comprendieron adónde quería ir a parar Nate. Era un aspecto muy desagradable del caso,
pero no podía evitarse. A cada uno de los seis herederos lo obligarían a recorrer aquel mismo camino.
—0 sea, que vio y oyó todo el examen.
—Sí.
—¿No se le pasó nada por alto?
—Nada en absoluto.
—De los tres psiquiatras, el doctor Zadel había sido contratado por su familia, ¿verdad?
—En efecto.
—¿Quién lo buscó?
—Los abogados.
—¿Ustedes dejaron en manos de sus abogados la contratación del psiquiatra?
—Sí.
Nate se pasó diez minutos interrogando al testigo acerca de la forma en que habían contratado al doctor
Zadel para la realización de aquel examen de importancia tan decisiva, y consiguió, de paso, lo que quería: el
reconocimiento de que Zadel había sido contratado porque tenía un historial excelente, les había sido
recomendado con coherencia y era extremadamente experto.
—¿Le gustó la manera en que llevó a cabo el examen? —preguntó Nate.
—Supongo que sí.
—¿Hubo algo que no le gustara en la actuación del doctor Zadel?
—No, que yo recuerde.
El viaje hasta el borde del abismo siguió adelante mientras Troy reconocía que se había mostrado
satisfecho con el examen y con el doctor Zadel, se había alegrado de las conclusiones a las que habían llegado
los tres médicos y había abandonado el edificio convencido de que su padre sabía lo que hacía.
—Y, después del examen, ¿cuándo dudó usted por primera vez de la capacidad mental de su padre?
—Cuando se arrojó al vacío.
—¿El día 9 de diciembre?
—Exacto.
—¿Significa eso que tuvo dudas de inmediato?
—Sí.
—¿Qué dijo el doctor Zadel cuando usted le manifestó esas dudas?
—No hablé con el doctor Zadel.
—Ah, ¿no?
—No.
—Desde el 9 de diciembre al 27 de diciembre, día de la lectura del testamento en el juzgado, ¿cuántas
veces habló usted con el doctor Zadel?
—Que yo recuerde, ninguna.
—¿Lo vio usted en algún momento?
—No.
—¿Llamó a su despacho?
—No.
—¿Ha vuelto a verlo desde el día 9 de diciembre?
—No.
Ya lo había llevado hasta el borde del abismo y había llegado el momento de darle el empujón.
—¿Por qué despidió usted al doctor Zadel?
Junior había sido aleccionado, pero hasta cierto punto.
—Eso tendrá que preguntárselo a mi abogado —contestó, confiando en que Nate lo dejara un rato en paz.
—No es su abogado quien está declarando en esta sala, señor Phelan. Le pregunto a usted por qué razón
fue despedido el doctor Zadel.
—Tendrá que preguntárselo a los abogados —insistió Junior—. Forma parte de nuestra estrategia legal.
—Antes de despedir al doctor Zadel, ¿lo comentaron sus abogados con usted?
—No estoy muy seguro. La verdad es que no me acuerdo.
—¿Se alegra de que el doctor Zadel ya no trabaje para usted?
—Pues claro que me alegro.
—¿Por qué?
—Porque se equivocó. Mire, mi padre era un maestro de la simulación, ¿sabe? Superó el examen
haciendo creer, por medio de falsas apariencias, que era lo que no era, tal como había hecho a lo largo de toda su
vida, y después se arrojó al vacío. Supo engañar a Zadel y a los demás psiquiatras, y ellos se dejaron embaucar.
Es evidente que no estaba en sus cabales.
—¿Porque se arrojó al vacío?
—Sí, porque se arrojó al vacío, porque le dejó el dinero a una heredera desconocida, porque no se tomó
la menor molestia en proteger su fortuna de los impuestos de sucesión, porque ya llevaba bastante tiempo más
loco que un cencerro. ¿Por qué cree usted que decidimos someterlo a ese examen? Si no hubiera estado chalado,
¿qué necesidad habríamos tenido de contratar a tres psiquiatras para que lo examinaran antes de que firmase el
testamento?
—Sin embargo, los tres psiquiatras dijeron que estaba bien.
—Sí, pero se equivocaron de medio a medio. Mi padre se tiró por la ventana. Las personas cuerdas no
hacen esa clase de cosas.
—Y si su padre hubiese firmado el voluminoso testamento y no el testamento manuscrito y después se
hubiera arrojado al vacío, ¿habría estado loco?
—En tal caso, nosotros no nos encontraríamos aquí ahora.
Fue la única vez en el transcurso de los dos días de penosa prueba en que Troy Junior trató de adelantarse
a su contrincante, pero Nate tuvo la habilidad de pasar a otro tema y dejar aquella cuestión para más tarde.
—Vamos a hablar de Rooster Inns —anunció, lo cual hizo que Junior hundiese los hombros.
Era una más de las muchas aventuras arriesgadas y ruinosas en las que Junior se había embarcado, sólo
eso; pero Nate tenía que arrancarle todos los detalles. Un fracaso conducía a otro y cada uno de ellos daba lugar
a una serie de preguntas.
La de Junior había sido una vida muy triste. A pesar de lo difícil que resultaba compadecerse de él, Nate
comprendía que el pobre muchacho jamás había tenido un padre. Buscaba desesperadamente la aprobación de
éste y nunca la había obtenido. Josh le había comentado que Troy se alegraba enormemente cuando los negocios
de sus hijos fracasaban.
El abogado dejó libre al testigo a las cinco y media del segundo día. Rex fue el siguiente. Se había pasado
todo el día esperando en el pasillo y estaba muy nervioso, pues temía que su declaración volviera a aplazarse.
Josh había regresado de Nueva York. Nate le acompañó en una temprana cena.
Rex Phelan se había pasado buena parte del día anterior hablando por el teléfono móvil mientras Nate
O'Riley vapuleaba a su hermano. Rex había participado en los suficientes juicios como para saber que un litigio
significaba tener que esperar: a los abogados, los jueces, los testigos, los expertos, las fechas de los juicios y los
tribunales de apelación, y esperar en los pasillos a que le llegara el turno de declarar. Cuando levantó la mano
derecha y juró decir la verdad, ya despreciaba con toda su alma a Nate. Tanto Hark como Troy junior le habían
advertido acerca de lo que le esperaba. El abogado se metería bajo su piel y se enconaría allí como un grano.
Una vez más, Nate dio comienzo al interrogatorio formulando unas preguntas incendiarias que, en
cuestión de diez minutos, consiguieron poner tensos a la mayoría de quienes se hallaban en la sala. Durante tres
años Rex había sido objeto de investigación por parte del FBI.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:35 am

En 1990 se había producido la quiebra de un banco, del que Rex había sido inversor y director. Los
clientes habían perdido dinero. Los litigios llevaban varios años en marcha y no se vislumbraba el final. El
presidente del banco estaba en la cárcel y los que se encontraban cerca del epicentro creían que Rex sería el
siguiente. Había bastante basura para que Nate se pasara muchas horas escarbando.
En broma, le recordaba constantemente a Rex que estaba bajo juramento. Era más que probable que el
FBI estudiara el video de su declaración.
A media tarde Nate empezó a abrirse camino hacia el tema de los bares de alterne. Rex era propietario de
seis locales —todos a nombre de su mujer— en la zona de Fort Lauderdale. Se los había comprado a un hombre
que más tarde había muerto en un tiroteo. Constituían un tema de conversación sencillamente irresistible. Nate
los tomó uno a uno —Lady Luck, Lolita's, Club Tiffany, etcétera— y formuló centenares de preguntas acerca de
las chicas, las bailarinas de striptease, de dónde procedían, cuánto ganaban, si consumían drogas y cuáles, si
tocaban a los clientes... Se interesó, en fin, por la rentabilidad del negocio de la carne. Tras pasarse tres horas
pintando cuidadosamente un retrato del negocio más sórdido del mundo, Nate preguntó:
—¿Trabajaba su actual esposa en uno de esos clubes?
La respuesta fue afirmativa, pero Rex no pudo soltarla sin más. El cuello y la garganta se le enrojecieron
de golpe y, por un instante, pareció que estaba a punto de saltar sobre Nate por encima de la mesa.
—Era contable —contestó, apretando las mandíbulas.
—¿Bailó alguna vez sobre la barra?
Otra pausa mientras Rex sujetaba fuertemente la mesa con los dedos.
—Por supuesto que no.
Era mentira y todos los presentes en la sala lo sabían.
Nate echó un vistazo a unos papeles que tenía delante, buscando la verdad. Todos lo observaron con
atención, esperando, quizá, que sacara una fotografía de Amber en tanga y zapatos de afilados tacones de aguja.
A las seis volvieron a suspender la sesión, con la promesa de proseguir al día siguiente. Cuando se apagó
la cámara de video y la secretaria del juzgado estaba ocupada retirando el equipo, Rex se detuvo a la altura de la
puerta y, apuntando a Nate con el dedo, le dijo:
—Se acabaron las preguntas sobre mi mujer, ¿de acuerdo?
—Eso es imposible, Rex. Todas las propiedades están a su nombre —contestó Nate, agitando unos
papeles que sostenía en la mano como si estuviera en posesión de todos los datos.
Hark empujó a su cliente fuera de la sala.
Una vez solo, Nate se pasó una hora examinando notas, pasando páginas y pensando que ojalá estuviera
en St. Michaels, sentado en el porche de la casa contemplando la bahía. Necesitaba llamar a Phil.
«Es tu último caso —se repetía una y otra vez—. Y lo haces por Rachel.»
A mediodía del segundo día los abogados de los hermanos Phelan ya estaban preguntándose abiertamente
si la declaración de Rex duraría tres días o cuatro. Éste tenía varios juicios pendientes y un embargo preventivo
por valor de siete millones de dólares, pero los acreedores no podían cobrar porque todos los bienes estaban a
nombre de su mujer, Amber, la antigua bailarina de striptease. Nate tomó un informe sobre cada uno de los
juicios, lo depositó sobre la mesa, lo examinó desde todos los ángulos y las perspectivas posibles y volvió a
guardarlo en la carpeta, donde quizá permaneciese definitivamente, o quizá no. El aburrimiento estaba sacando
de quicio a todo el mundo menos a Nate, que consiguió conservar su expresión de seriedad mientras seguía
adelante, de forma implacable, con el interrogatorio.
Durante la sesión de la tarde eligió el tema del suicidio de Troy y de los acontecimientos que lo habían
precedido. Siguió la misma línea que había empleado con junior y de inmediato quedó claro que Hark había
aleccionado a Rex. Las respuestas de éste a las preguntas acerca del doctor Zadel habían sido ensayadas, pero
fueron aceptables. Rex se atuvo a la línea sustentada por todo el grupo: era evidente que los tres psiquiatras se
habían equivocado por completo, pues minutos después Troy se había arrojado al vacío.
Rex pisó terreno más seguro cuando Nate lo sometió a un implacable interrogatorio acerca de su
desdichada carrera profesional en el seno del Grupo Phelan. Después ambos se pasaron dos dolorosas horas
malgastando los cinco millones de dólares que Rex había recibido como herencia.
A las cinco y media de la tarde, Nate anunció bruscamente que había terminado y abandonó la sala.
Un par de testigos en cuatro días. El espectáculo de dos hombres desnudados frente a una camara de un
video no era muy agradable. Los abogados de los Phelan se dirigieron a sus respectivos automóviles y se
marcharon. Quizá lo peor ya hubiera pasado, o quizá no.
Sus clientes habían sido unos niños mimados, ignorados por su padre y arrojados a un mundo de
voluminosas cuentas bancarias a una edad en que todavía no estaban preparados para manejar dinero, pese a lo cual se había esperado de ellos que triunfaran. Sus elecciones no habían sido buenas, pero el verdadero culpable
había sido, en definitiva, Troy. Ésa era la ponderada opinión de los abogados de los hermanos Phelan.
Libbigail entró en la sala a primera hora de la mañana del viernes y fue conducida al estrado de los
testigos. Llevaba el cabello cortado casi al rape a los lados, con un poco más de un par de centímetros de pelo
gris en la parte superior de la cabeza y lucía tantas joyas baratas en el cuello y las muñecas que, cuando levantó
la mano para prestar juramento, se oyó un estrépito a la altura de su codo.
Miró a Nate horrorizada. Sus hermanos le habían contado lo peor acerca de él.
Sin embargo, estaban a viernes y las ansias de Nate por abandonar la ciudad eran mucho mayores que las
de comer cuando tenía apetito. La miró sonriendo e inició el interrogatorio con unas fáciles preguntas sobre sus
antecedentes. Hijos, empleos, matrimonios. Durante treinta minutos, todo fue muy agradable. Después Nate
empezó a indagar en su pasado. En determinado momento, le preguntó:
—¿Cuántas veces se ha desintoxicado por consumo de drogas o alcohol? —Al advertir que la pregunta la
escandalizaba, añadió—: Yo mismo he pasado por eso en cuatro ocasiones, de modo que no tiene por qué
avergonzarse.
Su sinceridad la cautivó.
—La verdad es que no me acuerdo —respondió—. Llevo seis años limpia.
—Estupendo —dijo Nate. De un adicto a otro—. La felicito.
A partir de ese momento, ambos hablaron como si estuvieran solos. Nate tuvo que fisgonear, no sin
pedirle disculpas por ello. Se interesó por los cinco millones y, haciendo gala de un extraordinario gracejo, ella
le contó historias de drogas buenas y hombres malos. A diferencia de sus hermanos, Libbigail había encontrado
la estabilidad. Se llamaba Spike, el ex motero que también se había desintoxicado y había aprendido a ser
obediente. Vivían en una casita en una zona residencial de Baltimore.
—¿Qué haría usted si recibiera una sexta parte de la herencia de su padre? —preguntó Nate.
—Comprar un montón de cosas —contestó Libbigail—. Como usted. Como cualquier hijo de vecino.
Pero esta vez tendría cuidado con el dinero. Mucho cuidado.
—¿Qué sería lo primero que compraría?
—La Harley más grande del mundo para Spike. Después, una casa más bonita, aunque no una mansión.
—Le brillaban los ojos mientras se gastaba mentalmente el dinero.
Su declaración duró menos de dos horas. La siguió su hermana Mary Ross Phelan Jackman, que también
miró a Nate como si éste tuviera colmillos. De todos los cinco herederos Phelan mayores de edad, Mary Ross era
la única que todavía estaba casada con su primer esposo, un prestigioso traumatólogo con otro matrimonio a su
espalda. Mary Ross vestía con elegancia y lucía bonitas joyas.
Las primeras preguntas revelaron una experiencia universitaria tan prolongada como las de sus hermanos,
pero sin interrupciones, adicciones o expulsiones. Había tomado su dinero y se había pasado tres años viviendo
en la Toscana y otros dos en Niza. A los veintiocho años se había casado con el médico y ahora tenía dos hijas,
una de siete años y otra de cinco. No quedó muy claro cuánto quedaba de los cinco millones. Su esposo se
encargaba de manejar las inversiones de ambos, por lo que Nate suponía que debían de estar prácticamente sin
un centavo. Ricos, pero llenos de deudas. En los antecedentes que había preparado Josh sobre Mary Ross
figuraban una gran mansión con coches de importación en el sendero de entrada, una casa en una urbanización
de Florida y unos ingresos por parte del médico de setecientos cincuenta mil dólares anuales. Éste pagaba veinte
mil dólares mensuales a un banco, como consecuencia de una sociedad que había tratado infructuosamente de
acaparar el negocio del lavado de automóviles en el norte de Virginia.
El médico también tenía un apartamento en Alexandria para su amante. A Mary Ross y a su marido raras
veces se les veía juntos. Nate decidió no entrar en detalles. De repente, experimentó el deseo de terminar cuanto
antes, pero procuró disimularlo.
Ramble entró con paso cansino en la sala después de la pausa del almuerzo, acompañado y protegido por
su abogado Yancy, que no paraba de revolotear en torno a él, visiblemente inquieto por lo que pudiera ocurrir
ahora que su cliente se vería obligado a mantener una conversación inteligente. Aquel día el chico llevaba el
cabello teñido de rojo, a juego con el color de sus granos. Ninguna parte de su rostro se había librado de las
mutilaciones: los aros y los remaches ensuciaban y cubrían de cicatrices sus facciones. Llevaba el cuello de su
cazadora negra de cuero levantado, a lo James Dean, y le rozaba los pendientes que le colgaban de los lóbulos
de las orejas. Después de unas cuantas preguntas, quedó claro que el chico era tan estúpido como parecía. Puesto
que aún no había tenido la oportunidad de malgastar su dinero, Nate lo dejó en paz. Consiguió averiguar, sin
embargo, que raras veces iba a la escuela, que vivía solo en el sótano, le gustaba tocar la guitarra y tenía previsto
convertirse muy pronto en un astro del rock. Su nuevo grupo musical se llamaba, con muy buen criterio, los
Demon Monkeys, aunque él no estaba seguro de si grabarían sus discos con aquel nombre. No practicaba ningún
deporte, jamás había pisado una iglesia, hablaba lo menos posible con su madre y prefería ver la cadena MTV
siempre que estaba despierto y no tocaba su música.
Habrían sido necesarios mil millones de dólares en terapia para enderezar a aquel pobre chico, pensó
Nate. El interrogatorio terminó en menos de una hora.
Geena fue el último testigo de la semana. Cuatro días después de la muerte de su padre, ella y su marido,
Cody, habían firmado un contrato para la compra de una casa de tres millones ochocientos mil dólares. Cuando
Nate la atacó con este dardo inmediatamente después de que ella hubiera jurado decir la verdad, Geena empezó a
tartamudear y a lanzar miradas a su abogada, la señora Langhorne, quien se llevó una sorpresa mayúscula, pues
su cliente no le había hablado de aquello.
—¿Cómo tenía previsto pagar la casa? —preguntó Nate.
La respuesta era obvia, pero ella no podía confesar la verdad. —Tenemos dinero —respondió a la
defensiva, lo cual abrió un resquicio por el que Nate entró como un vendaval.
—Vamos a hablar de su dinero —le dijo él con una sonrisa en los labios—. Usted tiene treinta años. Hace
nueve recibió cinco millones de dólares, ¿verdad?
—Sí.
—¿Cuánto le queda?
Geena se pasó un buen rato tratando de encontrar una respuesta. No era tan sencillo. Cody había ganado
mucho dinero. En parte lo habían invertido, habían gastado mucho y todo estaba tan mezclado que no se podía
echar un vistazo a su balance y decir que de los cinco millones quedaba una cantidad determinada de dinero.
Nate le entregó la soga con la que ella misma se ahorcó muy despacio.
—¿Con cuánto dinero cuentan actualmente en sus cuentas bancarias? —preguntó.
—Tendría que mirarlo.
—Déme un cálculo aproximado, por favor.
—Sesenta mil dólares.
—¿Cuántos inmuebles poseen usted y su marido?
—Sólo nuestra casa.
—¿Cuál es su valor?
—Debería hacerla tasar.
—Más o menos, por favor. Nate.
—Trescientos mil.
—¿Y a cuánto asciende la hipoteca?
—A doscientos mil.
—¿Cuál es el valor de su cartera de acciones? Geena garabateó unas notas y cerró los ojos.
—Unos doscientos mil dólares —respondió.
—¿Algún otro activo importante?
—Pues no.
Nate hizo sus propios cálculos.
—0 sea, que en nueve años sus cinco millones de dólares se han reducido a una cifra comprendida entre
los trescientos mil y los cuatrocientos mil dólares. ¿Estoy en lo cierto?
—No creo. Quiero decir que me parece muy poco.
—Repítanos, si no le importa, cómo pensaba pagar esta nueva casa.
—Con el trabajo de Cody.
—¿Y qué me dice de la herencia de su padre? ¿Ha pensado alguna vez en ella?
—Un poco, quizá.
—Ahora el vendedor de la casa ha presentado una querella, ¿verdad?
—Sí, y nosotros hemos presentado otra contra él.
Era escurridiza y falsa, desenvuelta y rápida con las medias verdades. Nate pensó que probablemente
fuese más escurridiza que cualquiera de sus hermanos. Dieron un repaso a los negocios de Cody y enseguida
quedó claro adónde había ido a parar el dinero. Cody había perdido un millón de dólares jugando con futuros de
cobre en 1992. Había invertido medio millón de dólares en una empresa de pollos congelados y lo había perdido
todo. Una granja de Georgia dedicada a la cría doméstica de gusanos utilizados como cebo se había llevado
seiscientos mil dólares cuando una ola de calor los había frito a todos.
Eran dos muchachos inmaduros que vivían una vida regalada con el dinero ajeno y soñaban con la gran
oportunidad.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:36 am

