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 El testamento

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ANA

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 1:01 am

pudiera efectivamente resolver el problema y, a continuación, consiguió pasar al otro lado del colector
comprimiendo el vientre contra el aparato, se arrodilló muy despacio, se inclinó y apoyó la cabeza contra el tubo
de escape.
Masculló algo y Jevy le entregó una llave inglesa. La bomba de repuesto fue colocada lentamente en su
sitio. La camisa y los pantalones cortos de Jevy quedaron empapados en cuestión de segundos.
Cuando ambos hombres ya habían conseguido introducirse en la reducida sala de máquinas, Welly hizo
acto de presencia y preguntó si lo necesitaban. Pues no, la verdad era que no lo necesitaban para nada.
—Tú vigila por si viene el norteamericano —le indicó Jevy, enjugándose el sudor de la frente.
El maquinista se pasó media hora entre maldiciones probando distintas llaves inglesas hasta que anunció
que la bomba ya estaba lista. Puso en marcha el motor y dedicó unos cuantos minutos a controlar la presión del
aceite. Al final, esbozó una sonrisa y guardó las herramientas.
Jevy se dirigió al centro de la ciudad para recoger a Nate en el hotel.
La tímida recepcionista no había visto al señor O'Riley. Llamó por teléfono a la habitación y no contestó
nadie. Pasó una camarera y le preguntaron si sabía algo del norteamericano. No, éste no había abandonado su
habitación. La recepcionista le entregó a regañadientes una llave a Jevy.
La puerta estaba cerrada, pero no tenía puesta la cadena de seguridad. Jevy entró muy despacio. Observó
que no había nadie en la cama y que las sábanas estaban revueltas, lo cual le extrañó. Después vio las botellas,
una vacía y tirada en el suelo y la otra medio llena. La habitación estaba muy fresca, pues el aire acondicionado
funcionaba a toda marcha. Vio un pie descalzo y, al acercarse un poco más, descubrió a Nate tendido desnudo
en el suelo entre la cama y la pared, con la sábana que había arrastrado consigo al caer enrollada en torno a las
rodillas. Rozó ligeramente el pie con la punta del zapato y la pierna experimentó una sacudida.
Afortunadamente, no estaba muerto.
Jevy le habló, lo sacudió por el hombro y, a los pocos segundos, oyó un lento y doloroso gruñido.
Arrodillado sobre la cama, entrelazó cuidadosamente las manos bajo una axila del norteamericano, lo levantó del
suelo, lo apartó de la pared y consiguió tenderlo sobre la cama, donde rápidamente le cubrió las partes pudendas
con una sábana.
Otro doloroso gruñido. Nate estaba tendido boca arriba con un pie colgando fuera de la cama, los ojos
hinchados y todavía cerrados, y el cabello alborotado. Su respiración era muy lenta y afanosa. Jevy se situó al
pie de la cama y lo miró fijamente.
La camarera y la recepcionista asomaron la cabeza por el hueco de la puerta, pero Jevy les hizo señas de
que se retiraran. Después cerró la puerta y recogió la botella vacía.
—Ya es hora de irnos —dijo.
No recibió respuesta alguna. Quizá conviniese que llamara a Valdir, quien a su vez informaría de lo
ocurrido a los norteamericanos que habían enviado a Brasil a aquel pobre borracho. Era probable que más tarde
lo hiciera.
—¡Nate! —gritó—. ¡Dígame algo!
No hubo respuesta. Como Nate no se recuperara pronto, avisaría a un médico. Una botella y media de
vodka en una sola noche podía matar a un hombre. Quizás había sufrido una intoxicación etílica y necesitaba
ingresar en un hospital.
Entró en el cuarto de baño, empapó una toalla con agua fría y procedió a colocarla alrededor del cuello de
Nate, que al cabo de un momento empezó a moverse y abrió la boca, tratando de decir algo.
—¿Dónde estoy? —balbució al fin con voz pastosa.
—En Brasil. En su habitación de hotel.
—Estoy vivo.
—Más o menos —apuntó Jevy. Tomó un extremo de la toalla y enjugó el rostro y los ojos de Nate—.
¿Cómo se encuentra? —le preguntó.
—Me quiero morir —susurró Nate, alargando la mano hacia la toalla.
La tomó, se introdujo un extremo en la boca y empezó a chuparlo.
—Voy por un poco de agua —dijo Jevy. Abrió la nevera y sacó una botella—. ¿Puede levantar la
cabeza? —le preguntó.
—No —gruñó Nate.
Jevy vertió un poco de agua sobre los labios y la lengua del norteamericano. Parte de ella rodó por las
mejillas de éste y mojó la toalla. A Nate le dio igual. La cabeza parecía a punto de estallarle y lo primero que se
había preguntado era cómo demonios había podido despertar.
Abrió ligeramente un ojo, el derecho. Aún tenía pegados los párpados del izquierdo. La luz le quemaba el
cerebro y una oleada de náuseas le subió a la garganta. Se inclinó rápidamente hacia un lado y un chorro de
vómito salió disparado de su boca.
Jevy se echó hacia atrás y fue en busca de otra toalla. Se entretuvo un momento en el cuarto de baño,
prestando atención a las bascas y los accesos de tos de Nate. El espectáculo de un hombre desnudo en la cama
vomitando por efecto de una borrachera era algo que prefería no ver. Abrió la ducha y reguló la temperatura del
agua.
Había acordado con Valdir cobrar mil reais por acompañar al señor O'Riley al Pantanal, ayudarlo a
localizar a la persona que estaba buscando y devolverlo nuevamente a Corumbá. Se trataba de una buena suma
de dinero, pero él no era un enfermero ni una niñera. El barco ya estaba a punto. Si Nate ni siquiera era capaz de
abrir la puerta sin ayuda, él se buscaría otro trabajo.
Cuando se produjo una pausa en las náuseas, Jevy acompañó a Nate al cuarto de baño y lo colocó bajo la
ducha, donde éste se desplomó sobre la alfombrilla de plástico.
—Lo siento —repetía Nate una y otra vez.
Jevy lo dejó allí sin importarle que se ahogara. Dobló las sábanas, trató de limpiar la porquería y bajó al
vestíbulo para tomarse una buena taza de café cargado.
Ya eran casi las dos cuando Welly los oyó acercarse. Jevy aparcó en la orilla mientras la enorme
camioneta diseminaba guijarros a su alrededor y despertaba con su ruido a los pescadores. No se veía ni rastro
del norteamericano.
De pronto, una cabeza se levantó muy despacio en algún lugar de la cabina. Llevaba unas enormes gafas
de sol para protegerse los ojos y una gorra encasquetada hasta las orejas. Jevy abrió la portezuela del
acompañante y ayudó al señor O'Riley a apearse.
Welly se acercó a la camioneta y sacó de la parte de atrás la maleta y la cartera de Nate. Hubiera deseado
saludar a éste, pero no parecía el mejor momento. El norteamericano tenía pinta de estar muy enfermo; estaba
pálido y cubierto de sudor y tenía las piernas tan débiles que no podía caminar sin ayuda. Welly los siguió hasta
la orilla y los acompañó por el inseguro puente de madera contrachapada hasta el barco. Jevy subió por los
peldaños que conducían al puente llevando casi en volandas al señor O'Riley y después lo condujo
prácticamente a rastras por la pasarela hasta la pequeña cubierta, donde lo ayudó a tenderse en la hamaca.
Una vez de regreso en la cubierta, Jevy puso en marcha el motor y Welly soltó las amarras.
—¿Qué le ocurre? —preguntó Welly.
—Está borracho.
—Pero si son sólo las dos.
—Lleva mucho rato bebido.
El Santa Loura se alejó de la orilla y, remontando la corriente, pasó muy despacio por delante de
Corumbá.
Nate vio pasar la ciudad. El techo que había por encima de su cabeza era un grueso y desgastado toldo de
color verde estirado sobre una estructura metálica asegurada a la cubierta por medio de cuatro palos. Dos de
éstos sostenían la hamaca, que se había balanceado ligeramente justo después de que hubiesen soltado las
amarras. Nate volvió a experimentar un acceso de náuseas. Procuró no moverse. Quería que todo permaneciera
absolutamente inmóvil. La embarcación navegaba con suavidad río arriba. Las aguas estaban tranquilas. No
soplaba una gota de viento y Nate trató, mientras contemplaba el toldo de color verde oscuro, de examinar la
situación. No era fácil, pues la cabeza le dolía y le daba vueltas, y concentrarse suponía todo un reto.
Había llamado a Josh desde su habitación poco antes de salir. Con unos cubitos de hielo aplicados contra
el cuello, había marcado el número y había tratado por todos los medios de hablar con normalidad. Jevy no le
había dicho nada a Valdir. Nadie lo sabía aparte de él y Nate, y ambos habían acordado dejar las cosas tal como
estaban. En el barco no había botellas de licor y él había prometido abstenerse de beber hasta que regresaran.
¿Dónde hubiera podido encontrar un trago en el Pantanal?
En caso de que Josh estuviera preocupado, su voz no lo reflejó.
El bufete aún estaba cerrado a causa de las fiestas navideñas, etcétera, pero él tenía un montón de trabajo
que hacer, como de costumbre.
Nate le dijo que todo iba bien. El barco era adecuado y lo habían reparado debidamente. Estaban
deseando zarpar. Cuando colgó, volvió a vomitar. Y después volvió a ducharse. Finalmente, Jevy lo acompañó
al ascensor y lo ayudó a cruzar el vestíbulo.
El río describió una suave curva, volvió a girar y Corumbá desapareció de su vista. Cuanto más se
alejaban de la ciudad, más disminuía el tráfico fluvial. La ventajosa posición de Nate le permitía ver la estela y la
cenagosa agua marrón que burbujeaba detrás de ellos. El Paraguay tenía menos de ciento cincuenta metros de anchura y se estrechaba rápidamente en una serie de meandros. Pasaron junto a una frágil barca cargada de
verdes bananas y dos niñitos los saludaron con la mano.
El constante golpeteo del motor diésel no cesó tal como Nate esperaba, sino que se convirtió en un sordo
zumbido y una incesante vibración que sacudía todo el barco. No tendría más remedio que aguantarse. Trató de
columpiarse lentamente en la hamaca mientras una suave brisa le acariciaba el rostro. Las náuseas habían
desaparecido.
«No pienses en la Navidad, ni en casa, ni en los hijos y los recuerdos rotos, y no pienses tampoco en tus
adicciones. La caída ha terminado», se dijo. El barco era su centro de tratamiento. Jevy era su psiquiatra. Welly
era el enfermero. Se libraría de la afición a la bebida en el Pantanal y jamás volvería a beber.
¿Cuántas veces podría engañarse a sí mismo?
Los efectos de la aspirina que Jevy le había dado se le estaban pasando y la cabeza volvía a dolerle. Se
sumió en una especie de duermevela y despertó cuando apareció Welly con una botella de agua y un cuenco de
arroz. Comenzó a comer sirviéndose de una cuchara, pero le temblaban tanto las manos que gran parte del arroz
fue a parar a la pechera de la camisa y a la hamaca. Estaba caliente y salado y él se lo comió sin dejar un grano.
—¿Mais? —preguntó Welly.
Nate respondió que no sacudiendo la cabeza y se bebió el agua. Se hundió en la hamaca y trató de echar
una siesta.
Después de varios falsos comienzos, el desfase horario, el cansancio y los efectos secundarios del vodka
empezaron a hacerle efecto. El arroz también contribuyó y Nate no tardó en sumirse en un profundo sueño. Cada
hora Welly le echaba un vistazo.
—Está roncando —informaba a Jevy en la timonera.
Durmió sin soñar. La siesta duró cuatro horas mientras el Santa Loura navegaba lentamente rumbo al
norte, con la corriente y el viento en contra. Cuando despertó, Nate oyó el latido regular del motor diésel y tuvo
la sensación de que el barco no se movía. Se incorporó en la hamaca, miró por encima de la borda y estudió la
orilla en busca de alguna señal de que avanzaban. La vegetación era muy densa. Las riberas parecían
completamente deshabitadas. Vio la estela en la popa y, mirando fijamente un árbol, se dio cuenta de que en
efecto estaban navegando hacia algún lugar, pero muy despacio. El nivel del agua era muy alto a causa de las
lluvias, lo que hacía más fácil la navegación, pero corriente arriba el tráfico fluvial no era tan rápido.
Aunque las náuseas y el dolor de cabeza habían desaparecido, los movimientos todavía le provocaban
molestias. Probó a levantarse de la hamaca, más que nada porque necesitaba orinar. Consiguió apoyar los pies en
la cubierta sin que se produjera ningún incidente y, mientras hacía una momentánea pausa, apareció Welly y le
ofreció una tacita de café.
Nate tomó la taza caliente, la acunó entre sus manos y aspiró su aroma. Jamás nada le había olido mejor.
—Obrigado —dijo.
—Sim —contestó Welly con una radiante sonrisa en los labios. Nate tomó un sorbo del delicioso café
azucarado y procuró no devolverle a Welly la mirada. El muchacho iba vestido con el habitual atuendo del río:
unos viejos pantalones de gimnasia, una desgastada camiseta y unas baratas sandalias de goma que protegían las
endurecidas plantas de los pies, cubiertas de cicatrices. Al igual que Jevy, Valdir y todos los brasileños que él
había conocido hasta entonces, Welly tenía el cabello negro, los ojos oscuros, las facciones semicaucásicas y la
piel morena, más oscura, pero en un tono exclusivamente propio.
«Estoy vivo y sobrio pensó Nate, tomando un sorbo de café—. Por un breve instante, he rozado una vez
más el borde del infierno y he sobrevivido. He llegado hasta el fondo, he caído, he contemplado la borrosa
imagen de mi rostro y he deseado la muerte, pero aquí estoy, sentado y respirando. Dos veces en tres días he
pronunciado mis últimas palabras. Puede que no haya llegado todavía mi hora.»
—Mais? —preguntó Welly, señalando con la cabeza la taza vacía.
—Sim —contestó Nate, tendiéndosela.
El joven se marchó a grandes zancadas.
Dolorido a causa del accidente aéreo y tembloroso por efecto del vodka, Nate se levantó y permaneció de
pie en el centro de la cubierta, tambaleándose con las rodillas ligeramente dobladas. El que pudiera conservar el
equilibrio fue un verdadero triunfo para él. La recuperación no era más que una serie de pequeños pasos, de
pequeñas victorias. Si uno podía ensartarlas sin tropiezos ni derrotas, ya estaba rehabilitado. Jamás curado, sino
sólo rehabilitado o recuperado por un tiempo. Había completado el rompecabezas otras veces; había celebrado la
colocación de cada pieza, por pequeña que fuese.
De pronto, el barco experimentó una sacudida al rozar su fondo plano en un banco de arena y Nate cayó
violentamente sobre la hamaca. Ésta lo lanzó a su vez sobre la cubierta, donde se golpeó la cabeza contra una
tabla de madera. Se levantó como pudo y se agarró a la barandilla con una mano mientras se frotaba la cabeza
con la otra. No era más que un pequeño chichón pero el golpe lo despertó y, cuando consiguió enfocar

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 1:03 am

nuevamente la vista, avanzó muy despacio sin soltar la barandilla hasta llegar al pequeño puente, donde Jevy se
hallaba sentado en un taburete con una mano apoyada en el timón.
Una ligera sonrisa típicamente brasileña y después:
—¿Cómo se encuentra?
Mucho mejor —contestó Nate, casi avergonzado.
La vergüenza, sin embargo, era un sentimiento que había abandonado a Nate hacía años. Los adictos no
la conocen. Se deshonran tantas veces que acaban inmunizándose contra ella.
Welly subió brincando los peldaños, con una taza de café en cada mano. Le ofreció una a Nate y otra a
Jevy y después se acomodó en una estrecha banqueta al lado del capitán.
El sol empezaba a ocultarse por detrás de las lejanas montañas de Bolivia y unas nubes estaban
formándose en el norte, directamente delante de ellos. El aire era más fresco y suave. Jevy tomó su camiseta y se
la puso. Nate temía que se desatase otra tormenta, pero el río no era muy ancho. Seguramente podrían alcanzar
la orilla con aquel maldito barco y amarrarlo a un árbol.
Se acercaban a una casita cuadrada, la primera que veía Nate desde que habían abandonado Corumbá.
Detectó señales de vida: un caballo y una vaca, ropa tendida y una canoa cerca de la orilla. Un hombre tocado
con un sombrero de paja, un auténtico pantaneiro, salió al porche y los saludó perezosamente con la mano.
Tras dejar atrás la casa, Welly señaló un lugar en el que la densa maleza se adentraba en el agua.
Jacarés —dijo.
Jevy los miró con indiferencia. Había visto millones de caimanes, Nate sólo uno, desde la grupa de un
caballo, y mientras contemplaba los viscosos reptiles que los observaban desde el barro, reparó en lo pequeños
que parecían desde la cubierta de un barco. Prefería la distancia.
Algo le dijo, sin embargo, que antes de que terminara la travesía volvería a acercarse a ellos lo bastante
como para sentirse incómodo. Tendrían que utilizar la barca de fondo plano que flotaba por detrás del Santa
Loura para localizar a Rachel Lane. Él y Jevy navegarían por pequeños ríos, sortearían maleza y vadearían
oscuras aguas llenas de malas hierbas. Y habría sin duda jacarés y otras especies de peligrosos reptiles esperando
su almuerzo.
Curiosamente, Nate por el momento no se sentía preocupado. Estaba demostrando ser bastante resistente
a Brasil. Era una aventura y su guía parecía muy intrépido.
Sin soltar la barandilla, consiguió bajar por los peldaños con mucho cuidado y avanzó por el estrecho
pasamanos, pasando por delante del camarote y la cocina, donde Welly había colocado una olla sobre el hornillo
de propano. El motor diésel seguía rugiendo en la sala de máquinas. La última etapa fue el retrete, un cuartito
con una taza de excusado, un sucio lavabo en un rincón y una endeble alcachofa de ducha, oscilando a escasos
centímetros de su cabeza. Estudió la cuerda de la ducha mientras hacía sus necesidades. Se apartó y tiró de ella.
Salió, con fuerza suficiente, un chorro de agua caliente ligeramente amarronada. Era con toda evidencia agua del
río obtenida de unas existencias ilimitadas y probablemente sin filtrar. Por encima de la puerta había un cesto de
alambre para una toalla y una muda de ropa, por lo que uno tenía que desnudarse y colocarse en cierto modo a
horcajadas sobre la taza del excusado, tirando de la cuerda de la ducha con una mano mientras se bañaba con la
otra.
«Qué más da», pensó Nate. No se ducharía a menudo.
Echó un vistazo a la olla que estaba sobre el hornillo y, al comprobar que contenía arroz y alubias negras,
se preguntó si todas las comidas consistirían en lo mismo. Pero, en realidad, no le importaba. La comida le era
indiferente. La estancia en Walnut Hill había hecho que su apetito disminuyera bastante, pues el método de
desintoxicación incluía el hacer pasar un poco de hambre a los pacientes.
Se sentó en los peldaños del puente de espaldas al capitán y a Welly y contempló el río oscurecer. En
medio de las sombras del crepúsculo, los animales salvajes se preparaban para la noche. Las aves volaban a baja
altura sobre el agua, desplazándose de árbol en árbol en busca de un último pez grande o pequeño antes de que
cayera la noche. Se llamaban entre sí al paso del barco y sus gritos se elevaban con toda claridad por encima del
constante zumbido del diésel. El agua chapaleaba en la orilla como consecuencia de los movimientos de los
caimanes. Era probable incluso que hubiera serpientes, enormes anacondas disponiéndose a dormir, pero Nate
prefería no pensar en ellas. Se sentía bastante seguro en el Santa Loura. La suave brisa era ahora más cálida y
soplaba en dirección a ellos. La tormenta no se había hecho realidad.
El tiempo corría, pero en algún otro lugar, pues en el Pantanal no significaba nada. Nate estaba
adaptándose lentamente a él. Pensó en Rachel Lane. ¿Qué efecto haría el dinero sobre ella? Nadie,
independientemente de su nivel de fe y compromiso, podía seguir siendo el mismo de antes. ¿Se iría con él y
regresaría a Estados Unidos para hacerse cargo de la herencia de su padre? Siempre tendría ocasión de volver
junto a sus indios. ¿Cómo recibiría la noticia? ¿Cómo reaccionaría al ver a un abogado norteamericano que
había conseguido localizarla?
Welly rasgueó las cuerdas de una vieja guitarra y Jevy cantó una tosca melodía en voz baja. El dúo era
agradable y casi relajante; era la canción de unos hombres sencillos que vivían siguiendo el ritmo del día, no el
de los minutos. Unos hombres que apenas pensaban en el mañana o en lo que pudiera ocurrir o no durante el
resto del año. Nate los envidió, por lo menos mientras cantaban.
Era toda una rehabilitación para un hombre que la víspera había tratado de morir de una borrachera.
Disfrutaba del momento, se alegraba de estar vivo, deseaba seguir adelante con aquella aventura. Su pasado
estaba realmente en otro mundo, a años luz de distancia, en las frías y húmedas calles de Washington, y allí nada
bueno podía ocurrir. Había demostrado con toda claridad que era incapaz de abstenerse de la bebida mientras
viviera allí, se relacionase con las mismas personas, hiciera el mismo trabajo e hiciera caso omiso de los mismos
hábitos de siempre hasta que se producía la inevitable caída.
Welly inició un solo que arrancó a Nate de su pasado. Era una lenta y triste balada que duró hasta que el
río se quedó completamente oscuro. Jevy encendió dos pequeños reflectores, uno a cada lado de la proa. Era
fácil navegar por el río. Éste subía y bajaba según las estaciones y nunca alcanzaba una gran profundidad. Las
embarcaciones eran bajas, tenían el fondo plano y estaban construidas de forma tal que pudieran resistir el
choque con los bancos de arena que a veces se interponían en su camino. Jevy tropezó con uno poco después del
anochecer y el Santa Loura se detuvo. Jevy hizo contramarcha, volvió a avanzar y, al cabo de cinco minutos de
maniobras, consiguieron superar el obstáculo. El barco era verdaderamente insumergible.
En un rincón del camarote, no lejos de las cuatro literas, Nate comió solo, sentado junto a una mesa
clavada en el suelo. Welly le sirvió las alubias y el arroz, pollo hervido y una naranja. Nate bebió agua fría de
una botella. Una bombilla colgada de un cable de la luz oscilaba por encima de su cabeza. El camarote era
sofocante y no estaba ventilado. Welly le había sugerido que durmiese en la hamaca.
Jevy llegó con un mapa de navegación del Pantanal. Quería marcar su avance, pero, de momento, éste
había sido muy escaso. Estaban subiendo lentamente por el Paraguay y el trecho que mediaba entre la posición
que en aquellos momentos ocupaban y Corumbá era minúsculo.
—El nivel del agua es muy alto —explicó Jevy—. Iremos mucho más rápido a la vuelta.
Nate no había pensado demasiado en el regreso.
—No te preocupes —dijo.
Jevy señaló en varias direcciones e hizo otros cálculos.
—El primer poblado indio está por esta zona —dijo indicando un punto que, al paso que llevaban,
parecía encontrarse a varias semanas de distancia.
—¿Guató?
—Sim. Creo que primero tendríamos que ir allí. Si no la encontramos en el poblado, puede que alguien
sepa dónde está.
—¿Cuánto tardaremos en llegar?
—Dos días, quizá tres.
Nate se encogió de hombros. El tiempo se había detenido. Se había guardado el reloj de pulsera en el
bolsillo. Hacía tiempo que había olvidado su colección de diagramas de planificación horaria, diaria, semanal y
mensual. Su calendario de pleitos, aquel gran mapa inviolado de su vida, estaba guardado en el cajón de alguna
secretaria. Había burlado la muerte y ahora cada día era un regalo.
—Tengo muchas cosas que leer —dijo.
Jevy volvió a doblar cuidadosamente el mapa.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó.
—Bien. Me encuentro muy bien.
Jevy hubiera querido preguntar otras muchas cosas, pero Nate no estaba preparado para el confesionario.
—Bien —repitió—. Este viajecito será muy beneficioso para mí.
Se pasó una hora leyendo junto a la mesa bajo el bamboleo de la bombilla, hasta que se dio cuenta de que
sudaba copiosamente. Tomó un repelente de insectos, una linterna y varios memorandos de Josh y se dirigió con
cuidado a la proa. Una vez allí, subió por los peldaños de la timonera, donde Welly se encontraba al mando del
timón y Jevy echaba una cabezadita. Se aplicó repelente de insectos en los brazos y las piernas y después se
tendió en la hamaca, removiéndose hasta que encontró una posición cómoda. Cuando todo estuvo perfectamente
equilibrado y la hamaca empezó a balancearse siguiendo el suave movimiento de la corriente del río, Nate
encendió la linterna y reanudó la lectura.
Era una simple vista, la lectura de un testamento, pero los detalles revestían una importancia
trascendental.
Parr Wycliff apenas había pensado en otra cosa durante las fiestas navideñas. Todos los asientos de su
sala estarían ocupados y los presentes se apretujarían en tres filas contra las paredes. Estaba tan preocupado que,
al día siguiente de la Navidad, se había dado una vuelta por su sala vacía, tratando de buscar algún medio de
acomodar a todo el mundo.
Como era de esperar, los medios de comunicación se habían descontrolado. Querían introducir las
cámaras en la sala y él se había negado en redondo a que lo hicieran. Querían colocar cámaras en los pasillos, de
cara a las ventanitas cuadradas que había en las puertas, y él había dicho rotundamente que no. Querían asientos
preferentes y él también les había dicho que no. Asimismo, querían entrevistarlo, pero, de momento, él estaba
quitándoselos de encima.
Los abogados también habían decidido organizar un buen espectáculo. Algunos querían que la vista se
celebrara a puerta cerrada y otros, por razones obvias, que fuese televisada. Algunos querían el documento
sellado y otros querían que se les enviaran copias del testamento por fax para poder examinarlo. Pedían esto y
aquello, solicitaban sentarse aquí o allá, querían saber quién sería autorizado a entrar en la sala y quién no.
Varios abogados llegaron al extremo de sugerir que se les permitiera abrir y leer el testamento. Era muy largo y,
a lo mejor, ellos se verían obligados a explicar algunas de las disposiciones más complicadas durante la lectura.
Wycliff llegó muy temprano y se reunió con los agentes adicionales que había solicitado. Éstos lo
siguieron, junto con su secretaria y su secretario judicial, y lo acompañaron en un recorrido por la sala mientras
distribuía los asientos, comprobaba el funcionamiento del sistema de altavoces y contaba las sillas. Estaba muy
preocupado por los detalles. Alguien dijo que el equipo de un telediario trataba de sentar sus reales al fondo del
pasillo, y él envió rápidamente a uno de sus agentes para que recuperara el control de la zona.
Una vez que todo estuvo organizado en la sala, Wycliff se retiró a su despacho para dedicarse a otros
asuntos. Le resultaba muy difícil concentrarse. Jamás su agenda volvería a prometer semejante emoción. De una
forma muy egoísta, esperaba que el testamento de Troy Phelan fuera escandalosamente polémico, que despojara
del dinero a una ex familia y se lo otorgara a otra. A lo mejor, el viejo había jodido a todos sus extravagantes
hijos y había hecho rica a otra persona. Una larga y desagradable contienda testamentaria sin duda animaría la
vulgar carrera de Wycliff en el campo de la legalización de testamentos. Él sería el centro de una tormenta que
duraría muchos años, pues estaban en juego once mil millones de dólares.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 1:04 am

Tenía la certeza de que eso era lo que iba a ocurrir. Solo y con la puerta cerrada, se pasó quince minutos
planchándose la toga. El primer espectador fue un reportero que llegó poco después de las ocho y al que, por ser
el primero, se le sometió a un exhaustivo registro por parte del nervioso equipo de guardias de seguridad que
vigilaba la puerta de doble hoja de la sala. Lo acogieron con muy malos modos, le pidieron que mostrara un
documento de identidad con fotografía y firmase un impreso especial destinado a los periodistas, examinaron su
cuaderno de notas como si fuera una granada de mano y después lo hicieron pasar por el detector de metales,
donde dos fornidos guardias sufrieron una decepción al ver que no se disparaban las alarmas a su paso. Una vez
dentro, otro guardia uniformado lo acompañó por el pasillo central hasta un asiento de la tercera fila. El
reportero se sentó y soltó un suspiro de alivio. La sala estaba vacía.
La vista tenía que empezar a las diez, pero a las nueve ya se había congregado una considerable cantidad
de personas en el vestíbulo que había fuera de la sala. Los guardias de seguridad se estaban tomando con mucha
calma el papeleo y los registros. En el pasillo se había formado una cola.
Algunos abogados de los herederos Phelan llegaron con muchas prisas y se mostraron extremadamente
irritados por el hecho de que no pudieran acceder de inmediato a la sala. Se intercambiaron algunas palabras
gruesas y tanto los abogados como los agentes del juez intercambiaron amenazas. Alguien exigió la presencia de
Wycliff, pero éste se hallaba muy ocupado sacándose brillo a las botas y no permitió que lo molestaran. Al igual
que una novia antes de la boda, no quería que los invitados lo vieran. El hecho de que los herederos y los
abogados tuviesen preferencia alivió la tensa situación.
La sala se fue llenando poco a poco. Se colocaron unas mesas en forma de U, con el estrado del juez en el
extremo abierto para que su señoría pudiera escudriñar, desde su elevada posición, tanto a los abogados como a
los herederos y al público. A la izquierda del estrado, delante de la tribuna del jurado, había una mesa alargada,
junto a la cual se sentaron los Phelan. Troy junior fue el primero, seguido de Biff. Los acompañaron al lugar más
próximo al estrado del juez y allí se sentaron con tres abogados de su equipo jurídico, tratando
desesperadamente de aparentar tristeza al tiempo que fingían ignorar la existencia de todos los presentes en la
sala. Biff estaba furiosa porque el servicio de seguridad le había confiscado el teléfono móvil. No podría
efectuar ninguna llamada relacionada con su actividad inmobiliaria.
Ramble fue el siguiente. Con vistas a aquella señalada ocasión no se había arreglado el cabello, el cual
aún conservaba mechones de color verde lima y llevaba dos semanas sin ver el agua. Los aros lucían en todo su
esplendor en la oreja, la nariz y la ceja. Chupa de cuero negro y tatuajes provisionales en los huesudos brazos.
Vaqueros deshilachados, viejas botas y actitud enfurruñada. Cuando bajó por el pasillo, llamó la atención de los
periodistas. Yancy, su alto abogado hippie que se las había ingeniado para permanecer al lado de su valioso
cliente, se pasó el rato mimándolo y preocupándose de él.
Yancy echó un rápido vistazo a la disposición de los asientos y pidió sentarse lo más lejos posible de
Troy junior. El ayudante del juez accedió a su petición y los colocó al fondo de una mesa provisional situada
delante del estrado del juez. Ramble se hundió en su asiento con el cabello verde colgando sobre el respaldo.
Los presentes en la sala lo miraron horrorizados... ¿era posible que aquella cosa estuviese a punto de heredar
quinientos millones de dólares? Sin duda se armaría un jaleo tremendo.
A continuación apareció Geena Phelan Strong en compañía de su marido Cody y dos de sus abogados.
Calcularon la distancia entre Troy junior y Ramble, dividieron la diferencia y se sentaron lo más lejos posible de
ambos. Cody daba la impresión de estar especialmente atareado e inmediatamente empezó a examinar unos
importantes documentos con uno de los abogados. Geena se limitaba a mirar con asombro a Ramble. Le parecía
increíble que el muchacho y ella fueran hermanastros.
Amber, la bailarina de striptease, hizo una espectacular entrada vestida con minifalda y una blusa
escotada que dejaba al descubierto buena parte de su exuberante busto. El agente del juez que la acompañó por
el pasillo estaba encantado con la suerte que había tenido y se pasó el rato charlando con ella sin apartar los ojos
de su escote. Rex, vestido con traje oscuro, seguía a su mujer con una abultada cartera de documentos en la
mano, como si aquel día tuviera un importante trabajo que hacer. A su espalda caminaba Hark Gettys, todavía el
abogado más ruidoso del grupo. Hark iba acompañado de dos de sus nuevos asociados; su bufete crecía a cada
semana que pasaba. Puesto que Amber y Biff no se hablaban, Rex se apresuró a intervenir y señaló un lugar
entre Ramble y Geena.
Las mesas se estaban llenando y los huecos se estaban cerrando. Faltaba muy poco para que algunos
Phelan no tuvieran más remedio que sentarse los unos al lado de los otros.
Tira, la madre de Ramble, se presentó en compañía de dos jóvenes de aproximadamente la misma edad.
Uno llevaba unos ajustados vaqueros y tenía el pecho velludo; el otro iba muy bien arreglado con un traje oscuro
de raya diplomática. Ella se acostaba con el gigoló. El abogado recibiría al suyo por la retaguardia.
Se llenó otro agujero. Al otro lado de la barandilla de separación, se oía el murmullo de la gente, que no
paraba de hacer conjeturas.
—No me extraña que el viejo se arrojara al vacío —le dijo un reportero a otro mientras ambos
contemplaban a los Phelan.
Los nietos Phelan se vieron obligados a tomar asiento entre el público y el pueblo llano. Se apretujaron
con sus pequeños séquitos y grupos de apoyo, soltando nerviosas risitas a la espera de que el destino les fuera
favorable.
Libbigail Jeter llegó con su marido Spike, el ex motero de más de cien kilos de peso, y ambos avanzaron
por el pasillo central, sintiéndose tan fuera de lugar como los demás, a pesar de su condición de asiduos
visitantes de las salas de justicia. Los precedía Wally Bright, su abogado de las páginas amarillas. Wally vestía
un sucio impermeable que le llegaba hasta el suelo, unos gastados zapatos bicolores de puntera con puntitos
perforados y una corbata de poliéster de veinte años de antigüedad. Su aspecto era tan estrafalario que, si los
presentes hubieran hecho una votación, fácilmente habría ganado el premio al abogado peor vestido. Llevaba los
documentos en una carpeta de fuelle, ya utilizada para incontables casos de divorcio y otros asuntos. Por una
extraña razón, Bright jamás se había comprado un maletín. Había sido el décimo de su clase en la escuela
nocturna de leyes.
Los tres se encaminaron directamente hacia el hueco más ancho. Mientras los esposos tomaban asiento,
Bright inició el ruidoso proceso de quitarse el impermeable. Con el deshilachado dobladillo rozó el cuello de
uno de los anónimos asociados de Hark, un muchacho muy serio que ya estaba molesto por su olor corporal.
—¡Si no le importa! —dijo el joven en tono áspero al tiempo que le soltaba a Bright un revés que no lo
alcanzó.
Las palabras resonaron en la tensa y nerviosa atmósfera. Varias personas volvieron la cabeza, olvidando
por un instante los importantes documentos que estaban examinando. Todo el mundo odiaba a todo el mundo.
—¡Usted perdone! —contestó Bright en tono sarcástico.
Los dos agentes del juez se acercaron para mediar en caso de que fuera necesario, pero el impermeable
encontró un lugar bajo la mesa sin ulteriores incidentes y, al final, Bright consiguió sentarse al lado de Libbigail
mientras Spike, sentado al otro lado, se acariciaba la barba y miraba a Troy junior como si estuviera deseando
soltarle un guantazo.
Muy pocas personas en la sala pensaban que aquella escaramuza iba a ser la última que se produjera entre
los Phelan.
Si alguien muere dejando una fortuna de once mil millones de dólares, la gente se interesa por la última
voluntad y testamento. Sobre todo cuando cabe la posibilidad de que una de las fortunas más grandes del mundo
esté a punto de ser arrojada a los buitres. Allí se encontraban los representantes de los periódicos
sensacionalistas junto con los reporteros de la prensa local y de las más importantes revistas de economía. A las
nueve y media, las tres filas que Wycliff había reservado para la prensa ya estaban ocupadas. Los periodistas se lo pasaron en grande observando cómo los Phelan se reunían delante de ellos. Tres dibujantes trabajaban a ritmo
febril; el panorama que tenían ante sus ojos era una fuente inagotable de inspiración. El punki del cabello verde
fue objeto de una considerable cantidad de dibujos.
Josh Stafford hizo su aparición a las nueve y cincuenta minutos. Lo acompañaba Tip Durban, junto con
otros dos representantes de la firma y un par de auxiliares jurídicos que completaban el equipo. Con rostro grave
y circunspecto, los recién llegados ocuparon sus asientos junto a la mesa que les habían reservado, una bastante
espaciosa, por cierto, en comparación con aquellas junto a las cuales se habían apretujado los Phelan con sus
abogados. Josh depositó sobre la mesa una abultada carpeta que atrajo inmediatamente las miradas de todo el
mundo. Al parecer, contenía un documento de casi cinco centímetros de grosor, muy similar al que Troy Phelan
había firmado en un video apenas diecinueve días atrás.
Nadie pudo reprimir la tentación de echarle un vistazo. Nadie excepto Ramble. La legislación de Virginia
permitía que los herederos recibieran muy pronto una parte de la herencia, siempre y cuando ésta fuera en
efectivo y no hubiese ningún problema con el pago de deudas e impuestos. Los cálculos de los abogados de los
Phelan variaban entre un mínimo de diez millones por heredero y los cincuenta millones que esperaba Bright,
quien no había visto ni cincuenta mil dólares juntos en toda su vida.
A las diez, los agentes del juez cerraron la puerta de la sala y, siguiendo una invisible señal, el juez
Wycliff emergió de un agujero situado detrás del estrado y toda la sala enmudeció. El juez se sentó en su sillón
arreglándose la crujiente toga a su alrededor y, acercándose al micrófono con una sonrisa, dijo:
—Buenos días.
Todo el mundo le devolvió la sonrisa. Para su enorme satisfacción, la sala estaba de bote en bote. Un
rápido recuento de los agentes reveló que eran ocho, iban armados y estaban preparados. El juez estudió a los
Phelan; no quedaba entre ellos ningún hueco. Algunos de sus abogados se rozaban prácticamente los unos a los
otros.
—¿Están presentes todas las partes? —preguntó.
Todos los que rodeaban las mesas asintieron con la cabeza.
—Tengo que identificar a todos los implicados —anunció Wycliff, alargando la mano hacia los
documentos—. La primera petición fue presentada por Rex Phelan.
Antes de que el juez terminara de hablar, Hark Gettys se levantó y carraspeó.
—Soy Hark Gettys, señoría —tronó, dirigiéndose hacia el estrado—, y represento al señor Rex Phelan.
—Gracias, puede sentarse.
El juez recorrió las mesas, anotando metódicamente los nombres de los herederos y de sus abogados. De
todos los abogados.
Los reporteros los garabatearon tan rápidamente como el juez. Seis herederos en total, tres ex esposas.
Todo el mundo estaba presente.
—Veintidós abogados —murmuró Wycliff para sus adentros—. ¿Tiene usted el testamento, señor
Stafford?
Josh se levantó, sosteniendo otra carpeta en la mano.
—Sí, señoría.
—¿Podría usted ocupar el estrado de los testigos, por favor? Josh rodeó las mesas y pasó por delante del
secretario del tribunal para dirigirse al estrado de los testigos, donde levantó la mano derecha y juró decir toda la
verdad y nada más que la verdad.
—¿Fue usted el representante de Troy Phelan? —preguntó Wycliff.
—En efecto. Durante varios años.
—¿Le preparó usted un testamento?
—Le preparé varios.
—¿Preparó su último testamento?
Se produjo una pausa en cuyo transcurso los Phelan se inclinaron un poco más hacia delante.
—No, no lo preparé yo —contestó muy despacio Josh, mirando a los buitres.
A pesar del suave tono de su voz, las palabras cortaron el aire como un trueno. Los abogados de los
Phelan reaccionaron más rápidamente que los herederos, varios de los cuales no sabían muy bien qué pensar.
Pero se trataba de algo muy serio e inesperado. Una nueva tensión se apoderó de la sala. El silencio se
intensificó.
—¿Quién preparó la última voluntad y testamento? —preguntó Wycliff, como un mal actor que estuviera
leyendo un guión.
—El propio señor Phelan.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 1:05 am

No era verdad. Ellos habían visto al viejo sentado ante la mesa con los abogados, y a los tres psiquiatras
—Zadel, Flowe y Theishen— sentados al otro lado. Los psiquiatras lo habían declarado en pleno uso de sus
facultades mentales y, unos segundos después, el viejo Troy había tomado un voluminoso testamento preparado
por Stafford y uno de sus asociados, había declarado que era suyo y lo había firmado.
No cabía la menor duda.
—Oh, Dios mío —exclamó Hark Gettys por lo bajo, pero levantando lo suficiente la voz para que todos
lo oyeran.
—¿Cuándo lo firmó? —preguntó Wycliff.
—Momentos antes de arrojarse al vacío.
—¿Está escrito de su puño y letra?
—Sí.
—¿Lo firmó en su presencia?
—En efecto. Y estuvieron presentes otros testigos. La firma también se grabó en video.
—Por favor, entrégueme el testamento.
Josh sacó con deliberada lentitud un sobre del expediente y se lo entregó a su señoría. Parecía
horriblemente pequeño. No era posible que contuviese las suficientes palabras para comunicarles a los Phelan
qué era lo que por derecho les correspondía.
—¿Qué demonios es eso? —le preguntó Troy junior con voz sibilante al abogado que tenía más cerca.
Pero el abogado no pudo contestar.
El sobre sólo contenía una hoja de papel amarillo de oficio. Wycliff lo sacó muy despacio para que todos
lo vieran, lo desdobló con cuidado y lo estudió por un instante.
El pánico se apoderó de los Phelan, pero no podían hacer nada. ¿Acaso el viejo los había jodido por
última vez? ¿Se les estaba escapando de las manos el dinero? A lo mejor, el viejo había cambiado de idea y les
había dejado mucho más de lo que ellos esperaban. Sentados en torno a las mesas, los herederos daban codazos
a sus abogados, que se mostraban, aun así, notoriamente taciturnos.
Wycliff carraspeó y se inclinó un poco más hacia el micrófono.
—Tengo aquí en mis manos un documento de una sola página que, al parecer, es un testamento escrito de
puño y letra por parte de Troy L. Phelan. Voy a leerlo en su totalidad:
Último testamento de Troy L. Phelan. Yo, Troy L. Phelan, habiendo sido declarado en pleno uso de mis
facultades mentales, anulo expresamente por el presente documento todos los anteriores testamentos y codicilos
otorgados por mí y vengo en disponer de mis bienes tal como sigue:
A cada uno de mis hijos, Troy Phelan, Jr., Rex Phelan, Libbigail Jeter, Mary Ross Hackman, Geena
Strong y Ramble Phelan, les otorgo la suma de dinero necesaria para pagar todas las deudas que hayan contraído
hasta la fecha. Cualquier deuda en la que incurran a partir de esta fecha no será cubierta por la presente
donación. Si alguno de mis hijos intenta impugnar este testamento, la donación que le corresponda será anulada.
Hasta Ramble oyó las palabras y las comprendió. Geena y Cody rompieron a llorar muy quedo. Rex se
inclinó hacia delante con los codos sobre la mesa y se cubrió el rostro con las manos, aturdido. Libbigail miró
más allá de Bright a Spike y le dijo: Qué hijo de puta.
Spike se mostró de acuerdo. Mary Ross se cubrió los ojos mientras su abogado le acariciaba una rodilla.
Su marido le acarició la otra. Sólo Troy junior consiguió mantener el rostro impasible, pero no por mucho
tiempo.
Aún quedaban más daños. Wycliff no había terminado.
A mis ex esposas Lillian, Janie y Tira no les doy nada. Ya fueron adecuadamente compensadas en
ocasión de sus divorcios.
En aquel momento, Lillian, Jame y Tira estaban preguntándose qué demonios hacían en aquella sala. ¿De
veras esperaban recibir más dinero de un hombre al que odiaban? Sintieron sobre ellas las miradas de los demás
y trataron de ocultarse entre sus abogados.
Lego el resto de mis bienes a mi hija Rachel Lane, nacida el 2 de noviembre de 1954 en el Hospital
Católico de Nueva Orleáns de una mujer llamada Evelyn Cunningham, ya difunta en la actualidad.
Wycliff hizo una pausa, pero no para intensificar el efecto dramático. Sólo quedaban dos pequeños
párrafos y el daño ya estaba hecho. Los once mil millones habían sido legados a una hija ilegítima, sobre la cual
él no había leído nada. Los Phelan que tenía sentados delante habían sido despojados de todo. No pudo por
menos que mirarlos.
Nombro albacea de este testamento a mi fiel abogado Joshua Stafford y le otorgo amplios poderes
discrecionales en su ejecución.
Por un instante se habían olvidado de Josh, pero allí estaba él, sentado en el estrado como si fuera el
inocente testigo de un accidente de automóvil. Todos lo estaban mirando con odio reconcentrado. ¿Cuántas
cosas sabía? ¿Era un conspirador? Estaban seguros de que habría podido hacer algo por impedirlo.
Josh procuró mantener la seriedad de su rostro.
El propósito de este documento es el de ser un testamento ológrafo. Todas las palabras han sido escritas
de mi puño y letra y firmo por la presente.
Wycliff inclinó el documento y añadió:
—El testamento fue firmado por Troy L. Phelan a las tres de la tarde del 9 de diciembre de 1996.
Depositó el documento sobre la mesa y miró alrededor. El terremoto había terminando y ahora era el
momento de ver los efectos que había producido. Los Phelan permanecían sentados en sus asientos, algunos
frotándose los ojos y la frente y otros contemplando desesperadamente la pared. Por un instante, los veintidós
abogados se quedaron sin habla.
Las sacudidas se transmitieron a través de las filas de espectadores, en las que, curiosamente, se
detectaban algunas sonrisas. Ah, eran los medios de comunicación, repentinamente ansiosos de abandonar la
sala y empezar a divulgar la noticia.
Amber se puso a llorar ruidosamente, pero después se contuvo. Sólo había visto a Troy una vez, pero
había bastado para que éste se le insinuara de forma grosera. Su dolor no era por la pérdida de un ser querido.
Geena lloraba muy quedo al igual que Mary Ross. Libbigail y Spike optaron por soltar maldiciones.
—No se preocupen —dijo Bright, tratando de tranquilizarlos como si pudiera remediar aquella injusticia
en cuestión de días. Biff miró enfurecida a Troy junior y en aquel momento se plantaron las semillas del
divorcio. Desde el suicidio de su padre, Troy junior se había mostrado arrogante y despectivo con su mujer. Ella
lo toleraba por obvias razones, pero eso había acabado. Estaba saboreando la primera pelea, la que sin duda
daría comienzo a pocos metros de la puerta de la sala de justicia.
Otras semillas se plantaron. El duro pellejo de los abogados recibió la sorpresa, la absorbió y después se
la sacudió de encima tan instintivamente como un pato se sacude el agua. Estaban a punto de hacerse ricos. Sus
clientes habían contraído cuantiosas deudas y no existía ninguna solución a la vista. No tendrían más remedio
que impugnar el testamento. Los pleitos podían durar muchos años.
—¿Cuándo tiene previsto legalizar el testamento? —le preguntó Wycliff a Josh.
—Dentro de una semana.
—Muy bien. Puede usted retirarse.
Josh regresó triunfalmente a su asiento mientras los abogados empezaban a recoger los papeles como si
nada hubiera ocurrido.
—Se levanta la sesión.
Tras el levantamiento de la sesión se produjeron tres disputas en el vestíbulo. Por suerte, en ninguna un
Phelan se peleó con otro u otros Phelan. Eso vendría más adelante.
Mientras los decepcionados familiares eran consolados por sus abogados en el interior de la sala, fuera
aguardaba un numeroso grupo de reporteros. Troy junior fue el primero en salir e inmediatamente fue rodeado
por una manada de lobos, varios de ellos con los micrófonos en posición de ataque. Pero, en primer lugar, éste
se encontraba bajo los efectos de una resaca y, en segundo, ahora que tenía quinientos millones menos, no se
sentía de humor para hablar de su padre.
—¿Está usted sorprendido? —le preguntó un idiota desde detrás de un micrófono.
—Por supuesto que sí —contestó él, tratando de abrirse paso entre la gente.
—¿Quién es Rachel Lane? —preguntó otro.
—Supongo que mi hermana —replicó él.
Un joven flacucho de ojos estúpidos y semblante macilento se plantó directamente ante él y, acercándole
un magnetófono al rostro, le preguntó:
—¿Cuántos hijos ilegítimos tuvo su padre?
Troy Junior apartó instintivamente el magnetófono y el aparato golpeó con fuerza el rostro del reportero
justo por encima de la nariz. Mientras el joven periodista flacucho se tambaleaba, Troy junior le soltó un fuerte
derechazo que le alcanzó la oreja y lo derribó al suelo. En medio del alboroto apareció providencialmente un
agente, que empujó a Troy junior en otra dirección y se lo llevó rápidamente de allí.
Ramble soltó un escupitajo contra otro reportero, a quien un compañero tuvo que sujetar, recordándole
que el chico era menor de edad.
El tercer incidente tuvo lugar cuando Libbigail y Spike abandonaron la sala con paso cansino detrás de
Wally Bright.
—¡Sin comentarios! —gritó Bright dirigiéndose a la horda que cerraba filas alrededor de él—. ¡Sin
comentarios! ¡Apártense, por favor!
Libbigail, que no paraba de llorar, tropezó con un cable de televisión y se tambaleó sobre un reportero,
provocando su caída. Se oyeron gritos y maldiciones, y mientras el reportero permanecía a gatas en el suelo
tratando de levantarse, Spike le propinó un puntapié en las costillas. El hombre soltó un grito y volvió a caer.
Mientras agitaba los brazos tratando de incorporarse, su pie pisó el dobladillo del vestido de Libbigail, quien le
propinó una bofetada. Spike estaba a punto de asesinarlo cuando intervino un agente. De hecho, los agentes
intervenían en todas las peleas, siempre de parte de los Phelan y contra los reporteros. Después ayudaban a los
afligidos herederos y a sus abogados a bajar por la escalera, cruzar el vestíbulo y abandonar el edificio.
El abogado Grit, que representaba a Mary Ross Phelan Jackman, se quedó pasmado al ver tantos
periodistas. Al recordar la primera enmienda a la Constitución de Estados Unidos o, por lo menos, los
rudimentarios conocimientos que él tenía de ella, se sintió obligado a hablar con toda sinceridad. Rodeando con
el brazo a su desolada cliente, expuso a los periodistas su primera reacción ante aquel testamento inesperado.
Era con toda evidencia la obra de un demente, dijo. ¿De qué otro modo podía explicarse la cesión de una fortuna
tan inmensa a una heredera desconocida? Su cliente adoraba a su padre, lo amaba profundamente y le
reverenciaba. Mientras Grit seguía largando sobre el increíble amor que unía a padre e hija, Mary Ross captó
finalmente la insinuación y se echó a llorar. El propio Grit parecía al borde de las lágrimas.
Sí, lucharían. Presentarían batalla contra aquella grave injusticia ante el Tribunal Supremo de Estados
Unidos. ¿Por qué? Porque aquélla no era la obra del Troy Phelan que ellos conocían. Él era bueno y amaba a sus
hijos tanto como éstos lo amaban a él. Estaban unidos por un vínculo increíble, forjado en medio de la tragedia y
las penalidades. Lucharían, porque cuando su amado padre había garabateado aquel horrible documento, no
estaba en sus cabales.
Josh Stafford no tenía ninguna prisa en marcharse. Habló pausadamente con Hark Gettys y algunos
abogados de las otras mesas. Prometió enviarles copias del terrible testamento. El trato fue inicialmente cordial,
pero las hostilidades no tardarían en aparecer. Un reportero del Post a quien él conocía estaba aguardándolo en
el vestíbulo. Josh se pasó diez minutos conversando con él sin decirle nada. Rachel Lane era un personaje de
particular interés; tanto su historia como su paradero. Las preguntas eran muchas, pero Josh no tenía respuestas.
Estaba seguro de que Nate la localizaría antes que nadie.
La noticia se propagó. Desde la sala de justicia llegó a las ondas de los últimos artilugios de las
telecomunicaciones y el hardware de la alta tecnología. Los reporteros utilizaban los teléfonos móviles, los
ordenadores portátiles y los buscapersonas, hablando sin pensar.
Los principales canales empezaron a divulgar la noticia cada veinte minutos una vez finalizada la sesión
y, una hora después, la primera cadena que emitía telediarios durante las veinticuatro horas del día, interrumpió
la serie de noticias repetidas para conectar en directo con una reportera, hablando ante las cámaras a las puertas
del palacio de justicia.
—Noticia sorprendente desde aquí... —empezó la reportera, soltando un relato de la historia, en buena
parte fidedigno.
Sentado al fondo de la sala se hallaba Pat Solomon, la última persona seleccionada por Troy Phelan para
dirigir el Grupo Phelan. Había sido director general durante seis años, un período muy tranquilo y provechoso.
Solomon abandonó el palacio de justicia sin que ningún reportero lo reconociera. Mientras se alejaba de
allí, sentado en el asiento posterior de su limusina, trató de analizar la última bomba de Troy. Ésta no le había
causado la menor extrañeza. Tras dos décadas de trabajos para Troy, ya estaba curado de espantos. La reacción
de sus estúpidos hijos y de sus abogados era consoladora. En cierta ocasión, a Solomon se le había encargado la
imposible tarea de buscarle a Troy junior un puesto en la compañía que éste pudiera ocupar sin provocar una
caída de los beneficios trimestrales. Había sido una pesadilla. Mimado, inmaduro, pésimamente educado y
carente de los más elementales conocimientos de administración empresarial, Troy Junior había pasado sin
miramientos por toda una división del sector de minerales antes de que a Solomon le dieran luz verde para
despedirlo.
Unos años más tarde había ocurrido un episodio similar con Rex, ansioso de ganarse la aprobación de su
padre y su dinero. Al final, Rex había acudido a Troy en un intento de que éste despidiera a Solomon.
Las mujeres y otros hijos se habían pasado varios años tratando de introducirse en la empresa, pero Troy
se había mantenido firme. Aunque su vida privada fuese un fracaso, nada obstaculizaría la marcha de su amada
empresa.
Solomon y Troy jamás habían sido íntimos amigos. En realidad, nadie, tal vez con la única excepción de
Josh Stafford, había conseguido convertirse en su confidente. Las rubias que habían desfilado por su vida habían
compartido las comprensibles intimidades, pero Troy no tenía amigos. Y, cuando empezó a apartarse y se inició
su declive tanto físico como mental, los directivos de la empresa comentaban a menudo en voz baja la cuestión
de la propiedad de la empresa. Estaban seguros de que Troy no se la dejaría a sus hijos.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 1:06 am