Al final de su declaración, mientras Nate aún estaba dándole toda la soga que ella quería, Geena aseguró
con expresión muy seria que su participación en la impugnación del testamento no tenía nada que ver con el
dinero. Amaba tan profundamente a su padre como él la amaba a ella, y si él hubiera estado en sus cabales no
cabía duda de que se habría acordado de sus hijos en el testamento. El hecho de dárselo a una extraña era una
prueba evidente de su enfermedad. Y ella estaba allí para proteger el buen nombre de su progenitor.
Fue un discurso breve muy bien ensayado, pero no convenció a nadie. Nate lo dejó correr. Eran las cinco
en punto de un viernes por la tarde y estaba cansado de luchar.
Mientras abandonaba la ciudad en medio del denso tráfico de la interestatal 95 en dirección a Baltimore,
pensó en los herederos Phelan. Había husmeado en sus vidas hasta extremos vergonzosos. Se compadecía de
ellos, de la forma en que habían sido educados, de los valores que jamás les habían inculcado, de sus huecas
vidas que sólo giraban en torno al dinero.
Sin embargo, estaba convencido de que Troy sabía muy bien lo que hacía en el momento de garabatear su
testamento. Semejante suma de dinero en manos de sus hijos hubiera dado origen a un caos absoluto y a unos
padecimientos incalculables. Había dejado su fortuna a Rachel, que no sentía el menor interés por las cuestiones
materiales, y había excluido a otros cuyas vidas dependían por entero de ellas.
Nate estaba decidido a defender la validez del último testamento de Troy, pero era plenamente consciente
de que el reparto final de la herencia no lo establecería nadie del hemisferio norte.
Ya era tarde cuando llegó a St. Michaels. Al pasar por delante de la iglesia de la Trinidad, sintió deseos
de detenerse, entrar, arrodillarse para rezar y pedirle a Dios que le perdonase sus pecados de la semana. Una
confesión y un buen baño caliente era lo que necesitaba después de cinco días de declaraciones.
En su calidad de atareado profesional de una gran ciudad, Nate jamás había sido iniciado en el ritual del
permanecer sentado. En cambio, Phil era un consumado practicante. Cuando algún feligrés estaba enfermo, se
esperaba de él que lo visitara y se sentara un rato con la familia. Si se producía alguna defunción, se sentaba con
el cónyuge viudo. Si pasaba algún vecino, cualquiera que fuera la hora, él y Laura se sentaban a charlar con él.
A veces, ambos practicaban el arte por su cuenta en el porche de su casa. Dos ancianos caballeros de su
feligresía esperaban que Phil los visitase una vez a la semana y se sentara una hora mientras ellos dormitaban
junto a la chimenea. La conversación era agradable, pero no imprescindible. Bastaba con tomar asiento y
disfrutar del silencio.
Nate aprendió enseguida. Se sentaba con Phil en los peldaños de la entrada de la casa de los Stafford,
ambos protegidos por gruesos jerséis y guantes, tomando cacao caliente preparado por Nate en el microondas.
Contemplaban la bahía, el puerto y el mar agitado. De vez en cuando charlaban, pero la mayor parte del tiempo
permanecían callados. Phil sabía que su amigo había pasado una mala semana. A esas alturas, Nate ya le había
contado casi todos los detalles del embrollo de los Phelan. La suya era una relación confidencial.
—Tengo previsto hacer un viaje por carretera —anunció serenamente—. ¿Quiere venir?
—¿Adónde? —preguntó Phil.
—Necesito ver a mis hijos. Los dos pequeños, Austin y Angela, viven en Salem, Oregón. Probablemente
iré allí primero. Mi hijo mayor es estudiante de posgrado en la Universidad del Noroeste en Evanston, y tengo
una hija en Pittsburgh. Será una gira muy agradable.
—¿Cuánto durará?
—No hay prisa. Un par de semanas. Conduciré yo.
—¿Hace mucho que no los ve?
—A Daniel y Kaitlin, los hijos de mi primer matrimonio, más de un año, el pasado mes de julio llevé a
los dos pequeños a ver un partido de los Orioles. Me emborraché y no recuerdo cómo regresé a Arlington.
—¿Los echa de menos?
—Supongo que sí. Sé muy poco de ellos.
—Trabajaba mucho.
—Es verdad, y bebía todavía más. Nunca estaba en casa. En las pocas ocasiones en que lograba
escaparme, me iba a Las Vegas con los amigos, o a jugar al golf o a pescar a las Bahamas. Nunca llevaba a mis
hijos conmigo.
—Eso ya no tiene remedio.
—No, desde luego. ¿Por qué no se viene conmigo? Podríamos pasarnos horas charlando.
—Gracias, pero no puedo. Por fin he conseguido dar un impulso a las obras del sótano. No quisiera
perderlo.
Nate había visto el sótano aquel mismo día, y lo del impulso se notaba.
El único hijo de Phil era un vago de veintitantos años que no había terminado los estudios universitarios
y se había largado a la Costa Oeste. A Laura se le había escapado decir que no tenían ni idea de dónde estaba el
chico. Llevaba más de un año sin llamar a casa.
—¿Cree que el viaje será fructífero? —preguntó Phil.
—No sé muy bien qué esperar. Quiero abrazar a mis hijos y pedirles perdón por haber sido un mal padre,
pero no sé de qué manera podría ayudarlos ahora.
—Yo que usted no lo haría. Ellos saben que ha sido un mal padre. El hecho de flagelarse no servirá de
nada; pero es importante que esté con ellos y dé el primer paso para la construcción de unas nuevas relaciones.
—He fracasado terriblemente con mis hijos.
—No debe vapulearse de esa manera, Nate. Tiene derecho a olvidar el pasado. Dios lo ha olvidado. Pablo
persiguió a los cristianos antes de convertirse en uno de ellos, y no se flageló por lo que había hecho antes. Todo
está perdonado. Muéstreles a sus hijos lo que es ahora.
Una pequeña barca de pesca abandonó el puerto y se adentró en la bahía. Ambos la contemplaron
extasiados. Nate pensó en Jevy y Welly, que estarían navegando por el río a bordo de una chalana cargada de
mercancías mientras el rítmico golpeteo del motor diésel los iba empujando hacia las profundidades del
Pantanal. Jevy debía de hallarse al timón y Welly rasgueando su guitarra. Todo el mundo estaba en paz.
Más tarde, mucho después de que Phil hubiera regresado a casa, Nate se sentó junto al fuego y empezó a
escribir otra carta a Rachel. Era la tercera. La fechó, sábado 22 de febrero. «Querida Rachel —empezaba—.
Acabo de pasar una desagradable semana con sus hermanos y hermanas.»
Hablaba de ellos, empezando con Troy junior y terminando tres páginas después con Ramble. Comentaba
con sinceridad sus defectos y los daños que se causarían a sí mismos y a otras personas en caso de que recibieran
el dinero. Y se mostraba comprensivo con todos.
Enviaba un cheque por valor de cinco mil dólares a Tribus del Mundo para la compra de una
embarcación, un motor y suministros médicos. Había mucho más en caso de que ella lo necesitara. Los intereses
de su fortuna ascendían aproximadamente a dos millones de dólares diarios, le explicaba; por consiguiente, se
podían hacer muchas cosas buenas con el dinero.
Hark Gettys y sus conspiradores legales cometieron un grave error al prescindir de los servicios de los
doctores Flowe, Zadel y Theishen. Les habían echado una reprimenda, los habían ofendido y habían provocado
daños irreparables.
El nuevo equipo de psiquiatras se basó en la declaración recientemente inventada de Snead para formular
sus opiniones. En cambio, Flowe, Zadel y Theishen, no. Cuando Nate los interrogó el lunes, siguió el mismo
guión con los tres. Empezó con Zadel y le mostró el video del examen del señor Phelan. Le preguntó si tenía
algún motivo para cambiar de parecer. Como era de esperar, Zadel contestó que no. El video se había grabado
antes del suicidio. La declaración, de cinco páginas de extensión, se había preparado apenas unas horas después
a instancias de Hark y de los demás abogados de los Phelan. Nate le pidió a Zadel que leyera la declaración a la
secretaria del juzgado.
—¿Tiene usted algún motivo para modificar alguna de las opiniones expuestas en aquella declaración? —
preguntó Nate.
—No —respondió Zadel, mirando a Hark.
—Estamos a 26 de febrero, y han pasado más de dos meses del examen a que usted y sus colegas
sometieron al señor Phelan. ¿Todavía cree que el señor Phelan estaba en pleno uso de sus facultades mentales y
era capaz de redactar un testamento válido?
—Sí —contestó Zadel, sonriendo sin apartar los ojos de Hark. Flowe y Theishen también sonrieron,
alegrándose de poder apretarles las tuercas a los abogados que los habían contratado y despedido. Nate les
mostró el video a los tres, les hizo las mismas preguntas y recibió las mismas respuestas. Cada uno de ellos leyó
su declaración para que constara en acta. La sesión se levantó a las cuatro de la tarde del lunes.
A las ocho y media en punto de la mañana del martes, Snead fue escoltado hasta la sala y conducido al
estrado de los testigos. Vestía traje oscuro y corbata de pajarita, lo que le confería un inmerecido aire de
intelectual. Los abogados habían elegido cuidadosamente su indumentaria. Llevaban tantas semanas moldeando
y programando a Snead que el pobre hombre dudaba de que pudiera pronunciar una sola palabra sincera o
espontánea. Todas las sílabas debían ser acertadas. Tenía que proyectar una imagen de confianza en sí mismo,
evitando al mismo tiempo el menor atisbo de arrogancia. Él y sólo él definía la realidad, y era absolutamente
indispensable que sus relatos resultaran creíbles.
Josh conocía a Snead desde hacía muchos años. Troy Phelan había manifestado a menudo su deseo de
despedirlo. De los once testamentos que Josh había preparado para él, sólo uno mencionaba el nombre de
Malcolm Snead y le otorgaba un millón de dólares, pero meses más tarde un nuevo testamento dejó sin efecto el anterior. Phelan había eliminado el nombre de Snead precisamente porque éste le había preguntado cuánto
pensaba dejarle.
El interés de Snead por el dinero no era muy del agrado de su amo. Su nombre en la lista de testigos de
los impugnadores sólo podía significar una cosa: dinero. Le pagaban para que declarara, y Josh lo sabía. Dos
semanas de simple vigilancia habían revelado la existencia de un nuevo Range Rover, un apartamento en un
edificio cuyos alquileres no bajaban de mil ochocientos dólares al mes y un viaje a Roma en primera clase.
Snead miró a la cámara con bastante aplomo. Se comportaba como si llevara un año mirándola. Se había
pasado todo el sábado y la mitad del domingo en el despacho de Hark sometido a un duro interrogatorio. Había
dedicado horas y horas a ver los videos. Había escrito docenas de páginas inventadas acerca de los últimos días
de Troy Phelan, y había ensayado con Nicolette la patraña de la aventura sexual.
Snead estaba preparado. Los abogados habían previsto las preguntas acerca del dinero. En caso de que
quisieran averiguar si le pagaban por declarar, Snead había sido aleccionado para que mintiera. Así de sencillo.
No había vuelta de hoja. Tenía que mentir a propósito del medio millón de dólares que ya había cobrado y de la
promesa de los cuatro millones y medio que iba a recibir cuando se produjera el acto de conciliación o cualquier
otro resultado favorable, y tenía que mentir también en lo relativo a la existencia del contrato que había suscrito
con los abogados. Si estaba mintiendo acerca del señor Phelan, también podía hacerlo en lo que al dinero se
refería. Nate se presentó y de inmediato le preguntó, levantando un poco la voz:
—Señor Snead, ¿cuánto le pagan por declarar en este caso?
Los abogados de Snead habían pensado que la pregunta sería si le pagaban, no cuánto le pagaban. La
respuesta que había ensayado Snead era un simple «¡No, por supuesto que no!», de modo que no pudo contestar
con rapidez. El titubeo fue su perdición. Snead casi emitió un jadeo mientras miraba a Hark, quien permanecía
rígido, con la mirada tan fija como la de un ciervo.
A Snead le habían advertido de que O'Riley estaba muy bien preparado y, cuando formulaba una
pregunta, ya parecía conocer la respuesta. En el transcurso de los largos y dolorosos segundos que siguieron,
Nate lo miró con ceño, ladeó la cabeza y tomó unos papeles.
—Vamos, señor Snead, sé que le pagan. ¿Cuánto?
Snead hizo sonar los nudillos con fuerza suficiente como para rompérselos mientras unas gotas de sudor
asomaban entre las arrugas de su frente.
—Bueno... mmm... yo no...
—Vamos, señor Snead. ¿Se compró o no usted un Ranger Rover nuevo el mes pasado?
—Bueno, sí, en realidad...
—¿Y no se compró usted un apartamento de dos dormitorios en Palm Court?
—Sí.
—Y acaba de regresar de una estancia de diez días en Roma, ¿verdad?
—Sí.
¡Lo sabía todo! Los abogados de los hermanos Phelan se hundieron en sus asientos y agacharon la cabeza
para que las balas que rebotaban no los alcanzasen.
—¡Dígame cuánto le pagan! —exigió Nate en tono perentorio—. ¡Y recuerde que está usted declarando
bajo juramento!
—Quinientos mil dólares —soltó repentinamente Snead.
Nate lo miró con incredulidad e incluso abrió ligeramente la boca con expresión de asombro. Hasta la
secretaria del juzgado se quedó de piedra.
Dos de los abogados de los Phelan soltaron un ligero suspiro de alivio. Por muy horrible que fuera el
momento, podría haber sido infinitamente peor. ¿Y si a Snead le hubiera entrado más miedo del que ya tenía y
hubiese revelado que en realidad le pagaban cinco millones?
Sin embargo, era muy poco consuelo. La mera noticia de que ellos le habían pagado a un testigo medio
millón de dólares se les antojaba un golpe mortal para su causa.
Nate rebuscó entre sus papeles como si quisiera echar un vistazo a algún documento. Las palabras
seguían resonando en los oídos de los presentes en la sala.
—¿Debo entender que ya ha cobrado el dinero? —preguntó.
Sin saber si tenía que mentir o decir la verdad, Snead se limitó a contestar:
—Sí.
Dejándose llevar por una corazonada, Nate inquirió:
—¿Medio millón ahora y cuánto después?
En su afán de soltar las mentiras que tenía ensayadas, Snead respondió:

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:37 am

—Nada.
Fue una negación despreocupada y verosímil. Los otros dos abogados de los Phelan respiraron aliviados.
—¿Está usted seguro? Nate estaba dando palos de ciego. Igual hubiera podido preguntarle a Snead si lo
habían condenado por profanación de sepulturas. Era algo así como jugar a ver quién se apuntaba el mejor tanto,
pero Snead se mantuvo firme.
—Pues claro que estoy seguro —contestó con la suficiente indignación para que sus palabras sonaran
sinceras.
—¿Quién le pagó ese dinero?
—Los abogados de los herederos Phelan.
—¿Quién firmó el cheque?
—Me lo envió el banco, conformado.
—¿Insistió usted en que le pagaran a cambio de su declaración?
—Podría decirse que sí.
—¿Se presentó usted a ellos o ellos lo buscaron a usted?
—Me presenté yo.
—¿Y por qué lo hizo?
Por fortuna, estaban acercándose por fin a un terreno más firme. En la parte de la mesa correspondiente a
los Phelan los ánimos empezaron a serenarse. Los abogados se pusieron a garabatear notas.
Snead cruzó las piernas bajo la mesa y frunció el entrecejo mirando a la cámara como si estuviera muy
seguro de lo que decía.
—Porque yo estuve con el señor Phelan poco antes de su muerte y sabía que el pobre hombre había
perdido el juicio.
—¿Desde cuándo lo había perdido?
—Desde buena mañana.
—¿Ya estaba loco cuando despertó?
—Cuando le serví el desayuno, no recordaba ni su propio nombre.
—¿Cómo lo llamó?
—De ninguna manera, se limitó a soltarme un gruñido.
Nate se apoyó en los codos sin prestar atención a los papeles que lo rodeaban. Aquello era un torneo y
estaba pasándoselo bien. Sabía por dónde iba, pero el pobre Snead lo ignoraba.
—¿Lo vio usted arrojarse al vacío?
—Sí.
—¿Y caer?
—Sí.
—¿Y estrellarse contra el suelo?
—Sí.
—¿Estaba usted cerca de él cuando lo examinaron los tres psiquiatras?
—Sí.
—Eso fue hacia las dos y media de la tarde, ¿verdad?
—Sí, si no recuerdo mal.
—Y llevaba loco todo el día, ¿no es cierto?
—Por desgracia, sí.
—¿Cuánto tiempo hacía que trabajaba usted para el señor Phelan?
—Treinta años.
—Y lo sabía todo acerca de él, ¿verdad?
—Todo lo que puede saber una persona de otra.
—Imagino entonces que conocía usted a su abogado, el Sr. Stafford.
—Sí, lo había visto muchas veces.
—¿Confiaba el señor Phelan en él ?
—Supongo que sí.
—Creía que usted lo sabía todo.
—Estoy seguro de que confiaba en el señor Stafford.
—¿Se hallaba el señor Stafford sentado al lado del señor Phelan durante el examen psiquiátrico a que se
le sometió?
—Sí.
—¿Cuál era en su opinión el estado del Sr. Pelhan durante ese examen?
—No estaba en su sano juicio, no sabía ni quién era ni lo que él hacía, no se estaba recuperando muy
bien.
—¿Está usted seguro?
—Sí.
—¿A quién se lo dijo?
—A nadie.
—¿Por qué no?
—No me correspondía a mí decir nada.
—¿Por qué no?
—Porque me habrían despedido. Parte de mi trabajo consistía en mantener la boca cerrada. Es lo que se
llama discreción.
—Usted estaba al corriente de que el señor Phelan iba a firmar un testamento, en el que repartía su
inmensa fortuna, ¿y aun así, sabiendo que había perdido el juicio, no le dijo nada a su abogado, el hombre en
quien él confiaba?
—No me correspondía hacer tal cosa.
—¿El señor Phelan lo habría despedido?
—De inmediato.
—Pero ¿y después de que se hubiera arrojado al vacío? ¿A quién se lo dijo?
Snead respiró hondo y volvió a cruzar —las piernas.
—Por respeto —contestó muy serio—. Consideraba que mi relación con el señor Phelan era de carácter
confidencial.
—Hasta ahora. Hasta que le ofrecieron el medio millón de dólares, ¿verdad?
A Snead no se le ocurrió ninguna respuesta, y Nate no le dio la menor oportunidad.
—Está usted vendiendo no tan sólo su declaración, sino su relación confidencial con el señor Phelan, ¿no
es cierto, señor Snead?
—Sólo trato de enderezar una injusticia.
—Qué noble propósito. ¿Lo haría si no le pagaran por ello?
—Sí —consiguió responder Snead.
Nate soltó una sonora carcajada sin apartar la mirada de Snead y volviéndose luego hacia los abogados de
los Phelan. A continuación se levantó y empezó a rodear la mesa sin dejar de reírse para sus adentros.
—Menudo juicio —dijo, sentándose otra vez. Tras consultar unas notas, añadió—: El señor Phelan murió
el 9 de diciembre. La lectura de su testamento tuvo lugar el 27 del mismo mes. En el transcurso de ese período,
¿le dijo usted a alguien que el señor Phelan no estaba en sus cabales en el momento de firmar el testamento?
—No.
—Claro. Esperó a que se leyera el testamento y, cuando vio que usted no estaba incluido en él, decidió
presentarse a los abogados y cerrar un trato con ellos, ¿no es cierto, señor Snead?
—No —contestó el testigo, pero Nate no le hizo caso.
—¿Estaba el señor Phelan mentalmente enfermo?
—No soy un experto para responder a eso.
—Usted ha afirmado que había perdido el juicio; ¿puede decirse que de manera permanente?
—Iba y venía.
—¿Cuánto tiempo llevaba yendo y viniendo?
—Varios años.
—¿Cuántos?
—Puede que diez. Es un cálculo aproximado.
—En el transcurso de los últimos catorce años de su vida, el señor Phelan redactó once testamentos, en
uno de los cuales le dejaba a usted un millón de dólares. ¿Se le ocurrió a usted entonces comentar con alguien
que el señor Troy Phelan no estaba en sus cabales?
—No me correspondía a mí decirlo.
—¿Consultó alguna vez el señor Phelan a algún psiquiatra?
—Que yo sepa, no.
—¿Tuvo alguna vez trato mental?
—Que yo sepa, no.
—¿Le sugirió usted alguna vez que fuera a ver a un psiquiatra?
—No me correspondía a mí hacer semejantes sugerencias.
—Si lo hubiera encontrado usted tendido en el suelo víctima de un ataque, ¿le habría dicho a alguien que
quizás el señor Phelan necesitaba ayuda?
—Por supuesto que sí.
—Si lo hubiera visto toser sangre, ¿se lo habría dicho a alguien?
—Sí.
Nate tenía en su poder un abultado dossier en el que figuraba una relación de las propiedades del señor
Phelan. Lo abrió al azar y le preguntó a Snead si sabía algo de Prospecciones Xion. Snead trató por todos los
medios de acordarse, pero tenía la mente tan llena de nuevos datos que no lo consiguió. ¿Y de Comunicaciones
Delstar? Una vez más Snead hizo una mueca y no consiguió recordar.
Al llegar a la quinta empresa, a Snead le sonó el nombre y comunicó orgullosamente al abogado que la
conocía. El señor Phelan era su propietario desde hacía algún tiempo. Nate le hizo preguntas sobre las ventas,
los productos y los valores en cartera a lo largo de una interminable lista de datos económicos. Snead no
contestó nada a derechas.
—¿Cuánto sabía usted acerca de las propiedades del señor Phelan? —preguntó Nate una y otra vez.
Después le hizo a Snead varias preguntas acerca de la estructura del Grupo Phelan. Snead se había
aprendido de memoria los datos esenciales, pero desconocía los detalles menores. No pudo mencionar el nombre
de ningún ejecutivo de nivel medio e ignoraba la identidad de los expertos contables de la empresa.
Nate lo sometió a un severo interrogatorio acerca de cuestiones sobre las cuales no tenía la menor idea.
Ya muy entrada la tarde, cuando Snead estaba agotado y atontado por la paliza que acababan de propinarle, y
mientras le hacía la millonésima pregunta de carácter económico, Nate le soltó sin previo aviso:
—¿Firmó usted un contrato con los abogados cuando cobró el medio millón de dólares?
Hubiera sido suficiente un simple «No», pero Nate lo pilló desprevenido. Snead vaciló, miró a Hark y
volvió a mirar a Nate, que estaba rebuscando entre sus papeles como si tuviera una copia del contrato. Snead
llevaba dos horas mintiendo, y no fue lo suficientemente rápido.
—Mmm... por supuesto que no —balbució sin convencer a nadie. Nate advirtió que mentía, pero lo dejó
correr. Había otros medios de obtener una copia del contrato.
Los abogados de los hermanos Phelan se reunieron en un oscuro bar para lamerse las heridas. Después de
la segunda ronda, la triste actuación de Snead les pareció aún peor. Quizá consiguieran adiestrarlo un poco más
para el juicio, pero el hecho de haber cobrado tanto dinero había destrozado para siempre su declaración.
¿Cómo se habría enterado O'Riley? Parecía estar completamente seguro de que Snead había cobrado.
—Ha sido Grit —soltó Hark.
Grit, repitieron todos para sus adentros. Seguro que se había pasado al otro bando.
—Eso es lo que le ha ocurrido por haberle robado a su cliente —declaró Wally Bright después de un
prolongado silencio.
—Cállese —le espetó la señora Langhorne.
Hark estaba demasiado agotado para luchar. Apuró su copa y pidió otra. En medio del desastre
provocado por la declaración de Snead, los abogados de los hermanos Phelan se habían olvidado de Rachel, que
seguía sin constar oficialmente en el expediente del tribunal.
La declaración de Nicolette, la secretaria, duró ocho minutos. Facilitó su nombre y dirección y su breve
historial profesional. Los abogados de los hermanos Phelan se acomodaron en los asientos del otro lado de la
mesa, disponiéndose a escuchar los detalles de sus aventuras sexuales con el señor Phelan. Nicolette tenía
veintitrés años y muy pocas cualidades, aparte de una esbelta figura, unos bonitos pechos y un agraciado rostro
enmarcado por un cabello dorado rojizo. Estaban deseando oírla hablar unas cuantas horas sobre sexo.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:38 am

Yendo directamente al grano, Nate le preguntó:
—¿Se acostó usted alguna vez con el señor Phelan?
Nicolette fingió avergonzarse, pero contestó que sí.
—¿Cuántas veces?
—No las conté.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Generalmente, diez minutos.
—No, me refería a la duración de la relación.
—Bien, pues sólo trabajé allí cinco meses.
—Unas veinte semanas, aproximadamente. Por término medio, ¿cuántas veces a la semana mantenía
usted relaciones sexuales con el señor Phelan?
—Creo que unas dos.
—Eso da unas cuarenta veces en total.
—Supongo que sí. Parece mucho, ¿verdad?
—A mí no me lo parece. ¿Se quitaba la ropa el señor Phelan cuando lo hacían?
—Pues claro. Los dos nos la quitábamos.
—0 sea, que él se quedaba completamente desnudo.
—Sí.
—¿Tenía alguna marca visible en el cuerpo?
Cuando los testigos se inventan mentiras, suelen olvidar las cuestiones más obvias. Y lo mismo les ocurre
a sus abogados. Se obsesionan tanto con el engaño que siempre se les pasa por alto algún detalle. Hark y sus
chicos tenían acceso a las esposas de Phelan —Lillian, Jame y Tira— y cualquiera de ellas hubiera podido
revelarles que Troy tenía un par de manchas redondas de color morado del tamaño de un dólar de plata en la
parte superior de la pierna derecha, cerca de la cadera, justo por debajo de la cintura.
—Que yo recuerde, no —contestó Nicolette.
La respuesta sorprendió y a la vez no sorprendió a Nate. Podía haber creído fácilmente que Troy follaba
con su secretaria, porque era algo que él mismo había hecho durante décadas, y con la misma facilidad hubiera
podido creer que Nicolette mentía.
—¿No tenía ninguna mancha, marca o lunar visible? —volvió a preguntar Nate.
—No.
Los abogados de los Phelan se asustaron. ¿Sería posible que otro testigo estrella estuviera
desmoronándose delante de sus propios ojos?
—No haré más preguntas —dijo Nate, y abandonó la sala para tomarse otro café.
Nicolette miró a los abogados, que mantenían la vista fija en la mesa, preguntándose dónde estaría
exactamente la mancha. Cuando la testigo se retiró, Nate empujó sobre la mesa en dirección a sus perplejos
enemigos una fotografía de la autopsia. No dijo una sola palabra, ni falta que hacía.
El viejo Troy descansaba sobre la mesa de mármol, convertido en un pedazo de arrugada y magullada
carne en la que resultaba claramente visible una mancha roja.
Se pasaron el resto del miércoles y todo el jueves con los tres nuevos psiquiatras contratados para que
dijeran que los tres anteriores no sabían lo que hacían. Su declaración fue previsible y reiterativa: las personas
cuerdas no se arrojan al vacío.
En conjunto eran menos prestigiosos que Flowe, Zadel y Theishen. Dos de ellos ya estaban jubilados y se
sacaban unos honorarios adicionales actuando como testigos expertos; el tercero era profesor en un masificado
centro de enseñanza universitaria en el que se impartían cursos de dos años, y el cuarto se ganaba
miserablemente la vida en un pequeño consultorio de los suburbios.
Pero no se les pagaba para que su presencia causara impresión, sino sencillamente para que enturbiaran
las aguas. Se sabía que Troy Phelan era excéntrico y caprichoso. Cuatro expertos sostenían que carecía de
capacidad mental para testar; tres, que estaba perfectamente capacitado. Se trataba de embrollar y enredar la
situación en la esperanza de que algún día los que defendían la validez del testamento se cansaran y decidiesen
llegar a un acto de conciliación. En caso contrario, un jurado de profanos tendría que examinar la jerga médica y
tratar de desentrañar el sentido de las opiniones en conflicto.
Los nuevos psiquiatras estaban cobrando unas elevadas cantidades por mantener su criterio y Nate ni
siquiera intentó inducirlos a que lo modificaran. Había recibido declaraciones de muchos médicos y se guardaba
mucho de discutir con ellos acerca de cuestiones relacionadas con la medicina. En su lugar, prefirió centrarse en sus méritos y su experiencia. Les pasó el video y les pidió que criticaran las opiniones de sus tres colegas.
Cuando el jueves por la tarde se levantó la sesión, ya se habían completado quince declaraciones. Otra tanda
estaba programada para finales de marzo. Wycliff tenía previsto celebrar el juicio a mediados de julio. Entonces
volverían a declarar los mismos testigos, pero en una sala de justicia a puerta abierta en presencia de un público
y de un jurado cuyos miembros sopesarían todas y cada una de sus palabras.
Nate huyó de la ciudad. Se dirigió hacia el oeste cruzando Virginia y al sur a través del valle de
Shenandoah. Estaba mentalmente agotado tras pasarse nueve días escarbando con dureza en la vida íntima de
otras personas. En un indeterminado momento de su existencia, empujado por su trabajo y sus adicciones, había
perdido la honradez y la vergüenza. Había aprendido a mentir, engañar, esconderse, importunar y atacar a
inocentes testigos sin el menor remordimiento; pero, en el silencio de su automóvil y en medio de la oscuridad
de la noche, se avergonzó. Se compadeció de los hermanos Phelan. Se compadeció de Snead, un triste
hombrecillo que sólo intentaba sobrevivir, y se arrepintió de haber atacado con tanta crueldad a los nuevos
psiquiatras.
Había recuperado la capacidad de avergonzarse, y se enorgullecía y alegraba de que así fuera. Era un ser
humano, aunque no lo pareciera. A medianoche se detuvo en un motel barato cerca de Knoxville. Estaban
cayendo fuertes nevadas en el Medio Oeste, en Kansas y en lowa. Tendido en la cama con un mapa, trazó un
itinerario a través del suroeste.
La segunda noche durmió en Shawnee, Oklahoma; la tercera, en Kingman, Arizona; la cuarta, en
Redding, California.
Los hijos de su segundo matrimonio eran Austin y Angela, de doce y once años respectivamente, y
estaban en séptimo y sexto curso de primaria. Llevaba sin verlos desde el mes de julio, tres semanas antes de su
última caída. Los había acompañado a ver el partido de los Orioles y la agradable salida se había convertido más
tarde en una desagradable escena. Durante el partido se bebió seis cervezas —los niños las contaron porque su
madre les había dicho que lo hicieran— y después se pasó dos horas al volante desde Baltimore a Arlington bajo
los efectos del alcohol.
Por aquellas fechas los niños iban a trasladarse a vivir a Oregón con su madre, Christi, y el segundo
marido de ésta, Theo. El partido sería la última visita que Nate les haría a sus hijos por un tiempo, pero, en lugar
de aprovechar bien el día, se había emborrachado. Discutió con su ex mujer en el sendero de entrada de la casa
en presencia de los niños, que por desgracia ya estaban acostumbrados a aquellas escenas. Theo lo había
amenazado con una escoba. Nate despertó en su automóvil, aparcado en la zona reservada a minusválidos de un
McDonald's, con un paquete de seis botellas de cerveza vacías en el asiento.
Cuando él y Christi se habían conocido catorce años atrás, ella era la directora de una escuela privada en
Potomac. Formaba parte de un jurado, y él era uno de los abogados. Cuando el segundo día del juicio ella se
presentó con una minifalda negra, el litigio quedó prácticamente interrumpido. Su primera cita ocurrió una
semana más tarde. Nate se pasó tres años sin probar la bebida, justo el tiempo suficiente para volver a casarse y
tener dos hijos. Cuando el dique empezó a agrietarse, Christi se asustó y quiso escapar, y cuando se rompió huyó
con los niños y tardó un año en regresar. El matrimonio duró diez caóticos años.
Christi trabajaba en una escuela de Salem y Theo pertenecía a un pequeño bufete jurídico de allí. Nate no
podía reprocharles que hubiesen huido de Washington, pues siempre había creído que los había obligado a
hacerlo.
Llamó a la escuela desde su automóvil cuando ya se encontraba cerca de Medford, a cuatro horas de
camino, y tuvo que esperar cinco minutos; justo el tiempo, estaba seguro, de que ella cerrara la puerta y ordenara
sus pensamientos.
—Sí —dijo finalmente su ex esposa.
—Christi, soy yo, Nate.
Se sintió ligeramente ridículo por el hecho de tener que identificarse ante una mujer con quien había
convivido diez años.
—¿Dónde estás? —preguntó ella, como si se hallara a punto de sufrir un ataque.
—Cerca de Medford.
—¿En Oregón?
—Sí. Me gustaría ver a los niños.
—Muy bien, ¿cuándo?
—Esta noche, mañana, no tengo prisa. Llevo unos cuantos días en la carretera, recorriendo simplemente
el país. No sigo ningún itinerario determinado.
—Pues claro, Nate, creo que podría arreglarse; pero los niños están muy ocupados, ¿sabes?, la escuela,
las clases de ballet, el fútbol
—¿Cómo se encuentran?
—Muy bien. Gracias por preguntarlo.
—¿Y tú? ¿Qué tal te va la vida?
—Estoy bien. Nos encanta Oregón.
—Yo también estoy bien. Me he recuperado y soy abstemio, Christi, hablo en serio. Me he librado por
completo de la bebida y las drogas. Creo que voy a dejar el ejercicio de la abogacía, pero estoy francamente
bien.
Christi pensó que lo mismo le había dicho otras veces.
—Me parece muy bien, Nate —repuso con recelo.
Acordaron cenar juntos al día siguiente, con tiempo de sobra para que ella pudiese preparar a los niños,
arreglar la casa y dejar que Theo decidiera el papel que iba a interpretar. Con tiempo suficiente para ensayar y
planear las salidas.
—No seré un estorbo —prometió Nate antes de colgar.
Theo decidió quedarse a trabajar hasta tarde y no participar en la reunión. Nate abrazó con fuerza a
Angela y se limitó a estrecharle la mano a Austin. Lo único que se había jurado no hacer era comentar con
entusiasmo lo mucho que habían crecido. Christi se quedó una hora en su dormitorio mientras él se reencontraba
con los niños.
Nate no pensaba deshacerse en disculpas por cosas que no podían cambiarse. Los tres se sentaron en el
suelo del estudio y hablaron de la escuela, de las clases de ballet y de fútbol. Salem era una bonita ciudad,
mucho más pequeña que el distrito de Columbia, y los niños se habían adaptado muy bien, tenían muchos
amigos, iban a una escuela estupenda y sus profesores eran muy simpáticos.
La cena consistió en espaguetis y ensalada, y duró una hora. Nate contó historias de la selva de Brasil y
describió su viaje en busca de una cliente perdida. Estaba claro que Christi no había leído los periódicos
apropiados, pues no tenía ni idea del caso Phelan.
A las siete en punto, Nate anunció que se marchaba. Los niños tenían que hacer los deberes y se
levantaban muy temprano para ir a la escuela.
—Mañana tengo un partido de fútbol, papá —dijo Austin.
Nate sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho. Nadie lo llamaba «papá» desde hacía
muchísimo tiempo.
—Jugarán en la escuela —dijo Angela—. ¿Podrás ir?
La pequeña ex familia vivió unos momentos embarazosos mientras todos se miraban mutuamente en
silencio. Nate no sabía qué responder.
Christi resolvió la cuestión diciendo:
—Yo iré. Así podremos charlar un rato.
—Pues claro que iré —contestó Nate.
Los niños lo abrazaron cuando se fue. Mientras se alejaba en su automóvil, Nate sospechó que Christi
quería verlo dos días seguidos para examinarle los ojos. Ella conocía las señales.
Nate se quedó tres días en Salem. Presenció el partido de fútbol y se sintió orgulloso de su hijo. Lo
invitaron de nuevo a cenar, pero él impuso como condición que Theo también participara. Almorzó con Angela
y sus amigos en la escuela.
Al cabo de tres días, llegó el momento de la partida. Los niños tenían que regresar a su rutina sin las
complicaciones que la presencia de su padre planteaba. Christi estaba un poco cansada de fingir que jamás había
ocurrido nada entre ellos, y Nate se estaba acostumbrando a la compañía de sus hijos. Prometió llamarlos,
mantenerse en contacto por correo electrónico y volver a verlos muy pronto.
Se fue de Salem con el corazón destrozado. ¿Cómo era posible que hubiera caído tan bajo para perder a
una familia tan maravillosa como aquélla? Casi no recordaba nada de la primera infancia de sus hijos, ni juegos
escolares, ni disfraces en la noche de Halloween, ni mañanas de Navidad, ni visitas al centro comercial. Ahora
sus hijos ya habían crecido y estaba educándolos otro hombre.
Giró hacia el este y se dejó llevar por el tráfico.
Mientras Nate cruzaba serpeando el estado de Montana sin poder quitarse a Rachel de la cabeza, Hark
Gettys presentó un recurso en el que solicitaba la no admisión de la respuesta de Rachel a la impugnación del
testamento. Sus motivos eran obvios y apoyaba su ataque con un informe de veinte páginas de extensión en el
que llevaba un mes trabajando. Estaban a 7 de marzo, Troy Phelan había muerto hacía tres meses, Nate O'Riley
había entrado en el asunto hacía menos de dos, y ya llevaban casi tres semanas trabajando en la presentación de

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:40 am

las pruebas, faltaban cuatro meses para el juicio y el tribunal aún no tenía jurisdicción sobre Rachel Lane. Su
firma no figuraba en ningún documento del expediente oficial del tribunal.
Hark la llamaba «la parte fantasma». Él y los demás impugnadores estaban litigando contra una sombra.
Si la mujer tenía que heredar once mil millones de dólares, lo menos que podía hacer era firmar una renuncia de
comparecencia y cumplir con la ley. Si se había tomado la molestia de contratar a un abogado, bien podía
someterse a la jurisdicción del tribunal.
El paso del tiempo estaba beneficiando enormemente a los herederos, por más que a éstos les costara
tener paciencia mientras soñaban con la riqueza que les aguardaba. Cada semana que pasaba sin que hubiera
noticias de Rachel Lane era una demostración más de que a ésta no le interesaba la causa. En sus reuniones de
los viernes por la mañana los abogados de los Phelan analizaban todo lo ocurrido durante la declaración de los
testigos, hablaban de sus clientes y preparaban la estrategia del juicio; pero, sobre todo, hacían conjeturas acerca
de la razón por la cual Rachel Lane aún no se había presentado, y abrigaban la ridícula esperanza de que no
quisiera el dinero. Era una idea absurda que, sin embargo, afloraba a la superficie todos los viernes.
Las semanas estaban convirtiéndose en meses, y la ganadora de la lotería seguía sin reclamar el premio.
Había otra razón de peso para ejercer presión sobre los defensores de la validez del testamento de Troy
Phelan. Su nombre era Snead. Hark, Yancy, Bright y Langhorne habían presenciado el vídeo de la declaración
de su testigo estelar hasta aprendérsela de memoria y no confiaban demasiado en que éste consiguiese influir en
el ánimo de los miembros del jurado. Nate O'Riley lo había puesto en ridículo, y eso que sólo se trataba de una
declaración. Ya se imaginaban lo afilados que estarían los puñales en presencia de un jurado formado por
personas de la clase media que se las veían y deseaban para pagar las facturas a fin de mes. Snead se embolsaría
medio millón por soltar su historia, pero costaría mucho venderla.
El problema que planteaba Snead estaba muy claro. Era un mentiroso, y a los mentirosos se les solía
atrapar en los juicios. Tras los errores que había cometido durante la declaración, los abogados temían
presentarlo ante un jurado, pues en caso de que se descubriera un par de mentiras más, perderían el juicio.
En cuanto a Nicolette, la mancha del viejo la había invalidado como testigo.
Por si fuera poco, sus clientes no resultaban especialmente simpáticos. Con la excepción de Ramble, que
era el que más temor les inspiraba, todos los demás habían recibido cinco millones de dólares para echar a andar
por la vida. Ningún miembro del jurado ganaría semejante cantidad en toda su existencia.
Los hijos de Troy podrían quejarse todo lo que quisieran de la ausencia de su padre, pero la mitad de los
miembros del jurado procedería sin duda de hogares rotos. Sería muy difícil dirigir la batalla de los psiquiatras,
el aspecto del juicio que más los preocupaba. Nate O'Riley llevaba más de veinte años machacando médicos en
las salas de justicia. Aquellos cuatro sustitutos no podrían resistir sus brutales repreguntas.
Para evitar el juicio, tenían que llegar a un acto de conciliación, y para llegar a un acto de conciliación
tenían que encontrar un fallo. La aparente falta de interés de Rachel Lane era más que suficiente, y constituiría
sin duda su mejor baza.
Josh examinó con admiración el recurso de no admisión. Le encantaban las maniobras legales, los trucos
y las tácticas, y cuando alguien, aunque fuera un adversario, lo hacía bien, él lo aplaudía en silencio.
Todo en la jugada de Hark era perfecto: la elección del momento, la exposición razonada, el informe
espléndidamente argumentado. La posición de los impugnadores del testamento era muy débil, pero sus
problemas no podían compararse con los de Nate. Él no tenía cliente y, junto con Josh, había conseguido
ocultarlo durante dos meses, pero la estratagema ya había tocado a su fin.
Daniel, su hijo mayor, insistió en reunirse con él en un pub. Nate encontró el local, situado a dos
manzanas del campus, cuando ya había anochecido, en una calle llena de bares y clubes. La música, los anuncios
luminosos de cervezas, las estudiantes que gritaban desde la otra acera..., por desgracia, todo aquello le resultaba
muy familiar. Era como Georgetown hacía apenas unos meses, pero ya no lo atraía. Un año atrás, él hubiera
contestado a los gritos de las chicas y las hubiera perseguido de bar en bar, creyendo que aún tenía veinte años y
podía pasarse toda la noche de juerga.
Daniel lo esperaba en un estrecho reservado en compañía de una chica. En la mesa había dos botellas de
cuello largo. Padre e hijo se estrecharon la mano porque un gesto más afectuoso hubiera hecho que el segundo
se sintiera incómodo.
—Ésta es Stef —dijo Daniel, presentando a la chica—. Trabaja como modelo —se apresuró a añadir para
hacerle comprender al viejo que no estaba saliendo con cualquier mujer.
Por una extraña razón, Nate había abrigado la esperanza de pasar unas cuantas horas a solas con su hijo.
Pero no podría ser. Lo primero que le llamó la atención de Stef fue su pintalabios de color gris, aplicado sobre
una boca carnosa en la que se dibujaba una sonrisa forzada.
Ciertamente, la chica era lo bastante corriente y delgada para ser modelo. Sus brazos parecían palos de
escoba, y sus piernas, aunque Nate no podía verlas, debían de ser largas y flacas, con sendos tatuajes en los
tobillos.
A Nate le resultó desagradable de inmediato, y por algún motivo intuyó que se trataba de un sentimiento
mutuo. Era imposible saber lo que Daniel le había contado acerca de él.
Daniel había terminado sus estudios en Grinnell el año anterior y había pasado el verano en India. Nate
hacía tres meses que no lo veía. No había asistido a su fiesta de graduación y ni siquiera le había enviado una
carta, un regalo o lo había llamado para felicitarlo. La tensión en torno a la mesa era evidente, y la modelo no
paraba de fumar y mirar a Nate con rostro inexpresivo.
—¿Quieres una cerveza? —le preguntó Daniel cuando se acercó un camarero; se trataba de un golpe bajo
cuya intención era infligir el mayor dolor posible.
—No; sólo agua —respondió Nate.
Daniel hizo el pedido al camarero y luego dijo:
—¿Sigues tratando de dejarlo?
—Siempre —repuso Nate con una sonrisa, procurando esquivar los golpes.
—¿No has tenido ninguna recaída desde el último verano?
—No. Pero me interesaría hablar de otro tema.
—Dan me ha dicho que has estado en un centro de desintoxicación —intervino Stef, soltando el humo
por la nariz.
A Nate le sorprendió que fuese capaz de pronunciar una frase completa. Hablaba lentamente y su voz era
tan cavernosa como las cuencas de sus ojos.
—Varias veces —contestó Nate—. ¿Qué más te ha contado de mí?
—Yo también he estado en una —admitió ella—, pero sólo una vez. —Parecía orgullosa de su hazaña,
aunque algo triste por su falta de experiencia. Delante de ella había dos botellas de cerveza vacías.
—Qué bien —dijo Nate, como si no le diese importancia. No pretendía mostrarse simpático con ella, y,
además, en un par de meses estaría colgada del brazo de otro hombre. Volvió la mirada hacia Daniel, y le
preguntó—: ¿Cómo van los estudios?
—¿Qué estudios?
—Los de posgrado.
—Lo he dejado.
Su voz sonó áspera. Detrás de aquellas palabras se adivinaba una gran presión. Nate se mostró interesado
por el abandono de los estudios; no sabía muy bien cómo ni por qué. Le sirvieron el agua.
—¿Ya habéis cenado?
Stef evitaba la comida y Daniel no tenía apetito. En cambio, Nate se moría de hambre, pero no quería
comer solo. Miró alrededor. En otro rincón alguien estaba fumándose un porro. Era un local pequeño y ruidoso
de los que tanto le habían gustado en tiempos no muy lejanos.
Daniel encendió otro cigarrillo, un Camel sin filtro, los más cancerígenos del mercado, y arrojó una
bocanada de denso humo hacia la barata araña de cristal del anuncio de una marca de cerveza que colgaba por
encima de ellos. Estaba enfadado y tenso.
La presencia de la chica obedecía a dos razones: impedir las palabras duras y, tal vez, una pelea. Nate
sospechaba que su hijo estaba sin blanca y que deseaba echarle en cara su escaso apoyo pero no se atrevía a
hacerlo, pues sabía que el viejo era frágil y tendía a enfurecerse y perder los estribos. Stef lo obligaría a refrenar
su cólera y su lenguaje.
La segunda razón era hacer que la reunión fuera lo más breve posible.
Nate tardó unos quince minutos en comprenderlo.
—¿Cómo está tu madre? —preguntó.
Daniel trató de sonreír.
—Bien. La vi por Navidad. Tú te habías ido.
—Estaba en Brasil.
Pasó una estudiante enfundada en unos tejanos muy ceñidos. Stef la estudió de arriba abajo y, al final, sus
ojos cobraron un poco de vida. La chica estaba todavía más delgada que ella. ¿Cómo era posible que la
demacración se hubiera puesto tan de moda?
—¿Qué hay en Brasil? —preguntó Daniel.
—Un cliente —respondió Nate, que ya estaba cansado de contar su aventura.
—Mamá dice que tienes no sé qué problema con Hacienda.
—Estoy seguro de que eso a tu madre debe de encantarle.
—Supongo. No me pareció que le preocupase demasiado. ¿Te meterán en la cárcel?
—No. ¿Podríamos cambiar de tema?
—Ahí está lo malo, papá. No hay ningún otro tema, sólo el pasado, y allí no podemos regresar.
Stef, el árbitro, puso los ojos en blanco y miró a Daniel como diciendo: «Ya basta».
—¿Por qué dejaste los estudios? —preguntó Nate, deseando que todo aquello terminara de una vez.
—Era muy aburrido, entre otros motivos.
—Se le terminó el dinero —intervino Stef, dirigiéndole a Nate su mejor mirada inexpresiva.
—¿Es eso cierto? —preguntó Nate.
—Es un motivo, ¿no?
El primer impulso de Nate fue sacar el talonario de cheques y resolver los problemas del muchacho. Era
lo que siempre había hecho. La paternidad había sido para él un largo viaje de compras. Si no puedes venir,
envía el dinero. Pero ahora Daniel tenía veintitrés años, era universitario, andaba por ahí con gente como la
señorita Bulimia y ya era hora de que se hundiese o nadara por su cuenta.
Y el talonario de cheques ya no era el de antes.
—Para ti al menos lo es —repuso—. Ponte a trabajar durante un tiempo. Te hará valorar más los
estudios.
Stef no se mostró de acuerdo. Tenía dos amigos que habían abandonado los estudios y prácticamente
habían desaparecido de la faz de la tierra. Mientras ésta seguía parloteando, Daniel se retiró a su rincón del
reservado y apuró su tercera botella. Nate podría haberle soltado toda suerte de sermones sobre el alcohol, pero
sabía que hubiesen sonado muy falsos.
Tras tomarse cuatro cervezas, Stef ya estaba borracha y Nate no tenía nada más que decir. Garabateó su
número de teléfono de St. Michaels en una servilleta y se lo entregó a Daniel.
—Aquí estaré en los próximos dos meses. Llámame si me necesitas.
—Hasta luego, papá —dijo Daniel.
—Cuídate.
Nate salió al gélido aire de la calle y echó a andar en dirección al lago Michigan.
Dos días más tarde estaba en Pittsburgh para su tercera y última cita, que finalmente no se produjo. Había
hablado un par de veces con Kaitlin, la hija de su primer matrimonio, que tenía que reunirse para cenar con él a
las siete y media de la tarde, delante del restaurante del vestíbulo de su hotel. Su apartamento se encontraba a
veinte minutos de distancia. A las ocho y media lo llamó para decirle que una amiga suya había sufrido un
accidente de tráfico y ella estaba en el hospital; la situación no era buena.
Nate le propuso que almorzasen juntos al día siguiente. Kaitlin contestó que no sería posible porque la
amiga había sufrido una herida en la cabeza, estaba conectada a un pulmón artificial y ella tenía previsto
quedarse en el hospital hasta que saliera de peligro. Al advertir que su hija estaba en plena retirada, Nate le
preguntó dónde estaba el hospital. Ella contestó que no lo sabía, después que no estaba segura y, finalmente, tras
pensárselo mejor, le dijo que no sería oportuno que la visitara porque ella no podía apartarse de la cama de su
amiga.
Nate cenó en una mesita de su habitación junto a la ventana, desde la que se veía el centro de la ciudad.
Comió sin apetito, pensando en todas las posibles razones por las cuales su hija no quería verlo. ¿Un aro en la
nariz? ¿Un tatuaje en la frente? ¿Sería miembro de una secta e iría por ahí con la cabeza rapada? ¿Habría
engordado cincuenta kilos o adelgazado veinticinco? ¿Estaría embarazada?
Trató de responsabilizarla de lo ocurrido para no verse obligado a enfrentarse con la verdad. ¿Tanto lo
odiaba su hija?
En la soledad de la habitación del hotel, en una ciudad donde no conocía a nadie, era fácil compadecerse
de sí mismo y sufrir una vez más por los errores del pasado.
Tomó el teléfono y puso manos a la obra. Llamó al padre Phil para averiguar qué tal iban las cosas en St.
Michaels. Phil había tenido la gripe y, como en el sótano de la iglesia hacía mucho frío, Laura no le permitía que
bajase. Estupendo, pensó Nate. A pesar de las múltiples incertidumbres que se interponían en su camino, la
única constante, por lo menos en un futuro próximo, sería la promesa de un trabajo seguro en el sótano de la
iglesia de la Trinidad.
Llamó a Sergio para su sesión semanal de motivación. Los demonios estaban muy bien controlados y él
se sentía asombrosamente dueño de la situación. En la habitación del hotel había un minibar, pero ni se le había
ocurrido acercarse a él.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:41 am