Y no lo había hecho, por lo menos en lo que a los sospechosos habituales se refería.
El consejo de administración estaba esperando en el piso decimocuarto, en la misma sala de juntas donde
Troy había sacado su testamento antes de emprender el vuelo. Solomon describió la escena de la sala de justicia
y su brillante relato adquirió tintes humorísticos. La idea de que los herederos pudieran hacerse con el control
del grupo de empresas había causado una enorme inquietud en el consejo de administración. Troy junior había
hecho saber que él y sus hermanos contaban con los votos necesarios para obtener la mayoría y que su intención
era limpiar la casa para conseguir unos saneados beneficios.
Los miembros del consejo querían noticias sobre Jame, la segunda ex esposa. Era secretaria de la
empresa antes de ascender a la categoría de amante y, posteriormente, de esposa, y tras alcanzar la cumbre había
maltratado y ofendido a muchos empleados. Hasta que Troy la desterró de la sede central.
—Se ha ido llorando —dijo jovialmente Solomon.
—¿Y Rex? —preguntó uno de los directores, el principal ejecutivo económico a quien Rex había
despedido una vez en un ascensor.
—No parecía muy contento que digamos. Está bajo investigación, ¿sabéis?
Los miembros del consejo de administración hablaron de casi todos los hijos y de todas las esposas y la
reunión se convirtió en una fiesta.
—He contado veintidós abogados —dijo Solomon con una sonrisa—. Todos estaban bastante tristes.
Por tratarse de una reunión informal del consejo de administración, la ausencia de Josh carecía de
importancia. El jefe del departamento jurídico había dicho que, bien mirado, el testamento había sido una suerte.
Sólo tendrían que enfrentarse con una heredera desconocida en lugar de con seis idiotas.
—¿Se tiene alguna idea de dónde está esa mujer?
—Ninguna —contestó Solomon—. Puede que Josh sepa algo.
A última hora de la tarde Josh se vio obligado a salir de su despacho y refugiarse en una pequeña
biblioteca situada en el sótano de su edificio. Su secretaria dejó de contar los mensajes telefónicos al llegar a
ciento veinte. El vestíbulo de la entrada principal se había llenado de reporteros a última hora de la mañana. Josh
había dado a sus secretarias la orden estricta de que nadie lo molestara durante una hora, por lo que la llamada a
la puerta lo irritó especialmente.
—¿Quién es? —preguntó en tono de mal humor, mirando hacia la puerta.
—Una emergencia, señor —contestó una secretaria sin entrar.
—Pase.
La secretaria asomó la cabeza justo lo suficiente para mirarlo a la cara y decirle:
—Es el señor O'Riley.
Josh dejó de frotarse las sienes e incluso llegó al extremo de sonreír. Miró alrededor y recordó que en
aquella estancia no había ningún teléfono. La secretaria se adelantó dos pasos, depositó un teléfono inalámbrico
sobre la mesa y se retiró.
—Nate —dijo Josh contra el auricular.
—¿Eres tú, Josh? —fue la respuesta.
El volumen estaba bien, pero las palabras sonaban un poco estridentes. La recepción era mejor que la de
la mayor parte de los teléfonos de automóvil.
—¿Me oyes bien, Nate?
—Sí.
—¿Dónde estás?
—Estoy con el teléfono satélite, en la popa de mi pequeño yate, flotando por el río Paraguay. ¿Me oyes?
—Sí, muy bien. ¿Cómo te encuentras, Nate?
—Maravillosamente bien, me lo paso en grande; sólo tenemos un pequeño problema en el barco.
—¿Qué clase de problema?
—Bueno, la hélice se enganchó con un trozo de cabo viejo y el carburador del motor se obturó. La
tripulación está intentando desenredarlo, y yo superviso la operación.
—Parece que estás estupendamente bien.
—Es una aventura, ¿no, Josh?
—Pues claro. ¿Has averiguado algo sobre la chica?
—Qué va. Nos encontramos a un par de días del lugar como mucho, pero nos hemos visto obligados a
retroceder. No estoy muy seguro de que consigamos llegar hasta allí.
—Tienes que hacerlo, Nate. Esta mañana se ha procedido a la lectura pública del testamento en el palacio
de justicia. El mundo entero no tardará en emprender la búsqueda de Rachel Lane.
—Yo no me preocuparía por eso. Está muy bien protegida.
—Ojalá me encontrase a tu lado.
—La señal se cortó por un instante.
—¿Qué has dicho? —preguntó Nate, levantando la voz.
—Nada. 0 sea, que la verás dentro de un par de días, ¿verdad?
—Con un poco de suerte. El barco navega las veinticuatro horas del día, pero lo hacemos remontando la
corriente y, como estamos en la estación de las lluvias, los ríos bajan muy llenos. Además, no sabemos muy bien
adónde vamos. Lo de los dos días es un cálculo muy optimista, suponiendo que consigamos arreglar la maldita
hélice.
—Pero hace buen tiempo —dijo Josh por decir algo.
No tenían demasiado de qué hablar. Nate O'Riley estaba vivo, se encontraba bien y se estaba dirigiendo
más o menos hacia su objetivo.
—Hace un calor de mil demonios y llueve cinco veces al día. Por lo demás, todo esto es precioso.
—¿Alguna serpiente?
—Un par. Unas anacondas más largas que el barco. Montones de caimanes. Unas ratas del tamaño de
perros. Las llaman capivaras. Viven en las orillas de los ríos, entre los caimanes, y cuando éstos tienen mucha
hambre, las matan y se las comen.
—Pero tú tienes comida suficiente, ¿verdad?
—Sí, claro. El barco está lleno de alubias negras y arroz. Welly me las cocina tres veces al día.
Nate hablaba con el tono de voz propio de un intrépido aventurero.
—¿Quién es Welly?
—Mi marinero. Ahora mismo está debajo del barco, a cuatro metros de profundidad, conteniendo la
respiración y cortando el cabo enredado en la hélice. Tal como ya te he dicho, estoy supervisando la operación.
—Tú no te metas en el agua, Nate.
—¿Bromeas? Yo estoy en cubierta. Oye, tengo que dejarte. Esto gasta mucha electricidad y no he
encontrado la manera de recargar las pilas.
—¿Cuándo volverás a llamar?
—Procuraré hacerlo cuando haya localizado a Rachel Lane.
—Buena idea; pero llama si se presenta algún problema.
—¿Y por qué iba a hacerlo, Josh? Tú no podrías hacer absolutamente nada.
—Tienes razón. Pues no llames.
La tormenta descargó al anochecer, mientras Welly estaba preparando el arroz en la cocina y Jevy
contemplaba cómo las aguas del río se iban oscureciendo. Una súbita ráfaga de viento azotó violentamente la
hamaca y despertó a Nate, obligándolo a levantarse de un salto. A continuación, vinieron los truenos y los
relámpagos. Nate se acercó a Jevy y observó la inmensa oscuridad que se extendía hacia el norte.
—Una buena tormenta —dijo Jevy con aparente indiferencia. «¿No convendría que amarráramos este
trasto —pensó Nate—, o que por lo menos buscáramos unas aguas más someras?» Jevy no parecía preocupado;
su imperturbabilidad resultaba en cierto modo consoladora. Cuando empezó a llover, Nate bajó a tomarse su
arroz con alubias. Comió en silencio mientras Welly permanecía sentado en un rincón del camarote. La bombilla
del techo oscilaba y el viento sacudía peligrosamente la embarcación. Unas gruesas gotas de lluvia golpeaban las
ventanas.
En el puente, Jevy se puso un poncho amarillo manchado de grasa y luchó contra el agua que le azotaba
el rostro. La pequeña timonera carecía de ventanas. Los dos reflectores intentaban mostrar el camino en medio
de la oscuridad, pero apenas conseguían iluminar quince metros de las embravecidas aguas que tenían delante.
Jevy conocía muy bien el río y había pasado por tormentas mucho peores.
El balanceo y los cabeceos del barco dificultaban la lectura. Al cabo de unos cuantos minutos, Nate
empezó a marearse. En su maleta encontró un poncho con capucha largo hasta la rodilla. Josh había estado en
todo. Agarrándose a las barandillas subió lentamente los peldaños y encontró a Welly acurrucado junto a la
timonera, completamente empapado.
El curso del río se desviaba hacia el este, en dirección al corazón del Pantanal y, cuando el barco dobló el
meandro, el viento le azotó el costado y lo sacudió con tal fuerza que Nate y Welly se vieron lanzados
violentamente hacia la borda. Jevy permanecía apoyado contra la puerta de la timonera, con los musculosos
brazos firmemente cruzados, procurando no perder el control en ningún momento.
Las ráfagas de viento se sucedían implacables a intervalos de pocos segundos, hasta que el Santa Loura
ya no pudo navegar contra la corriente. Ahora la fría lluvia los azotaba con fuerza y les caía encima formando
densas cortinas. Jevy encontró una alargada linterna en una caja que había al lado del timón, y se la entregó a
Welly.
—¡Busca la orilla! —le indicó a voz en grito, luchando contra el viento y la fuerte lluvia.
Nate avanzó pegado al costado del barco porque también quería comprobar hacia dónde se dirigían.
Sin embargo, el haz luminoso no captó más que una cortina de lluvia tan espesa que parecía niebla,
arremolinándose por encima de la superficie del agua.
Los relámpagos acudieron en su ayuda. Bajo su resplandor, pudieron ver la densa vegetación de la orilla
no muy lejos del lugar donde en aquellos momentos se encontraban. El viento los empujaba hacia ella.
Welly gritó y Jevy le contestó con otro grito, justo en el momento en que una nueva ráfaga de viento
azotaba violentamente el barco y lo hacía escorar peligrosamente por la banda de estribor. La súbita sacudida le
arrancó a Welly la linterna de las manos y los tres la vieron desaparecer bajo el agua. Agachado en el pasamano
y agarrado a la barandilla, chorreando agua y temblando, Nate pensó que estaba a punto de ocurrir una de entre
dos posibilidades y que ninguna de ellas estaba bajo su control. La primera: el barco estaba a punto de zozobrar.
0, en caso de que no zozobrara, estaba a punto de ser empujado contra el lodazal de la orilla del río, donde
vivían los caimanes. Estaba simplemente un poco asustado hasta que recordó los papeles.
Los papeles no debían perderse en ninguna circunstancia. Se levantó de repente en el momento en que el
barco volvía a escorar, y estuvo en un tris de caer por la borda.
—¡Tengo que bajar! —le gritó a Jevy.
El capitán, que también parecía asustado, sujetaba fuertemente el timón.
De espaldas al viento, Nate bajó por los peldaños de rejilla. La cubierta estaba resbaladiza a causa del
gasóleo que se escapaba de un barril volcado. Trató de levantarlo, pero para ello hubieran hecho falta dos
hombres. Se agachó para entrar en el camarote, arrojó el poncho a un rincón y fue por la cartera que guardaba
bajo la litera. El viento azotó con fuerza el barco, que cabeceó y lo sorprendió en un momento en que no estaba
agarrado a nada, arrojándolo violentamente contra el mamparo con los pies por encima de la cabeza.
Nate tenía muy claro que había dos cosas que no podía perder. Primero, los papeles; segundo, el teléfono
satélite. Ambas cosas se encontraban en la cartera, que era nueva y muy bonita, pero no impermeable. La apretó
contra su pecho y permaneció tendido en la litera mientras el Santa Loura capeaba el temporal. De repente, cesó
la vibración. Nate pensó que Jevy había apagado el motor accionando algún mando. Oyó las pisadas de los dos
tripulantes directamente por encima de su cabeza. «Estamos a punto de ser lanzados contra la orilla —pensó—,
y es mejor que la hélice esté libre. Seguramente no se trata de un problema en el motor.»
Se apagaron las luces. La oscuridad era total.
Tendido completamente a oscuras en su litera, zarandeado por los balanceos y cabeceos del barco a la
espera de que éste se estrellara contra la orilla, a Nate se le ocurrió una horrible posibilidad. En caso de que
Rachel Lane se negara a firmar el acuse de recibo, la renuncia o ambos, quizá fuese necesario un viaje de
regreso. Meses de camino, tal vez años; alguien, probablemente él mismo, se vería obligado a subir de nuevo por
el río Paraguay para comunicarle a la misionera más rica del mundo que los trámites ya habían terminado y el
dinero era suyo.
Había leído que los misioneros se tomaban permisos, unas largas pausas en su tarea, en las que
regresaban a Estados Unidos para recargar las pilas. ¿Por qué no podía Rachel tomarse un permiso, quizás
incluso volar a casa con él, y quedarse allí el tiempo que hiciera falta para que se resolvieran todos los embrollos
de su papá? A cambio de once mil millones de dólares, era lo menos que podía hacer. En caso de que tuviera
ocasión de verla, se lo sugeriría. Se produjo una violenta sacudida y Nate fue arrojado al suelo. Habían chocado
contra la maleza de la orilla.
El Santa Loura era un barco de fondo plano, construido, como todas las embarcaciones del Pantanal, de
forma tal que pudiera superar los bancos de arena y resistir los golpes de los detritos arrastrados por la corriente.
Cuando cesó la tormenta, Jevy puso en marcha el motor y se pasó media hora empujando la embarcación hacia
delante y hacia atrás para sacarla poco a poco de la arena y el lodo. Cuando al fin lo consiguieron, Welly y Nate
limpiaron la cubierta de las ramas y los restos de maleza que le habían caído encima. Registraron el barco por si
hubiera nuevos «pasajeros», pero no encontraron ni serpientes ni yacarés. Durante una rápida pausa para tomar
un café, Jevy contó la historia de una anaconda que años atrás había conseguido introducirse a bordo de un
barco y había atacado a un marinero mientras éste dormía.
Nate dijo que prefería que no le contaran historias de serpientes. Había hecho un registro muy lento y
exhaustivo.
Las nubes se disiparon y una preciosa media luna brilló sobre el río. Welly preparó café. Después de la
violencia de la tormenta, el Pantanal parecía firmemente dispuesto a quedarse absolutamente quieto. El río

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 1:07 am

estaba tan inmóvil como un espejo. La luna los guiaba, se ocultaba cuando ellos seguían los meandros del río,
pero aparecía de nuevo cuando ellos volvían a navegar rumbo al norte.
Como ahora ya era casi medio brasileño, Nate se había quitado el reloj de pulsera. El tiempo apenas tenía
importancia. Era tarde, probablemente medianoche. La lluvia los había golpeado durante cuatro horas seguidas.
Nate se pasó unas cuantas horas durmiendo en la hamaca y despertó poco antes del amanecer. Encontró a
Jevy roncando en su litera del pequeño camarote que había detrás de la timonera. Welly estaba al timón, también
medio dormido. Nate lo envió por un café y se puso al timón del Santa Loura.
Las nubes cubrían nuevamente el cielo, pero no parecía que fuera a llover. El río estaba cubierto de hojas
y ramas, los restos de la última tormenta nocturna. Era muy ancho y no había tráfico, por lo que Nate, el capitán,
envió a Welly a echar una siesta en la hamaca mientras gobernaba el barco.
Aquello no podía compararse con una sala de justicia. Iba descalzo y sin camisa y estaba tomándose un
exquisito café azucarado mientras encabezaba una expedición al corazón de las marismas más grandes del
mundo. En sus días de mayor gloria, habría estado corriendo a un juicio y haciendo diez cosas a la vez, con
teléfonos asomando por todos los bolsillos. No echaba en absoluto de menos nada de todo aquello; ningún
abogado que estuviera en sus cabales lo habría hecho, pero ni uno solo de ellos lo hubiera reconocido.
El barco navegaba prácticamente solo. Con los prismáticos de Jevy, Nate observaba la orilla, buscando la
presencia de yacarés, serpientes y capivaras. Y contaba los tuiuius, los grandes pájaros blancos de largo cuello y
cabeza roja que se habían convertido en el símbolo del Pantanal. En un banco de arena vio una bandada de doce
ejemplares. Los pájaros permanecieron inmóviles, contemplando el paso del barco. El capitán y su adormilada
tripulación seguían navegando rumbo al norte cuando el cielo se tiñó de anaranjado y empezó el nuevo día. Se
adentraban cada vez más en el Pantanal, sin saber adónde los conduciría su travesía.
La coordinadora de las Misiones de América del Sur se llamaba Neva Collier. Había nacido en un iglú,
en Terranova, donde sus padres habían trabajado veinte años entre los inuit. Se había pasado once años en las
montañas de Nueva Guinea y, a causa de ello, conocía por experiencia directa las dificultades y los retos con que
se enfrentaban las aproximadamente novecientas personas cuyas actividades coordinaba.
Y ella era la única que sabía que Rachel Porter se había llamado en otros tiempos Rachel Lane y era hija
ilegítima de Troy Phelan. Tras finalizar sus estudios de Medicina, Rachel había cambiado de apellido en su afán
de borrar la mayor cantidad de huellas de su pasado que pudiera. No tenía familia, pues sus progenitores
adoptivos habían muerto. Tampoco tenía hermanos. Ni tías, tíos o primos. Por lo menos, que ella supiera. Sólo
tenía a Troy, y deseaba con toda el alma eliminarlo de su vida. Al terminar su período de preparación en el
centro de estudios de Tribus del Mundo, Rachel reveló su secreto a Neva Collier.
Los altos mandos de Tribus del Mundo sabían que Rachel tenía secretos, pero sus antecedentes no serían
un obstáculo en su afán de servir a Dios. Era médico —se había preparado en su centro de estudios— y una
humilde sierva de Dios que estaba deseando desarrollar su labor en el campo de las misiones. Le habían
prometido que jamás darían a conocer dato alguno sobre su identidad, ni siquiera su paradero en América del
Sur.
Sentada en su pulcro y pequeño despacho de Houston, Neva leyó el extraordinario relato de la lectura del
testamento del señor Phelan. Había seguido los pormenores del caso desde que se divulgara la noticia del
suicidio.
La comunicación con Rachel suponía un proceso muy lento. Se intercambiaban correspondencia dos
veces al año, en marzo y en agosto, y Rachel solía llamar una vez al año desde un teléfono público de Corumbá
cuando se desplazaba a la ciudad para comprar provisiones. Neva había hablado con ella el año anterior. Su
último permiso lo había disfrutado en el año 1992. Pero, al cabo de seis semanas, Rachel había decidido regresar
al Pantanal. No le interesaba permanecer en Estados Unidos, le había confesado a Neva. Aquello no era su
hogar. Su hogar estaba entre su gente.
A juzgar por los comentarios de los abogados que se reproducían en el reportaje, la cuestión distaba
mucho de estar resuelta. Neva apartó a un lado el expediente y decidió esperar. En el momento oportuno,
cualquiera que éste fuese, revelaría a la junta de gobierno la verdadera identidad de Rachel.
Confiaba en que semejante momento no llegara jamás; pero ¿cómo podían esconderse once mil millones
de dólares?
Nadie confiaba en que los abogados se pusieran de acuerdo acerca del lugar en el que deberían reunirse.
Cada bufete insistía en elegir el lugar. El hecho de que hubieran accedido a hacerlo con tan poca antelación
constituía un verdadero milagro.
Al final, se reunieron en una sala de banquetes del hotel Ritz de Tysons Corner, en la que se habían
colocado a toda prisa unas mesas, formando un cuadrado. Cuando se cerró la puerta, había en la sala casi
cincuenta personas, pues cada bufete, para impresionar a los demás, se había sentido obligado a llevar a otros
asociados y auxiliares jurídicos e incluso secretarias. La tensión era casi palpable en el ambiente. No estaba presente ningún miembro de la familia Phelan,
sólo sus equipos legales. Hark Gettys abrió la sesión y tuvo el oportuno gesto de contar un chiste muy divertido.
Tal como ocurre cuando se hace un comentario humorístico en una sala de justicia, donde la gente está nerviosa
y no piensa en las bromas, las carcajadas fueron sonoras y su efecto saludable. Después, Hark sugirió que un
solo abogado de los sentados alrededor de las mesas en representación de cada uno de los herederos Phelan
manifestara su parecer acerca del asunto. Él sería el último en hacerlo.
Alguien protestó.
—¿Quiénes son exactamente los herederos?
—Los seis hermanos Phelan —contestó Hark.
—¿Y qué me dice de las tres esposas?
—No son herederas. Son ex esposas.
Los abogados de éstas se enfadaron y, tras una acalorada discusión, amenazaron con retirarse de
inmediato. Alguien aconsejó que se les permitiera hablar de todos modos, y así quedó zanjado el problema.
Grit, el pendenciero abogado contratado por Mary Ross Phelan Jackman y su marido, se levantó y
defendió la necesidad de presentar batalla.
—No tenemos más remedio que impugnar el testamento —dijo—. No hubo ninguna influencia indebida
y, por consiguiente, debemos demostrar que el viejo estaba más loco que un cencerro; hasta el extremo de
arrojarse al vacío y legar una de las fortunas más grandes del mundo a una heredera desconocida. A mí eso me
parece una locura. Ya encontraremos psiquiatras que lo confirmen.
—¿Y qué me dice de los tres que lo examinaron poco antes de que saltara? —preguntó alguien desde el
otro lado de la mesa.
—Eso fue una tontería —contestó Grit—; se trató de una trampa, y ustedes cayeron en ella.
Hark y los demás abogados que habían aceptado la validez del examen psiquiátrico se mostraron
ofendidos.
—Una percepción retrospectiva perfecta —dijo Yancy, dejando momentáneamente a Grit sin
argumentos.
El equipo legal de Geena y Cody Strong estaba encabezado por una abogada llamada Langhorne, una
mujer alta y gruesa, vestida con un modelo de Armani. Había sido profesora de la Facultad de Derecho de
Georgetown y se dirigió a sus colegas con aire de superioridad. Punto uno: sólo había dos motivos para
impugnar un testamento en Virginia, influencia indebida o pérdida de las facultades mentales. Puesto que nadie
conocía a Rachel Lane, cabía suponer que ésta había tenido muy poco trato o ninguno con Troy. Por
consiguiente, sería muy difícil demostrar que había ejercido en cierto modo una indebida influencia en su padre
en el momento en que éste había otorgado su último testamento. Punto dos: su única esperanza era la
incapacidad para testar. Punto tres: la posibilidad de un engaño se tenía que descartar. Era cierto que Troy había
insistido en someterse al examen mental con falsos pretextos, pero no se podía impugnar un testamento sobre la
base de un engaño. Un contrato sí, pero no un testamento. Su equipo ya había hecho las debidas investigaciones
y ella tenía en su poder los casos si a alguien le interesaba echarles un vistazo.
Había elaborado una especie de informe y estaba impecablemente preparada. A su espalda tenía nada
menos que a seis miembros de su bufete que la respaldaban.
Punto cuatro: sería muy difícil negar la validez del examen mental. Ella había visto el video. Lo más
seguro era que perdiesen la guerra, pero les pagarían su participación en la batalla. Conclusión: impugnar el
testamento con todas sus fuerzas y confiar en llegar a un lucrativo acto de conciliación al margen de los
tribunales.
Su exposición duró diez minutos y apenas aportó nada nuevo. Le permitieron hablar sin interrumpirla,
porque era mujer, y su resentimiento resultaba casi palpable.
Wally Bright, el de la escuela nocturna, fue el siguiente, y su intervención contrastó fuertemente con la de
la señora Langhorne. Se quejó y protestó contra todas las injusticias en general. No tenía nada preparado, ni
informes, ni notas, ni ideas acerca de lo que iba a decir a continuación; simple palabrería de un camorrista que
siempre salía bien librado por los pelos.
Dos de los abogados de Lillian se levantaron simultáneamente como si estuvieran unidos por la cadera.
Ambos vestían de negro y tenían el pálido semblante propio de los abogados especializados en cuestiones
testamentarias que raras veces veían la luz del sol. Uno empezaba una frase y el otro la terminaba. Uno
formulaba una pregunta retórica y el otro tenía la respuesta a punto. Uno mencionaba un expediente y el otro lo
sacaba de un maletín. El equipo de abogados expuso toda una serie de lugares comunes y su intervención fue
eficaz hasta cierto punto, limitándose a repetir brevemente lo que ya se había dicho.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 1:09 am

Estaban llegando rápidamente a un consenso. Debían presentar batalla porque: a) tenían muy poco que
perder, b) no tenían otra cosa que hacer, y c) era la única manera de forzar un arreglo. Por no hablar de d) las
elevadas tarifas horarias que iban a cobrar.
Yancy se mostró especialmente partidario de un pleito. Y con razón. Ramble era el único heredero menor
de edad y no tenía deudas. El fideicomiso, por el que entraría en posesión de cinco millones de dólares al
cumplir los veintiún años de edad, se había establecido varias décadas atrás y no podía anularse. Teniendo cinco
millones de dólares garantizados, Ramble se encontraba en una situación económica mucho mejor que
cualquiera de sus hermanos. Puesto que no tenía nada que perder, ¿por qué no entablar un pleito para intentar
obtener algo más?
Transcurrió una hora antes de que alguien mencionara la cláusula del testamento relativa a la
impugnación. Los herederos, incluido Ramble, corrían el peligro de perder lo poco que Troy les había dejado en
caso de que decidiesen impugnar el testamento. Los abogados apenas prestaron atención a aquel detalle. Ya
habían resuelto hacer esto último y sabían que sus voraces clientes seguirían sus consejos.
Pero se callaron muchas cosas. Para empezar, el pleito sería muy pesado. Lo más prudente y menos
costoso sería elegir un bufete con experiencia para que actuara como equipo jurídico principal. Los demás
ocuparían un segundo plano, seguirían defendiendo a sus clientes y estarían al corriente de todas las novedades
que se fueran produciendo. Semejante estrategia les exigiría dos cosas: uno, cooperación, y dos, la voluntaria
reducción de casi todos los egos presentes en la sala.
Sin embargo, semejante exigencia no se mencionó ni una sola vez en el transcurso de las tres horas que
duró la reunión.
Sin haber urdido exactamente una intriga pues éstas requieren colaboración—, los abogados habían
logrado dividir a los herederos de forma tal que no hubiese dos que compartieran el mismo bufete. Por medio de
una hábil manipulación que no se enseña en las facultades de Derecho sino que se adquiere espontáneamente
más tarde, los abogados habían convencido a sus clientes de la necesidad de hablar con ellos más que con sus
coherederos. La confianza no era una virtud de los Phelan, y tampoco de sus abogados.
La cosa amenazaba con convertirse en un pleito tan prolongado como caótico.
No hubo ni una sola voz que tuviera la valentía de sugerir que se dejara en paz el testamento. Nadie tenía
el menor interés en cumplir los deseos del hombre que había amasado la fortuna de la que ahora ellos pretendían
apoderarse por medio de maquinaciones.
Durante el tercer o cuarto recorrido por las mesas, se intentó establecer la cuantía de las deudas de cada
uno de los seis herederos en el momento de la muerte del señor Phelan, pero el intento fracasó por culpa de toda
una serie de quisquillosas minucias legales.
—¿Están incluidas las deudas de los cónyuges? —preguntó Hark, el abogado de Rex cuya esposa Amber,
la bailarina de striptease, era propietaria de varios clubes de alterne y la titular de casi todas las deudas.
—¿Y las deudas tributarias? —preguntó el abogado de Troy Junior, que llevaba quince años teniendo
dificultades con Hacienda.
—Mis clientes no me han autorizado a divulgar información de carácter económico —dijo Langhorne,
dando definitivamente por zanjado el asunto.
Las reticencias de los abogados confirmaron lo que todo el mundo sabía: los herederos Phelan estaban
hundidos hasta el cuello en préstamos e hipotecas.
Todos los abogados, precisamente por el hecho de serlo, se sentían profundamente preocupados por la
publicidad y la forma en que los medios de comunicación presentarían su lucha. Sus clientes no eran
sencillamente un hatajo de hijos mimados y codiciosos, a quienes su padre había desheredado. Pero los
abogados temían que la prensa se quedara sólo con esta imagen. La manera en que los demás percibieran los
hechos revestía una importancia fundamental.
—Sugiero que contratemos los servicios de una empresa de relaciones públicas —propuso Hark.
Era una idea fabulosa que los demás se apresuraron a aceptar. Contratar a un profesional que presentara a
los herederos Phelan como unos apenados hijos que habían amado con todo su corazón a un padre excéntrico,
libertino y medio loco... que no tenía tiempo para ellos. ¡Eso era! Había que presentar a Troy como un hombre
malvado, ¡y convertir a sus clientes en unas víctimas!
La idea adquirió cuerpo y se propagó alegremente por las mesas hasta que alguien preguntó cómo
demonios iban a pagar semejante servicio.
—Son tremendamente caros —dijo un abogado que cobraba nada menos que seiscientos dólares la hora
por sus servicios directos y cuatrocientos por los de cada uno de sus tres inútiles asociados.
De pronto, la propuesta perdió rápidamente fuerza, hasta que Hark apuntó tímidamente la posibilidad de
que cada bufete aportara una cantidad de dinero para tal fin. Los participantes en la reunión se convirtieron de repente en unos seres increíblemente taciturnos. Los que tantas cosas tenían que decir acerca de todo se sentían
ahora cautivados por el mágico lenguaje de los informes y los casos antiguos.
—Ya hablaremos de ello más tarde —dijo Hark, tratando de salvar las apariencias.
Estaba claro que la idea jamás volvería a mencionarse.
A continuación, pasaron a analizar la cuestión de Rachel y su posible paradero. ¿Y si contrataban los
servicios de una importante empresa de seguridad para que la localizase? Casualmente casi todos los abogados
presentes conocían alguna. La idea era muy sugestiva y despertó más interés del que hubiera debido. ¿Qué
abogado no querría representar a la heredera elegida?
Sin embargo, optaron por no buscar a Rachel, sobre todo porque no lograron ponerse de acuerdo acerca
de qué harían en caso de que la encontrasen. Estaban seguros de que ésta no tardaría en aparecer, sin duda
rodeada por todo un séquito de letrados.
La reunión terminó con una nota de optimismo. Los abogados habían conseguido lo que se proponían. Se
despidieron, acordando llamar de inmediato a sus clientes para comunicarles con orgullo que estaban haciéndose
muchos progresos. Podían decir, inequívocamente, que la opinión unánime de los abogados de los Phelan era la
de impugnar el testamento con todas sus fuerzas.
Durante todo el día el río no paró de crecer. En algunos lugares se desbordó muy despacio, devoró
bancos de arena, subió hasta la densa maleza e inundó los pequeños y embarrados patios de las casas, por
delante de las cuales pasaban aproximadamente una vez cada tres horas. El río arrastraba cada vez más restos,
maleza, hierbas, ramas y arbolillos. A medida que se ensanchaba, aumentaba su fuerza y las corrientes que
azotaban el barco los obligaban a navegar cada vez más despacio.
Sin embargo, nadie miraba el reloj. Nate había sido amablemente relevado de sus deberes de capitán
cuando el Santa Loura recibió un fuerte golpe de un tronco que bajaba por el río y de cuya presencia él ni
siquiera se había apercibido. Aunque no se había producido ningún daño, la sacudida había obligado a Jevy y a
Welly a correr de inmediato a la timonera. Nate regresó entonces a la pequeña cubierta en cuyo centro estaba
tendida la hamaca y se pasó la mañana leyendo y contemplando la naturaleza que lo rodeaba.
—Bueno, ¿qué le parece el Pantanal? —le preguntó Jevy mientras se tomaba un café con él.
Estaban sentados el uno al lado del otro en un banco, con los brazos asomando por la barandilla y los pies
colgando sobre el costado del barco.
—Es soberbio.
—¿Conoce Colorado?
—He estado allí, sí.
—Durante la estación de las lluvias los ríos del Pantanal se desbordan. Pues bien, la zona inundada tiene
una superficie equivalente a la de Colorado.
—¿Tú has estado en Colorado?
—Sí, tengo un primo que vive allí.
—¿Y en qué otros sitios has estado?
—Hace tres años mi primo y yo recorrimos todo el país en un gran autocar, un Greyhound. Estuvimos en
todos los estados menos en seis.
Jevy era un pobre muchacho brasileño de veinticuatro años. Nate le doblaba la edad y, a lo largo de
buena parte de su carrera profesional, había disfrutado de dinero en abundancia. Y, sin embargo, Jevy había
visto más lugares de Estados Unidos que él.
Cuando tenía dinero, Nate siempre viajaba a Europa. Sus restaurantes preferidos estaban en Roma y en
París.
—Cuando terminan las inundaciones —añadió Jevy—, viene la estación seca. Entonces se forman tantos
prados, marismas, lagunas y pantanos que nadie podría contarlos. El ciclo de las inundaciones y la estación seca
produce una fauna salvaje más abundante que en ningún otro lugar del mundo. Aquí tenemos seiscientas
cincuenta especies dé pájaros, más que en Canadá y Estados Unidos juntos, y por lo menos doscientas sesenta
especies de peces. En estas aguas viven serpientes, caimanes, cocodrilos e incluso nutrias gigantes.
—Como si obedeciese a una señal, señaló unos matorrales en el lindero de un bosquecillo—. Mire, es un
ciervo —dijo—. Tenemos muchos ciervos. Y muchos jaguares, osos hormigueros gigantes, capivaras, tapires y
guacamayos.
—¿Tú naciste aquí?
—Respiré mi primera bocanada de aire en el hospital de Corumbá, pero yo he crecido en estos ríos. Éste
es mi hogar. —Me dijiste que tu padre era piloto fluvial.
—Sí. Cuando yo era pequeño, iba con él. De buena mañana, cuando todo el mundo dormía, él me dejaba
tomar el timón. A los diez años me conocía todos los ríos principales.
—Y él murió en el río.
—No en éste sino en el Taquiri, hacia el este. Capitaneaba un barco de turistas alemanes cuando los
sorprendió una tormenta. El único superviviente fue un marinero.
—¿Y eso cuándo fue?
—Hace cinco años.
Nate, que no podía dejar de ser abogado por mucho que quisiera, tenía muchas más preguntas que hacer
acerca del accidente. Quería conocer los detalles, pues éstos siempre eran los que permitían ganar los pleitos;
pero lo dejó correr y se limitó a decir:
—Lo siento.
—Quieren destruir el Pantanal —dijo Jevy.
—¿Quiénes?
—Mucha gente. Las grandes empresas propietarias de las grandes fincas. Al norte y al este del Pantanal
están talando grandes extensiones de bosque para crear fincas agrícolas. La principal cosecha es la soja. Quieren
exportarla. Cuantos más bosques destruyen, más aguas de superficie se vierten en el Pantanal. Como el suelo es
muy pobre, las compañías utilizan fertilizantes químicos. Muchas de las grandes plantaciones están condenando
a nuestros ríos, alterando el ciclo de las inundaciones, y todo ello por no mencionar el mercurio, que está
matando a nuestros peces.
—¿Para qué emplean el mercurio aquí?
—En minería. En el norte hay minas de oro, y utilizan mercurio en ellas. El mercurio va a parar a los ríos,
y por éstos llega al Pantanal. Los peces lo absorben y mueren. El Pantanal se ha convertido en una especie de
vertedero. Cuiabá es una ciudad de un millón de habitantes que se alza hacia el este. En ella los desechos no
reciben tratamiento alguno. Adivine dónde se vierten las aguas residuales.
—Y el Gobierno, ¿no hace nada?
Jevy soltó una risita y con expresión de amargura, preguntó:
—¿Ha oído hablar de Hidrovía?
—No.
—Es una especie de canal gigantesco que debe cortar el Pantanal, uniendo Brasil, Bolivia, Paraguay,
Argentina y Uruguay. Se supone que será de gran beneficio para Suramérica, pero lo cierto es que acabará con el
Pantanal y nuestro Gobierno no ayuda.
Nate estuvo a punto de hacer un comentario acerca de la responsabilidad medioambiental, pero de
inmediato recordó que sus compatriotas eran los mayores despilfarradores de energía que el mundo hubiera visto
jamás.
—Pero, aun así, sigue siendo un lugar muy bonito —dijo.
—Lo es. Jevy apuró su taza de café—. A veces pienso que es un lugar demasiado grande como para que
ellos lo destruyan. Pasaron por delante de una pequeña ensenada, a través de la cual el agua seguía penetrando
en el Paraguay. Un pequeño rebaño de ciervos se adentró en la zona anegada para mordisquear la verde hierba,
sin prestar atención al ruido procedente del río. Eran siete ciervos, dos de ellos cervatos manchados.
—Hay un pequeño puesto de venta a pocas horas de aquí —señaló Jevy, levantándose—. Creo que
llegaremos antes de que anochezca.
—¿Qué vamos a comprar?
—Nada, supongo. El propietario se llama Fernando y se entera de todo lo que ocurre en el río. A lo
mejor, sabe algo de los misioneros.
—El joven vació los restos de la taza en el río y estiró los brazos—. A veces tiene alguna cerveza para
vender.
Nate no levantó los ojos del agua.
—Pero creo que no tendríamos que dijo alejándose.
«Me parece muy bien», pensó Nate. Apuró el contenido de la taza, succionando el poso y el azúcar no
disuelto.
Una botella fría de color marrón, quizás Antartica o Brahma, las dos marcas que él ya había probado en
Brasil. Una cerveza estupenda. En sus tiempos de estudiante, uno de sus lugares preferidos era un bar
universitario cerca de Georgetown que ofrecía ciento veinte marcas de cerveza extranjeras. Las había probado
todas. Servían toneladas de cacahuetes tostados y se daba por descontado que la gente echaría los hollejos al

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 1:10 am

suelo. Cuando sus compañeros de la Facultad de Derecho estaban en la ciudad, siempre se reunían en aquel bar
para recordar los viejos tiempos. La cerveza estaba muy fría y los cacahuetes muy calientes y salados y, cuando
caminabas, oías el crujido de los hollejos, y las chicas eran jóvenes y muy lanzadas. El local llevaba mucho
tiempo en aquel lugar y, durante cada uno de sus viajes al centro de desintoxicación y a través de éste a la
abstinencia, lo que Nate más echaba de menos era aquel bar.
Empezó a sudar a pesar de que las nubes ocultaban el sol y soplaba una brisa fresca. Se hundió en la
hamaca y rezó para que pudiera conciliar el sueño y sumirse en una especie de profundo coma que lo llevara
más allá de aquella pequeña parada hacia la oscuridad de la noche. El sudor se hizo más copioso, hasta dejarle la
camisa completamente empapada. Abrió un libro que trataba sobre la desaparición de los indios brasileños y
trató de volver a dormirse.
Estaba completamente despierto cuando se apagó el motor y el barco se acercó a la orilla. Oyó unas voces
y percibió una ligera sacudida cuando amarraron el barco en el puesto de venta. Nate se levantó muy despacio de
la hamaca, regresó al banco y se sentó.
Era una especie de tienda rural construida sobre unos pilotes, un pequeño edificio de tablas de madera sin
pintar, con un techo de hojalata y un estrecho porche, donde, como era de esperar, un par de lugareños estaban
sentados, fumando y tomando té. Un río más pequeño rodeaba el edificio por detrás y se perdía en el Pantanal.
Un gran barril de combustible estaba asegurado a la parte lateral del edificio.
Un endeble muelle se proyectaba sobre el río para amarrar las embarcaciones. Jevy y Welly avanzaron
con mucho cuidado por él pues las corrientes eran muy fuertes. Intercambiaron unas palabras con los
pantaneiros del porche y entraron en la tienda.
Nate había jurado que no bajaría a tierra. Se dirigió al otro lado de la cubierta, se sentó en el banco, pasó
los brazos y las piernas a través de los barrotes de la barandilla y contempló el paso de las aguas del crecido río.
Se quedaría en la cubierta con los brazos y las piernas cruzados alrededor de los barrotes de la barandilla. La
cerveza más fría del mundo no podría arrancarlo de allí.
Tal como ya había tenido ocasión de comprobar, en Brasil las visitas cortas no existían. Sobre todo en el
río, donde las visitas no eran muy frecuentes. Jevy compró ciento veinticinco litros de gasóleo para sustituir el
que se había perdido durante la tormenta. El motor se puso en marcha.
—Fernando dice que hay una misionera. Trabaja con los indios —dijo Jevy, ofreciéndole una botella de
agua fría. El barco ya estaba en movimiento.
—¿Dónde?
—No está muy seguro. Hay unos cuantos poblados hacia el norte, cerca de Bolivia, pero los indios no se
desplazan por el río, y él no sabe gran cosa sobre ellos.
—¿A qué distancia está el más próximo?
—Mañana por la mañana deberíamos estar muy cerca. Pero no podremos utilizar este barco. Tendremos
que usar la barca.
—Podría ser divertido.
—¿Recuerda a Marco, el dueño de la vaca que mató nuestro avión?
—Pues claro. Tenía tres hijos pequeños.
—Sí. Ayer estuvo allí —dijo Jevy, señalando la tienda que ya estaba desapareciendo detrás de un
meandro—. Viene una vez al mes.
—¿Vino con los niños?
—No. Es demasiado peligroso.
Qué pequeño era el mundo. Nate confiaba en que los chicos se hubieran gastado el dinero que él les había
regalado por Navidad. Siguió contemplando la tienda hasta que la perdió de vista.
Puede que a la vuelta ya estuviera lo bastante recuperado para tomarse una cerveza fría. Un par de
cervecitas para celebrar el éxito del viaje. Regresó a la seguridad de su hamaca y maldijo su debilidad. En la
soledad de un inmenso pantano había estado casi a punto de rozar el alcohol, y durante horas no había podido
concentrarse en ninguna otra cosa. La expectación, el temor, el sudor y la taimada búsqueda de medios para
conseguir tomarse un trago. Después, la tentación de la caída, la salvación sin esfuerzo por su parte y ahora la
secuela de una fantasía de renovación de su idilio con el alcohol. Unos cuantos tragos le irían bien, porque de
ese modo podría parar cuando quisiese. Aquélla era su mentira preferida.
No era más que un borracho. Tras haber pasado por una exclusiva clínica de desintoxicación a mil
dólares diarios, seguía siendo un adicto. Aun cuando pasara los martes por la noche por el local de Alcohólicos
Anónimos situado en el sótano de una iglesia, seguiría siendo un borracho.
Nate comprendió que sus adicciones lo tenían atrapado y la desesperación se apoderó de él. Él pagaba
aquel maldito barco; Jevy trabajaba para él. Si les ordenaba que diesen media vuelta y regresaran directamente a la tienda, ellos lo harían. Podía comprarle a Fernando toda la cerveza que tuviera, conservarla en hielo bajo la
cubierta y pasarse el rato tomando tragos de Brahma hasta llegar a Bolivia. Y nadie habría podido hacer
absolutamente nada por impedirlo.
Como si de un espejismo se tratara, Welly apareció con una taza de café recién hecho y una sonrisa en los
labios.
—bou cozinhar —dijo.
Nate pensó que la comida le vendría bien. Aunque fuera otro plato de alubias con arroz y pollo hervido.
La comida satisfaría sus gustos o, por lo menos, apartaría su atención de otros anhelos.
Comió muy despacio en la cubierta superior, solo en la oscuridad, ahuyentando a manotazos a los
grandes mosquitos que se acercaban a su rostro. Cuando hubo terminado, se roció con repelente desde el cuello
hasta los pies descalzos. El ataque había terminado y ahora sólo experimentaba unos ligeros efectos residuales.
Ya no notaba el sabor de la cerveza ni aspiraba el aroma de los cacahuetes de su bar preferido. Se retiró a su
refugio. Se había puesto otra vez a llover, sin viento ni truenos.
Josh había incluido en su equipaje cuatro libros para que pudiera cultivar el placer de la lectura. Ya había
leído y releído todos los informes y memorandos. Todavía le quedaban los libros. Ya iba por la mitad del más
delgado.
Se hundió en las profundidades de la hamaca y reanudó la lectura de la triste historia de las poblaciones
nativas de Brasil.
Cuando el explorador portugués Pedro Álvares Cabral pisó por primera vez suelo brasileño en la costa de
Bahía en abril del año 1500, había en el país cinco millones de indios, repartidos entre novecientas tribus.
Hablaban mil ciento setenta y cinco idiomas y, exceptuando las habituales escaramuzas tribales, eran gente
pacífica.
Cinco siglos después de haber sido «civilizada» por los europeos, la población indígena había sido
diezmada. Sólo quedaban doscientos setenta mil individuos repartidos en doscientas seis tribus que hablaban
ciento setenta idiomas. La guerra, los asesinatos, la esclavitud, las pérdidas territoriales, las enfermedades...,
aquellas culturas civilizadas no habían olvidado ningún método de exterminio de los indios.
Era una historia repugnante y violenta. Cuando los indios eran pacíficos y trataban de colaborar con los
colonizadores, contraían extrañas enfermedades —viruela, sarampión, fiebre amarilla, gripe, tuberculosis—,
contra las cuales carecían de defensas naturales. Si no colaboraban, eran asesinados por unos hombres que
utilizaban armas mucho más sofisticadas que las flechas y los dardos envenenados. Si oponían resistencia y
mataban a sus atacantes, se les calificaba de salvajes.
Los mineros, los agricultores y los magnates del caucho los esclavizaban. Cualquier grupo que dispusiera
de armas suficientes los arrancaba de sus hogares ancestrales. Eran quemados en la hoguera por los curas,
perseguidos por ejércitos y bandas de malhechores, violados a voluntad por cualquier hombre que así lo quisiera
y asesinados con total impunidad. En todos los momentos de la historia, tanto los más trascendentales como los
más insignificantes, en que los intereses de los nativos brasileños hubieron entrado en conflicto con los de los
blancos, los indios habían perdido.
Cuando uno lleva quinientos años perdiendo, apenas espera nada de la vida. El mayor problema con que
se enfrentaban las tribus de la actualidad era el suicidio de sus jóvenes.
Tras varios siglos de genocidio, el Gobierno brasileño había llegado finalmente a la conclusión de que ya
era hora de proteger a sus «nobles salvajes». Las matanzas habían sido condenadas por la comunidad
internacional, por cuyo motivo se creó una burocracia especial y se aprobó una serie de leyes. A bombo y
platillos, se devolvieron a los nativos algunas tierras tribales y en los mapas gubernamentales se trazaron unas
líneas que las declaraban zonas de seguridad.
Pero el Gobierno también formaba parte del enemigo. En 1967, una investigación acerca de las
actividades del organismo oficial encargado de los asuntos indios escandalizó a la mayoría de los brasileños. El
informe reveló que los representantes de la administración, los especuladores de tierras y los propietarios de
fincas agrarias unos malhechores que o bien trabajaban para el organismo o bien lo tenían a su servicio— habían
estado utilizando sistemáticamente armas químicas y bacteriológicas para eliminar a los indígenas. Entregaban a
éstos prendas de vestir infectadas con los bacilos de la viruela y la tuberculosis. Por medio de aviones y
helicópteros, bombardeaban sus poblados y tierras con bacterias letales.
En la cuenca del Amazonas y otras fronteras, los propietarios de las fincas agrícolas y de las minas se
pasaban literalmente por el forro las líneas de los mapas.
En 1986, un propietario agrícola de Rondóma utilizó pulverizadores de insecticidas destinados a fumigar
las cosechas para esparcer sustancias químicas letales en las cercanas tierras de los indios. Murieron treinta
indígenas, pero el agricultor jamás fue procesado. En 1989, el propietario de una finca del Mato Grosso ofreció
elevadas sumas a los cazadores de recompensas a cambio de las orejas de indios asesinados. En 1993, los representantes de unas minas de oro de Manaos atacaron a una pacífica tribu por el simple hecho de negarse a
abandonar sus tierras. Trece indios fueron asesinados y jamás se practicó una detención.
En la década de los noventa, el Gobierno había intentado con medios agresivos abrir la cuenca del
Amazonas, una zona de inmensos recursos naturales situada al norte del Pantanal. Pero los indios seguían
interponiéndose en su camino. Casi todos los supervivientes habitaban en la cuenca; de hecho, se calculaba que
nada menos que cincuenta tribus de la selva habían tenido la suerte de librarse del contacto con la civilización.
Ahora la civilización había vuelto al ataque. Los abusos contra los aborígenes eran cada vez más
numerosos, coincidiendo con la penetración en la cuenca del Amazonas de las explotaciones mineras y
madereras y de los propietarios de tierras, respaldados por el Gobierno.
La historia era fascinante, aunque deprimente. Nate se pasó varias horas leyendo, hasta que terminó el
libro.
Se dirigió a la timonera y se tomó un café con Jevy. Había dejado de llover.
—¿Estaremos allí mañana por la mañana? —preguntó.
—Creo que sí.
Las luces del barco ascendían y descendían suavemente, siguiendo el ritmo de una corriente tan mansa
que casi parecía que no se movieran.
—¿Tú tienes sangre india? —preguntó Nate, tras dudar un poco. Era una cuestión personal que en
Estados Unidos nadie se habría atrevido a preguntar.
Jevy sonrió sin apartar los ojos del río.
—Todos nosotros tenemos sangre india. ¿Por qué lo pregunta?
—He estado leyendo la historia de los indios de Brasil.
—¿Y qué le parece?
—Muy trágica.
—Lo es. ¿Cree que los indios han sido maltratados aquí?
—Por supuesto que lo han sido.
—¿Y en su país?
Por una extraña razón, lo primero que acudió a la mente de Nate fue el general Custer. Por lo menos, los
indios estadounidenses habían ganado algo. «Y nosotros no los quemábamos en la hoguera —pensó—, ni los
rociábamos con sustancias químicas o los vendíamos como esclavos. ¿Estás seguro? ¿Y qué dices de las
reservas?» En todas partes se cocían habas.
—Me temo que tampoco han sido muy bien tratados —reconoció en tono de derrota.
No le apetecía hablar de todo aquello.
Tras una prolongada pausa, Nate bajó al retrete. Cuando terminó su labor allí, tiró de la cadena y salió.
Un agua de color amarronado bajó a la taza del excusado y empujó la porquería a través de un tubo que la vertió
directamente al río.
Aún estaba oscuro cuando el motor se detuvo y Nate despertó. Se tocó la muñeca izquierda y recordó que
no llevaba reloj. Prestó atención y oyó a Jevy y Welly debajo de él. Se encontraban en la popa, hablando en voz
baja.
Se enorgulleció de sí mismo por aquella nueva mañana de abstinencia, por aquel nuevo día de limpieza
en el que podría dedicarse a los libros. Seis meses atrás, cada despertar había sido una borrosa visión de ojos
hinchados, pensamientos confusos, boca pastosa, lengua reseca, mal aliento y la gran pregunta cotidiana: «¿Por
qué lo hice?». A veces vomitaba en la ducha, y otras él mismo se provocaba el vómito para acelerar el proceso.
Después de la ducha, siempre se enfrentaba con el dilema del desayuno. ¿Qué le convenía tomar? ¿Algo caliente
y aceitoso para que se le aliviaran las molestias estomacales o quizás un bloody mary para que se le calmaran los
nervios? A continuación, se dirigía al trabajo y siempre estaba en su despacho a las ocho en punto para dar
comienzo a otra brutal jornada de abogado especialista en litigios.
Todos los días. Sin excepción. Hacia el final de su última caída se había pasado varias semanas seguidas
sin despertarse sobrio ni una sola mañana. Desesperado, había acudido a un psiquiatra, y al preguntarle éste si
recordaba qué día había estado sobrio por última vez, Nate tuvo que reconocer que no.
Echaba de menos la bebida, pero no las resacas.
Welly tiró del cabo para acercar la batea a la banda de babor del Santa Loura y la amarró muy cerca del
costado del barco. La estaban cargando cuando Nate bajó muy despacio por los peldaños. Una nueva fase de la
aventura estaba a punto de dar comienzo. Nate se disponía a enfrentarse a un cambio de decorado.
El cielo nublado amenazaba lluvia. Finalmente, hacia las seis, el sol se abrió paso. Nate lo supo porque
había vuelto a ponerse el reloj de pulsera.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 1:12 am

Se oyó el canto de un gallo. Se encontraban cerca de una pequeña granja, con la proa amarrada a un
madero que en otros tiempos había sostenido un embarcadero. A su izquierda, hacia el oeste, un río mucho más
pequeño se juntaba con el Paraguay.
El reto consistía en cargar la batea sin sobrecargarla. Los pequeños afluentes en los que pronto se
adentrarían estaban desbordados; las orillas no siempre serían visibles. En caso de que la embarcación quedara
demasiado sumergida en el agua, corrían peligro de embarrancar o, peor, dañar la hélice de la pequeña fuera de
borda. La batea sólo tenía un motor, carecía de otro de recambio y no disponía más que de un par de canaletes
que Nate estudió desde la cubierta mientras se tomaba su café. Llegó a la conclusión de que los canaletes serían
útiles, sobre todo en caso de que los persiguieran unos indios salvajes o unos animales hambrientos. En el
mismo centro de la embarcación se habían colocado tres bidones de combustible de veinticinco litros de
capacidad.
—Con eso tenemos para quince horas —le explicó Jevy.
—Es mucho tiempo.
—Prefiero asegurarme.
—¿A qué distancia se encuentra el poblado?
—No lo sé muy bien.
—El joven señaló la casa—. El granjero de allí ha dicho que a unas cuatro horas.
—¿Conoce a los indios?
—No. No le gustan los indios. Dice que jamás los ve en el río. Jevy cargó en la embarcación una pequeña
tienda de campaña, dos mantas, dos mosquiteras, un toldo contra la lluvia para la tienda de campaña, dos cubos
para recoger agua de lluvia y su poncho. Welly añadió una caja de comida y otra de agua embotellada.
Sentado en su litera del camarote, Nate sacó de su cartera la copia del testamento, el documento de acuse
de recibo y el de renuncia, los dobló juntos y los introdujo en un sobre tamaño oficial del bufete Stafford. Puesto
que a bordo no había bolsas de plástico ni de la basura, envolvió el sobre en un trozo de treinta centímetros
cuadrados que cortó del dobladillo de su poncho impermeable de plástico. Cerró los bordes con cinta adhesiva y,
tras examinar su obra, decidió que el paquete era impermeable. Se lo ajustó con cinta adhesiva a la camiseta a la
altura del pecho y lo cubrió con un ligero jersey de punto.
En la cartera de cuero que dejaría en el barco, había otras copias de los documentos, y puesto que el
Santa Loura le parecía mucho más seguro que la batea, decidió dejar también en él el teléfono satélite.
Comprobó por segunda vez que éste y los documentos estuvieran en la cartera, cerró esta última y la dejó
encima de la litera. Estaba ansioso por conocer finalmente a Rachel Lane.
Su desayuno consistió en un bollo con mantequilla tomado rápidamente en la cubierta mientras
contemplaba las nubes del cielo. Cuatro horas significaban de seis a ocho en Brasil, por lo que ya deseaba soltar
amarras cuanto antes. Lo último que Jevy cargó en la embarcación fue un limpio y reluciente machete con un
mango muy largo.
—Esto es para las anacondas dijo entre risas.
Nate procuró no hacer caso. Se despidió de Welly con la mano y apuró su última taza de café mientras el
barco se deslizaba hasta que Jevy puso en marcha la fuera de borda.
Una fría bruma se había posado sobre la superficie del agua. Desde que salieran de Corumbá, Nate había
contemplado el río desde la seguridad de la cubierta; ahora estaba prácticamente sentado en él. Miró alrededor y
no vio ningún chaleco salvavidas. El agua golpeaba el casco de la embarcación. Nate se mantenía ojo avizor,
buscando a través de la bruma la posible presencia de restos flotantes; bastaría un grueso tronco con un extremo
mellado para que la batea se fuera al infierno.
Navegaron contra la corriente hasta que entraron en el afluente que los conduciría al poblado indígena.
Allí el agua estaba mucho más tranquila. La fuera de borda chirriaba y dejaba detrás una estela burbujeante. El
Paraguay desapareció rápidamente.
En el mapa de Jevy el nombre oficial del afluente era Cabixa. Jevy jamás había navegado por él porque
no había tenido ningún motivo para hacerlo. El río abandonaba Brasil enroscado como una cuerda, penetraba en
Bolivia y, al parecer, no llegaba a ninguna parte. La anchura de su desembocadura era de veintidós metros como
máximo y se reducía a unos quince conforme se iban adentrando en él. Se había desbordado en algunos lugares
y, en otros, la maleza de la orilla era más tupida que en el Paraguay.
Cuando ya llevaban un cuarto de hora navegando por el afluente, Nate consultó su reloj. Tenía intención
de cronometrarlo todo. Jevy aminoró la velocidad de la embarcación cuando se acercaron al primero de un
sinnúmero de horcajos. Un río del mismo tamaño se ramificaba a la izquierda, lo cual obligó al capitán a
enfrentarse con el dilema de establecer cuál de los caminos los mantendría en el Cabixa. Siguieron navegando
pegados a la derecha, pero un poco más despacio, y no tardaron en entrar en un lago. Jevy apagó el motor. —Un momento —dijo, encaramándose a los bidones de combustible para examinar las aguas
desbordadas que los rodeaban.
La embarcación se mantenía perfectamente inmóvil. Una mellada hilera de achaparrados árboles le llamó
la atención. Los señaló con el dedo y dijo algo para sus adentros.
Nate no sabía hasta qué extremo su guía se basaba en las conjeturas. Jevy había estudiado los mapas y
había vivido en aquellos ríos. Todos ellos llevaban al Paraguay. En caso de que se equivocaran y se perdieran,
seguro que las corrientes acabarían conduciéndolos de nuevo hasta Welly.
Siguieron los achaparrados árboles y los inundados matorrales que, en la estación seca, formaban la orilla
del río, y muy pronto se encontraron en el centro de una somera corriente cubierta por un dosel de ramas. No
parecía el Cabixa, pero bastó una rápida mirada al rostro del capitán para que Nate se tranquilizara.
Cuando ya llevaban una hora de travesía, se acercaron a la primera casa, una pequeña choza manchada de
barro y con un techo de tejas rojas. Un metro de agua cubría su parte inferior y no se veía el menor rastro de
seres humanos o animales. Jevy aminoró la velocidad y dijo:
—Durante la estación de las crecidas, muchos habitantes del Pantanal se desplazan a terrenos más
elevados. Reúnen sus vacas y sus hijos y se van durante tres meses.
—Yo no he visto ningún terreno elevado.
—No hay muchos, pero todos los pantaneiros tienen un sitio al que ir en esta época del año.
—¿Y los indios?
—Los indios también se desplazan.
—Pues qué bien. No sabemos dónde desplazarse por ahí.
Jevy soltó una risita.
—Ya los encontraremos —lo tranquilizó.
Pasaron por delante de la choza. Nate se había olvidado por entero de comer cuando doblaron una curva
y se acercaron a un grupo de caimanes que dormían en un lugar donde el agua alcanzaba unos quince
centímetros de profundidad. El sonido de la embarcación los sobresaltó y turbó su siesta. Los animales movieron
la cola salpicando agua alrededor.
Nate echó un vistazo al machete por si acaso y se burló de su estupidez. Los caimanes no atacaron, sino
que se limitaron a contemplar el paso de la embarcación.
Durante los veinte minutos siguientes no hubo la menor señal de animales. El río volvió a estrecharse.
Las orillas estaban tan juntas que los árboles que en ellos crecían se tocaban por encima del agua. Todo se
oscureció de repente. Estaban navegando por un túnel. Nate consultó su reloj. El Santa Loura ya se encontraba a
dos horas de distancia.
Mientras zigzagueaban a través de los mariales, vislumbraron retazos de horizonte. Las montañas de
Bolivia se elevaban hacia el cielo y, al parecer, estaban cada vez más cerca. El río volvió a ensancharse, los
árboles se separaron y la embarcación se adentró en un gran lago en el que vertían sus aguas más de una docena
de tortuosos riachuelos. Lo rodearon una vez, muy despacio, y una segunda, todavía más despacio. Todos los
afluentes parecían iguales. El Cabixa era uno de los doce afluentes, pero el capitán no tenía ni idea de cuál.
Jevy volvió a encaramarse a los bidones y estudió el lago mientras Nate permanecía sentado sin moverse.
En el otro extremo del lago, entre las hierbas, había un pescador. Dar con él sería el único acontecimiento
afortunado del día.
Estaba sentado pacientemente en una pequeña canoa hecha a mano mucho tiempo atrás, vaciando el
tronco de un árbol. Llevaba un viejo sombrero de paja que le ocultaba casi todo el rostro. Cuando se
encontraban a escasa distancia, lo bastante cerca como para poder estudiarlo, Nate observó que el hombre
pescaba sin la ayuda de una caña o un palo. Llevaba el sedal enrollado en la mano.
Jevy le dijo las palabras apropiadas en portugués y le ofreció una botella de agua. Nate se limitó a
escuchar con una sonrisa en los labios los suaves murmullos de la desconocida lengua. Era más lenta que el
español y casi tan nasal como el francés.
En caso de que se alegrara de ver a otro ser humano en mitad de ninguna parte, el pescador no lo dejó
traslucir. ¿Dónde debía de vivir aquel pobre hombre?
De pronto, ambos empezaron a señalar aproximadamente hacia las montañas, si bien, para cuando
terminaron, el hombrecillo ya había abarcado todo el lago con sus indicaciones. Se pasaron un buen rato
charlando y Nate dedujo que Jevy estaba intentando sacarle al hombre toda la información posible. Quizá
pasaran muchas horas antes de que vieran otro rostro humano. Al estar los pantanos y los ríos tan crecidos, la
navegación resultaba muy difícil. A las dos horas y media, ya se habían perdido. Se despidieron del pescador y
se alejaron empujados por la suave brisa.
—Su madre era india —dijo Jevy. —Estupendo —repuso Nate, aplastando mosquitos.
—Hay un poblado a unas cuantas horas de aquí.
—¿Unas cuantas horas?
—Puede que tres.
Les quedaban quince horas de combustible y Nate tenía previsto contarlas todas. El Cabixa reaparecía en
las inmediaciones de una pequeña ensenada en la que otro río idéntico también abandonaba el lago. Cuando se
ensanchó, reanudaron la navegación a toda velocidad.
Moviéndose más despacio que la embarcación, Nate hizo lugar para acomodarse en el fondo entre la caja
de comida y los cubos, de espaldas al banco. Allí la bruma no le empaparía el pelo. Estaba sopesando la
posibilidad de echar una siesta cuando el motor empezó a fallar. La embarcación experimentó una sacudida y
aminoró la velocidad. Nate mantuvo la mirada fija en el río, temiendo volverse hacia Jevy.
Aún no había tenido tiempo de pensar en los problemas mecánicos. Su viaje ya había cosechado una
buena lista de pequeños peligros. Les llevaría muchos días de esfuerzo regresar junto a Welly utilizando los
canaletes. Se verían obligados a dormir en la embarcación, a comer lo que llevaban hasta que se les terminara y
a achicar el agua cuando lloviese, confiando en encontrar a su amigo el pequeño pescador para que éste les
indicara el camino de regreso a la seguridad.
De repente, Nate se sintió aterrorizado.
El motor, sin embargo, no tardó en volver a ponerse ruidosamente en marcha como si nada hubiera
ocurrido. La cosa acabó por convertirse en una costumbre; cada veinte minutos, justo cuando Nate estaba a
punto de quedarse dormido, se interrumpía el ritmo regular del motor. La proa se hundía. Nate miraba
rápidamente hacia las orillas para echar un vistazo a la fauna salvaje. Jevy soltaba maldiciones en portugués,
luchaba con el obturador y el estrangulador y todo volvía a funcionar durante otros veinte minutos.
Almorzaron queso, galletas saladas y bizcochos— bajo un árbol en un pequeño horcajo mientras la lluvia
caía en torno a ellos.
—Aquel pequeño pescador de allí —dijo Nate—, ¿conoce a los indios?
—Sí. Aproximadamente una vez al mes van al Paraguay con una barca para comerciar. Él los ve.
—¿Le preguntaste si había visto alguna vez a una misionera?
—Sí. No la ha visto. Usted es el primer norteamericano que ve en su vida.
—Pues qué suerte tiene.
La primera señal del poblado apareció cuando ya llevaban unas siete horas de travesía. Nate vio una fina
cinta de humo azulado elevarse por encima de las copas de los árboles, de las estribaciones de una colina. Jevy
tenía la certeza de que se encontraban en Bolivia. El terreno era más elevado y estaban cerca de las montañas.
Ya habían dejado a su espalda las zonas anegadas.
Llegaron a una abertura entre los árboles y vieron dos canoas en un claro. Nate saltó rápidamente a la
orilla, ansioso por estirar las piernas y sentir la tierra bajo sus pies.
—No se mueva —le advirtió Jevy mientras cerraba los bidones de combustible de la embarcación.
Nate lo miró y Jevy le señaló los árboles con un movimiento de la cabeza.
Un indio estaba observándolos. Se trataba de un varón moreno, con el torso desnudo y una especie de
falda de paja alrededor de la cintura y ningún arma a la vista. El que fuese desarmado supuso un gran alivio,
pues al principio Nate se había llevado un buen susto. El indio tenía el cabello negro largo y lucía unas franjas
rojas en la frente. Si hubiera llevado una lanza, Nate se habría rendido a él de inmediato.
—¿Tiene intenciones amistosas? —preguntó sin quitarle la vista de encima.
—Creo que sí.
—¿Habla portugués?
—No lo sé.
—¿Por qué no lo averiguas?
—Tranquilícese.
Jevy saltó a la orilla.
—Tiene pinta de caníbal —susurró.
Su jocoso comentario no surtió el efecto deseado.
Se acercaron un poco al indio, y éste se acercó a ellos. Los tres se detuvieron cuando todavía se
encontraban a una distancia considerable. Nate se sintió tentado de levantar la mano y decirle: «¿Cómo está
usted?».
—¿Fala portugués? —preguntó Jevy con una amable sonrisa en los labios.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 1:13 am