Telefoneó a Salem y mantuvo una agradable conversación con Angela y Austin. Le parecía muy curioso
que los pequeños quisieran hablar con él y los mayores no.
Llamó a Josh, que se encontraba en su despacho del sótano, pensando en el embrollo del caso Phelan.
—Tienes que regresar a casa, Nate —dijo Josh—. Se me ha ocurrido un plan.
Nate no fue invitado a la primera ronda de conversaciones de paz. Su ausencia obedecía a dos motivos.
Primero, la cumbre la había organizado Josh y, por consiguiente, se celebraba en su territorio. Nate había
evitado hasta aquel momento visitar su antiguo despacho y quería seguir haciéndolo. Segundo, los abogados de
los Phelan consideraban, con razón, que Josh y Nate eran aliados. Josh quería interpretar el papel de pacificador
e intermediario. Para ganarse la confianza de una parte, tenía que olvidar a la otra, aunque sólo por un tiempo.
Su plan consistía en reunirse con Hark y los demás, después con Nate y, a continuación, con ambas partes
alternativamente durante varios días si fuera necesario hasta que se llegara a un acuerdo. Tras una prolongada
sesión de bromas y charla intrascendente, Josh solicitó la atención de sus interlocutores. Tenían que analizar
muchas cuestiones y los abogados de los Phelan estaban deseando empezar.
Un acuerdo puede producirse en pocos segundos, durante la suspensión de un acalorado juicio cuando un
testigo sufre un tropiezo o cuando un nuevo presidente del tribunal quiere volver a empezar y aligerar un
molesto litigio. Y también puede tardar meses, mientras el pleito avanza lentamente hacia la fecha del juicio. En
su conjunto, los abogados de los Phelan soñaban con llegar a un rápido arreglo y pensaban que la reunión en la
suite de Josh sería el primer paso en ese sentido. Creían de verdad que estaban a punto de convertirse en
millonarios.
Josh empezó por manifestarles diplomáticamente su opinión de que sus argumentos eran bastante flojos.
Él no sabía nada acerca de los planes de su cliente de sacarse de la manga un testamento ológrafo y crear con
ello el caos, pero aun así el testamento era válido. La víspera se había pasado dos horas con el señor Phelan
terminando el otro testamento y estaba dispuesto a declarar que su cliente sabía muy bien lo que hacía. También
declararía, de ser necesario, que Snead no se encontraba presente en la reunión. Los tres psiquiatras que
examinaron al señor Phelan habían sido cuidadosamente elegidos por los hijos de éste, por sus ex esposas y por
sus abogados, y tenían una fama intachable. En cambio, los cuatro psiquiatras contratados no le inspiraban
confianza. Sus currículos dejaban mucho que desear. En su opinión, la batalla de testigos expertos la ganarían
los primeros.
Wally Bright se había puesto su mejor traje, lo cual no era mucho decir, por cierto. Recibió las críticas
apretando las mandíbulas y mordiéndose el labio inferior para no decir ninguna estupidez, mientras tomaba
inútiles notas en un cuaderno tamaño folio sencillamente porque eso era lo que estaban haciendo los demás. No
estaba acostumbrado a soportar semejante menosprecio, ni siquiera viniendo de un abogado tan famoso como
Josh Stafford, pero, a cambio del dinero, parecía dispuesto a aguantar lo que fuera. Un mes atrás, en febrero, su
pequeño bufete generaba veintiséis mil dólares en honorarios y consumía los habituales cuatro mil dólares en
gastos generales. Wally no se llevaba nada a casa. Lógicamente, había dedicado casi todo su tiempo al caso
Phelan. Josh resumió con inocultable satisfacción las declaraciones de los clientes de sus colegas.
—He estudiado los vídeos con sus declaraciones —dijo en tono entristecido—, y, si he de serles sincero,
con la excepción de Mary Ross creo que serán unos testigos desastrosos durante el juicio.
Sus colegas salvaron el obstáculo sin dificultad. Aquello no era un juicio sino una reunión sobre un
acuerdo.
Josh no se entretuvo demasiado en el tema de los herederos. Cuanto menos dijera, mejor. Sus abogados
sabían que los destrozarían en presencia del jurado.
—Y eso nos lleva a Snead —añadió—. También he repasado sus declaraciones y creo sinceramente que,
si ustedes lo llaman a declarar en el juicio, cometerán un terrible error. Es más, creo que tal cosa podría rozar el
límite de la ilegalidad.
Bright, Hark, Langhorne y Yancy se inclinaron todavía más sobre sus cuadernos de notas. Snead se había
convertido para ellos en algo así como una palabra malsonante. Habían discutido entre sí acerca de quién era el
responsable de semejante metedura de pata. Habían perdido el sueño por culpa de aquel hombre. Habían perdido
medio millón en un testigo inservible.
—Conozco a Snead desde hace casi veinte años —prosiguió Josh, dedicando a continuación quince
minutos a describirlo con gran precisión como un mayordomo de cualidades mágicas, un criado no siempre de
fiar a quien el señor Phelan más de una vez había querido despedir. Sus colegas le creyeron.
Pero ya estaba bien de Snead. Josh había conseguido destripar a su testigo estelar sin necesidad de
mencionar que ellos lo habían sobornado con quinientos mil dólares para que contara aquella historia.
Y ya estaba bien de Nicolette. Era tan embustera como su compinche Snead.
No habían conseguido localizar a otros testigos. Había algunos empleados descontentos, pero no querían
intervenir en el juicio, y de todos modos, su declaración estaría viciada. Les constaba que dos rivales del mundo empresarial habían sido aniquilados por haber intentado competir con Troy, pero ellos no sabían nada acerca de
sus facultades mentales.
Sus argumentos no eran muy sólidos, concluyó Josh, y siempre se corría peligro con un jurado de por
medio.
Se refirió a Rachel Lane como si la conociera desde hacía muchos años. No entró en demasiados detalles,
pero aportó las suficientes generalizaciones para dar la impresión de que, en efecto, no guardaba secretos para
él. Era una persona encantadora que llevaba una existencia muy sencilla en otro país y no entendía muy bien los
litigios. Huía de la controversia y despreciaba los enfrentamientos, y estaba más unida al viejo Troy de lo que la
mayoría de la gente sabía.
Hark deseó preguntar si Josh la había conocido personalmente —¿la había visto alguna vez?, ¿había oído
mencionar su nombre antes de la lectura del testamento?—, pero no era el lugar ni el momento para crear
conflictos. La otra parte estaba a punto de poner dinero sobre la mesa y su porcentaje era el diecisiete y medio.
La señora Langhorne había hecho investigaciones sobre la ciudad de Corumbá y se preguntaba una vez
más qué podía estar haciendo una norteamericana de cuarenta y dos años en semejante lugar. A espaldas de
Bright y Yancy, ella y Hark se habían convertido en confidentes, y habían estado sopesando la conveniencia de
filtrar el paradero de Rachel Lane a ciertos periodistas. No cabía la menor duda de que la prensa daría con ella,
la obligarían a salir de su escondrijo y, de paso, el mundo averiguaría qué pensaba hacer con el dinero. Si, tal
como ellos esperaban y soñaban, no lo quería, sus clientes podrían reclamarlo.
Por supuesto, suponía un riesgo que aún no habían descartado.
—¿Qué se propone hacer Rachel Lane con todo este dinero? —preguntó Yancy.
—No estoy muy seguro —contestó Josh, como si él y Rachel hablaran de ello a diario—. Es probable que
se quede con una pequeña parte y dedique el resto a obras benéficas. En mi opinión, ésta es la razón de que Troy
hiciera lo que hizo. Pensó que si sus descendientes recibían el dinero, éste no duraría ni noventa días. En
cambio, legándoselo a Rachel sabía que iría a parar a personas necesitadas.
Se produjo un prolongado silencio cuando Josh terminó. Los sueños se desmoronaban lentamente. Rachel
Lane existía, en efecto, y no pensaba renunciar a su herencia.
—¿Por qué no se ha presentado? —inquirió finalmente Hark.
—Bien, hay que conocer a esta mujer para responder a la pregunta —dijo Josh—. El dinero no significa
nada para ella. No esperaba que su padre le dejase nada, y, de pronto, descubre que ha heredado miles de
millones. Se encuentra todavía algo alterada.
Otra prolongada pausa mientras los abogados de los Phelan hacían anotaciones en sus cuadernos.
—Estamos dispuestos a llevar el caso al Tribunal Supremo, de ser necesario —dijo Langhorne—. ¿Se da
cuenta ella de que esto podría durar muchos años?
—Sí —contestó Josh—, y ésa es una de las razones por las que quiere tantear las posibilidades de llegar a
un acuerdo.
Ya estaban haciendo progresos.
—¿Por dónde empezamos? —preguntó Wally Bright.
Era difícil responder a eso. A un lado de la mesa había once mil millones de dólares. Los impuestos de
sucesión se llevarían más de la mitad, de modo que quedarían unos cinco mil. Al otro estaban los herederos
Phelan, todos ellos sin blanca, a excepción de Ramble. ¿Quién lanzaría la primera cifra? ¿Diez millones por
heredero? ¿Cien?
Josh lo tenía todo planeado.
—Vamos a empezar por el testamento —dijo—. Suponiendo que se considere válido, en él se estipula
con toda claridad que cualquier heredero que lo impugne se verá privado de la cantidad que se le haya legado.
Lo cual se aplica a sus clientes. Por consiguiente, empiezan ustedes desde cero. A continuación, el testamento
deja a cada uno de sus clientes una suma de dinero equivalente a la de las deudas que éstos tuvieran contraídas al
día de la muerte del señor Phelan. —Tomó otra hoja de papel y la estudió un momento—. Según lo que hemos
averiguado hasta ahora, Ramble Phelan aún no tiene deudas. Geena Phelan Strong tenía, el 9 de diciembre, unas
deudas por valor de cuatrocientos veinte mil dólares. Libbigail y Spike debían unos ochenta mil dólares. Mary
Ross y su esposo adeudaban novecientos mil. Troy junior había cancelado casi todas sus deudas en sucesivas
bancarrotas, pero aún debía ciento treinta mil dólares. Rex, como sabemos, se lleva la palma. Él y su
encantadora esposa Amber debían, el 9 de diciembre, un total de siete millones seiscientos mil dólares. ¿Tienen
ustedes algo que objetar a estas cifras?
Nadie tenía nada que objetar. Las cantidades eran correctas, pero la suma que a ellos les interesaba era la
otra.
—Nate O'Riley ha estado en contacto con su cliente. Para resolver este asunto, ella ofrecerá a cada uno de
los seis herederos diez millones de dólares.
Los abogados jamás habían calculado y garabateado tan rápido. Hark tenía tres clientes; el diecisiete y
medio por ciento significaba unos honorarios de cinco millones doscientos cincuenta mil dólares. Geena y Cody
habían acordado con Langhorne un veinte por ciento, lo que suponía que su pequeño bufete cobraría dos
millones de dólares. Y lo mismo cobraría Yancy con la aprobación del juez, pues Ramble aún era menor de
edad. Y Wally Bright, un picapleitos que se ganaba miserablemente la vida anunciando divorcios rápidos en las
paradas de los autobuses, cobraría la mitad de los diez millones de dólares en virtud del exorbitante contrato que
había suscrito con Libbigail y Spike.
Wally, precisamente, fue el primero en reaccionar. A pesar de que se le había paralizado el corazón y
apenas podía respirar, consiguió decir con cierto descaro:
—No es posible que mi cliente se conforme con menos de cincuenta millones.
Los demás sacudieron la cabeza y fruncieron el entrecejo, fingiendo hacerle ascos a la miserable suma
que se les ofrecía, a pesar de que ya estaban gastándose mentalmente el dinero.
Wally Bright ni siquiera sabía con cuántos ceros se escribía cincuenta millones, pero soltó la cifra tal
como hubiera podido hacer un ricacho de Las Vegas.
Habían acordado que, en caso de que se hablara de dinero, no bajarían de los cincuenta millones por
heredero. Todo les había sonado muy bien antes de la reunión, pero ahora los diez millones que se habían puesto
sobre la mesa les parecían estupendamente bien.
—Eso equivale, más o menos, a un uno por ciento de la herencia —observó Hark.
—Puede usted considerarlo así —convino Josh—. De hecho, puede considerarse de muchas maneras,
pero yo prefiero empezar desde cero, que es donde están ustedes ahora, e ir subiendo en lugar de empezar desde
la herencia e ir bajando.
Josh, sin embargo, también quería ganarse su confianza. Dejó que se pasaran un rato barajando cifras, y
después añadió:
—Miren, yo, si representara a uno de los herederos, no me conformaría con los diez millones.
Dieron un respingo y prestaron atención.
—Rachel Lane no es ambiciosa. Creo que Nate O'Riley podría convencerla de que acordara ceder veinte
millones por heredero. Los honorarios se duplicarían; eso significaba más de diez millones para Hark y cuatro
millones para Yancy y Langhorne. En cuanto al pobre Wally, que ahora cobraría diez, experimentó un repentino
ataque de diarrea y pidió permiso para abandonar la reunión.
Nate estaba ocupado pintando alegremente los adornos de una puerta cuando sonó su teléfono móvil.
Josh lo obligaba a tener a mano el maldito trasto.
—Si es para mí, anota el número —dijo Phil, que estaba midiendo un complicado rincón para el siguiente
trozo de fibra prensada. Era Josh.
—No ha podido ir mejor —anunció—. Me he plantado en veinte millones, ellos quieren cincuenta.
—¿Cincuenta? —preguntó Nate sin poder creerlo.
—Sí, pero ya se están gastando el dinero. Apuesto a que ahora mismo por lo menos dos de ellos están en
el concesionario de la Mercedes.
—¿Quién se lo gastará más rápido, los abogados o los clientes? —Supongo que los abogados. Oye, acabo
de hablar con Wycliff. La reunión será el miércoles a las tres de la tarde, en su despacho. Creo que para entonces
ya lo tendremos todo arreglado.
—Lo estoy deseando —dijo Nate, y cortó la comunicación. Había llegado el momento de la pausa para el
café. Él y Phil se sentaron en el suelo con la espalda apoyada contra la pared, tomando café caliente con leche.
—¿Querían cincuenta? —preguntó Phil, que ya estaba al corriente de todos los detalles.
Solos en el sótano, ambos apenas tenían secretos el uno para el otro. La conversación era más importante
que los progresos en el trabajo. Phil era clérigo; Nate, abogado. Todo lo que ambos decían estaba protegido por
una especie de privilegio confidencial.
—Es una bonita suma para empezar —dijo Nate—; pero se conformarán con mucho menos.
—¿Espera usted llegar a un acuerdo?
—Pues claro. El miércoles nos reuniremos con el juez, que ejercerá más presión. Para entonces, los
abogados y sus clientes ya estarán contando el dinero.
—Entonces, ¿cuándo se marcha?
—Supongo que el viernes. ¿Quiere venir?
—No me lo puedo permitir.
—Pues claro que puede. Mi cliente pagará la factura. Será mi director espiritual durante el viaje. El
dinero no constituye un problema.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:42 am

—No estaría bien.
—Vamos, Phil. Le enseñaré el Pantanal. Conocerá a mis amigos Jevy y Welly. Daremos un paseo en
barca.
—Por lo que me ha contado, no se trata de un paseo muy agradable.
—No es peligroso. Hay mucho turismo en el Pantanal. Es una gran reserva ecológica. Hablo en serio,
Phil, si le interesa, puedo arreglarlo.
—Me falta el pasaporte —dijo Phil, tomando un sorbo de café—, y, además, tengo muchas cosas que
hacer aquí. —Nate estaría ausente una semana y a él le gustaba la idea de que el sótano tuviera el mismo aspecto
cuando Nate regresara—. La señora Sinclair morirá cualquier día de éstos —añadió serenamente Phil—. No
puedo irme.
La iglesia llevaba por lo menos un mes aguardando el fallecimiento de la señora Sinclair. Phil temía el
viaje a Baltimore. Nate sabía que por nada del mundo habría abandonado el país.
—De modo que volverá a verla —dijo Phil.
—Pues sí.
—¿Le hace ilusión la idea?
—No lo sé. Me apetece verla, pero no estoy seguro de que ella quiera verme a mí. Es muy feliz y no
quiere saber nada de este mundo. No le gustará que vuelva a hablarle de cuestiones legales.
—Entonces, ¿por qué va?
—Porque no hay nada que perder. Si vuelve a rechazar el dinero, estaremos en la misma situación que
ahora. La otra parte se quedará con todo.
—Y eso sería un desastre.
—Sí. Difícilmente podría encontrarse a un grupo de personas menos capacitado que los herederos Phelan
para manejar elevadas sumas de dinero. El dinero los matará.
—¿Y eso no se lo puede explicar a Rachel?
—Lo he intentado, pero no le interesa saberlo.
—0 sea, que no va a cambiar de idea.
—No. Jamás.
—¿Y el viaje a Brasil será una pérdida de tiempo?
—Me temo que sí; pero al menos lo intentaremos.
Con la excepción de Ramble, todos los herederos de Troy Phelan se empeñaron en estar o bien en el
juzgado o bien a tiro de piedras de éste durante la reunión. Cada uno de ellos disponía de su teléfono móvil, al
igual que cada uno de los abogados en el despacho de Wycliff.
Tanto los clientes como sus representantes legales habían perdido muchas horas de sueño.
¿Con cuánta frecuencia se convierte uno en millonario de repente? Por lo menos dos veces en el caso de
los Phelan, pero esta vez juraban que serían mucho más prudentes. Jamás se les ofrecería otra oportunidad.
Los hermanos paseaban por los pasillos del juzgado. Fumaban nerviosamente en el exterior, delante de la
entrada principal. Permanecían sentados en el cálido interior de sus automóviles, en el aparcamiento, sin poder
estarse quietos. Consultaban sus relojes, trataban de leer los periódicos, intercambiaban comentarios cuando se
cruzaban.
Nate y Josh estaban sentados en un extremo de la estancia. Como era de esperar, Josh vestía un caro traje
oscuro. En cambio, Nate llevaba una camisa de tela vaquera con manchas de pintura blanca en el cuello. Sin
corbata. Unos tejanos y unas botas de excursionista completaban el atuendo.
Wycliff se dirigió en primer lugar a los abogados de los Phelan, sentados al otro lado de la estancia, y les
comunicó que no era partidario de no admitir la respuesta de Rachel Lane, al menos por el momento. Había
demasiadas cosas en juego para excluirla de la causa. Nate O'Riley representaba muy bien los intereses de ésta;
por consiguiente, el litigio seguiría adelante según lo previsto. El propósito de la reunión era analizar las
posibilidades de acuerdo, algo que cualquier juez deseaba en todos los casos que pasaban por sus manos.
Wycliff seguía entusiasmado con la idea de un juicio largo, desagradable y sonado, pero no podía reconocerlo.
Su deber era apremiar a las partes a que llegaran a un arreglo y persuadirlas de la conveniencia de hacerlo.
El apremio y la persuasión no serían necesarios.
Su señoría había examinado todas las peticiones y cada uno de los documentos y había estudiado
atentamente las declaraciones. Hizo un resumen de las pruebas tal y como él las veía y comunicó, con expresión
muy seria, a Hark, Bright, Langhorne y Yancy que, en su docta opinión, sus argumentos no eran demasiado
convincentes.
Lo aceptaron de buen grado y no se sorprendieron. El dinero estaba sobre la mesa y ellos se morían de
ganas de arrojarse sobre él. Insúltenos todo lo que quiera, pensaron, pero démonos prisa, no se nos vaya a
escapar.
Por otra parte, añadió Wycliff, nunca se sabía lo que podía hacer un jurado. Lo dijo como si cada semana
seleccionara a los miembros de uno, lo cual no era cierto y los abogados lo sabían.
Wycliff le pidió a Josh que hiciera un resumen de la primera reunión sobre el acuerdo celebrada el lunes,
dos días atrás.
—Quiero saber exactamente en qué punto estamos —dijo.
Josh fue muy breve. El punto esencial era muy sencillo. Los herederos querían cincuenta millones de
dólares por cabeza. Rachel, la principal beneficiaria, sólo les ofrecía veinte millones para llegar a un acuerdo, sin
reconocer la validez de los argumentos de la otra parte.
—Es una diferencia muy considerable —comentó Wycliff.
Nate se moría de aburrimiento, pero se esforzaba por aparentar interés. Eran unas negociaciones de alto
voltaje acerca de una de las fortunas personales más grandes del mundo. Josh le había reprochado su aspecto,
pero a él le daba igual. Procuraba distraerse estudiando los rostros de los abogados que había al otro lado de la
estancia. La inquietud que éstos estaban poniendo de manifiesto no obedecía a la preocupación o el nerviosismo,
sino a su ardiente deseo de averiguar cuánto iban a cobrar. Sus perspicaces ojos eran muy rápidos y sus manos
se movían con gestos bruscos e impulsivos.
Qué divertido resultaría levantarse de repente, anunciar que Rachel no ofrecía ni un solo centavo para
llegar a un acuerdo y abandonar precipitadamente la estancia. El sobresalto los mantendría unos segundos
clavados en sus asientos, pero de inmediato correrían tras él como perros hambrientos.
Cuando Josh terminó, Hark habló en nombre del grupo. Había tomado notas y había dedicado tiempo a
escribir observaciones. Consiguió despertar el interés de la otra parte, confesando que el desarrollo del caso no
había seguido el curso que ellos querían. Con admirable sinceridad reconoció que sus clientes no eran unos
buenos testigos, los psiquiatras actuales no eran tan sólidos como los tres anteriores y Snead no era de fiar.
En lugar de discutir acerca de teorías legales, se centró en las personas. Habló de sus clientes, los
hermanos Phelan, y admitió que, a primera vista, no resultaban muy simpáticos; pero, una vez superada la
impresión inicial, cuando uno llegaba a conocerlos como ahora los conocían sus abogados, se daba cuenta de
que a los pobrecillos jamás se les había ofrecido ninguna oportunidad. Habían sido unos niños ricos muy
mimados, educados con toda suerte de privilegios por una serie de niñeras que iban y venían, mortalmente
ignorados por un padre que igual estaba en Asia comprando fábricas que viviendo en el despacho con su más
reciente secretaria. Hark no quería criticar a un difunto, pero el señor Phelan era lo que era. En cuanto a sus
madres, eran unos personajes muy raros, si bien habían sufrido lo suyo a causa de Troy.
Los hermanos Phelan no habían crecido en unas familias normales ni habían recibido las lecciones que
casi todos los hijos reciben de sus padres. Troy Phelan era un importante hombre de negocios cuya aprobación
ellos buscaban desesperadamente, sin éxito. Sus madres se dedicaban a sus clubes, a sus causas y al arte de ir de
compras. La idea que tenía el padre de la obligación de proporcionar a sus hijos los medios adecuados para
iniciar su andadura por la vida consistía, sencillamente, en entregar a cada uno de ellos cinco millones de dólares
al cumplir los veintiún años, lo cual era, por una parte, demasiado tarde, y, por otra, demasiado pronto. El dinero
no podía proporcionar la prudencia, la guía y el amor que ellos necesitaban como hijos. De ahí su evidente
incapacidad para afrontar las responsabilidades de su recientemente adquirida riqueza.
El dinero había sido desastroso para ellos, pero los había hecho madurar. Ahora, con la experiencia de los
años, los hermanos Phelan comprendían sus errores. Se avergonzaban de lo insensatos que habían sido con el
dinero. Imaginen lo que debió de ser despertarse un día como el hijo pródigo, tal como le había ocurrido a Rex a
la edad de treinta y dos años, divorciado y sin un centavo, en presencia de un juez que estaba a punto de enviarlo
a la cárcel por impago de la pensión por alimentos de los hijos.
Imaginen lo que debió de ser permanecer once días en la cárcel mientras tu hermano, divorciado y
también sin un centavo, trataba de convencer a su madre de que pagara la fianza. Rex decía que el tiempo que
había permanecido entre rejas lo había dedicado a tratar de averiguar adónde había ido a parar el dinero.
La vida había sido muy dura para los hijos de Troy Phelan. Muchas de las heridas se las habían hecho
ellos mismos, pero otras habían sido la inevitable consecuencia de la conducta de su padre. El acto final de
abandono por parte de éste había sido el testamento ológrafo. Jamás llegarían a comprender la maldad del
hombre que los había menospreciado de niños, los había castigado de mayores y los había borrado de su
herencia.
Hark terminó diciendo:
—Son —concluyó— Phelan, llevan la sangre de Troy en sus venas, para bien o para mal, y sin duda se
merecen una justa porción de la herencia de su padre.
Cuando terminó, Hark se sentó y todos los presentes permanecieron en silencio. Había sido un alegato
profundamente sincero que conmovió no sólo a Nate y Josh sino también al juez Wycliff; pero no serviría de
nada ante un jurado, pues él no podía reconocer ante un tribunal que los argumentos de sus clientes no eran
convincentes. Sin embargo, en aquel momento y en aquel ambiente, el pequeño discurso de Hark resultó
perfecto.
Nate era, aparentemente, el que tenía el dinero, o al menos tal era el papel que desempeñaba en el juego.
Podía pasarse una hora regateando y exprimiendo, echando faroles y discutiendo, y recortar unos cuantos
millones de la fortuna, pero la verdad era que no estaba de humor para hacerlo. Si Hark podía disparar
directamente, él también. En cualquier caso, todo eran artimañas.
—¿Cuál es su punto esencial? —le preguntó a Hark mientras los ojos de ambos se buscaban como el
radar.
—No sé muy bien si tenemos un punto esencial. Creo que la suma de cincuenta millones de dólares por
heredero es razonable. Sé que parece mucho, y lo es, pero compárelo con el monto de la herencia. Una vez
deducidos los impuestos de sucesión, estamos hablando de apenas un cinco por ciento del dinero.
—El cinco por ciento no es mucho —admitió Nate.
Hark estaba mirándolo, pero los demás no. Se encontraban inclinados sobre sus cuadernos de notas con
las plumas a punto para la siguiente tanda de cálculos.
—La verdad es que no —convino Hark.
—Mi cliente estará de acuerdo con la cesión de cincuenta millones —dijo Nate.
Lo más probable era que en aquellos momentos su cliente estuviese enseñando salmos de la Biblia a unos
niños a la sombra de un árbol junto a la orilla del río.
Wally Bright acababa de ganar unos honorarios de veinticinco millones de dólares, por lo que su primer
impulso fue el de cruzar la estancia y besarle los pies a Nate. En su lugar, frunció el ceño con expresión muy
seria y tomó unas cuidadosas notas que ni él mismo podía leer.
Josh sabía que eso era lo que iba a ocurrir, pues sus contables habían hecho los cálculos, pero Wycliff no
lo sabía. Se acababa de producir el acuerdo y no se celebraría ningún juicio. Tenía que mostrarse complacido.
—Bien pues —dijo—, ¿hemos llegado a un acuerdo?
Por simple costumbre, los abogados de los hermanos Phelan se reunieron para deliberar alrededor de
Hark, procurando hablar en voz baja, pero no les salían las palabras.
—Trato hecho —anunció Hark, que acababa de ganar veintiséis millones de dólares.
Josh tenía, casualmente, el borrador de un acto de conciliación. Cuando ya habían empezado a llenar los
espacios en blanco, los abogados de los hermanos Phelan se acordaron de pronto de sus clientes. Se excusaron y
salieron al pasillo, donde los teléfonos móviles empezaron a surgir como por arte de magia de todos los
bolsillos. Troy junior y Rex estaban esperando junto a una máquina expendedora de refrescos, en el primer piso.
Geena y Cody estaban leyendo periódicos en una desierta sala de justicia. Spike y Libbigail se hallaban sentados
en su vieja camioneta, calle abajo. Mary Ross se encontraba en el interior de su Cadillac, en el aparcamiento.
Ramble estaba en el sótano de su casa con la puerta cerrada y los auriculares puestos, perdido en otro mundo.
La avenencia no sería completa hasta que Rachel Lane la firmara y aprobase. Los abogados de los Phelan
querían que todo tuviera un carácter estrictamente confidencial. Wycliff accedió a cerrar el expediente judicial.
Una hora después, el acuerdo ya estaba ultimado. Con la firma de cada uno de los herederos Phelan y de sus
abogados. Y con la de Nate.
Sólo faltaba una firma. Nate explicó que tardaría unos cuantos días en conseguirla.
«Si lo supieran...», pensó mientras abandonaba el juzgado.
El viernes por la tarde Nate y el párroco salieron de St. Michaels en el automóvil de alquiler de aquél. El
párroco iba al volante para acostumbrarse, y Nate echaba una cabezada en el asiento del acompañante. Mientras
cruzaban el Bay Bridge, Nate despertó y le leyó el acuerdo de avenencia final a Phil, siempre deseoso de
conocer todos los detalles.
El Gulfstream IV del Grupo Phelan estaba esperando en el aeropuerto de Baltimore-Washington. El
reluciente avión podía transportar a veinte personas a cualquier lugar del mundo. Phil quería echar un buen
vistazo a todo, por lo que pidieron a los pilotos que los acompañaran en un recorrido por el aparato. De
inmediato. Lo que el señor O'Riley mandara. La cabina era toda de cuero y madera, con sofás, asientos
reclinables, una mesa de juntas y varias pantallas de televisión. Nate hubiera querido viajar como una persona
normal, pero Josh había insistido.
Vio cómo Phil se alejaba en el automóvil y volvió a subir al aparato. En nueve horas estaría en Corumbá.
El acuerdo de fideicomiso era deliberadamente escueto, con la menor cantidad de palabras posible y de la
forma más breve y sencilla que los redactores de semejantes documentos imposibles habían conseguido