El indio se pasó un buen rato sopesando la pregunta hasta que, al final, resultó dolorosamente claro que
no hablaba portugués. Parecía joven, quizá no tuviese ni veinte años, y se encontraba casualmente en las
inmediaciones del río cuando oyó el ruido del motor de la fuera de borda.
Se estudiaron mutuamente desde unos seis metros de distancia mientras Jevy analizaba las alternativas
que se le ofrecían. De pronto, a la espalda del indio se produjo un movimiento entre los arbustos. A lo largo de
la hilera de árboles aparecieron tres miembros de su tribu, todos desarmados, por suerte. Los indios los
superaban en número y ellos habían invadido su territorio, pensó Nate, listo para dar rápidamente media vuelta.
No eran especialmente fornidos, pero tenían la ventaja de estar en su casa. Y no parecían muy amables, nada de
sonrisas ni de saludos. De pronto emergió una joven entre los árboles y se situó al lado del primer indio.
También era morena y llevaba los pechos descubiertos. Nate procuró no mirarla.
—Falo —dijo la india.
Hablando muy despacio, Jevy le explicó lo que se proponían y pidió ver al jefe de la tribu. Ella tradujo
sus palabras y se las comunicó a los hombres, que se juntaron y empezaron a hablar entre sí con expresión muy
seria.
—Algunos quieren comernos ahora mismo —dijo Jevy en voz baja—, y otros prefieren esperar hasta
mañana.
—Muy gracioso.
Cuando los hombres terminaron sus deliberaciones, se las transmitieron a la mujer. A continuación, ella
les dijo a los intrusos que tendrían que esperar en la orilla del río mientras ellos informaban a sus jefes de su
llegada. A Nate le pareció muy bien; en cambio, Jevy se mostró algo preocupado y preguntó si vivía con ellos
una misionera.
La respuesta de la india fue que tenían que esperar. Los indios se desvanecieron en la selva.
—¿Qué piensas? —preguntó Nate en cuanto se marcharon.
Ni él ni Jevy se habían movido de donde estaban. Permanecieron de pie con la hierba hasta los tobillos,
contemplando los árboles de aquella espesa selva desde la cual Nate tenía la certeza de que los observaban.
—Contraen enfermedades de los forasteros —explicó Jevy—, por eso toman tantas precauciones.
—Yo no tocaré a nadie.
Regresaron a la embarcación, donde Jevy se entretuvo limpiando las bujías de encendido. Nate se quitó
las dos camisas y examinó el contenido de su improvisada bolsa impermeable. Los papeles seguían secos.
—¿Esos documentos son para la mujer? —preguntó Jevy.
—Sí.
—¿Por qué? ¿Qué le ha ocurrido?
Las severas normas que protegían la intimidad de los clientes parecían menos estrictas en aquel momento.
En el ejercicio de su profesión, revestían una importancia trascendental, pero estando allí sentados en una
embarcación en pleno Pantanal sin que hubiera ningún otro norteamericano ni remotamente cerca, las normas
podían quebrantarse. ¿Por qué no? ¿A quién se lo hubiera podido decir Jevy? ¿Qué mal podía haber en un
pequeño chismorreo?
Cumpliendo las estrictas órdenes que Josh le había dado a Valdir, a Jevy sólo se le había dicho que se
trataba de una importante cuestión legal que exigía la localización de Rachel Lane.
—Su padre murió hace unas semanas. Y le ha dejado un montón de dinero.
—¿Cuánto?
—Varios miles de millones de dólares.
—¿Miles de millones?
—Exactamente.
—Era muy rico.
—Pues sí.
—¿Tenía otros hijos?
—Creo que seis.
—¿Y también les ha dejado varios miles
—No. Les ha dejado muy poco.
—¿Y por qué a ella le ha dejado tanto?
—Nadie lo sabe. Fue una sorpresa.
—¿Sabe ella que su padre ha muerto?
—No.
—¿Quería a su padre?
—Lo dudo. Era una hija ilegítima. Al parecer, trató de huir de él y de todo lo demás. ¿A ti no te lo
parece?
Nate señaló el Pantanal con un movimiento del brazo.
—Sí. Es un buen sitio para esconderse. ¿Conocía él el paradero de su hija cuando murió?
—No exactamente. Sabía que era misionera y que trabajaba con los indios en algún lugar de por aquí.
Jevy se olvidó de la bujía de encendido que sostenía en la mano mientras asimilaba la noticia. Tenía
muchas preguntas que hacer. El quebrantamiento de la confidencialidad por parte del abogado era cada vez más
amplio.
—¿Y por qué le dejó una fortuna tan inmensa a una hija que no lo quería?
—Quizás estuviese loco. Se arrojó por una ventana.
Aquello fue más de lo que Jevy podía digerir de una sola vez. El joven entornó los ojos y contempló el
agua, profundamente sumido en sus pensamientos.
Los indios eran guatós, vivían en aquellos parajes desde hacía mucho tiempo, mantenían las mismas
costumbres de sus antepasados y preferían no entrar en contacto con extraños. Cultivaban sus pequeños campos,
pescaban en el río y cazaban con arcos y flechas.
No cabía duda de que eran muy pausados. Al cabo de una hora, Jevy percibió olor a humo. Se encaramó
a un árbol situado cerca de la embarcación y, cuando ya estaba a una altura de unos doce metros, vio los tejados
de sus chozas y le dijo a Nate que se reuniera con él.
Nate llevaba cuarenta años sin trepar a un árbol, pero en aquel momento no tenía ninguna otra cosa que
hacer. Trepó con menos soltura que Jevy, pero, al final, se detuvo a descansar en una frágil rama, rodeando el
tronco con un brazo.
Podían ver los tejados de tres chozas de paja gruesa dispuesta en pulcras hileras. El humo azul se elevaba
desde un punto que ellos no podían ver, situado entre dos de las chozas.
¿Sería posible, se preguntó Nate, que se hallase tan cerca de Rachel Lane? ¿Estaría ella allí, escuchando a
su gente y decidiendo lo que iba a hacer? ¿Enviaría a un guerrero por ellos o se limitaría a salir de entre los
árboles y decirles hola?
—Es un poblado muy pequeño —señaló Nate.
—Podría haber más chozas.
—¿Qué crees que están haciendo?
—Hablando, sencillamente.
—Bueno, pues siento decirlo pero tendremos que tomar alguna iniciativa. Dejamos la embarcación hace
ocho horas y media. Me gustaría ver a Welly antes del anochecer.
—No se preocupe. Navegaremos empujados por la corriente. Además, conozco el camino. Será mucho
más rápido.
—¿Tú no estás preocupado?
Jevy sacudió la cabeza como si no hubiera pensado en la posibilidad de navegar por el Cabixa en medio
de la oscuridad. Pero Nate sí había pensado en ello. Estaba preocupado sobre todo por los dos grandes lagos que
habían encontrado a la ida, cada uno con sus afluentes, tan parecidos entre sí a la luz del día.
Su plan consistía en saludar a la señorita Lane, explicarle un poco de qué iba todo aquello, cumplir con
todas las exigencias legales, mostrarle los documentos, contestar a las preguntas esenciales, obtener su firma,
darle las gracias y terminar la visita cuanto antes. Estaba preocupado por la hora, por los fallos del motor y por
el viaje de regreso al Santa Loura. Era probable que ella desease hablar, o tal vez no. A lo mejor, apenas decía
nada y le pedía que se fueran y no volvieran jamás.
Tras regresar nuevamente al suelo, se había acomodado en la embarcación con el propósito de echar una
siesta cuando Jevy vio a los indios. Dijo algo, señaló con el dedo y Nate miró hacia los árboles.
Los indios estaban acercándose lentamente al río caminando en fila detrás de su jefe, el guató más viejo
que ellos habían visto hasta entonces. Era fornido, tenía un vientre prominente y llevaba una especie de palo
muy largo que no parecía afilado ni peligroso, adornado con unas preciosas plumas en uno de sus extremos.
Nate dedujo que debía de tratarse de una lanza ceremonial.
El jefe estudió a los dos intrusos y se dirigió a Jevy.
¿Por qué habían venido?, le preguntó en portugués. La expresión de su rostro no era de amabilidad,
precisamente, pero su aspecto no parecía agresivo. Nate estudió la lanza.
Jevy le explicó que estaban buscando a una misionera norteamericana.
¿De dónde eran?, quiso saber el jefe; hizo la pregunta mirando a Nate.
Corumbá.
¿Y él? Todos los ojos se concentraron en Nate.
Era norteamericano. Tenía que encontrar a la mujer.
¿Y por qué tenía que encontrar a la mujer?
Era el primer indicio de que quizá los indios supieran algo acerca de Rachel Lane. ¿Estaría ella escondida
en algún lugar cerca de allí, en la aldea o tal vez en la selva, escuchando todo lo que decían?
Jevy se lanzó a un relato pormenorizado, explicando que Nate había recorrido grandes distancias y había
estado a punto de perder la vida. Era un asunto importante para los norteamericanos, una cosa que ni él ni los
indios podían comprender.
—¿Corría ella algún peligro?
—No. Ninguno.
—No estaba allí.
—Dice que no está aquí —le informó Jevy a Nate.
—Dile que, a mi juicio, es un embustero y un hijo de puta —contestó Nate en voz baja.
—Será mejor que no. ¿Había visto alguna misionera? preguntó Jevy.
El jefe negó con la cabeza.
¿Había oído hablar de ella alguna vez?
Al principio, no hubo respuesta. El jefe entornó los ojos y miró a Jevy, estudiándolo como si se
preguntara si podía confiar en aquel hombre. Después, asintió ligeramente con la cabeza.
Jevy preguntó dónde estaba. En otra tribu.
¿De dónde?
El indio contestó que no lo sabía con certeza, pero aun así empezó a señalar con el dedo. En algún lugar
entre el norte y el oeste, dijo, indicando con la lanza hacia el otro lado del Pantanal.
—¿Guatós? —preguntó Jevy.
El jefe frunció el entrecejo y sacudió la cabeza, como si la mujer viviera entre indeseables.
—Ipicas —contestó con desprecio.
—¿Estaba muy lejos?
—Un día.
Jevy trató de que concretara un poco más, pero muy pronto averiguó que las horas no significaban nada
para los indios. Un día no eran ni veinticuatro horas ni doce. Era, sencillamente un día. Probó a utilizar la idea
de mediodía y consiguió progresar un poco.
—Entre doce y quince horas —le dijo a Nate.
—Pero eso será en una de esas canoas pequeñas, ¿no? —preguntó Nate en voz baja.
—Sí.
—¿Cuánto tardaríamos en llegar?
—Tres o cuatro horas. Si conseguimos localizar el poblado.
Jevy tomó dos mapas y los extendió sobre la hierba. Los indios los miraron con gran curiosidad y se
agacharon cerca de su jefe. Para averiguar hacia dónde iban, primero tenían que establecer dónde estaban. Pero
la situación adquirió mal cariz cuando el jefe le dijo a Jevy que el río que los había conducido hasta allí no era,
en realidad, el Cabixa. En determinado momento tras su encuentro con el pescador, habían seguido una curva
equivocada y habían tropezado con los guatós. Jevy recibió la noticia con consternación y se la comunicó en voz
baja a Nate.
Nate se mostró aún más contrariado, pues confiaba ciegamente en Jevy.
Los mapas de navegación, con todos sus colorines, significaban muy poco para los indios. Jevy
prescindió rápidamente de ellos y empezó a dibujar otros por su cuenta. Comenzó con el anónimo río que tenían
delante y, sin dejar de conversar con el jefe, fue subiendo muy despacio hacia el norte. Los dos jóvenes iban
dando información al jefe. Jevy le explicó a Nate que eran unos consumados pescadores y que en ocasiones se
desplazaban al Paraguay.
—Contrátalos —le dijo Nate.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 1:14 am

Jevy lo intentó, pero, en el transcurso de las negociaciones, averiguó que aquellos indios jamás habían
visto a los ípicas, no tenían demasiado interés en verlos, no sabían exactamente dónde estaban y no entendían el
concepto de cobrar por trabajar. Además, el jefe no quería que se fueran.
La ruta se desvió desde un río al siguiente, serpeando hacia el norte hasta que el jefe y los pescadores ya
no consiguieron ponerse de acuerdo acerca del camino a seguir. Jevy comparó su dibujo con los mapas.
—Ya la hemos encontrado —le dijo a Nate.
—¿Dónde?
—Aquí hay un poblado de ípicas.
—Señaló en el mapa—. Al sur de Porto Indio, al pie de las montañas. Las indicaciones que nos han dado
nos llevan muy cerca de él.
Nate se inclinó hacia delante y estudió el mapa.
—¿Cómo podemos llegar hasta allí?
—Creo que tendremos que regresar al barco y navegar medio día por el Paraguay rumbo al norte.
Después volveremos a utilizar la batea para llegar al poblado.
Los meandros del Paraguay recorrían una zona relativamente cercana a su objetivo y a Nate el hecho de
navegar en el Santa Loura le parecía una idea espléndida.
—¿Cuántas horas tardaremos con la barquita? —preguntó.
—Cuatro, más o menos.
En Brasil, «más o menos» podía significar cualquier cosa. Sin embargo, la distancia parecía mucho
menor que la que habían cubierto desde primera hora de la mañana.
—¿Pues a qué esperamos? —dijo Nate, levantándose y mirando con una sonrisa a los indios.
Jevy empezó a dar las gracias a sus anfitriones mientras plegaba los mapas. Ahora que ellos estaban a
punto de irse, los indios se mostraban menos hoscos y querían ser más hospitalarios. Les ofrecieron comida,
pero Jevy la rehuyó amablemente. Les explicó que tenían mucha prisa, pues tenían previsto regresar al gran río
antes de que anocheciera.
Nate los miró sonriendo mientras retrocedía de espaldas hacia el río. Los indios querían ver la
embarcación. Permanecieron de pie en la orilla mientras Jevy ajustaba el motor. Cuando lo puso en marcha, se
echaron hacia atrás.
El río, cualquiera que fuese su nombre, ofrecía un aspecto totalmente distinto cuando uno navegaba en la
otra dirección. En el momento en que ya estaban a punto de doblar el primer recodo, Nate volvió la cabeza y vio
que los guatós todavía permanecían en la orilla.
Eran casi las cuatro de la tarde. Con un poco de suerte, conseguirían atravesar los grandes lagos antes de
que anocheciera y penetrar en el Cabixa. Welly estaría esperándolos con las alubias y el arroz. Mientras hacía
esos rápidos cálculos, Nate sintió las primeras gotas de lluvia.
El fallo del motor no se debía a la suciedad de las bujías. Al cabo de cincuenta minutos, se paró del todo.
La embarcación quedó a la deriva mientras Jevy levantaba la tapadera del motor y atacaba el carburador con un
destornillador. Nate preguntó si podía ayudar y Jevy contestó que no. Por lo menos, no en lo que al motor se
refería; pero sí podía tomar un cubo y empezar a achicar, pues la lluvia estaba anegando la embarcación.
También podía tomar un canalete y procurar que ésta permaneciera situada en el centro del río, cualquiera que
fuera su nombre.
Nate hizo ambas cosas. La corriente los empujaba, pero a un ritmo mucho más lento de lo que Nate
habría deseado. La lluvia era intermitente. Cerca de una curva cerrada el río se hizo menos profundo, pero Jevy
estaba demasiado ocupado para reparar en ello. La embarcación adquirió velocidad y los rápidos la empujaron
hacia unos densos matorrales.
—Creo que necesito ayuda —dijo Nate.
Jevy tomó otro canalete y consiguió invertir la posición de la batea de forma tal que la proa chocara
contra la maleza y la embarcación no zozobrara.
—¡Agárrese! —exclamó mientras chocaban violentamente contra los arbustos.
Las ramas y enredaderas volaron alrededor de Nate, que se valió del canalete para apartarlas. Una
serpiente de pequeño tamaño saltó al interior de la batea justo por encima del hombro de Nate, pero éste no se
dio cuenta. Jevy la recogió con su canalete y la arrojó al agua. Sería mejor no decir nada.
Ambos se pasaron unos cuantos minutos luchando contra la corriente y también el uno contra el otro.
Nate tenía una habilidad especial para remar en todas las direcciones que no debía. Su entusiasmo por el remo
hacía que la embarcación estuviera peligrosamente a punto de zozobrar. Cuando consiguieron apartarse de la maleza, Jevy se hizo de los dos canaletes y le buscó a Nate una
nueva tarea. Le pidió que se situara encima del motor con el poncho extendido para evitar que la lluvia cayera en
el carburador. Muerto de miedo, Nate permaneció en suspenso como si fuera una especie de ángel con las alas
extendidas, con un pie sobre un bidón de combustible y el otro en el costado de la embarcación.
Navegaron sin rumbo por el estrecho río durante veinte largos minutos. Con la herencia de Phelan se
habrían podido adquirir todos los relucientes motores fuera de borda de Brasil y, sin embargo, allí estaba Nate,
contemplando cómo un aprendiz de mecánico intentaba reparar uno que tenía más años que él.
Jevy cerró la tapa y se pasó lo que pareció una eternidad trabajando con el estrangulador. Tiró de la
cuerda del estárter mientras Nate pronunciaba una oración. Al cuarto tirón, ocurrió el milagro. El motor soltó un
rugido, pero no tan suavemente como antes. Vaciló y renqueó; Jevy ajustó los cables del estrangulador sin
demasiada suerte.
—Tendremos que ir más despacio —dijo sin mirar a Nate.
—Muy bien. Siempre y cuando sepamos dónde estamos.
—No se preocupe por eso.
La tormenta se situó muy despacio sobre las montañas de Bolivia y desde allí se desplazó con fuerza
hacia el Pantanal. Era tan violenta como la que había estado a punto de matarlos en el avión. Nate se encontraba
sentado en la batea bajo la protección de su poncho, contemplando el río hacia el este en busca de algo que le
resultara familiar cuando fue azotado por la primera ráfaga de viento. De pronto, la lluvia se hizo más intensa.
Nate volvió lentamente la cabeza y miró hacia atrás. Jevy ya lo había visto, pero había preferido no decir nada.
El cielo era de un color gris oscuro, casi negro. Las nubes estaban tan bajas que resultaba imposible
divisar las montañas. La lluvia empezó a empaparlos. Nate se sentía totalmente vulnerable e impotente.
No podían esconderse en ningún sitio, no había ningún puerto seguro donde amarrar la embarcación y
capear el temporal. Alrededor de ellos y en varios kilómetros a la redonda todo era agua. Estaban justo en el
centro de una zona anegada en la que sólo la parte superior de la maleza y las copas de algunos árboles podían
servirles de guía a través de los ríos y pantanos. No tenían otra alternativa que quedarse en la batea.
Un viento muy fuerte se acercó por detrás, empujando la embarcación mientras la lluvia les golpeaba la
espalda. El cielo se oscureció aún más. Nate hubiera querido guarecerse debajo del banco de aluminio, tomar su
almohadón hinchable y acurrucarse cubierto con el poncho, pero el agua estaba acumulándose en torno a sus
pies. Las provisiones se estaban mojando. Tomó el cubo y empezó a achicar.
Llegaron a un horcajo, por el que Nate estaba seguro de que antes no habían pasado, y después a una
confluencia de ríos que apenas pudieron distinguir en medio de la lluvia. Jevy redujo la abertura del
estrangulador, para examinar las aguas, aceleró y giró bruscamente a la derecha como si supiera exactamente
adónde iba. Nate estaba convencido de que se habían perdido.
Al cabo de pocos minutos el río desapareció entre un amasijo de árboles podridos, un espectáculo
memorable que antes no habían visto. Jevy dio rápidamente media vuelta. Ahora navegaban de cara a la
tormenta y ante sus ojos se extendía un panorama aterrador. El cielo era negro y las aguas bajaban turbulentas y
cubiertas de cabrillas.
Al llegar de nuevo a la confluencia, ambos hablaron brevemente a gritos por encima del fragor del viento
y la lluvia, y optaron por adentrarse en otro río.
Poco antes del anochecer cruzaron una vasta zona anegada, un lago provisional vagamente parecido al
lugar donde habían visto al pescador entre la maleza. El hombre ya no estaba allí.
Jevy eligió un afluente de entre los varios que había y siguió adelante como si estuviera acostumbrado a
navegar a diario por aquel rincón del Pantanal. Estallaron unos relámpagos y por un rato casi pudieron ver por
dónde iban. La lluvia amainó. La tormenta estaba alejándose poco a poco.
Jevy apagó el motor y estudió las márgenes del río.
—¿En qué piensas? —le preguntó Nate.
Apenas habían hablado durante el temporal. Se habían extraviado, de eso no cabía duda, pero Nate no
quería obligar a Jevy a reconocerlo.
—Deberíamos buscar un lugar donde acampar —dijo Jevy. Más que un plan, era una sugerencia.
—¿Por qué?
—Porque en algún sitio tenemos que dormir.
—Podemos hacerlo por turnos en la embarcación —propuso Nate—. Aquí estamos más seguros.
Lo dijo con toda la confianza de un experto guía fluvial.
—Es posible, pero creo que tendríamos que detenernos aquí. Si seguimos navegando en la oscuridad,
podríamos extraviarnos. «Llevamos tres horas extraviados», estuvo a punto de decir Nate.
Jevy impulsó la embarcación hacia una orilla cubierta de vegetación. Se dejaron llevar río abajo por la
corriente sin apartarse de la ribera, iluminando las aguas someras con sus linternas. Dos puntitos rojos brillando
justo por encima de la superficie habrían significado que un caimán también estaba vigilando, pero, por suerte,
no vieron ninguno. Amarraron un cabo a una rama a dos metros y medio de la orilla.
La cena consistió en unas galletas saladas, un pescado en lata que Nate jamás había probado, bananas y
queso.
Cuando cesó el viento, aparecieron los mosquitos. Nate y Jevy se aplicaron repelente. Nate se frotó el
cuello y el rostro e incluso los párpados y el cabello. Los minúsculos insectos eran rápidos y persistentes y se
desplazaban formando unas pequeñas nubes negras de un extremo al otro de la embarcación. A pesar de que ya
no llovía, ninguno de los dos hombres se quitó el poncho. Los mosquitos lo intentaron por todos los medios,
pero no pudieron penetrar a través del plástico.
Hacia las once de la noche, el cielo se despejó un poco, pero no había luna. La corriente mecía
suavemente la batea. Jevy se ofreció a hacer la primera guardia y Nate procuró ponerse lo más cómodo posible
para dormir un rato. Apoyó la cabeza sobre la tienda y estiró las piernas. Se abrió un hueco en el poncho y, a
través de él, penetraron de inmediato docenas de mosquitos que empezaron a picarle la cintura. Se oyó un ligero
chapaleo, producido tal vez, por un reptil. La embarcación de aluminio no estaba hecha para que uno se reclinara
en ella.
Conciliar el sueño sería imposible.
Flowe, Zadel y Theishen, los tres psiquiatras que habían examinado a Troy Phelan hacía apenas unas
semanas y habían coincidido, tal como lo demostraba la cinta de video y habían reafirmado posteriormente en
unas largas declaraciones, que el millonario se encontraba en pleno uso de sus facultades mentales, fueron
despedidos. Y no sólo despedidos, sino también calificados de memos e incluso de chalados por parte de los
abogados de los Phelan.
Buscaron otros psiquiatras. Hark contrató al primero por una tarifa de trescientos dólares la hora. Lo
encontró en los anuncios clasificados de una revista jurídica que anunciaba de todo, desde cirujanos plásticos
especializados en reconstrucciones de partes corporales dañadas por accidentes hasta analistas de rayos X. El
doctor Sabo, retirado del ejercicio de su profesión, estaba dispuesto a vender su declaración. Tras un estudio
somero del comportamiento del señor Phelan, expresó su opinión provisional de que éste se hallaba claramente
incapacitado para testar. Nadie en su sano juicio se arrojaba por una ventana, y el que hubiese legado una
fortuna de once mil millones de dólares a una desconocida constituía una prueba evidente de grave trastorno
mental.
A Sabo le encantaba la idea de trabajar en el caso Phelan. Refutar las opiniones de los primeros tres
psiquiatras constituiría todo un reto. La publicidad lo seducía, pues jamás había tenido un caso famoso, y con el
dinero que consiguiese se pagaría un viaje a Oriente.
Todos los abogados de los Phelan estaban tratando de anular y desacreditar los testimonios de Flowe,
Zadel y Theishen, y sólo podrían hacerlo buscando otros expertos que tuvieran otras opiniones.
Las elevadas tarifas honorarias se prestaban a toda suerte de posibilidades. Como los herederos no
podrían pagar los elevados honorarios mensuales a que todo ello daría lugar, sus abogados accedieron
amablemente a cobrar un porcentaje de lo que obtuvieran, con lo cual todo se simplificaba mucho. La variedad
de ofertas era asombrosa, a pesar de que ningún bufete divulgaría jamás la cuantía de su porcentaje. Hark quería
el cuarenta por ciento, pero Rex le reprochó su codicia. Al final, ambos acordaron dejarlo en un veinticinco por
ciento. Grit también le sacó un veinticinco por ciento a Mary Ross Phelan Jackman.
El gran vencedor fue Wally Bright, quien, curtido en toda clase de pleitos, consiguió llegar a un justo
acuerdo con Libbigail y Spike. Se quedaría con la mitad de lo que éstos obtuvieran.
En medio de la loca carrera que se produjo antes de la presentación de las querellas, ni un solo heredero
Phelan se preguntó si estaba haciendo lo que más le convenía. Confiaban en sus abogados y, además, todo el
mundo iba a impugnar el testamento. Nadie podía permitirse el lujo de quedarse fuera. Era mucho lo que estaba
en juego.
El hecho de que Hark hubiera sido el más ruidoso de entre todos los abogados de los Phelan llamó la
atención de Snead, el criado de toda la vida de Troy. Después del suicidio se había armado tanto revuelo que
nadie había reparado en él. Todo el mundo se olvidó del bueno de Snead al producirse la estampida hacia el
palacio de justicia. Se había quedado sin trabajo. Cuando se leyó el testamento, Snead estaba sentado en la sala
con el rostro oculto bajo un sombrero y unas gafas de sol, y nadie lo reconoció. Se fue llorando.
Odiaba a los hermanos Phelan porque Troy los odiaba. A lo largo de los años Snead se había visto
obligado a hacer toda suerte de cosas desagradables para proteger a Troy de sus familias. Snead había preparado
abortos y había sobornado a los policías cada vez que los chicos habían sido sorprendidos en posesión de
drogas. Había mentido a las esposas para proteger a las amantes y, cuando las amantes se convertían en esposas,
el pobre Snead volvía a mentir para proteger a las amigas de su jefe.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 1:15 am

A cambio de sus buenos oficios, los hijos y las esposas lo habían llamado marica.
Y, a cambio de su fidelidad, el señor Phelan no le había dejado nada. Ni un centavo. Había cobrado un
buen sueldo en el transcurso de los años y tenía un poco de dinero en fondos de inversión, pero no el suficiente
para retirarse. Lo había sacrificado todo por su trabajo y por su amo. No había podido llevar una existencia
normal porque el señor Phelan le exigía permanecer de guardia las veinticuatro horas del día. No había podido
formar una familia, y prácticamente no tenía amigos.
El señor Phelan había sido su amigo, su confidente, la única persona en quien podía confiar.
A lo largo de los años el viejo le había prometido muchas veces que cuidaría de él. Sabía a ciencia cierta
que figuraba en un testamento. Lo había visto con sus propios ojos. A la muerte del señor Phelan heredaría un
millón de dólares. Por aquel entonces, Troy tenía una fortuna valorada en tres mil millones de dólares y Snead
recordaba haber pensado que comparado con eso un millón era una suma irrisoria. Cuando el viejo se hizo más
rico, Snead pensó que su legado aumentaría en cada nuevo testamento.
A veces indagaba acerca de la cuestión y hacía sutiles y discretas averiguaciones en los momentos que él
consideraba oportunos, pero el señor Phelan lo maldecía y amenazaba con excluirlo por completo del
testamento.
—Eres tan malo como mis hijos —decía Troy, lo que sumía en la angustia al pobre criado.
Por algún motivo, Snead había pasado de heredar un millón a no heredar nada, y estaba dolido. No le
quedaba otra alternativa que unirse a los enemigos.
Localizó el nuevo bufete de Hark Gettys y Asociados cerca de Dupont Circle. La recepcionista le dijo
que el señor Gettys estaba muy ocupado.
—Yo también lo estoy —replicó Snead con aspereza. Por vivir en tan estrecho contacto con Troy, Snead
se había pasado casi toda la vida rodeado de abogados. Siempre estaban ocupados—. Entréguele esto —añadió,
tendiendo un sobre hacia la recepcionista—. Es muy urgente. Esperaré fuera unos diez minutos; después bajaré
por la calle y entraré en el bufete de abogados más próximo.
Snead se sentó y bajó la vista al suelo. La alfombra era barata. La recepcionista dudó un instante y
después desapareció por una puerta. El sobre contenía una breve nota manuscrita que rezaba: «He trabajado
treinta años al servicio de Troy Phelan. Lo sé todo. Malcolm Snead».
Hark salió al cabo de un instante con la nota en la mano y una estúpida sonrisa en los labios, como si el
hecho de mantener una actitud amistosa pudiera impresionar a Snead. Ambos se dirigieron casi corriendo por un
pasillo hasta llegar a un espacioso despacho, seguidos por la recepcionista. No, Snead no quería café, té, agua ni
Coca-Cola. Hark cerró ruidosamente la puerta y echó la llave.
El despacho olía a recién pintado. El escritorio y las estanterías eran nuevos, pero las maderas no hacían
juego. Junto a las paredes se amontonaban varios archivadores y cosas por el estilo. Snead se pasó un buen rato
examinando la estancia.
—Acaba de mudarse, ¿verdad?
—Hace un par de semanas.
A Snead no le gustaba aquel lugar y no estaba muy seguro dé que le gustara el abogado, que vestía un
traje de lana barato, mucho más sencillo que el suyo.
—¿Dice que trabajó durante treinta años para él? —preguntó Hark, todavía con la nota en la mano.
—Así es.
—¿Estaba usted con él cuando se arrojó al vacío?
—No. Se arrojó solo.
Una falsa carcajada y otra vez la sonrisa.
—Quiero decir si se encontraba en la habitación.
—Sí. Estuve a punto de sujetarlo.
—Debió de ser terrible.
—Lo fue. Y sigue siéndolo.
—¿Le vio firmar el testamento, el último?
—Sí.
—¿Le vio escribir el maldito documento?
Snead estaba perfectamente preparado para mentir. La verdad ya no significaba nada para él, porque el
viejo lo había engañado. ¿Qué tenía que perder?
—Vi muchas cosas —contestó—, y sé muchas más. Esta visita gira exclusivamente en torno al dinero. El
señor Phelan me prometió que no me olvidaría en su testamento. Hubo muchas promesas y ninguna se cumplió.
—0 sea, que está usted en el mismo barco que mi cliente —dijo Hark.
—Confío en que no. Desprecio a su cliente y a todos sus miserables hermanos, y esto debe quedar claro
desde el principio.
—Me parece muy bien.
—Nadie estaba más cerca de Troy Phelan que yo. He visto y oído cosas sobre las cuales ninguna otra
persona puede hablar.
—¿Significa eso que quiere usted ser testigo?
—Soy un testigo y un experto. Y soy muy caro.
Ambos se miraron a los ojos por un instante. El mensaje había sido transmitido y recibido.
—La ley establece que los profanos no pueden emitir juicios acerca del estado mental de una persona que
otorga testamento, pero es evidente que usted puede confirmar comportamientos y acciones que sean
demostrativos de la existencia de una alteración mental.
—Todo eso ya lo sé —repuso bruscamente Snead.
—¿Estaba loco?
—Me da igual que lo estuviese o no. Puedo seguir cualquiera de los dos caminos.
Hark tuvo que hacer una pausa para reflexionar acerca de la cuestión. Se rascó la mejilla y estudió la
pared.
Snead decidió echarle una mano.
—Así es como lo veo. Su cliente se jodió junto con sus hermanos y hermanas. Cada uno de ellos recibió
cinco millones de dólares al cumplir los veintiún años y ya sabemos lo que hicieron con el dinero. Puesto que
todos están endeudados hasta las cejas, no tienen más remedio que impugnar el testamento. Sin embargo, ningún
jurado se compadecerá de ellos. Se trata de una cuadrilla de codiciosos perdedores, y por ello será un juicio muy
difícil de ganar. Sin embargo, usted y otros genios de la jurisprudencia impugnarán el testamento y sentarán las
bases de un juicio escandaloso y enrevesado que no tardará en llegar a la prensa sensacionalista porque hay once
mil millones de dólares en juego. Puesto que no tienen muchas cosas a las que agarrarse, ustedes esperan llegar a
un acto de conciliación antes de que se celebre el juicio.
—Lo ha comprendido usted muy rápido.
—No. Lo que ocurre es que me he pasado treinta años observando al señor Phelan. En cualquier caso, el
volumen de la conciliación depende de mí. Si mis recuerdos son claros y detallados, puede que mi antiguo jefe
estuviera incapacitado para testar en el momento en que firmó ese documento.
—0 sea, que su memoria va y viene.
—Mi memoria es lo que yo quiero que sea y nadie puede discutirlo.
—¿Qué quiere?
—Dinero.
—¿Cuánto?
—Cinco millones.
—Es mucho.
—No es nada. Lo cobraré de una parte o de la otra. Da igual.
—¿Y cómo voy a conseguir yo los cinco millones de dólares para usted?
—Lo ignoro. Yo no soy abogado. Supongo que usted y sus compinches podrán sacarse de la manga
algún sucio plan.
Se produjo una prolongada pausa en cuyo transcurso Hark empezó, en efecto, a sacarse un plan de la
manga. Tenía muchas preguntas, pero sospechaba que no obtendría demasiadas respuestas. Al menos por el
momento.
—¿Algún otro testigo? —preguntó.
—Sólo uno. Se llama Nicolette. Fue la última secretaria del señor Phelan.
—¿Cuánto sabe?
—Depende. Se la puede comprar.
—Por lo que veo, ya ha hablado usted con ella.
—Hablo todos los días. Digamos que formamos un solo paquete.
—¿Cuánto por ella?
—Estará incluida en los cinco millones.
—Una auténtica ganga. ¿Alguien más?
—Nadie importante.
Hark cerró los ojos y se frotó las sienes.
—No me opongo a los cinco millones que usted pide —dijo, pellizcándose el puente de la nariz—, lo que
ocurre es que no sé cómo haremos para canalizarlo hacia usted.
—Estoy seguro de que ya se le ocurrirá algo.
—Déme un poco de tiempo si es usted tan amable. He de pensarlo.
—No tengo prisa. Le doy una semana. Si dice que no, me iré a otra parte.
—No hay ninguna otra parte.
—No esté tan seguro.
—¿Sabe usted algo acerca de Rachel Lane?
—Lo sé todo —contestó Snead, abandonando el despacho.
Los primeros rayos de la aurora no aportaron ninguna sorpresa. Estaban amarrados a un árbol junto a la
orilla de un pequeño río que era exactamente igual que todos los demás que habían visto. Unas densas nubes
cubrían nuevamente el cielo; la luz del día tardó mucho en aparecer.
El desayuno consistió en una cajita de galletas, la última ración que Welly había incluido en su equipaje.
Nate comió muy despacio, preguntándose cuándo volvería a probar bocado.
La corriente era muy fuerte y, en cuanto amaneció, se dejaron llevar por ella. Estaban ahorrando
combustible y retrasando el momento en que Jevy se vería obligado a intentar poner nuevamente en marcha el
motor.
Fueron arrastrados hasta una zona anegada en la que confluían tres ríos y, por un instante, la embarcación
quedó inmóvil.
—Creo que nos hemos perdido, ¿verdad? —dijo Nate.
—Sé exactamente dónde estamos —repuso Jevy.
—¿Dónde?
—Aquí, en el Pantanal, y todos los ríos desembocan en el Paraguay.
—Al final.
—Sí, al final.
Jevy retiró la tapa del motor y secó el carburador. Ajustó la abertura del estrangulador, examinó el nivel
del aceite y después probó a poner en marcha el motor. Al quinto tirón, se puso en marcha, se caló y se paró del
todo.
«Esto es el fin —pensó Nate—. Me ahogaré, me moriré de hambre o me devorarán, pero aquí, en este
inmenso pantano, exhalaré mi último aliento.»
De pronto, para su gran sorpresa, oyeron un grito. Parecía la voz de una muchacha. Los gruñidos del
motor habían atraído la atención de otro ser humano. La voz procedía de un marjal cubierto de maleza que había
junto a la orilla de uno de los ríos. Jevy gritó y, segundos después, la voz le contestó.
Un muchacho de no más de quince años emergió de la maleza a bordo de una pequeña canoa labrada a
mano a partir del tronco de un árbol. Utilizando un remo de fabricación casera, el muchacho cortaba el agua con
asombrosa soltura y velocidad.
—Bom dia —dijo con una ancha sonrisa en los labios.
El rostro era moreno y cuadrado, probablemente el más bello que Nate hubiera visto en muchos años.
Arrojó un cabo y ambas embarcaciones quedaron unidas.
Jevy y el chico se enzarzaron en una larga y pausada conversación. Al cabo de un rato, Nate empezó a
ponerse nervioso.
—¿Qué dice? —le preguntó a Jevy.
El chico miró a Nate, y Jevy le dijo:
—Norteamericano. —Luego se volvió hacia éste él, nos encontramos muy lejos del río Cabixa.
—Vaya noticia; eso ya lo sabíamos.
—Dice que el Paraguay está hacia el este, a medio día de distancia desde aquí.
—En canoa, ¿verdad?
—No, en avión.
—Muy gracioso. ¿Cuánto tardaremos?
—Cuatro horas más o menos.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 1:17 am