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:43 am

encontrar. Josh se lo había hecho redactar varias veces. En caso de que Rachel mostrara la menor disposición a
firmar, era absolutamente necesario que comprendiera el significado. Nate le daría todas las explicaciones
pertinentes, pero sabía que ella no tenía demasiada paciencia en asuntos como ése.
Los bienes recibidos en virtud de la última voluntad y testamento postrero de su padre se colocarían en un
fideicomiso que llevaría el nombre de Rachel Lane, a falta de otro más original. El principal se conservaría
intacto durante diez años y sólo se dedicarían a obras de caridad los intereses y las ganancias. Pasado ese
período, podría gastarse a discreción de los fideicomisarios el cinco por ciento anual del principal, amén de los
intereses y las ganancias. Los desembolsos anuales se destinarían a diversas causas caritativas, en especial a la
labor misionera de Tribus del Mundo. Sin embargo, el lenguaje era tan ambiguo que los fideicomisarios podrían
emplear el dinero prácticamente para cualquier obra benéfica que quisieran. La primera fideicomisaria era Neva
Collier, de Tribus del Mundo, que estaría facultada para designar a otra docena de fideicomisarios a fin de que la
ayudasen en su labor. Éstos actuarían con total independencia y responderían de su actuación ante Rachel, si ella
así lo quería, en cuyo caso jamás vería ni tocaría el dinero. El fideicomiso se establecería con la ayuda de
abogados elegidos por Tribus del Mundo.
Se trataba de una solución muy sencilla. Sólo exigiría la firma de Rachel Lane, o cualquiera que fuese su
apellido. Con una firma en el fideicomiso y otra en el acuerdo de avenencia podría cerrarse, a su debido tiempo,
el caso de la testamentaría Phelan sin más historias. Nate podría seguir adelante, enfrentarse con sus problemas y
empezar a reconstruir su vida. Estaba deseando empezar.
En caso de que Rachel se negara a firmar los documentos del fideicomiso y el acuerdo de avenencia, Nate
tendría que pedirle que firmara un documento de renuncia. Podía rechazar la herencia, pero debería
comunicárselo a los tribunales.
Una renuncia dejaría inservible el testamento de Troy, que sería válido, pero no factible. Los bienes no
podrían ir a parar a ningún sitio, como si Troy hubiera muerto sin testar. La ley dividiría los bienes en seis
partes, una para cada heredero.
¿Cómo reaccionaría Rachel? Nate quería pensar que se alegraría de verlo, pero no estaba muy seguro de
que así fuera. Recordaba el modo en que lo había saludado desde la orilla mientras su embarcación se alejaba,
poco antes de que el dengue se abatiese sobre él. Estaba entre su gente, haciéndole señas de que se alejara y
diciéndole adiós para siempre. No quería que la molestaran con asuntos mundanos.
Valdir estaba esperando en el aeropuerto de Corumbá cuando el Gulfstream rodó hasta la pequeña
terminal. Era la una de la madrugada, el aeropuerto estaba desierto y sólo había un puñado de pequeños aviones
al fondo de la pista. Nate les echó un vistazo y se preguntó si Milton habría regresado al Pantanal.
Él y Valdir se saludaron como viejos amigos. Éste se asombró del saludable aspecto que ofrecía. La
última vez que se habían visto, Nate se tambaleaba con aspecto cadavérico a causa del dengue.
Abandonaron el aeropuerto en el Fiat de Valdir, a través de cuyas ventanillas abiertas un cálido y
sofocante aire azotaba el rostro de Nate. Los pilotos los seguirían en un taxi. Las polvorientas calles estaban
desiertas. Nada se movía. Al llegar al centro, se detuvieron delante del hotel Palace. Valdir le entregó a Nate una
llave.
—Habitación doscientos doce —le dijo—. Te veré a las seis.
Nate durmió cuatro horas, y estaba esperando en la acera cuando el sol matutino asomó por entre los
edificios. Una de las primeras cosas en que reparó fue que el cielo estaba despejado. La estación de las lluvias
había terminado hacía un mes. Se avecinaba un tiempo más fresco, si bien en Corumbá la temperatura diurna
raras veces bajaba de los veintiocho grados. En su pesada bolsa Nate llevaba todos los documentos, una cámara
fotográfica, un nuevo teléfono satélite y otro celular, un frasco del repelente para insectos más potente creado
por la química moderna, un regalito para Rachel y dos mudas de ropa. Vestía camisa de manga larga y gruesos
pantalones color caqui que protegían sus piernas. Quizás estuviese incómodo y sudara un poco, pero ningún
insecto atravesaría su armadura.
A las seis en punto apareció Valdir, y ambos se dirigieron a toda velocidad al aeropuerto. La ciudad
cobraba vida lentamente.
Valdir había alquilado el helicóptero a mil dólares la hora. Tenía capacidad para cuatro pasajeros, llevaba
dos pilotos y su autonomía de vuelo era de casi quinientos kilómetros. Valdir y los pilotos estudiaron los mapas
del río Xeco proporcionados por Jevy y de los afluentes que vertían sus aguas en él. Ahora que el nivel de las
aguas había bajado, era mucho más fácil navegar por el Pantanal, tanto por aire como por agua. Los ríos
discurrían sin invadir las orillas y las fazendas estaban por encima del nivel de las aguas y era posible ubicarlas
en los mapas aéreos.
Mientras Nate metía su bolsa de viaje en el helicóptero, procuró no pensar en su último vuelo sobre el
Pantanal. Todas las probabilidades estaban a su favor. Si no se había estrellado antes, ya era imposible que lo
hiciese.
Valdir prefirió quedarse en tierra, cerca de un teléfono. No le gustaba volar, y mucho menos en un
helicóptero que se dirigiese al Pantanal. El cielo estaba despejado cuando despegaron. Nate llevaba casco y
había ajustado el cinturón de seguridad. Siguieron el curso del Paraguay hasta alejarse de Corumbá. Los
pescadores los saludaron con la mano. Unos chiquillos hundidos hasta las rodillas en el río elevaron la vista
hacia el helicóptero. Sobrevolaron una chalana cargada de bananas que se dirigía al norte, como ellos. Después
vieron otra frágil embarcación que navegaba rumbo al sur.
Nate se acostumbró al ruido y la vibración del aparato. Prestó atención con sus auriculares mientras los
pilotos conversaban en portugués. Recordó el Santa Loura y su resaca la última vez que había abandonado
Corumbá para dirigirse hacia el norte.
Se elevaron hasta seiscientos metros de altitud y el helicóptero niveló su posición. Cuando ya llevaban
treinta minutos de vuelo, Nate vio la tienda de Fernando a la orilla del río.
Se asombró de lo mucho que cambiaba el Pantanal de una estación a otra. Seguía siendo una interminable
serie de pantanos, lagunas y ríos que serpeaban en todas direcciones, pero ahora que las aguas se habían
retirado, todo estaba mucho más verde.
Siguieron el curso del Paraguay. Los cielos se mantenían despejados y azules bajo la atenta mirada de
Nate, que no pudo evitar recordar el aterrizaje de emergencia con el aparato de Milton la víspera de Navidad. La
tormenta se había acercado a las montañas sin darles tiempo a advertirla.
Los pilotos bajaron a trescientos metros sobrevolando en círculo la zona mientras señalaban hacia abajo
como si ya hubieran encontrado su objetivo. Nate oyó la palabra «Xeco» y vio un afluente que vertía sus aguas
en el Paraguay. Por supuesto, no recordaba nada del río Xeco. En el transcurso de su primer encuentro con él,
estaba acurrucado bajo una tienda de campaña en el fondo de una embarcación, deseando morir. A continuación,
giraron hacia el oeste y a la izquierda del río principal, siguiendo el tortuoso curso del Xeco en dirección a las
montañas de Bolivia. Estaban buscando una chalana azul y amarilla.
En tierra, Jevy oyó el lejano zumbido del helicóptero. Lanzó rápidamente una bengala anaranjada. Welly
hizo otro tanto. Las bengalas ardieron y dejaron un reguero de humo azul y plateado. Al cabo de pocos minutos
apareció el helicóptero y empezó a volar lentamente en círculo.
Jevy y Welly habían abierto con sus machetes un claro entre los espesos matorrales situados a unos
cincuenta metros de la orilla. Un mes atrás aquel paraje se encontraba bajo el agua. El helicóptero se inclinó
mientras descendía muy lentamente. Cuando las hélices se detuvieron, Nate saltó al suelo y abrazó a sus viejos
compañeros. Llevaba más de dos meses sin verlos, y que ahora él estuviese nuevamente allí constituía una
sorpresa para los tres.
El tiempo era oro. Nate temía las tormentas, la oscuridad, las inundaciones y los mosquitos, y quería
darse la mayor prisa posible. Se acercaron a la chalana que había a la orilla del río. A su lado se encontraba una
larga y limpia batea que parecía aguardar el inicio de su travesía inaugural. Amarrada a su lado, una lancha fuera
de borda nueva, cortesía de la testamentaría Phelan. Nate y Jevy subieron a la lancha, se despidieron de Welly y
de los pilotos y salieron disparados.
Los poblados se encontraban a dos horas de distancia, explicó Jevy a gritos sobre el trasfondo del rugido
del motor. Él y Welly habían llegado la tarde de la víspera a bordo de la chalana. El río se había vuelto
demasiado pequeño incluso para ella, por lo que la habían amarrado cerca de un paraje lo bastante llano como
para que el helicóptero pudiera aterrizar en él. Después habían subido a la batea para dirigirse al primer poblado.
Jevy había reconocido el acceso, pero habían dado media vuelta antes de que los indios los oyeran.
Transcurrieron dos horas, tal vez tres. Nate esperaba que no fueran cinco. No quería, en ninguna circunstancia,
dormir en tierra, en una hamaca o en una tienda. Lo último que deseaba era exponer su piel a los peligros de la
selva. Los horrores del dengue estaban demasiado recientes en su memoria.
En caso de que no consiguieran encontrar a Rachel, regresaría a Corumbá en el helicóptero, disfrutaría de
una agradable cena con Valdir, dormiría en una cama y volvería a intentarlo al día siguiente. La testamentaría
podía comprar el maldito helicóptero si le apetecía.
Como siempre, sin embargo, Jevy se mostraba confiado. La embarcación cortaba el agua y la proa
brincaba mientras el poderoso motor los transportaba a toda velocidad. Qué bonito era navegar en una fuera de
borda que emitía un prolongado, eficaz e ininterrumpido rugido. Se sentían invencibles.
Una vez más, el Pantanal ejerció un poder hipnótico sobre Nate; los caimanes que se movían en las aguas
someras mientras ellos navegaban velozmente por su lado, los pájaros que sobrevolaban el río casi rozando el
agua, el soberbio aislamiento de aquellos parajes... Se habían adentrado tanto que ya no podían ver ninguna
fazenda. Estaban buscando a una gente que llevaba muchos siglos allí.
Veinticuatro horas antes Nate estaba sentado en el porche de la casa de Josh, con las piernas cubiertas
con una manta, tomando café mientras contemplaba los barcos que surcaban la bahía y esperaba la llamada de
Phil, comunicándole que se disponía a bajar al sótano.
Le costó una hora de navegación acostumbrarse al lugar en que ahora se encontraba.
El río no le resultaba familiar. La última vez que habían encontrado a los ipicas estaban perdidos,
asustados, mojados y hambrientos, y sólo confiaban en las indicaciones que les había dado un joven pescador.
Las aguas estaban muy crecidas y cubrían las señales características que les hubieran permitido orientarse.
Nate contempló el cielo como si temiese que empezaran a caer bombas. En cuanto se formase el primer
nubarrón, daría media vuelta.
De pronto, un meandro del río se le antojó familiar. Quizas estuviese muy cerca de su objetivo. ¿Lo
recibiría Rachel con una sonrisa y un abrazo, se sentaría con él a la sombra de un árbol para charlar un rato en
inglés? ¿Cabría alguna posibilidad de que lo hubiera echado de menos o hubiera pensado en él siquiera? ¿Le
habrían enviado sus cartas? Estaban a mediados de marzo y ya tendría que haber recibido la correspondencia.
¿Estaría ya en posesión de la nueva embarcación y todos los medicamentos?
¿0 acaso huiría? ¿Se acurrucaría al lado del jefe y le pediría que la protegiera y librase por última vez del
norteamericano? ¿Tendría él la posibilidad de verla?
Esta vez se mostraría más duro y firme. Él no tenía la culpa de que Troy Phelan hubiera redactado aquel
ridículo testamento ni podía impedir que ella fuese una hija ilegítima. Rachel tampoco podía cambiar la
situación, y rogarle que colaborase un poco no era mucho pedir. Tenía que dar su aprobación al fideicomiso o
renunciar a la herencia. No se iría de allí sin su firma.
Por mucho que ella volviera la espalda al mundo, siempre sería la hija de Troy Phelan, y este simple
hecho exigía un mínimo de colaboración. Nate practicaba sus argumentos en voz alta, pues Jevy no podía oírlo.
Le hablaría de sus hermanos, le pintaría una horrible imagen de lo que ocurriría en caso de que recibieran
toda la fortuna, le enumeraría la infinidad de nobles causas que ella podría favorecer con sólo firmar el
documento del fideicomiso. Practicó una y otra vez.
Los troncos de los árboles de ambas orillas eran cada vez más gruesos y se inclinaban sobre el agua hasta
tocarse. Nate reconoció aquel túnel.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:45 am