Cinco o quizá seis horas. Siempre y cuando el motor funcionara debidamente. Les llevaría una semana si
tuvieran que remar valiéndose de los canaletes.
Se reanudó la pausada conversación en portugués. En la canoa no había más que un rollo de sedal en
torno de una lata y un tarro lleno de una sustancia fangosa que Nate supuso que contenía gusanos o alguna
especie de cebo. ¿Qué conocimientos tenía él del arte de la pesca? Se rascó las picaduras de mosquito.
El año anterior había ido a esquiar a Utah con los chicos. El trago del día había sido una especie de
brebaje a base de tequila que, como era de esperar, él bebió con deleite hasta perder el conocimiento. La resaca
le duró dos días.
La conversación se animó y, de pronto, los jóvenes señalaron algo con el dedo.
Jevy miró a Nate mientras hablaba.
—¿Qué ocurre? —preguntó Nate.
—Los indios no están muy lejos.
—¿A qué distancia?
—A una hora, o quizá dos.
—¿Él puede acompañarnos?
—Yo conozco el camino.
—No me cabe la menor duda, pero me sentiría más tranquilo si él viniera con nosotros.
Aquello constituía una leve ofensa al orgullo de Jevy; sin embargo dadas las circunstancias, éste no podía
protestar.
—Es posible que pida un poco de dinero.
—Lo que sea.
Si el chico supiera. La fortuna Phelan a un lado de la mesa y aquel flacucho pantaneiro al otro. Nate
sonrió al imaginarse la escena. ¿Qué tal una flota de canoas, con cañas de pescar, carretes y sondas? «Pide lo
que quieras, hijo, y lo tendrás», pensó Nate.
—Diez reais dijo Jevy tras una breve negociación.
—Muy bien.
Por unos diez dólares los conducirían hasta Rachel Lane. Elaboraron un plan. Jevy inclinó el motor hacia
un lado para que la hélice asomara por encima de la superficie y empezaron a remar. Siguieron al muchacho de
la canoa durante unos veinte minutos hasta penetrar en un pequeño y somero río con corrientes muy rápidas.
Nate sacó el canalete del agua, recuperó el resuello y se enjugó el sudor del rostro. El corazón le latía
apresuradamente y se sentía agotado. Las nubes se habían abierto y el sol brillaba con fuerza.
Jevy empezó a trabajar con el motor. Afortunadamente, consiguió ponerlo en marcha y no se caló.
Siguieron al chico, cuya canoa iba por delante, sin dificultad, de la averiada fuera de borda.
Ya era casi la una cuando encontraron la elevación de terreno. La crecida fue remitiendo poco a poco, los
ríos volvieron a estar bordeados de densa vegetación y había árboles por todas partes. El chico estaba muy serio
y extrañamente preocupado por la posición del sol.
Justo allí arriba —le indicó a Jevy—. A la vuelta de la curva. —Tenía miedo de seguir adelante—. Yo me
quedo aquí —añadió—. Debo volver a casa.
Nate le entregó el dinero y ambos le dieron las gracias. El muchacho se alejó llevado por la corriente y
pronto se perdió de vista. Ellos siguieron adelante con una embarcación que, aun cuando se detenía y navegaba a
la mitad de la velocidad, los conducía poco a poco a su destino.
El río se adentró en la selva, las ramas de los árboles colgaban muy bajo por encima del agua, formando
una especie de túnel que impedía el paso de la luz. Todo estaba oscuro y el irregular zumbido del motor de la
batea resonaba en las orillas. Nate tuvo la inquietante sensación de que los observaban. Casi le parecía sentir la
presencia de las flechas con que estaban apuntándoles. Se preparó para un ataque con letales flechas
envenenadas por parte de unos salvajes adornados con pinturas de guerra y adiestrados para matar a cualquiera
que tuviera el rostro blanco.
Pero entonces vieron a unos niños morenos que chapoteaban alegremente en el agua. El túnel terminaba
en las inmediaciones de un poblado.
Las madres también se estaban bañando, tan desnudas como sus hijos y con la mayor naturalidad del
mundo. Al ver la embarcación, retrocedieron hacia la orilla. Jevy apagó el motor y, al advertir que se acercaban,
empezó a hablar con una sonrisa en los labios. Una chica más crecida huyó en dirección al poblado.
—¿Fala portugués? —les preguntó Jevy a las cuatro mujeres y los siete niños.
Ellos lo miraron en silencio. Los más pequeños se escondieron detrás de sus madres. Las mujeres eran de
baja estatura, cuerpo achaparrado y pechos menudos.
—¿Son pacíficos? —preguntó Nate.
—Los hombres nos lo dirán.
Los hombres aparecieron a los pocos minutos. Eran tres, también de baja estatura, rechonchos y
musculosos. Llevaban las partes pudendas cubiertas con unas bolsitas de cuero.
El mayor dijo hablar la lengua de Jevy, pero su portugués era muy rudimentario. Nate se quedó en la
barca, donde la situación parecía más segura, mientras Jevy se apoyaba en el tronco de un árbol de la orilla e
intentaba hacerse comprender. Los indios rodearon a Jevy, que era por lo menos treinta centímetros más alto que
ellos.
Tras varios minutos Nate dijo:
—Traduce, por favor. Los indios lo miraron.
—Norteamericano —explicó Jevy, y de inmediato se inició otra conversación de repeticiones y gestos
con las manos.
—¿Qué dicen de la mujer? —preguntó Nate.
—Aún no hemos llegado a eso. Todavía estoy intentando convencerlos de que no le quemen vivo.
—Inténtalo un poco más.
Aparecieron otros indios. Las chozas se encontraban a unos cien metros de distancia, cerca de la linde del
bosque. Río arriba, media docena de canoas estaban amarradas a la orilla. Los niños empezaron a aburrirse y
poco a poco se apartaron de sus madres y se acercaron a la embarcación para inspeccionarla. También les
llamaba mucho la atención el hombre del rostro blanco. Nate sonrió, les guiñó un ojo y no tardó en arrancarles
una sonrisa. Si Welly no hubiera sido tan condenadamente tacaño con las galletas, Nate habría podido compartir
algo con ellos.
La conversación siguió adelante. El indio que hablaba con Jevy se volvía de vez en cuando hacia sus
compañeros para facilitarles un informe y sus palabras provocaban, de forma inevitable, una gran consternación.
Su lenguaje consistía en una serie de gruñidos y sonidos emitidos sin apenas mover los labios.
—¿Qué dice? —preguntó Nate en tono quejumbroso.
—No lo sé —contestó Jevy.
Un chiquillo apoyó la mano en el borde de la embarcación y estudió a Nate con unas negras pupilas tan
grandes como monedas de un cuarto de dólar. Después, dijo en inglés:
—Hola.
Nate comprendió entonces que estaban en el lugar adecuado. Sólo él lo había oído. Inclinándose hacia
delante, le susurró al niño:
—Hola.
—Adiós —repuso el niño en inglés, sin moverse de donde estaba. De modo que Rachel le había enseñado
por lo menos dos palabras inglesas.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Nate, bajando la voz.
—Hola —repitió el niño.
Bajo el árbol, la traducción seguía el mismo ritmo de antes. Mientras los hombres conversaban
animadamente, las mujeres permanecían en silencio.
—¿Qué dicen de la mujer? —insistió Nate.
—Se lo he preguntado. No tienen respuesta.
—¿Y eso qué significa?
—No lo sé muy bien. Creo que está aquí, pero por algún motivo se muestran reticentes.
—Pero ¿por qué se muestran reticentes?
Jevy frunció el ceño y desvió la mirada. ¿Cómo podía él saberlo?
Hablaron un poco más y, de pronto, los indios se retiraron, primero los hombres, después las mujeres y,
finalmente, los niños, alejándose en fila hacia el poblado; y desaparecieron.
—¿Los has hecho enfadar?
—No. Quieren celebrar una especie de reunión.
—¿Crees que ella está aquí?
—Sí.
Jevy se sentó en la embarcación y se dispuso a echar una siesta. Ya era casi la una, cualquiera que fuera
el huso horario en el que se encontraran. Pasó la hora del almuerzo sin que hubieran comido siquiera una
reblandecida galletita salada.
La caminata empezó hacia las tres. Un reducido grupo de jóvenes los acompañó desde la orilla del río por
un sendero de tierra que conducía al poblado. Pasaron entre las chozas, donde todo el mundo los contempló en
silencio, y enfilaron otro camino que se adentraba en el bosque.
«Es una marcha hacia la muerte —pensó Nate—. Nos llevan a la selva para cumplir un sangriento ritual
de la Edad de Piedra.» Jevy caminaba por delante de él con paso rápido y seguro.
—¿Adónde demonios vamos? —preguntó en un sibilante susurro, cual si fuera un prisionero de guerra
temeroso de ofender a quienes lo habían apresado.
—Tranquilícese.
Llegaron a un claro. Volvían a estar muy cerca de la orilla del río. El que encabezaba la marcha se detuvo
y señaló algo con el dedo. En la ribera, una anaconda estaba tomando el sol. Era negra y tenía unas marcas
amarillas en la parte inferior. Debía de medir unos treinta centímetros de diámetro por lo menos.
—¿Qué longitud tiene? —preguntó Nate.
—Seis o siete metros. Al final, ha visto usted una anaconda —dijo Jevy.
Nate sintió que le temblaban las rodillas y se le secaba la boca. Había estado bromeando acerca de las
serpientes, y ahora que contemplaba una de verdad el espectáculo resultaba verdaderamente asombroso.
—Algunos indios adoran a las serpientes —le informó Jevy.
«Entonces, ¿qué están haciendo nuestros misioneros?», pensó Nate. Le preguntaría a Rachel sobre
aquella práctica.
Al parecer, los mosquitos sólo lo molestaban a él. Los indios eran inmunes a sus picaduras, y Jevy jamás
tenía que ahuyentarlos de un manotazo. En cambio, él no paraba de rascarse hasta hacerse sangre. Se había
olvidado el repelente en la embarcación, junto con la tienda, el machete y todas sus posesiones, que sin duda los
niños estarían examinando con curiosidad.
La caminata tuvo un carácter de aventura durante media hora, pero después el calor y los insectos
hicieron que la situación resultara más bien aburrida.
—¿Vamos muy lejos? —preguntó Nate sin demasiada esperanza de obtener una respuesta exacta.
Jevy le dijo algo al hombre que encabezaba la marcha y éste contestó.
—No mucho —fue la respuesta que transmitió Jevy.
Cruzaron otro sendero y se adentraron en otro más ancho. La zona estaba más concurrida. No tardaron en
ver la primera choza y percibir olor a humo.
Cuando ya llevaban recorridos doscientos metros, el hombre que encabezaba la marcha señaló un
umbroso paraje muy cerca de la orilla del río. Nate y Jevy fueron acompañados a un banco hecho con unas cañas
huecas atadas con una cuerda. Allí se quedaron, escoltados por dos hombres, mientras los demás se
encaminaban hacia la aldea.
Pasó el tiempo, los dos guardias se cansaron y decidieron echar una siesta. Se apoyaron contra el tronco
de un árbol y enseguida se quedaron dormidos.
—Creo que podríamos escapar —dijo Nate.
—¿Adónde?
—¿Tienes hambre?
—Un poco. ¿Y usted?
—No, me he atiborrado —contestó Nate—. Hace nueve horas me comí siete galletitas. Recuérdame que
le dé un cachete a Welly cuando lo vea.
—Confío en que esté bien.
—¿Y por qué no iba a estarlo? Se está meciendo en mi hamaca, bebiendo café recién hecho, a salvo, seco
y bien alimentado.
Los indios no los habrían conducido hasta allí si Rachel no hubiese estado en las inmediaciones. Mientras
descansaba en el banco contemplando a lo lejos los tejados de las chozas, Nate se hizo muchas preguntas acerca
de ella.
Sentía curiosidad por su aspecto, pues su madre había sido, al parecer, muy hermosa. Troy Phelan tenía
buen ojo para las mujeres. ¿Cómo iría vestida? Los ipicas con los que vivía iban desnudos. ¿Cuánto tiempo
llevaría sin ver la civilización? ¿Sería él el primer norteamericano que visitaba el poblado?
¿Cómo reaccionaría ante su presencia? ¿Y ante el anuncio de la herencia que acababa de recibir?
A medida que transcurría el tiempo, la perspectiva de conocerla hacía que Nate se sintiera cada vez más
nervioso.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 1:18 am

Ambos guardias estaban dormidos cuando se oyeron los primeros movimientos procedentes del poblado.
Jevy les arrojó una piedrecita y soltó un silbido por lo bajo. Ellos se levantaron de un salto y ocuparon de nuevo
sus posiciones.
Las malas hierbas que bordeaban el sendero por el que vieron acercarse una patrulla llegaban a la altura
de la rodilla. Rachel acompañaba a los hombres. Divisaron una blusa de color amarillo pálido entre los morenos
pechos desnudos y un rostro más claro bajo un sombrero de paja. Se hallaban a cien metros de distancia, pero
Nate la distinguió perfectamente.
—Hemos encontrado a nuestra chica —anunció.
—Sí, creo que sí.
Los indios se lo tomaban con calma. Tres jóvenes caminaban delante y otros tres detrás. Ella era un poco
más alta que los aborígenes y tenía un porte muy elegante. Podría haber estado dando un paseo entre las flores.
Caminaba deprisa.
Nate la observó con detenimiento. Era muy esbelta, tenía la espalda ancha y los hombros huesudos.
Cuando estuvo más cerca, empezó a mirar en la dirección en que ellos se encontraban. Nate y Jevy se levantaron
para saludarla.
Los indios se detuvieron al llegar al borde de la sombra, pero Rachel siguió caminando. Se quitó el
sombrero. Su corto cabello castaño estaba entremezclado con algunas hebras grises. Se detuvo a escasa distancia
de Jevy y Nate.
—Boa tarde, senhor —le dijo a Jevy, mirando posteriormente a Nate.
Tenía los ojos de color azul oscuro, casi añil, y su rostro no mostraba arrugas ni rastros de maquillaje. A
los cuarenta y dos años estaba madurando muy bien, con el suave resplandor propio de quienes apenas conocen
las tensiones.
—Boa tarde.
No les tendió la mano ni se presentó. Ellos debían dar el siguiente paso.
—Me llamo Nate O'Riley. Soy abogado y vengo de Washington.
—¿Y usted? —preguntó ella, dirigiéndose a Jevy.
—Mi nombre es Jevy Cardozo, de Corumbá. Soy su guía.
Rachel los miró a los dos de arriba abajo con una ligera sonrisa en los labios. La situación no le resultaba
desagradable en absoluto. Le encantaba aquel encuentro.
—¿Qué los trae por aquí? —quiso saber.
Hablaba con un inglés norteamericano sin ningún acento especial, ni de Luisiana ni de Montana,
sencillamente el llano y preciso inglés sin ninguna inflexión que se hablaba en Sacramento o San Luis.
—Hemos sabido que la pesca es muy buena por aquí —dijo Nate. Ella permaneció en silencio.
—Gasta bromas muy tontas —explicó Jevy a modo de disculpa.
—Perdón —añadió Nate—. Busco a Rachel Lane. Tengo razones para creer que usted y ella son la
misma persona.
—¿Y por qué quiere encontrar a Rachel Lane? —preguntó ella sin cambiar de expresión.
—Porque soy abogado y mi bufete se encarga de una importante cuestión legal relacionada con la
señorita Lane.
—¿Qué clase de cuestión legal?
—Sólo puedo decírselo a ella.
—Yo no soy Rachel Lane. Disculpe.
Jevy soltó un suspiro y Nate hundió los hombros. Ella estudió cada movimiento, cada reacción, cada
crispación muscular.
—¿Les apetece comer algo? —preguntó.
Ambos asintieron con la cabeza. Ella llamó a los indios y les dio instrucciones.
—Jevy —dijo—, acompañe a estos hombres al poblado. Le darán de comer y le ofrecerán comida
suficiente para el señor O'Riley. Ambos se sentaron en el banco, a la sombra de los arbustos, contemplando en
silencio cómo los indios se llevaban a Jevy al poblado. Jevy se volvió sólo una vez para asegurarse de que Nate
estaba bien.
Ahora que los indios no estaban junto a ella no parecía tan alta. Sin duda había evitado aquellos
alimentos que hacían engordar a las mujeres. Tenía las piernas largas y bien torneadas. Calzaba unas sandalias
de cuero que resultaban un tanto extrañas en un lugar en el que todo el mundo iba descalzo. ¿De dónde las habría sacado? Y ¿de dónde habría sacado la blusa amarilla sin mangas y los pantalones cortos color caqui? ¡Oh,
cuántas preguntas hubiera deseado hacer!
Su atuendo era sencillo y muy gastado por el uso. En caso de que aquella mujer no fuera Rachel Lane, sin
duda conocería su paradero.
Las rodillas de ambos estaban casi en contacto.
—Rachel Lane dejó de existir hace muchos años —dijo ella, contemplando el lejano poblado—.
Conservé el nombre de Rachel, pero me deshice del Lane. Debe de ser algo muy serio, de lo contrario no estaría
usted aquí.
Hablaba despacio y muy suavemente, sin comerse ninguna sílaba, sopesando cada palabra con sumo
cuidado.
—Troy ha muerto. Se suicidó hace tres semanas.
Ella inclinó levemente la cabeza, cerró los ojos y pareció rezar. Fue una oración muy breve, seguida de
una prolongada pausa. El silencio no le resultaba molesto.
—¿Lo conocía usted? —preguntó finalmente.
—Nos vimos una vez, hace años. Nuestro bufete tiene muchos abogados y yo jamás me había encargado
personalmente de los asuntos de Troy. No, no lo conocía.
—Yo tampoco. Era mi padre terrenal y yo me he pasado muchos años rezando por él, pero siempre fue
un extraño para mí. —¿Cuándo lo vio por última vez? —Nate también hablaba de forma más lenta y suave que
de costumbre. Aquella mujer ejercía un efecto sedante.
—Hace muchos años, antes de ir a la universidad.
—¿Cuántas cosas sabe usted de mí?
—Pocas. No deja usted muchas pistas.
—En ese caso, ¿cómo me ha localizado?
—Digamos que Troy me echó una mano. Trató de localizarla antes de morir, pero no pudo. Sabía que era
usted misionera de Tribus del Mundo y que debía de encontrarse en esta zona de Brasil. Lo demás he tenido que
hacerlo yo.
—¿Y cómo es posible que él lo supiera?
—Tenía muchísimo dinero.
—Y por eso está usted aquí.
—Sí, por eso estoy aquí. Tenemos que hablar de negocios.
—Troy me habrá dejado algo en el testamento.
—Le aseguro que sí.
—No quiero hablar de negocios. Quiero conversar. ¿Sabe usted con cuánta frecuencia oigo hablar en
inglés?
—Imagino que muy pocas veces.
—Una vez al año voy a Corumbá para comprar provisiones. Llamo a nuestra sede central y durante unos
diez minutos hablo en inglés. Siempre me resulta aterrador.
—¿Por qué?
—Me pongo nerviosa. Me tiemblan las manos mientras sujeto el auricular. Conozco a las personas con
quienes hablo, pero siempre temo no utilizar las palabras apropiadas. A veces incluso tartamudeo. Diez minutos
al año.
—Pues ahora lo está haciendo muy bien.
—Estoy muy nerviosa.
—Tranquilícese. Soy un buen chico.
—Pero me ha localizado. Estaba atendiendo a un paciente hace apenas una hora cuando los chicos fueron
a decirme que había un norteamericano. Corrí a la choza y me puse a rezar. Dios me dio fuerzas.
—Vengo en son de paz.
—Parece una buena persona.
«Si tú supieras», pensó Nate.
—Gracias. Usted... mmm... ha comentado algo acerca de un paciente.
—Sí.
—Yo creía que era misionera.
—Y lo soy. Pero también soy médico.
La especialidad de Nate consistía en llevar a juicio a los médicos. No era el lugar ni el momento para
mantener una conversación acerca de las negligencias propias de la profesión.
—Eso no figuraba en mi dossier.
—Cambié de apellido al terminar los estudios superiores, antes de que estudiase Medicina e ingresara en
el centro de actividades misioneras. Supongo que ahí es donde terminan las pistas.
—Exactamente. ¿Por qué cambió de apellido?
—Es muy complicado, o, por lo menos, lo era entonces. Ahora ya no me parece importante.
Una ligera brisa soplaba desde el río. Ya eran casi las cinco. Unas nubes negras y bajas cubrían el
bosque. Rachel advirtió que Nate consultaba el reloj.
—Los chicos le levantarán una tienda aquí. Éste es un buen lugar para dormir esta noche.
—Se lo agradezco. Estaremos a salvo, ¿verdad?
—Sí. Dios los protegerá. Rece sus oraciones.
En aquellos momentos, Nate tenía previsto rezar como un cura. La cercanía del río le preocupaba
sobremanera. Cerró los ojos y se imaginó a la anaconda que había visto antes reptando hacia su tienda.
—Porque usted reza, ¿no es cierto, señor O'Riley? —añadió Rachel.
—Por favor, llámeme Nate. Sí, rezo.
—¿Es usted irlandés?
—Soy de raza indefinida. Más alemán que otra cosa. Los antepasados de mi padre eran irlandeses. La
historia de mi familia jamás me ha interesado.
—¿A qué Iglesia pertenece?
—A la episcopalista.
Católica, luterana, episcopalista, daba igual. Nate llevaba sin ver el interior de un templo desde su
segunda boda.
Su vida espiritual era un tema que prefería evitar. La teología no iba con él y no le apetecía comentar la
cuestión con una misionera. Ella hizo una pausa, como de costumbre, y Nate la aprovechó para cambiar de tema.
—¿Son pacíficos estos indios?
—En general, sí. Los ípicas no son guerreros, pero no se fían de los blancos.
—¿Y de usted?
—Llevo once años entre ellos. Me han aceptado.
—¿Cuánto tiempo tardaron en hacerlo?
—Tuve suerte, porque antes que yo había vivido aquí un matrimonio de misioneros. Habían aprendido el
idioma de los indios y les habían traducido el Nuevo Testamento. Además, no olvide que soy médico. Me gané
rápidamente su amistad cuando empecé a asistir a las parturientas.
—Su portugués me ha parecido muy bueno.
—Lo hablo con fluidez. También hablo el español, el ípica y el machiguenga.
—¿Y eso qué es?
—Los machiguengas son unos indígenas de las montañas del Perú. Estuve seis años allí. Cuando ya me
había familiarizado con el idioma, me evacuaron.
—¿Por qué?
—Por las guerrillas —respondió. Como si las serpientes, los caimanes, las enfermedades y las
inundaciones no fueran suficiente—. Secuestraron a dos misioneros en una aldea muy próxima al lugar donde
me encontraba —añadió—, pero Dios los protegió. Los dejaron en libertad cuatro años más tarde.
—¿Hay guerrillas por aquí?
—No. Estamos en Brasil. Aquí la gente es muy pacífica. Hay algunos traficantes de droga, pero nadie se
adentra en el Pantanal.
—Eso me recuerda una cuestión interesante. ¿Queda muy lejos el río Paraguay?
—En esta época del año, a unas ocho horas.
—¿Horas brasileñas?
Rachel sonrió.
—Veo que ya ha descubierto que aquí el tiempo es más lento. De ocho a diez horas norteamericanas.
—¿En canoa?

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 1:19 am

—Así nos desplazamos nosotros. Yo antes tenía una embarcación de motor, pero era muy vieja, y al final
se estropeó.
—¿Cuánto se tarda con una embarcación de motor?
—Cinco horas, más o menos. Es la estación de las crecidas y resulta muy fácil perderse.
—Ya me he dado cuenta.
—Los ríos bajan juntos. Cuando se vaya, tendrá que llevar consigo a uno de los pescadores. No podría
encontrar el Paraguay sin un guía.
—¿Y dice que va usted una vez al año?
—Sí, pero en la estación seca, en agosto. Entonces no hace tanto calor y hay menos mosquitos.
—¿Hace el viaje sola?
—No. Cuando voy al Paraguay me acompaña Lako, mi amigo indio. Se tarda seis horas en canoa cuando
el nivel de los ríos es más bajo. Espero a que pase un barco y voy a Corumbá. Me quedo allí unos días, hago mis
recados y tomo un barco de regreso.
Nate recordó haber visto muy pocos barcos navegar por el Paraguay.
—¿Cualquier barco?
—Por regla general, uno de transporte de ganado. Los capitanes aceptan pasajeros de buen grado.
«Viaja en canoa porque se le estropeó su vieja embarcación de motor. Pide que la lleven de balde los
barcos de transporte de ganado cuando se desplaza a Corumbá, que es su único contacto con la civilización. ¿De
qué forma la cambiará el dinero?», se preguntó Nate. No atinaba a imaginar siquiera una respuesta.
Se lo diría al día siguiente, una vez que hubiera descansado y comido y ambos tuviesen varias horas por
delante para hablar largo y tendido. Unas figuras aparecieron cerca del poblado; se trataba de unos hombres, que
se acercaban a ellos.
—Aquí están —dijo Rachel—. Comemos antes de que anochezca y nos vamos a dormir.
—Supongo que después ya no se hace nada más.
—Nada de lo que podamos hablar —repuso ella. Nate encontró gracioso el comentario.
Jevy apareció con un grupo de aborígenes, uno de los cuales le entregó a Rachel un pequeño cesto de
forma cuadrada. Ella se lo tendió a Nate y éste sacó de su interior una pequeña hogaza de pan duro.
—Es mandioca —le explicó Rachel—. Nuestro principal alimento. Evidentemente, también era el único,
por lo menos en aquella comida. Nate iba por la segunda hogaza cuando llegaron unos indios del primer
poblado, acarreando la tienda, la mosquitera, las mantas y el agua embotellada de la embarcación.
—Esta noche nos quedaremos aquí —le anunció Nate a Jevy.
—¿Y eso quién lo dice?
—Es el mejor sitio —intervino Rachel—. Les ofrecería un lugar en el poblado, pero primero el jefe
tendría que aprobar la visita de los blancos.
—Ése soy yo —dijo Nate.
—Sí.
—¿Y él no? —preguntó Nate, señalando a Jevy.
—Él no fue a dormir sino a buscar comida. Las normas son muy complicadas.
De modo, pensó Nate, que aquellos indígenas primitivos que aún no habían aprendido a vestirse se
regían, sin embargo, por un complejo sistema de normas.
—Quisiera marcharme mañana al mediodía —le dijo a Rachel.
—Eso también dependerá del jefe.
—¿Significa que no podemos irnos cuando queramos?
—Ustedes se irán cuando él diga que pueden hacerlo. No se preocupe.
—¿Son buenos amigos usted y el jefe?
—Nos llevamos bien.
Rachel indicó a los indios que regresaran al poblado. El sol se había ocultado por detrás de las montañas.
Las sombras del bosque se cernían sobre ellos.
Rachel se pasó unos minutos contemplando cómo Jevy y Nate trataban de montar la tienda. Enrollada en
su funda parecía muy pequeña y no se estiró demasiado cuando ambos acoplaron los postes. Nate no estaba
seguro de que pudiera albergar a Jevy, y mucho menos a los dos. Una vez montada, la tienda llegaba hasta la
cintura, se inclinaba mucho por los lados y resultaba sumamente pequeña para dos hombres adultos.
—Me voy —anunció Rachel—. Aquí estarán ustedes muy bien. —¿Me lo promete? —le preguntó Nate, y hablaba en serio.
—Puedo enviarles a un par de chicos para que monten guardia, si quiere.
—Estaremos bien —dijo Jevy.
—¿A qué hora suele despertarse Nate.
—Una hora antes del amanecer.
—Estoy seguro de que podré hacerlo —dijo Nate, mirando hacia la tienda—. ¿Podríamos reunirnos
temprano? Tenemos muchas cosas de que hablar.
—Sí. Les enviaré un poco de comida al romper el alba. Después charlaremos un rato.
—Se lo agradecería mucho.
—Rece sus oraciones, señor O'Riley.
—Así lo haré.
Rachel se adentró en la oscuridad. Por un instante, Nate vio su figura seguir el tortuoso sendero; después,
desapareció. El poblado se había desvanecido en las penumbras de la noche.
Nate y Jevy pasaron varias horas sentados en el banco, esperando a que la temperatura bajase y temiendo
el momento en el que, inevitablemente, tendrían que apretujarse en el interior de la tienda y dormir espalda
contra espalda, malolientes y sudorosos. No tendrían más remedio que hacerlo. La tienda, a pesar de su
fragilidad, los protegería de los mosquitos y otros insectos. Y también mantendría a raya a los bichos que
reptaban.
Ambos hablaron del poblado. Jevy contó varias historias acerca de los indios que siempre terminaban
bien. Al final, preguntó:
—¿Le ha hablado usted de la herencia?
—No. Lo haré mañana.
—Ahora que ya la ha visto, ¿qué cree que hará?
—No tengo la menor idea. Aquí es feliz, y esto puede trastornar su vida.
—Pues entonces démelo a mí. Le aseguro que no transtornará mi vida en absoluto.
Se condujeron de acuerdo con la jerarquía social. Arrastrándose por el suelo, Nate entró el primero en la
tienda. Se había pasado la noche anterior contemplando el cielo desde el fondo de la embarcación y el cansancio
lo venció enseguida.
En cuanto lo oyó roncar, Jevy bajó muy despacio la cremallera de la entrada de la tienda y dio un suave
codazo por aquí y otro por allá hasta que encontró su sitio. Su compañero estaba profundamente dormido.
Tras haber disfrutado de nueve horas de sueño, los ipicas se levantaron antes del amanecer para iniciar su
jornada. Las mujeres encendieron unas pequeñas fogatas en el exterior de las tiendas y se fueron con sus hijos al
río para recoger agua y bañarse. Por regla general, esperaban a que se hiciera de día para recorrer los senderos.
Era prudente ver lo que había delante.
En portugués, el nombre de aquella serpiente era urutu. Los indios la llamaban bima. Abundaba en las
aguas del sur de Brasil y su mordedura solía ser mortal. La niña se llamaba Ayesh, tenía siete años y la
misionera blanca la había ayudado a venir al mundo. La niña caminaba delante de su madre en lugar de hacerlo
detrás, según la costumbre, y sintió a la bima retorcerse bajo su pie descalzo.
Soltó un grito cuando la serpiente la mordió por debajo del tobillo. Su padre no tardó en llegar, pero ella
ya se encontraba en estado de shock y el pie derecho se le había hinchado hasta el doble de su tamaño. Un niño
de quince años, el corredor más rápido de la tribu, fue enviado en busca de Rachel. Había cuatro pequeños
poblados ípicas a lo largo de dos ríos que confluían en el horcajo, muy cerca del lugar donde Jevy y Nate se
habían detenido. La distancia desde el horcajo hasta la última choza ípica no superaba los ocho kilómetros. Los
poblados eran unas pequeñas tribus separadas e independientes, pero todas eran ípicas y tenían el mismo idioma,
la misma tradición y las mismas costumbres. Sus miembros se relacionaban y contraían matrimonio entre sí.
Ayesh vivía en el tercer poblado contando desde el horcajo. Rachel estaba en el segundo, el más grande
de los cuatro. El corredor la encontró leyendo las Sagradas Escrituras en la pequeña choza que era su hogar
desde hacía once años. Ella llenó rápidamente su botiquín. En aquella zona del Pantanal había cuatro especies de
serpientes venenosas y muchas veces Rachel había tenído un antídoto para cada una de ellas. Esta vez, sin
embargo, no era así. El corredor le explicó que la serpiente era una tima. El antídoto contra el veneno de ésta lo
fabricaba un laboratorio brasileño, pero Rachel no había conseguido encontrarlo durante su último viaje a
Corumbá, cuyas farmacias sólo tenían la mitad de las medicinas que ella necesitaba. Se anudó los cordones de
las botas de cuero y salió con el botiquín. Lako y otros dos chicos del poblado se unieron a Rachel y al corredor
en su travesía por la alta hierba hasta llegar al bosque.
Según las estadísticas de Rachel, había en los cuatro poblados ochenta y seis mujeres adultas, ochenta y
un varones adultos y setenta y dos niños, es decir, doscientos treinta y nueve ipicas en total. Cuando había
iniciado su labor allí, once años atrás, sumaban doscientos ochenta. Periódicamente la malaria se llevaba a los
más débiles. En iggi, un brote de cólera había provocado la muerte de veinte personas en un poblado. Si Rachel
no hubiera insistido en que se respetara la cuarentena, casi todos los ípicas habrían perecido.
Con la diligencia de un antropólogo, llevaba un registro de todos los nacimientos, las defunciones, las
bodas, las relaciones de parentesco, las enfermedades y los tratamientos. Si alguien mantenía una relación
adúltera, ella casi siempre se enteraba con quién. Conocía a todos los habitantes de todos los poblados. Había
bautizado a los padres de Ayesh en el mismo río donde éstos se bañaban.
Ayesh era menuda y delgada y probablemente se moriría por falta del antídoto adecuado. Éste podía
comprarse sin dificultad en Estados Unidos y en las ciudades más grandes de Brasil, y no era muy caro. Su
pequeño presupuesto de Tribus del Mundo lo cubriría. Con tres inyecciones administradas a lo largo de seis
horas se podía evitar la muerte. Sin ellas, la niña sufriría unos violentos accesos de náuseas, a continuación de
los cuales sobrevendría la fiebre, seguida del coma y la muerte.
Hacía tres años que los ipicas no veían una muerte por mordedura de serpiente, y, por primera vez en dos
años, Rachel no disponía del antídoto necesario.
Los padres de Ayesh eran cristianos, unos nuevos creyentes que trataban de adaptarse a la nueva religión.
Aproximadamente un tercio de los ipicas se había convertido y, gracias a la paciente labor de Rachel y de sus
predecesores, la mitad de ellos sabía leer y escribir.
Rachel rezó mientras trotaba detrás de los muchachos. Era fuerte y delgada. Caminaba varios kilómetros
al día y comía muy poco. Los indios admiraban su energía.
Jevy se estaba lavando en el río cuando Nate bajó la cremallera de la mosquitera y salió como pudo de la
tienda. Aún conservaba las magulladuras del accidente aéreo, y dormir en la embarcación y en el suelo no había
contribuido precisamente a aliviar sus molestias. Estiró la espalda y las piernas, notó el cuerpo dolorido y sintió
todo el peso de sus cuarenta y ocho años. Vio a Jevy sumergido hasta la cintura en unas aguas que parecían
mucho más claras que las del resto del Pantanal.
«Estoy perdido —pensó Nate—. Tengo hambre. No hay papel higiénico.» Contó mentalmente con los
dedos mientras resumía su triste inventario. ¡Pero aquello era una aventura, maldita sea! Era el momento en que
todos los abogados entraban a saco en el nuevo año con el firme propósito de facturar más horas, obtener más
veredictos favorables, reducir un poco más su aportación a los gastos generales del bufete y llevarse a casa más
dinero. Durante muchos años él se había hecho ese propósito, y ahora le parecía una tontería.
Con un poco de suerte, aquella noche dormiría en su hamaca, meciéndose en medio de la brisa y
disfrutando de una taza de café. Que él recordara, jamás había ansiado tomarse un plato de alubias negras con
arroz. Jevy regresó justo en el momento en que llegaba un grupo de indios procedente del poblado. El jefe
deseaba verlos.
—Quiere comer pan con nosotros —explicó Jevy mientras ambos seguían a los indios.
—El pan me parece muy bien. Pregúntales si tienen huevos con jamón.
—Aquí suelen comer carne de mono.
No parecía que Jevy lo hubiera dicho en broma. Cuando llegaron a las inmediaciones del poblado, vieron
a unos niños que esperaban para echar un vistazo a los forasteros. Nate les dedicó una cohibida sonrisa. Jamás se
había sentido tan blanco, y quería que lo apreciaran. Unas madres desnudas se asomaron a la puerta de la
primera choza para observarlos. Las fogatas ya estaban apagándose; el desayuno había terminado. El humo se
cernía cual niebla sobre los tejados y hacía que el húmedo aire resultara todavía más pegajoso. Faltaban pocos
minutos para las siete, pero ya hacía mucho calor.
El arquitecto del poblado había llevado a cabo una espléndida labor. Cada vivienda era perfectamente
cuadrada y tenía un tejado de paja tan inclinado que casi llegaba hasta el suelo. Algunas eran más grandes que
otras, pero el diseño jamás variaba. Rodeaban el poblado en forma de semicírculo, todas de cara a una zona
espaciosa y despejada: la plaza del pueblo. En el centro de la misma se levantaban cuatro estructuras de gran
tamaño dos circulares y otras tantas rectangulares— y todas con las mismas gruesas techumbres de paja.
El jefe estaba aguardándolos. Lógicamente, su vivienda era la más grande del poblado y él, el indio más
corpulento de todos. Era joven y no presentaba la frente surcada de profundas arrugas ni el vientre prominente
que con tanto orgullo ostentaban los más viejos. Se levantó y le dirigió a Nate una mirada que hubiese
aterrorizado al mismísimo John Wayne. Un guerrero de más edad actuó de intérprete y, a los pocos minutos,
Jevy y Nate fueron invitados a sentarse cerca de la fogata, donde la desnuda esposa del jefe estaba preparando el
desayuno.
Cuando la mujer se inclinó hacia delante, Nate no pudo evitar mirar sus pechos, aunque sólo por un
instante. Ni su busto ni su figura resultaban especialmente provocativos. Lo que llamaba la atención era el hecho
de que pudiera ir desnuda como si tal cosa.
¿Dónde había dejado la cámara? Sin una prueba fehaciente, los chicos del despacho no se lo podrían
creer.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:07 am

La mujer le ofreció a Nate un plato de madera que contenía algo muy parecido a patatas hervidas. Nate
miró a Jevy, que asintió rápidamente con la cabeza como si fuera un experto en cocina india. La mujer sirvió al
jefe en último lugar y, cuando éste empezó a comer con los dedos, Nate también lo hizo. El vegetal resultó ser
un cruce bastante insípido entre un nabo y una patata de piel roja. Jevy hablaba mientras comía y el jefe
disfrutaba con la conversación. Cada pocas frases, Jevy traducía las palabras al inglés y seguía adelante.
El poblado jamás se inundaba. Los indios llevaban más de veinte años allí. La tierra era buena. Preferían
no moverse, pero a veces la tierra los obligaba a irse. El padre del jefe también había sido jefe. Y el jefe, según
él mismo, era el más sabio, el más listo y el más guapo de todos y no podía entregarse a aventuras
extraconyugales. La mayoría de los otros hombres lo hacía, pero el jefe, no.
Nate pensó que no debían de tener muchas cosas en que ocupar su tiempo, aparte de tontear un poco por
ahí.
El jefe nunca había visto el río Paraguay. Le gustaba más la caza que la pesca y por eso se pasaba más
tiempo en el bosque que en los ríos. Su padre y los misioneros blancos le habían enseñado un poco de portugués.
Mientras comía y escuchaba, Nate miraba alrededor en busca de Rachel.
No estaba allí, le explicó el jefe. Había ido al poblado más próximo a atender a una niña que había sido
mordida por una serpiente. No sabía cuándo regresaría.
«Pues qué bien», pensó Nate.
—El jefe quiere que nos quedemos aquí esta noche, en el poblado —tradujo Jevy.
La mujer estaba llenando otra vez los platos.
—No sabía que íbamos a quedarnos —repuso Nate.
—Él ha decidido que sí.
—Dile que me lo pensaré.
—Dígaselo usted.
Nate se maldijo a sí mismo por no haber llevado el teléfono satélite consigo. En aquellos momentos, Josh
debía de estar caminando arriba y abajo en su despacho, muerto de preocupación. Llevaba casi una semana sin
hablar con él.
Jevy hizo un comentario apenas humorístico que, una vez traducido, resultó decididamente gracioso. El
jefe se partió de risa y todos los demás no tardaron en imitar su ejemplo. Incluso Nate, que se reía de sí mismo
por el hecho de no reírse con los indios.
Declinaron la invitación de ir a cazar. Un grupo de jóvenes los acompañó de nuevo al primer poblado,
donde Nate y Jevy habían dejado su embarcación. Jevy quería volver a limpiar las bujías e intentar arreglar el
carburador. Nate no tenía nada que hacer.
A primera hora de la mañana el abogado Valdir recibió la consabida llamada del señor Stafford. Los
cumplidos de rigor sólo duraron un instante.
—Llevo varios días sin recibir noticias de Nate O'Riley —dijo Stafford.
—Pero si él tiene uno de esos teléfonos —contestó Valdir a la defensiva, como si estuviese obligado a
proteger al señor O'Riley.
—Sí, en efecto. Por eso estoy preocupado. Puede llamarme en cualquier momento y desde cualquier
lugar.
—¿Incluso cuando hace mal tiempo?
—No. Supongo que en ese caso, no.
—Hemos tenido muchas tormentas por aquí. No olvide que estamos en la estación de las lluvias.
—¿Y usted no ha recibido ninguna noticia del chico?
—No. Los dos están juntos. El guía es muy bueno, y el barco también lo es. Estoy seguro de que se
encuentran bien.
—Entonces, ¿por qué no ha llamado?
—Eso no lo sé; pero ha estado muy nublado. Quizá no pueda utilizar el teléfono.
Acordaron que Valdir llamaría de inmediato en cuanto se tuvieran noticias del barco. Valdir se acercó a
la ventana abierta y contempló las concurridas calles de Corumbá. El río Paraguay discurría justo al pie de la
colina. Se contaban muchas historias sobre personas que habían penetrado en el Pantanal y jamás habían
regresado. Formaba parte de la tradición popular y del atractivo de la región.
El padre de Jevy navegó durante treinta años por aquellos ríos y jamás recuperaron su cuerpo.
Welly encontró el bufete del abogado una hora más tarde. Él no conocía al señor Valdir, pero Jevy le
había dicho que era quien pagaba la expedición.
—Es muy importante —le dijo a la secretaria—. Muy urgente. Valdir oyó el alboroto y salió de su
despacho.
—¿Quién es usted? —preguntó.
—Me llamo Welly. Jevy me contrató Santa Loura.
—¡El Santa Loura! —Sí.
—¿Dónde está Jevy?
—Todavía se encuentra en el Pantanal.
—¿Y qué ha sido del barco?
—Se hundió.
Valdir advirtió enseguida que el muchacho como marinero para el estaba muy cansado y asustado.
—Siéntate —dijo mientras la secretaria iba en busca de agua—. Cuéntamelo todo.
Welly se asió con fuerza a los brazos del sillón y habló atropelladamente.
Jevy y el señor O'Riley se fueron en la batea para buscar a los indios.
—¿Cuándo?
—No lo sé. Hace unos días. Yo tenía que quedarme en el Santa Loura. Se desencadenó una tormenta, la
mayor que he visto en mi vida. La fuerza del temporal rompió las amarras del barco en mitad de la noche y lo
hizo zozobrar. Yo caí al agua y más tarde me recogió una embarcación de transporte de ganado.
—¿Cuándo has llegado aquí?
—Hace apenas media hora.
La secretaria le ofreció un vaso de agua. Welly le dio las gracias y pidió un café. Valdir se inclinó sobre
el escritorio de la secretaria y estudió al pobre muchacho. Estaba sucio y olía a excrementos de vaca.
—¿0 sea, que el barco ha desaparecido?
—Sí. Es una pena. No pude hacer nada. En mi vida he visto una tormenta igual.
—¿Dónde estaba Jevy durante la tormenta?
—En el río Cabixa. Temo por su vida.
Valdir regresó a su despacho, cerró la puerta y se acercó de nuevo a la ventana. El señor Stafford se
encontraba a cinco mil kilómetros de distancia. Jevy podría haber sobrevivido en una pequeña embarcación. Era
absurdo llegar a conclusiones precipitadas. Tomó la decisión de no llamar hasta que hubieran transcurrido unos
días. Le daría tiempo a Jevy, y seguro que éste regresaría a Corumbá.
De pie en la embarcación, el indio mantenía el equilibrio agarrado a los hombros de Nate. No se había
producido ninguna mejora en el rendimiento del motor; seguía fallando y su potencia no era ni la mitad de la que
desarrollaba cuando habían abandonado el Santa Loura.
Tras su paso por el primer poblado, el río trazaba una curva y se enroscaba casi hasta el extremo de
describir círculos. Cuando se bifurcó, el indio hizo una indicación. Veinte minutos después vieron su pequeña
tienda. Amarraron en el lugar donde Jevy se había bañado a primera hora del día. Levantaron el campamento y
se llevaron sus pertenencias al poblado, donde el jefe quería que se alojaran. Rachel aún no había regresado.
Puesto que ella no pertenecía a la tribu, su choza no estaba en el semicírculo sino aislada a unos treinta
metros de distancia, cerca de la linde del bosque. Parecía más pequeña que las demás y, al preguntar Jevy el
porqué de ello, el indio que les había sido asignado le explicó que se debía a que Rachel no tenía familia. Los
tres —Nate, Jevy y el indio— se pasaron dos horas sentados bajo un árbol a las afueras del poblado,
contemplando los quehaceres cotidianos mientras esperaban a Rachel. Al indio le habían enseñado portugués los
Cooper, el matrimonio de misioneros que estaba allí antes de la llegada de Rachel. Conocía también algunas
palabras en inglés y de vez en cuando probaba a utilizarlas con Nate. Hasta la llegada de los Cooper los ípicas
jamás habían visto a un blanco. La señora Cooper había muerto de malaria y el señor Cooper había regresado a
su lugar de origen.
Los hombres habían salido a cazar y pescar y los jóvenes sin duda estarían correteando detrás de las
chicas. El trabajo más duro —cocinar, hornear, limpiar, cuidar de los hijos— estaba a cargo de las mujeres. El
tiempo transcurría más lentamente al sur del ecuador, pero entre los ipicas el reloj era inexistente.
Las puertas de las chozas estaban abiertas y los niños corrían de una a otra. Las muchachas se trenzaban
el cabello sentadas a la sombra mientras sus madres se afanaban en torno a las hogueras.
La limpieza era una obsesión. El suelo de tierra de las zonas comunes se barría con unas escobas de paja.
La parte exterior de las chozas estaba impecablemente pulcra y aseada. Las mujeres y los niños se bañaban tres
veces al día en el río; los hombres lo hacían dos veces al día, pero nunca con las mujeres. Aunque todos iban
desnudos, ciertas actividades eran privadas. A última hora de la tarde, los varones se reunieron en el exterior de la casa de los hombres, la más grande
de las dos cabañas rectangulares del centro del poblado. Primero se pasaron un rato arreglándose el cabello —
cortándolo y limpiándolo— y después empezaron a luchar. El combate era cuerpo a cuerpo y consistía en
derribar al contrincante al suelo. Era un juego muy violento, pero se regía por unas normas severas y siempre
terminaba con amplias sonrisas. El jefe resolvía cualquier disputa que pudiera haber. Las mujeres lo
contemplaban todo desde la puerta de sus chozas con muy poco interés y como si de una obligación se tratara.
Los pequeños imitaban a sus padres.
Sentado en un tajo de madera bajo un árbol, Nate presenció un drama de otra era, preguntándose, no por
primera vez, dónde estaba.
Muy pocos de los indios que rodeaban a Nate sabían que la niña se llamaba Ayesh. Sólo era una chiquilla
y vivía en otro poblado. Pero todos sabían que la había mordido una serpiente. Se pasaron el día comentando el
hecho y procuraron no perder de vista a sus hijos.
A la hora de comer se corrió la voz de que la niña había muerto. Un mensajero llegó a toda prisa, le
comunicó la noticia al jefe y ésta se propagó por todas las chozas en cuestión de minutos. Las madres reunieron
a su alrededor a sus pequeños.
Se reanudó la comida hasta que vieron movimiento en el sendero principal. Era Rachel, que regresaba
con Lako y los otros hombres que la habían acompañado. Cuando ella entró en el poblado, los indios dejaron de
comer y se levantaron, inclinando la cabeza mientras ella pasaba por delante de sus chozas. Rachel miró con una
sonrisa a algunos, les susurró unas palabras a otros, se detuvo un instante para decirle algo al jefe y siguió
andando en dirección a su choza, seguida de Lako, cuya cojera se había agravado.
Pasó muy cerca del árbol bajo el cual Nate, Jevy y el indio habían estado esperando casi toda la tarde,
pero no los vio. De hecho, no parecía que prestase atención a nada. Estaba cansada, sufría mucho y deseaba
regresar a su casa.
—¿Y qué hacemos ahora? —le preguntó Nate a Jevy, quien tradujo la pregunta al portugués para que el
indio entendiese.
—Esperar —fue la respuesta.
—Vaya sorpresa.
Lako los encontró cuando el sol se estaba poniendo por detrás de las montañas. Jevy y el indio se fueron
a comer las sobras. Nate siguió al muchacho por el sendero que conducía a la vivienda de Rachel. La vio a la
puerta, secándose el rostro con una toalla. Tenía el cabello mojado y se había cambiado de ropa.
—Buenas tardes, señor O'Riley —dijo en aquel tono bajo y pausado que no dejaba traslucir emoción
alguna.
—Hola, Rachel. Llámeme Nate, por favor.
—Siéntese aquí, Nate —dijo ella, señalándole un corto y cuadrado tocón asombrosamente parecido a
aquel en que Nate se había pasado las últimas seis horas sentado.
El tocón se encontraba delante de la choza, cerca del círculo de piedras en cuyo interior ella encendía sus
fogatas. Nate se sentó, con las posaderas todavía entumecidas.
—Lamento mucho lo de la niña —dijo.
—Está con el Señor.
—Pero sus pobres padres, no.
—No. Sufren mucho. Es muy triste.
Rachel se sentó en la puerta de la choza con los brazos cruzados sobre las rodillas y la mirada perdida en
la distancia. El muchacho, casi invisible en la oscuridad, montaba guardia bajo un árbol cercano.
—Le invitaría a entrar en mi casa —dijo ella—, pero no sería correcto.
—Aquí no hay problema.
—Sólo los casados pueden permanecer juntos en el interior de las viviendas a esta hora del día. Es la
costumbre.
—Donde fueres, haz lo que vieres.
—Aunque lo de aquí queda muy lejos.
—Todo queda muy lejos.
—Pues sí. ¿Tiene apetito?
—¿Y usted?
—No. Pero es que yo como muy poco.
—Estoy bien. Tenemos que hablar.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:10 am

—Siento lo de hoy. Estoy segura de que usted lo comprende.
—Por supuesto que sí.
—Tengo un poco de mandioca y de zumo,
—No, gracias, estoy bien.
—¿Qué ha hecho hoy?
—Pues hemos conocido al jefe, nos hemos sentado a su mesa durante el desayuno, hemos regresado a pie
al primer poblado donde tenemos la embarcación, hemos trabajado un poco en ella, hemos levantado la tienda
detrás de la choza del jefe y hemos esperado su regreso.
—¿Le han gustado ustedes al jefe?
—Es evidente que sí. Quiere que nos quedemos.
—Si quiere.
—¿Qué piensa de mi gente?
—Van todos desnudos.
—Siempre han ido de la misma manera.
—¿Cuánto tiempo tardó usted en acostumbrarse?
—No lo sé. Un par de años. Fui asimilándolo poco como todo lo demás. Sentí añoranza durante tres años
y en ocasiones todavía pienso que me gustaría conducir un automóvil, tomarme una pizza y ver una buena
película. Pero al cabo una se acostumbra.
—Me cuesta creerlo.
—Es una cuestión de vocación. Me hice cristiana a los catorce años y entonces comprendí que Dios
quería que fuera misionera. Yo no sabía exactamente dónde, pero deposité toda mi confianza en Él.
—Pues Dios eligió un lugar cojonudo.
—Me encanta su manera de expresarse, pero, por favor, no suelte tacos.
—Disculpe. ¿Podemos hablar de Troy?
Las sombras del ocaso caían rápidamente sobre ellos. Se encontraban a poco más de dos metros el uno
del otro y todavía podían verse, pero la oscuridad no tardaría en separarlos.
—Como guste —contestó Rachel con aire resignado.
—Troy tuvo tres esposas y seis hijos, al menos que nosotros supiéramos. Como es natural, usted fue una
sorpresa. No apreciaba a los otros seis, pero está claro que a usted la quería mucho. A los demás no les ha dejado
prácticamente nada, justo lo suficiente para cubrir las deudas. El resto se lo ha dejado a Rachel Lane, nacida
fuera del matrimonio el 2 de noviembre de 1954 en el Hospital Católico de Nueva Orleans de una mujer ya
difunta llamada Evelyn Cunningham. Esta Rachel debe de ser usted.
Las palabras cayeron pesadamente en el denso aire; no se oía ningún otro sonido. La silueta de Rachel las
asimiló y, como de costumbre, reflexionó por un instante antes de hablar.
—Troy no me quería —dijo por fin—. Llevábamos veinte años sin vernos.
—Eso no importa. Le ha dejado su fortuna a usted. Nadie tuvo ocasión de preguntarle por qué lo hizo,
pues se arrojó por una ventana tras firmar su último testamento. Tengo una copia para usted.
—No quiero verla.
—Y tengo otros papeles que me gustaría que me firmara, quizá mañana a primera hora, cuando podamos
vernos otra vez hecho eso, me iré.
—¿Qué clase de papeles?
—Legales, todos en su propio interés.
—A usted no le preocupa mi interés.
Sus palabras fueron tan rápidas y cortantes que se sintió dolido por aquel reproche.
—Eso no es cierto —contestó con un hilo de voz.
—Vaya si lo es. Usted no sabe lo que quiero ni lo que necesito, lo que me gusta ni lo que me desagrada.
Usted no me conoce, Nate, por consiguiente, ¿cómo puede saber qué puede interesarme y qué no?
—De acuerdo, tiene razón. Ni yo la conozco a usted ni usted me conoce a mí. He venido como
representante de la herencia de su padre. Aún me cuesta mucho creer que estoy sentado en la oscuridad delante
de una choza en un primitivo poblado indio perdido en un pantano tan grande como todo el estado de Colorado,
en un país del Tercer Mundo que jamás había visitado, conversando con una encantadora misionera que
casualmente es la mujer más rica del mundo. Sí, tiene usted razón, no tengo ni idea de lo que le interesa, pero es
muy importante que vea estos papeles y los firme.
—No pienso firmar nada.
—Vamos, por Dios.
—No me interesan sus papeles.
—Aún no los ha visto.
—Dígame usted lo que son.
—Se trata de simples formalidades. Mi bufete tiene que legalizar el testamento de su padre. Todos los
herederos en él citados deben comunicar a los tribunales, en persona o bien por escrito, que les ha sido
notificado el procedimiento y se les ha dado ocasión de participar en él. Lo exige la ley.
—¿Y si me niego?
—La verdad es que no había considerado la posibilidad de que lo hiciera. Es algo tan rutinario que todo
el mundo colabora.
—0 sea, que me someto al tribunal de...
—Virginia. El tribunal de legalizaciones de allí asumirá jurisdicción sobre usted, aunque no se halle
presente.
—No estoy muy segura de que me guste la idea.
—En ese caso, suba a nuestra embarcación y nos iremos juntos a Washington.
—No pienso marcharme de aquí.
A continuación se produjo una larga pausa que pareció aún más silenciosa a causa de la oscuridad que
ahora los envolvía. El chico permanecía inmóvil bajo el árbol. Los indios estaban retirándose a sus chozas en
medio de la quietud de la noche, rota tan sólo por el llanto de algún niño.
—Voy por un poco de zumo —anunció Rachel casi en voz baja, entrando en la casa.
Nate se levantó, estiró las doloridas extremidades y empezó a dar manotazos a los mosquitos. Se había
olvidado el repelente en la tienda.
En el interior de la choza parpadeaba una especie de lucecita. Rachel sostenía en la mano un recipiente de
barro en el centro del cual ardía una llama.
—Son hojas de aquel árbol de allí —explicó, sentándose en el suelo de la choza junto a la puerta—. Las
quemamos para alejar a los mosquitos. Siéntese aquí cerca.
Nate hizo lo que ella le decía. Rachel regresó con dos tazas llenas de un líquido que él no identificó.
—Es macajuno, se parece al zumo de naranja.
Ambos se sentaron en el suelo casi tocándose, con la espalda apoyada contra la pared de la choza y la
llama del recipiente muy cerca de sus pies.
—Hable en voz baja —le indicó Rachel—. En la oscuridad el sonido se propaga más fácilmente y los
indios están intentando dormir. Además, no olvide que les llamamos mucho la atención.
—No pueden entender nada.
—Ya, pero estarán pendientes de nosotros.
Nate, cuyo cuerpo llevaba varios días sin tocar el jabón, empezó de repente a preocuparse por su higiene.
Tomó un sorbito de zumo y después otro.
—¿Tiene familia? —le preguntó Rachel.
—He tenido dos. Dos matrimonios, dos divorcios, cuatro hijos. Ahora vivo solo.
—Es fácil divorciarse, ¿verdad?
Nate tomó otro sorbito de zumo. Por el momento había conseguido evitar las violentas diarreas que solían
aquejar a los forasteros. Confiaba en que aquel líquido oscuro fuera inofensivo.
Eran dos norteamericanos solos en la selva y podrían haber hablado de infinidad de temas, ¿por qué
entonces mencionar precisamente el tema del divorcio?
—En realidad, en ambos casos fue muy doloroso.
—Pero seguimos adelante. Nos casamos y después nos divorciamos. Nos buscamos a otra persona, nos
casamos y nos divorciamos. Y volvemos a buscarnos a otra persona.
—¿Habla de usted y de mí?
—Estoy generalizando, sencillamente. Me refiero a las personas civilizadas, a las personas instruidas y
complicadas. Los indios jamás se divorcian.
—Eso es porque no conocen a mi primera esposa.
—¿Era una persona desagradable?
Nate soltó un suspiro y tomó otro sorbo de zumo. «Síguele la corriente —pensó—. Necesita
desesperadamente hablar con uno de los suyos.»
—Perdone —añadió Rachel—. Estoy metiéndome en lo que no debo. No tiene importancia.
—No era una mala persona, por lo menos al principio. Yo trabajaba mucho y bebía todavía más. Cuando
no estaba en el despacho, estaba en el bar. Ella se convirtió en una mujer resentida, más tarde se le agrió el
carácter y finalmente se volvió mala. Perdimos el control de la situación y acabamos odiándonos.
La breve confesión fue suficiente para ambos. A Nate sus tragedias matrimoniales le parecían
insignificantes en aquel lugar y momento.
—¿Usted nunca ha estado casada? —le preguntó a Rachel.
—No —respondió ella, y bebió un sorbo. Era zurda y, cuando levantó la taza, su codo rozó el de Nate—.
Pablo jamás se casó, ¿sabe?
—¿Qué Pablo?
—El apóstol Pablo.
—Ah, se refiere a ese Pablo.
—¿Lee usted la Biblia?
—No.
—Una vez, en la universidad, creí estar enamorada. Quería casarme con él, pero el Señor me apartó de su
lado.
—¿Por qué?
—Porque el Señor quería que viniera aquí. El chico a quien yo amaba era un buen cristiano, pero carecía
de fortaleza física. jamás hubiera sobrevivido en un ambiente como éste.
—¿Cuánto tiempo permanecerá usted aquí?
—No tengo previsto marcharme.
—¿Significa eso que los indios la enterrarán?
—Supongo que sí. En cualquier caso, no es algo que me preocupe.
—¿La mayoría de los misioneros de Tribus del Mundo muere en su puesto?
—No, la mayoría se retira y regresa a casa; pero en general tienen familia que los entierre.
—Usted tendría montones de parientes y amigos si regresara a casa ahora. Sería muy famosa.
—Ése es otro motivo para quedarme aquí. Ésta es mi casa. No quiero el dinero.
—No sea tonta.
—No soy tonta. El dinero no significa nada para mí. Usted ya debería haberlo comprendido.
—Ni siquiera conoce la cantidad que ha heredado.
—No se lo he preguntado. Hoy he estado haciendo mi trabajo sin pensar en el dinero. Mañana haré lo
mismo y al día siguiente también.
—Son once mil millones de dólares, más o menos.
—¿Me lo dice para impresionarme?
—A mí me llamó la atención.
—Pero es que usted adora el dinero, Nate. Forma parte de una cultura en la que todo se mide con el
dinero. Es una religión.
—Cierto. Aunque el sexo también es muy importante.
—De acuerdo, el dinero y el sexo. ¿Qué más?
—La fama. Todo el mundo quiere ser famoso.
—Es una cultura muy triste. La gente vive en un estado de frenesí permanente. Trabaja sin descanso para
ganar dinero con que comprarse cosas para impresionar a los demás. Se la mide por lo que tiene.
—¿Yo también?
—Usted sabrá.
—Supongo que sí.
—Eso significa que vive sin Dios. Es usted una persona solitaria, Nate, lo intuyo. No conoce al Señor.
Nate se agitó en su asiento y consideró la posibilidad de improvisar una rápida defensa, pero la verdad lo
había dejado desarmado. Le faltaban argumentos y respuestas ingeniosas, carecía de una base sobre la que
apoyarse.
—Creo en Dios —dijo intentando sonar seguro, pero sin demasiada convicción.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:11 am