—Allí —dijo Jevy, señalando un lugar situado más adelante, hacia la derecha, donde habían visto a los
niños nadando en el río. Aminoró la velocidad y se acercaron al primer poblado. Allí no había ningún indio, y
cuando perdieron de vista las chozas, el río se bifurcó y la corriente se redujo.
Nate conocía aquellos parajes. Se adentraron en la selva, siguiendo en zigzag unos meandros que
prácticamente describían círculos, vislumbrando las montañas a través de los claros. Al llegar al segundo
poblado, se detuvieron cerca del enorme árbol junto al cual habían dormido la primera noche, allá por el mes de
enero. Saltaron a tierra en el mismo lugar en que Rachel se había despedido de Nate agitando la mano cuando él
ya se encontraba bajo los efectos del dengue. Allí estaba el banco con su asiento de cañas fuertemente atadas
entre sí.
Nate se dedicó a contemplar el poblado mientras Jevy amarraba la embarcación. Un indio joven corrió a
su encuentro por el sendero. Habían oído el rugido del motor de la lancha fuera de borda.
El indio no hablaba portugués, pero por medio de señas les hizo entender que se quedaran allí, junto al
río, hasta nueva orden. Si los reconoció, no dio muestras de ello. Daba más bien la impresión de estar asustado.
Así pues, se acomodaron en el banco y esperaron. Ya eran casi las once de la mañana. Tenían muchas
cosas de que hablar. Jevy había estado muy ocupado en los ríos, pilotando chalanas que transportaban
mercancías y suministros para la gente del Pantanal. De vez en cuando capitaneaba una embarcación turística
con la que ganaba más dinero.
Comentaron la última visita de Nate, su veloz huida del Pantanal en la fuera de borda prestada de
Fernando, los horrores del hospital y sus esfuerzos por encontrar a Rachel en Corumbá.
—Le aseguro —dijo Jevy— que he estado haciendo indagaciones en el río, y la señora no estuvo allí ni
visitó el hospital. Lo soñó usted todo, amigo mío.
Nate no quería discutir porque tampoco estaba seguro.
El propietario del Santa Loura había calumniado a Jevy por toda la ciudad. El barco se había hundido
cuando se encontraba bajo su vigilancia, pero todo el mundo sabía que la culpa la había tenido la tormenta.
Aquel hombre estaba chiflado.
Tal como Nate esperaba, la conversación pasó muy pronto al tema del futuro de Jevy en Estados Unidos.
El muchacho había pedido el visado, pero necesitaba un trabajo y alguien que lo avalara. Cual si fuera un
experto púgil, Nate esquivó los golpes y soltó los suficientes puñetazos para confundir a su amigo. No tenía
valor para decirle que muy pronto él también tendría que empezar a buscarse un empleo.
—Veré qué puedo hacer —dijo.
Jevy tenía un primo en Colorado que también estaba buscando trabajo.
Un mosquito empezó a volar alrededor de su mano. El primer impulso de Nate fue aplastarlo de un fuerte
manotazo, pero, en su lugar, esperó para calibrar la eficacia del repelente. Cuando se cansó de estudiar su
blanco, el mosquito efectuó un repentino descenso en picado hacia el dorso de su mano derecha, pero a cinco
centímetros de distancia se detuvo en seco, se alejó y desapareció. Nate esbozó una sonrisa. Tenía las orejas, el
cuello y la cara completamente untados de aceite.
El segundo ataque de dengue suele provocar hemorragias. Es mucho peor que el primero y, a menudo, de
fatales consecuencias. Nate O'Riley no sería su víctima.
Estaban conversando de cara al poblado. Nate permanecía alerta. Esperaba ver aparecer a Rachel de un
momento a otro, moviéndose con elegancia entre las csendero para saludarlos. En aquellos momentos ya debía
de saber que el norteamericano había vuelto.
Pero ¿sabía que se trataba de Nate? ¿Y si el joven ípica no los había reconocido y Rachel temiese que
alguien más la hubiera localizado?
De pronto, vieron al jefe acercarse lentamente hacia ellos. Llevaba una larga lanza ceremonial y lo seguía
un ípica a quien Nate reconoció. Ambos se detuvieron al borde del sendero, a unos quince metros del banco. No
sonreían; es más, la actitud del jefe era más bien hostil.
—¿Qué os trae por aquí? —preguntó en portugués.
—Dile que queremos ver a la misionera —dijo Nate, y Jevy tradujo sus palabras.
—¿Por qué? —inquirió el jefe.
Jevy le explicó que el norteamericano había viajado desde muy lejos y necesitaba ver a la mujer.
—¿Por qué? —volvió a preguntar el jefe.
Porque tenían asuntos de que hablar, asuntos que ni el jefe ni Jevy podían comprender. Era algo muy
importante, de otro modo, el norteamericano no habría viajado hasta allí.
Nate recordó que el jefe era un hombre jovial, de sonrisa fácil y temperamento impulsivo. Ahora su
rostro era casi inexpresivo. Desde quince metros de distancia lo miraba con dureza. La vez anterior había
insistido en que se sentaran en torno del fuego y compartieran su desayuno. Ahora, en cambio, procuraba
permanecer lo más lejos posible de ellos. Algo había ocurrido. Algo había cambiado.
Les indicó que aguardaran y se marchó muy despacio en dirección al poblado. Transcurrió media hora.
Para entonces, Rachel ya debía de saber que Nate y Jevy estaban allí, pues el jefe se lo habría dicho. Sin
embargo, no venía a saludarlos.
Una nube ocultó el sol y Nate la estudió detenidamente. Era grande y blanca, y su aspecto no resultaba en
modo alguno amenazador, pero a pesar de todo hizo que se sintiera inquieto. Como oyera un trueno en la
distancia, saldría por piernas. Se comieron unos bocadillos de queso mientras aguardaban sentados en la
embarcación.
De pronto, oyeron que el jefe los llamaba con un silbido. Se acercaba a ellos procedente del poblado,
pero nadie lo acompañaba. Se reunieron a medio camino y lo siguieron a lo largo de unos treinta metros;
después cambiaron de dirección y se adentraron en otro sendero que discurría por detrás de las cabañas. Nate vio
la zona común del poblado. Estaba desierta y no había ni un solo ipica paseando por allí. Las jóvenes tampoco
estaban barriendo la tierra que rodeaba las chozas. No se veían mujeres cocinando o limpiando. No se escuchaba
el menor sonido. El único movimiento era el del humo de las fogatas.
Nate vio entonces unos rostros en las ventanas y unas cabectas que asomaban por las puertas. Estaban
observándolos. El jefe los mantenía bien apartados de las chozas, como si fueran portadores de enfermedades.
Después enfiló otro sendero que atravesaba parcialmente la selva. Cuando salieron a un claro, vieron al otro lado
la choza de Rachel.
Pero no había ni rastro de ella. El jefe pasó con ellos por delante de la puerta y los acompañó a la parte
lateral, donde, a la sombra de los grandes árboles, vieron las sepulturas.
Los indios habían labrado y pulido cuidadosamente las blancas cruces de madera y después las habían
atado con un cordel. Eran pequeñas, de menos de treinta centímetros de altura, y estaban clavadas en la fresca
tierra de la parte superior de las sepulturas. No había nada en ellas que indicara quién había muerto y cuándo.
Estaba oscuro bajo los árboles. Nate dejó su bolsa de viaje en el suelo, entre las sepulturas, y se sentó
encima de ella. El jefe empezó a hablar en un rápido y suave susurro.
—La mujer está a la izquierda; Lako a la derecha. Murieron el mismo día, hace unas dos semanas —
tradujo Jevy—. Desde que nos fuimos la malaria ha matado a diez personas.
El jefe soltó una larga parrafada sin detenerse para que tradujeran sus palabras. Nate oyó las palabras,
pero sólo su sonido. Contempló el montículo de tierra de la izquierda, un pulcro montón de negra tierra que
formaba un perfecto rectángulo bordeado por ramas cortadas de unos diez centímetros de grosor. Allí estaba enterrada Rachel Lane, la persona más valiente que él jamás hubiera conocido, pues no temía la muerte sino que
estaba dispuesta a recibirla con agrado. Ya descansaba en paz, su alma se había reunido por fin con el Señor y su
cuerpo yacía para siempre entre las personas a las que amaba.
Y Lako se hallaba a su lado, con un cuerpo celestial libre de defectos y dolencias.
Nate estaba impresionado y a la vez no lo estaba. Su muerte había sido trágica y no lo había sido. No se
trataba de una joven madre y esposa que dejaba una familia. No tenía un amplio círculo de amistades que se
apresuraría a llorar su muerte. Sólo unas pocas personas de su tierra natal sabrían que había muerto, y para
aquellos que la habían enterrado constituía una rareza.
Él la conocía lo bastante para saber que no hubiera querido que la lloraran. No le hubiesen gustado las
lágrimas, y Nate no derramó ninguna. Por un instante contempló su sepultura con incredulidad, pero enseguida
se impuso la realidad. No era una amiga con la que hubiera compartido muchos momentos. Apenas si la había
tratado. Sus motivos para buscarla eran de carácter puramente egoísta. Él había invadido su intimidad y ella le
había rogado que no regresara.
A pesar de todo, su muerte le dolía. Había pensado en ella todos los días desde que dejara el Pantanal.
Soñaba con ella, percibía su contacto, oía su voz, recordaba su sabiduría. Le había enseñado a rezar y le había
dado esperanza. Era la primera persona, desde hacía varias décadas, que había visto algo bueno en él.
Jamás había conocido a nadie como Rachel Lane, y la echaba enormemente de menos.
El jefe parecía muy taciturno.
—Dice que no podemos quedarnos mucho rato —tradujo Jevy.
—¿Por qué no? —preguntó Nate sin apartar los ojos de la sepultura.
—Los espíritus nos culpan de la malaria, pues la enfermedad vino con nosotros. No les gusta vernos.
—Dile que los espíritus son unos payasos.
—Quiere enseñarle una cosa.
Poco a poco Nate se levantó y miró al jefe. Entraron en la choza de Rachel, inclinándose para pasar por la
puerta. El suelo era de tierra. Había dos habitaciones. La anterior tenía un mobiliario muy primitivo, consistente
en una silla hecha de cañas y cuerdas y un sofá con tocones de troncos a modo de patas y paja en lugar de
cojines. La habitación de atrás hacía las veces de dormitorio y cocina. Rachel dormía en una hamaca, como los
indios. Debajo de ella y encima de una mesita había una caja de plástico de material médico. El jefe señaló la
caja y habló.
—Aquí dentro hay unas cosas que usted tiene que ver —tradujo Jevy.
—¿Yo?
—Sí. Ella se dio cuenta de que iba a morir. Le pidió al jefe que vigilara su choza. En caso de que
apareciera un norteamericano, el jefe debería mostrarle la caja.
Nate temía tocarla. El jefe la tomó y se la entregó. Nate abandonó la habitación y se sentó en el sofá. El
jefe y Jevy salieron de la choza. Las cartas que él le había escrito no habían llegado o, por lo menos, no estaban
en la caja. Había una placa de identificación brasileña que tenían que llevar todos los ciudadanos del país que no
fueran indígenas, y tres cartas de Tribus del Mundo. Nate no las leyó porque en el fondo de la caja vio el
testamento de Rachel. Estaba dentro de un sobre blanco de tamaño folio y llevaba escrito un nombre brasileño
para las señas del remitente. En él Rachel había escrito en letras de imprenta y con toda claridad: «Último
Testamento de Rachel Lane Porter».
Nate lo contempló con incredulidad. Le temblaron las manos cuando abrió el sobre. Dentro había dos
hojas dobladas de papel blanco de cartas grapadas conjuntamente. En la parte superior de la primera hoja Rachel
había vuelto a escribir con letras de gran tamaño: «Último Testamento de Rachel Lane Porter».
Decía lo siguiente:
Yo, Rachel Lane Porter, hija de Dios, residente en su mundo, ciudadana de Estados Unidos, en pleno uso
de mis facultades mentales, otorgo por la presente este mi último testamento.
1. No tengo ningún testamento anterior que anular. Éste es el primero y el último. Todas las palabras han
sido escritas de mi puño y letra. Tengo intención de que sea un testamento ológrafo.
2. Obra en mi poder una copia del último testamento de mi padre, Troy Phelan, con fecha del 9 de
diciembre de 1996, en el que éste me lega la mayor parte de sus bienes. Estoy tratando de dar forma a este
testamento a imitación del suyo.
3. No rechazo ni renuncio a la parte de su herencia que me corresponde, pero tampoco deseo recibirla.
Cualquier cosa que me haya sido legada deseo que sea colocada en un fideicomiso.
4. Las ganancias del fideicomiso deberán utilizarse para los siguientes fines: a) proseguir la labor de los
misioneros de Tribus del Mundo en todos los rincones de la Tierra; b) difundir el Evangelio de Cristo; c)

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ANA

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:47 am

proteger los derechos de los pueblos indígenas de Brasil y América del Sur, y d) dar de comer a los hambrientos,
curar a los enfermos, acoger a los que carecen de techo y salvar a los niños.
5. Designo a mi amigo Nate O'Riley como administrador del fideicomiso y para ello le otorgo amplios
poderes discrecionales. Le nombro también albacea de este testamento.
Firmado el 6 de enero de 1997 en Corumbá, Brasil.
RACHEL LANE PORTER
Nate leyó el documento varias veces. La segunda hoja estaba mecanografiada y escrita en portugués. Por
el momento, tendría que esperar.
Fijó la vista en el suelo de tierra entre sus pies. El aire era pegajoso y estaba absolutamente inmóvil. En el
mundo reinaba el silencio y del poblado no llegaba el menor sonido. Los ípicas aún se escondían del hombre
blanco y sus enfermedades.
¿Barres la tierra para que esté limpia y arreglada? ¿Qué ocurre cuando llueve y la techumbre de paja tiene
goteras? ¿Forma un charco y se convierte en barro? En la pared del otro lado había unos rústicos estantes llenos
de libros: Biblias, devocionarios, ensayos de teología. Los estantes eran ligeramente desiguales y estaban
inclinados uno o dos centímetros hacia la derecha.
Aquél había sido el hogar de Rachel durante once años.
Nate volvió a leer el testamento. El 6 de enero era el día en que él había salido del hospital de Corumbá.
Rachel no había sido un sueño. Lo había tocado y le había dicho que no moriría. Después había escrito el
testamento.
Nate se movió y la paja crujió bajo su cuerpo. Estaba sumido en una especie de trance hipnótico cuando
Jevy asomó la cabeza por la puerta y dijo:
—El jefe quiere que nos vayamos.
—Lee esto —le pidió Nate, entregándole las dos hojas de papel, con la segunda encima. Jevy se adelantó
para aprovechar la luz que entraba por la puerta. Leyó muy despacio y dijo:
—Aquí hay dos personas. La primera es un abogado que dice haber visto a Rachel Lane Porter firmar su
testamento en su despacho de Corumbá. Estaba en pleno uso de sus facultades mentales. Y sabía lo que hacía.
Su firma está oficialmente certificada por un... ¿cómo lo llaman ustedes...?
—Un notario.
—Sí, un notario. La segunda es la secretaria del abogado, quien, al parecer, dice lo mismo. El notario
también certifica su firma. ¿Qué significa eso?
—Te lo explicaré más tarde.
Ambos salieron. El jefe mantenía los brazos cruzados sobre el pecho. Se le estaba acabando la paciencia.
Nate sacó la cámara fotográfica de la bolsa de viaje y empezó a fotografiar la choza y las sepulturas. Después
hizo que Jevy sostuviera el testamento, agachado junto a la sepultura de Rachel. A continuación, tomó el
testamento y lo sostuvo mientras Jevy le tomaba una foto a él. El jefe se negó a ser fotografiado con Nate y
procuró mantenerse lo más lejos posible de ellos. Soltó un gruñido y Jevy temió que tuviese un estallido de
cólera.
—Sí. Murió hace un par de semanas. De malaria. Ha dejado un testamento ológrafo, exactamente igual
que su padre.
—¿Lo tienes en tu poder?
—Sí. Está a salvo. Todo irá a parar a un fideicomiso. Yo soy el fideicomisario y albacea.
—¿Es válido?
—Creo que sí. Está escrito de su puño y letra, firmado, fechado y refrendado por un abogado de Corumbá
y su secretaria.
—Me parece válido.
—¿Y ahora qué ocurre? —preguntó Nate.
Ya se imaginaba a Josh sentado detrás de su escritorio con los ojos cerrados para concentrarse mejor,
sosteniendo el teléfono con una mano mientras con la otra se alisaba el cabello. Casi le parecía oírlo tramando
estrategias.
—No ocurre nada. El testamento de Troy es válido. Las disposiciones se cumplirán.
—Pero ella ha muerto.
—La herencia de Troy pasa a la suya. Ocurre constantemente con los accidentes de tráfico, en los que,
por ejemplo, uno de los cónyuges fallece un día y el otro fallece al siguiente. Los legados pasan de una a otra
testamentaría.
—¿Y qué pasará con los restantes herederos?
—El acuerdo se mantiene en pie. Recibirán el dinero, o lo que quede de él una vez los abogados hayan
cobrado su porcentaje. Los herederos serán las personas más felices del mundo, con la posible excepción de sus
asesores legales. No pueden impugnar nada. Hay dos testamentos válidos. Me parece que acabas de convertirte
en un fideicomisario profesional.
—Tengo amplios poderes discrecionales.
—Tienes mucho más que eso. Léemelo. Nate sacó el documento del fondo de leyó muy despacio.
—Date prisa en regresar —lo urgió Josh.
Jevy escuchó atentamente cada palabra mientras fingía contemplar la corriente. Cuando Nate colgó y
guardó el teléfono, el joven preguntó:
—¿El dinero es suyo?
—No. El dinero va a parar a un fideicomiso.
—¿Qué es un fideicomiso?
—Una gran cuenta bancaria. Está protegido en el banco, generando intereses. El fideícomisario decide
adónde van a parar éstos.
Se encaminaron hacia el sendero para atravesar la selva sin acercarse al poblado. Cuando aumentó la
densidad de la vegetación, Nate se detuvo para echar un último vistazo a la choza. Hubiera querido llevársela
consigo, levantarla del suelo, transportarla a Estados Unidos y conservarla como monumento para que los
millones de seres que se beneficiarían de la bondad de Rachel tuvieran un lugar en el que poder darle las gracias.
También hubiera deseado llevarse la sepultura. Rachel se merecía un panteón.
Sin embargo, eso era lo que ella menos hubiera deseado. Jevy y el jefe ya se habían perdido de vista, por
lo que Nate apuró el paso. Llegaron al río sin contagiarle ninguna enfermedad a nadie. El jefe le gruñó algo a
Jevy mientras éste y Nate subían a la embarcación.
—Dice que no quiere que regresemos —tradujo Jevy.
—Dile que no se preocupe —repuso Nate.
Jevy no dijo nada. En su lugar, puso en marcha el motor y la lancha fuera de borda se apartó de la orilla.
El jefe ya estaba alejándose hacia el poblado. Nate se preguntó si echaría de menos a Rachel. Ella había
vivido once años allí y parecía ejercer una considerable influencia en él, pero no había conseguido convertirlo.
¿Lamentaba su muerte o se alegraba de que sus dioses y espíritus tuvieran ahora el campo libre? ¿Qué sería de
los ípicas que se habían convertido al cristianismo, ahora que ella ya no estaba?
Recordó a los shalyuns, los hechiceros de los poblados que perseguían a Rachel. Sin duda estarían
celebrando su muerte y acosando a los conversos. Rachel había librado un duro combate y ahora descansaba en
paz.
Jevy detuvo el motor e impulsó la embarcación con un canalete. La corriente era muy lenta y el agua
estaba muy tranquila. Nate abrió cuidadosamente el teléfono satélite y lo colocó encima de un banco. El cielo
estaba despejado, la señal era fuerte y en cuestión de dos minutos, la secretaria de Josh ya estaba corriendo a
buscar a su jefe.
—Dime que Rachel ha firmado el maldito documento, Nate —fueron las primeras palabras de Josh,
hablando a gritos contra el aparato.
—No hace falta que grites, Josh. Te oigo muy bien.
—Perdona. Dime que lo ha firmado.
—Ha firmado un fideicomiso, pero no el nuestro. Ha muerto, Josh.
—¡No!
Jevy seguía sin estar demasiado convencido. Le rondaban muchas preguntas por la cabeza y Nate intuía
su confusión, pero no era el momento para un abecedario de la versión norteamericana de los testamentos,
testamentarías y fideicomisos.
—Vamos —dijo Nate.
El rugiente motor se puso otra vez en marcha y la lancha fueraborda voló sobre el agua rodeando los
meandros y dejando tras de sí una ancha estela de espuma.
Encontraron la chalana a última hora de la tarde. Welly estaba pescando mientras los pilotos jugaban a las
cartas en la popa de la embarcación. Nate volvió a llamar a Josh y le dijo que mandara regresar el reactor desde
Corumbá. Él no iba a necesitarlo, pues tardaría tiempo en regresar a casa.
Josh protestó, pero no podía hacer nada. El embrollo del caso Phelan se había resuelto. En realidad, no
había ninguna prisa. Nate les dijo a los pilotos que, a la vuelta, se pusieran en contacto con Valdir y los despidió
sin más.
La tripulación de la chalana vio alejarse el helicóptero cual si fuera un insecto, y de inmediato soltó
amarras. Jevy iba al timón. Welly se sentó en la proa, con los pies colgando a escasos centímetros del agua. Nate
buscó una litera y trató de descansar, pero el motor diésel estaba justo al lado y su rítmico golpeteo le impedía
dormir.
El tamaño de la embarcación era tres veces inferior al del Santa Loura y hasta las literas eran más cortas.
Tendido de costado, Nate contempló el paso de las márgenes del río.
Rachel había comprendido en cierto modo que él ya no era un borracho, que se había curado de sus
adicciones y que los demonios que controlaban su vida ya estaban enterrados para siempre. Había visto en él un
fondo de bondad, había adivinado que estaba buscando algo y había encontrado una vocación para él. Dios se lo
había dicho.
Jevy lo despertó cuando ya había oscurecido.
—Ha salido la luna —susurró.
Se sentaron en la proa. Justo a su espalda, Welly gobernaba el timón siguiendo la luz de la luna llena
mientras el Xeco bajaba serpeando hacia el Paraguay.
—Esta embarcación es muy lenta —dijo Jevy—. Tardaremos dos días en llegar a Corumbá.
Nate sonrió. No le hubiera importado que tardaran un mes.
fin

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