—Eso es fácil de afirmar —replicó Rachel, hablando todavía muy despacio—. No dudo de sus palabras,
pero una cosa es decirlo y otra vivirlo. Aquel muchacho tullido que hay bajo el árbol es Lako. Tiene diecisiete
años, es enfermizo y está poco desarrollado para su edad. Su madre me explicó que fue un bebé prematuro. Lako
es el primero en pillar las enfermedades que nos llegan de fuera. Dudo que viva más de treinta años. Sin
embargo, a él no le importa. Se convirtió al cristianismo hace varios años y es el ser más dulce que usted pueda
imaginar. Se pasa todo el día hablando con Dios; lo más seguro es que ahora esté rezando. No tiene temores ni
inquietudes. Si le ocurre algún contratiempo, recurre directamente al Señor y lo deja todo en sus manos.
Nate miró hacia el árbol donde Lako estaba rezando, pero la oscuridad le impedía distinguirlo.
—Este pequeño indio no tiene nada en la tierra —añadió Rachel—; no obstante, está almacenando
riquezas en el cielo. Sabe que cuando muera pasará toda la eternidad al lado de su Creador. Lako es un chico
muy rico.
—¿Y qué me dice de Troy?
—Dudo que Troy creyera en Jesucristo cuando murió. Si no creía, en estos momentos debe de estar
ardiendo en el infierno.
—Usted no puede creer en eso.
—El infierno es un lugar muy real, Nate. Lea la Biblia. Ahora mismo Troy daría sus once mil millones de
dólares a cambio de un sorbo de agua fría.
Nate estaba muy mal preparado para discutir sobre teología con una misionera y lo sabía muy bien.
Permanecieron en silencio por varios minutos mientras el último niño del poblado se quedaba dormido. Era una
noche completamente oscura, sin luna ni estrellas, y sólo brillaba la luz de la llamita amarilla que tenían a sus
pies.
Rachel lo tocó muy suavemente.
—Perdón. —Le dio tres palmadas en el brazo—. No debería haberle dicho que está solo. ¿Cómo puedo
saberlo?
—No se preocupe.
Rachel mantuvo los dedos apoyados en su brazo, como si necesitara desesperadamente tocar algo.
—Es usted una buena persona, ¿verdad, Nate?
—Pues no, la verdad es que no soy una buena persona. Hago muchas cosas malas. Soy débil y frágil y no
me apetece hablar de ello. No he venido aquí para buscar a Dios. Bastante trabajo me ha costado encontrarla a
usted. La ley me obliga a entregarle estos documentos.
—No voy a firmar ningún papel y no quiero el dinero.
—Vamos...
—Por favor, no insista. Mi decisión es inapelable. No hablemos del dinero.
—Pero es que el dinero es la única razón por la que estoy aquí.
Rachel apartó la mano, pero consiguió acercarse unos cinco centímetros más y rozar las rodillas de Nate
con las suyas.
—Lo lamento, pero ha hecho el viaje en balde.
Otra pausa en la conversación. Nate tenía que hacer sus necesidades, pero la sola idea de alejarse un solo
metro en cualquier dirección lo horrorizaba.
Lako dijo algo y Nate se sobresaltó. El muchacho se encontraba a menos de tres metros de distancia,
todavía sumido en las sombras.
—Ahora ha de irse a su choza —dijo Rachel, poniéndose de pie—. Sígalo.
Nate se levantó muy despacio. tenía los músculos entumecidos.
—Quisiera irme mañana.
—Muy bien. Hablaré con el jefe.
—No será ningún problema, ¿verdad?
—Probablemente no.
—Necesito robarle treinta minutos para repasar por los documentos y mostrarle una copia del testamento.
—Ya hablaremos. Buenas noches.
Nate caminaba tan pegado a Lako cuando ambos recorrieron el corto sendero que conducía al poblado
que prácticamente le echaba el aliento en la nuca.
—Por aquí —murmuró Jevy en medio de la oscuridad.
Había sido autorizado a instalar dos hamacas en la pequeña galería del pabellón de los hombres. Nate le
preguntó cómo lo había conseguido. Jevy le prometió que a la mañana siguiente se lo explicaría.
Lako se desvaneció en la noche.
Viernes 3 de enero.
Parr Wycliff estaba en su sala, retrasándose en la tramitación de una agenda repleta de aburridas vistas.
Josh aguardaba en el desordenado despacho del juez con la cinta de video, el teléfono móvil en la mano y la
mente en otro hemisferio. Seguía sin recibir noticias de Nate.
Las seguridades que le había ofrecido Valdir parecían muy bien ensayadas: el Pantanal era un lugar
inmenso, el guía, muy bueno, el barco, grande; a los indios no les gustaba que los localizasen, por eso se
desplazaban de un sitio a otro; todo iba bien. Lo llamaría en cuanto tuviera noticias de Nate.
Josh había considerado la idea de organizar una operación de rescate, pero si el simple hecho de llegar a
Corumbá ya constituía todo un reto, adentrarse en el Pantanal en busca de un abogado desaparecido se le
antojaba una tarea imposible. Con todo, podía desplazarse hasta allí abajo y esperar con Valdir hasta que
supieran algo.
Trabajaba doce horas al día seis días a la semana y el caso Phelan estaba a punto de estallar. Apenas tenía
tiempo para almorzar y no digamos para un viaje a Brasil.
Intentó llamar a Valdir desde su teléfono móvil, pero la línea estaba ocupada.
Wycliff entró en el despacho pidiendo disculpas mientras se quitaba la toga. Quería impresionar a un
abogado tan poderoso como Stafford con la importancia de su agenda.
No había nadie más que ellos en la estancia. Vieron la primera parte del video sin hacer ningún
comentario. La grabación empezaba con el viejo Troy sentado en una silla de ruedas mientras Josh le colocaba el
micrófono delante y los tres psiquiatras aguardaban para interrogarlo. El examen duraba veintiún minutos y
terminaba con la opinión unánime de que el señor Phelan sabía exactamente lo que hacía. Wycliff no pudo
reprimir una sonrisa.
A continuación, la sala de juntas se vaciaba. La cámara enfocaba directamente a Troy, que sacaba el
testamento ológrafo y lo firmaba cuatro minutos después de haber finalizado el examen mental.
—Y aquí es cuando se arroja al vacío —señaló Josh.
La cámara no se movía. Captaba a Troy en el momento en que éste se apartaba súbitamente de la mesa y
se levantaba. Acto seguido, Troy desaparecía de la pantalla, Josh, Snead y Tip Durban se quedaban
boquiabiertos de asombro por un instante y después salían disparados tras el viejo. La filmación era
extremadamente dramática.
Transcurrían cinco minutos y medio, durante los cuales la cámara sólo grababa unas sillas vacías y
registraba unas voces. Después el pobre Snead se sentaba en el lugar que Troy había ocupado previamente. Se lo
veía muy conmovido y al borde de las lágrimas, pero conseguía decirle a la cámara lo que acababa de ver. Josh y
Tip Durban hacían lo mismo.
La cinta duraba treinta y nueve minutos. —¿Cómo harán para desenmarañar esto? se preguntó cuando
hubo terminado la grabación.
Era una pregunta sin respuesta. Dos de los herederos —Rex y Libbigail— ya habían presentado
peticiones de impugnación del testamento. Sus abogados —Haré Gettys y Wally Bright respectivamente—
habían conseguido despertar una considerable atención y habían sido entrevistados y fotografiados por la prensa.
Los restantes herederos no tardarían en seguir su ejemplo. Josh había hablado con casi todos los
abogados y la carrera al palacio de justicia ya se había iniciado.
—Todos los desprestigiados psiquiatras del país quieren ver el video —dijo Josh—. Habrá opiniones
para todos los gustos.
—¿Le preocupa a usted la cuestión del suicidio?
—Por supuesto que sí; pero él lo planeó todo con sumo cuidado, incluso su muerte. Sabía exactamente
cómo y cuándo quería morir.
—¿Y el otro testamento tan grueso que firmó en primer lugar? —preguntó Wycliff
—No lo firmó.
—Pero si lo he visto. Está en el video.
—No. Garabateó el nombre del ratón Mickey.
Wycliff estaba tomando notas en un bloc de tamaño folio. Su mano se detuvo en medio de una frase.
—¿El ratón Mickey? —repitió.
—Así estamos, señor juez. Desde 1982 hasta 1996 preparé once testamentos para el señor Phelan,
algunos gruesos y otros delgados, y en todos ellos la fortuna se repartía de maneras tan distintas que cuesta
imaginárselas. La ley establece que cada nuevo testamento anula el anterior. Yo le llevaba el nuevo testamento a
su despacho y ambos nos pasábamos dos horas examinándolo minuciosamente, tras lo cual él lo firmaba. Yo
conservaba los testamentos en mi despacho y siempre le llevaba el último. Una vez que el nuevo había sido
firmado, ambos, el señor Phelan y yo, introducíamos el anterior en la trituradora de documentos que había al
lado de su escritorio. La ceremonia le encantaba. Lo llenaba de alegría durante varios meses, hasta que alguno
de sus hijos lo hacía enfadar y entonces empezaba a decir que quería modificar su testamento.
«Si los herederos consiguen demostrar que no estaba en pleno uso de sus facultades mentales, nos
quedaremos sin testamento, pues todos los demás fueron destruidos.»
—En cuyo caso, habría muerto sin testar —señaló Wycliff.
—Sí, y tal como usted sabe, en ese caso la herencia, según la legislación de Virginia, se reparte entre los
hijos.
—Once mil millones de dólares. Siete hijos.
—Siete que nosotros sepamos. En cuanto a los once mil millones de dólares, al parecer la cifra se ajusta
bastante a la realidad. ¿No impugnaría usted el testamento?
Una sonada disputa legal era precisamente lo que Wycliff deseaba. Sabía que la batalla jurídica haría
mucho más ricos a los abogados, incluido Josh Stafford.
Sin embargo para poder librar una batalla eran necesarios dos bandos, y por el momento sólo había
aparecido uno. Alguien tenía que defender el último testamento del señor Phelan.
—¿Se sabe algo de Rachel Lane? —preguntó.
—No, pero estamos buscándola.
—¿Dónde se encuentra?
—Creemos que trabaja como misionera en algún lugar de América del Sur. Aún no la hemos localizado.
Tenemos gente allí abajo. Josh se dio cuenta de que estaba utilizando la palabra «gente» con una cierta
imprecisión.
Wycliff elevó la vista al techo, sumido en sus pensamientos. —¿Qué motivos pudo tener para legar once
mil millones de dólares a una hija ilegítima que trabaja como misionera?
—No puedo responderle a eso, señor juez. El señor Phelan había sorprendido tantas veces que ya estaba
acostumbrado.
—Parece una locura, ¿no cree?
—Es extraño.
—¿Conocía usted la existencia de esta hija?
—No.
—¿Podría haber otros herederos?
—Todo es posible.
—¿Cree que era un desequilibrado?
—No. Era raro, excéntrico, caprichoso y terriblemente mezquino pero sabía muy bien lo que hacía.
—Encuentre a la chica, Josh.
—Estamos intentándolo.
En la reunión sólo participaron Rachel y el jefe. Desde el lugar donde estaba sentado en la galería, Nate
distinguía sus rostros y oía sus voces. El jefe estaba preocupado por algo que veía en las nubes. Hablaba,
escuchaba lo que le decía Rachel y después volvía a levantar lentamente los ojos como si temiese que lloviera la
muerte desde los cielos. Nate comprendió que el jefe no sólo escuchaba a Rachel sino que, además, le pedía
consejo.
En torno a ellos, la primera comida de la mañana ya tocaba a su fin y los ípicas se preparaban para otra
jornada. Los cazadores se reunieron en pequeños grupos en la casa de los hombres para afilar sus flechas y
tensar sus arcos. Los pescadores prepararon sus nasas y sedales. Las chicas iniciaron una tarea que les llevaría
todo el día y que consistía en barrer debidamente la tierra que rodeaba sus chozas. Sus madres ya se dirigían
hacia los huertos y campos de labranza junto a la linde del bosque.
—Cree que va a desatarse una tormenta —explicó Rachel una vez que hubo finalizado la reunión—. Dice
que pueden irse ustedes, pero que él no les prestará un guía. Es demasiado peligroso.
—¿Y podremos arreglárnoslas sin un guía?
—Sí —contestó Jevy mientras Nate le dirigía una mirada que transmitía muchos pensamientos.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:12 am

—No sería prudente —dijo Rachel—. Los ríos bajan juntos. Es fácil extraviarse. Hasta los ípicas han
perdido pescadores durante la estación de las lluvias.
—¿Y cuándo podría terminar la tormenta? —preguntó Nate.
—Habrá que esperar a ver qué ocurre.
Nate respiró hondo y se inclinó hacia delante. Estaba dolorido y cansado, cubierto de picaduras de
mosquito, hambriento, harto de aquella pequeña aventura y preocupado por la posibilidad de que Josh padeciese
por él. Hasta el momento su misión había sido un fracaso. No sentía añoranza, porque nada ni nadie lo esperaba
en casa, pero deseaba volver a ver Corumbá, con sus acogedores y pequeños cafés, sus bonitos hoteles y sus
calles perezosas. Necesitaba otra oportunidad para estar solo, limpio y abstemio, sin temer la posibilidad de
matarse de una borrachera.
—Lo siento —dijo Rachel.
—Tengo que regresar como sea. Hay gente en el despacho aguardando mis noticias. Todo esto ya ha
durado más de lo que se esperaba.
Ella le escuchó, pero sin demasiado interés. La existencia de unas cuantas personas preocupadas en un
bufete del distrito de Columbia la traía sin cuidado.
—¿Podemos hablar? —le preguntó Nate.
—Debo ir al poblado vecino para el entierro de la niña. ¿Por qué no me acompaña? Tendremos tiempo de
sobra para hablar. Lako encabezó la marcha; al caminar torcía el pie izquierdo hacia dentro, de modo que a cada
paso que daba se inclinaba hacia la izquierda y después se enderezaba con una brusca sacudida hacia la derecha.
Era un espectáculo muy penoso. Detrás de él iba Rachel, y a continuación Nate, cargado con la bolsa de tela de
ésta. Jevy se quedó muy rezagado, pues temía oír involuntariamente la conversación entre ambos.
Más allá del semicírculo de las chozas pasaron por delante de unas pequeñas parcelas en otro tiempo
destinadas al cultivo y ahora abandonadas y cubiertas de maleza.
—Los ipicas cultivan sus alimentos en pequeñas parcelas que le arrancan a la jungla —explicó Rachel,
avanzando a grandes zancadas. Nate la seguía, tratando de seguir el ritmo de sus pasos. Para ella una caminata
de más de tres kilómetros por la selva era un juego de niños—. El laboreo intensivo agota la tierra en pocos
años. Entonces la abandonan, la naturaleza la recupera y ellos se van un poco más allá. A la larga, el terreno
vuelve a la normalidad sin que se produzca ningún daño. La tierra lo es todo para los indios, su vida; buena parte
de ella se la han quedado las llamadas personas civilizadas.
—Eso me suena.
—Pues sí. Diezmamos su población con derramamiento de sangre y enfermedades, y les arrebatamos la
tierra. Después los recluimos en reservas y no comprendemos por qué razón no son felices en ellas.
Rachel saludó a dos menudas mujeres desnudas que estaban cultivando la tierra al costado del sendero.
—Las mujeres son las que se encargan de las faenas más duras —observó Nate.
—Sí, pero es una tarea muy fácil comparada con dar a luz.
—Prefiero verlas trabajar.
El aire era húmedo y estaba libre del humo que se cernía permanentemente sobre el poblado. Cuando se
adentraron en la selva, Nate ya estaba sudando.
—Hábleme de usted, Nate —le pidió Rachel, volviéndose hacia él—. ¿Dónde nació?
—Me temo que sería un relato bastante largo.
—Cuénteme los puntos más destacados.
—Abundan más los que no lo son.
—Vamos, Nate. Quería hablar, ¿verdad? Pues, hablemos. Aún nos queda media hora de camino.
—Nací en Baltimore y fui el mayor de dos hermanos varones. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía
quince años; cursé estudios secundarios en Saint Paul, luego fui a Hopkins y finalmente estudié Derecho en
Georgetown. Desde entonces me quedé para siempre en el distrito de Columbia.
—¿Tuvo una infancia feliz?
—Supongo que sí. Practiqué mucho deporte. Mi padre trabajó treinta años para la National Brewery y
siempre tenía entradas para los partidos de los Colts y los Orioles. Baltimore es una ciudad estupenda.
¿Hablamos ahora de su niñez?
—Si usted quiere. No fue muy feliz.
«Vaya sorpresa —pensó Nate—. Esta pobre mujer jamás ha tenido la oportunidad de ser feliz.»
—¿Usted quería ser abogado cuando fuera mayor? —preguntó ella.
—Por supuesto que no. Ningún niño en su sano juicio quiere ser abogado. Lo que deseaba era jugar en
los Colts o en los Orioles, quizás en los dos.
—¿Iba a la iglesia?
—Pues claro. Por Navidad y por Pascua.
El sendero prácticamente desapareció y tuvieron que abrirse camino a través de una áspera maleza. Nate
caminaba con los ojos fijos en las botas de Rachel. Cuando ya no pudo verlas, inquirió:
—La serpiente que mató a la niña, ¿a qué clase pertenecía?
—Se llama bima, pero usted no se preocupe.
—¿Y por qué no he de preocuparme?
—Porque calza botas. Es una serpiente muy pequeña que muerde por debajo del tobillo.
—Entonces, seguro que tropezaré con una de las grandes.
—Tranquilícese.
—¿Y qué me dice de Lako? Él siempre va descalzo.
—Sí, pero lo ve todo.
—Supongo que la picadura de la bima es mortal.
—Puede serlo, pero existe un antídoto. Si ayer lo hubiese tenido aquí, la chiquilla no habría muerto.
—Eso significa que si dispusiese usted de montones de dinero, podría comprar todo el antídoto que
quisiera, y no sólo eso, sino llenar sus estantes con todos los medicamentos que necesitara, comprar una
estupenda fuera de borda para ir y venir de Corumbá, construir una clínica, una iglesia y una escuela y predicar
el Evangelio por todo el Pantanal.
Rachel se detuvo, se volvió bruscamente hacia él y lo miró fijamente a los ojos.
—Yo no he hecho nada para ganar esa fortuna, ni conocía al hombre que la amasó. Por favor, no me
hable más de ello.
El tono de su voz era firme, pero la expresión de su rostro no revelaba la menor contrariedad.
—Regálelo —le sugirió Nate—. Entréguelo a obras de caridad.
—No puedo entregarlo, porque no es mío.
—Ese dinero se malgastará. Muchos millones irán a parar a manos de los abogados y lo que quede se
repartirá entre sus hermanos. Estoy seguro de que no es eso lo que usted quiere. Rachel, no tiene usted ni idea
del sufrimiento y los quebraderos de cabeza que causará esta gente si recibe el dinero. Lo que no despilfarren, lo
legarán a sus hijos y la fortuna Phelan contaminará a la siguiente generación.
Rachel lo tomó por la muñeca y se la apretó.
—No me importa —dijo muy despacio—. Rezaré por ellos. Después se volvió y reanudó la marcha. Lako
caminaba muy por delante, y Jevy iba tan rezagado que casi no se lo veía. Cruzaron en silencio un campo de
cultivo situado a la orilla de un arroyo y penetraron en una zona llena de árboles altos y de grueso tronco cuyas
ramas se entrelazaban formando un oscuro dosel por encima de sus cabezas. El aire se enfrió de repente.
—Vamos a hacer una pausa —propuso Rachel. El arroyo serpeaba a través de la selva y el sendero lo
cruzaba sobre un lecho de rocas azules y anaranjadas. Rachel se arrodilló junto a la orilla y se refrescó la cara
con agua—. Puede beberla, procede de las montañas.
Nate se arrodilló a su lado y sumergió la mano en el agua. Era cristalina y estaba muy fría.
—Es mi lugar preferido —dijo Rachel—. Vengo aquí casi a diario para bañarme, rezar y meditar.
—Cuesta creer que estemos en el Pantanal. La atmósfera es mucho más fresca.
—Nos encontramos prácticamente en el borde. Las montañas de Bolivia no están lejos. El Pantanal
empieza muy cerca de aquí y se extiende hacia el este.
—Lo sé. Lo sobrevolamos, tratando de dar con usted.
—¿De veras?
—Sí, fue un vuelo muy corto, pero pude ver muy bien el Pantanal.
—¿Y no me encontraron?
—No. Topamos con una tormenta y tuvimos que realizar un aterrizaje de emergencia. Afortunadamente,
me salvé. Jamás volveré a acercarme a otro avión pequeño.
—Por aquí no hay ningún lugar donde aterrizar.
Se quitaron los calcetines y las botas e introdujeron los pies en el agua. Sentados sobre las rocas,
escuchaban el murmullo de la corriente. Estaban solos; no veían ni a Lako ni a Jevy.
—Cuando yo era niña —prosiguió Rachel—, vivíamos en un pueblo de Montana, donde mi padre, mi
padre adoptivo quiero decir, era clérigo. Muy cerca de las afueras había un arroyo aproximadamente del mismo
tamaño que éste, y un lugar, bajo unos árboles muy altos parecidos a éstos, donde yo permanecía durante horas
con los pies metidos en el agua.
—¿Se escondía de algo o de alguien?
—A veces.
—Y ahora, ¿se esconde?
—No.
—Pues yo creo que sí.
—Se equivoca. Estoy en paz, Nate. Me entregué voluntariamente a Cristo hace muchos años y voy a
donde él me lleva. Usted cree que estoy sola, pero no es así. Él está constantemente a mi lado. Conoce mis
pensamientos y mis necesidades y me libra de los temores y las preocupaciones. Me siento absolutamente en paz
en este mundo.
Jamás había oído a nadie decir nada semejante.
—Anoche usted confesó que era débil y frágil. ¿Eso qué significa?
La confesión era buena para el alma, Sergio se lo había dicho una vez durante la terapia. Si ella quería
saber, pues bien, él intentaría escandalizarla contándole la verdad.
—Soy alcohólico —reconoció casi con orgullo, tal como le habían enseñado a hacer durante su
tratamiento de desintoxicación—. En el transcurso de los últimos diez años he tocado cuatro veces el fondo del
abismo y salí del centro de desintoxicación para realizar este viaje. No puedo asegurar con certeza que jamás
volveré a beber. Me he librado por tres veces de la cocaína y creo, aunque no estoy seguro, que nunca probaré
otra vez esta sustancia. Hace cuatro meses, cuando aún estaba en el centro de desintoxicación, me declaré
insolvente. En la actualidad, pesa sobre mí una denuncia por fraude fiscal y tengo un cincuenta por ciento de
posibilidades de terminar en la cárcel y perder mi licencia de abogado. Ya sabe lo de los dos divorcios. Ambas
mujeres me aborrecen y han puesto a mis hijos contra mí. Me las he ingeniado muy bien para destrozar mi vida.
El hecho de desnudar su alma no le produjo ninguna sensación perceptible de placer o de alivio. Ella lo
escuchó sin pestañear.
—¿Alguna otra cosa? —preguntó al fin.
—Pues sí. He intentado suicidarme por lo menos dos veces... que yo recuerde. La del pasado mes de
agosto me llevó directamente al centro de desintoxicación. Y hace apenas unos días, en Corumbá, volví a
hacerlo. Creo que era la Nochebuena.
—¿En Corumbá?
—Sí, en mi habitación del hotel. Estuve a punto de matarme con una botella de vodka barato.
—Lo siento por usted.
—Estoy enfermo, ya lo sé. Padezco una enfermedad. Lo he reconocido muchas veces en presencia de
muchos psiquiatras.
—¿Se lo ha confesado alguna vez a Dios?
—Estoy seguro de que Él ya lo sabe.
—Yo también lo estoy, pero Él no lo ayudará a menos que usted se lo pida. Aunque es omnipotente, tiene
usted que acudir a Él mediante la oración, con espíritu contrito.
—¿Qué ocurrirá entonces?
—Sus pecados le serán perdonados. Sus adicciones desaparecerán. El Señor perdonará todas sus
transgresiones y usted se convertirá en un nuevo creyente en Cristo.
—¿Y lo del fraude fiscal?
—Eso no desaparecerá, pero usted tendrá fuerza para afrontarlo. Por medio de la oración superará todas
las adversidades.
A Nate le habían soltado sermones en otras ocasiones. Se había entregado tantas veces a los «poderes
superiores» que casi hubiera podido predicar. Había sido atendido por pastores protestantes y terapeutas, por
gurúes y psiquiatras de toda laya. En cierta oportunidad, durante un período de tres años de abstinencia, había
llegado incluso a trabajar como asesor para Alcohólicos Anónimos, enseñando a otros con problemas similares
los doce puntos del plan de recuperación en el sótano de una vieja iglesia, en Alexandria. Hasta que cayó.
¿Por qué no iba ella a intentar salvarlo? ¿Acaso la vocación de su vida no consistía en ir en busca de la
oveja extraviada?
—No sé rezar —dijo.
Ella le tomó la mano y se la apretó

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:13 am

—Cierre los ojos, Nate. Repita conmigo: Dios mío, perdona mis pecados y ayúdame a perdonar a
aquellos que han pecado.
Nate musitó las palabras y oprimió la mano de Rachel con más fuerza aún. La plegaria se parecía
vagamente al Padrenuestro.
—Dame fuerza para superar las tentaciones, las adicciones y las pruebas con las que tenga que
enfrentarme.
Nate repetía en voz baja la oración, pero aquel ritual le resultaba desconcertante. Para Rachel era fácil
rezar, porque lo hacía muy a menudo. En cambio, para él constituía un rito extraño.
—Amén —dijo Rachel.
Ambos abrieron los ojos sin soltarse de la mano y prestaron atención al suave murmullo del agua sobre
las rocas. Nate experimentó la extraña sensación de verse libre del peso que lo agobiaba; notó los hombros más
ligeros, la mente más despejada y el alma menos turbada, pero era tal la carga que soportaba sobre sus espaldas
que no supo muy bien qué peso le habían quitado de encima y cuál no.
El mundo real seguía dándole miedo. Ser valiente en el corazón del Pantanal, donde las tentaciones eran
muy pocas, resultaba sencillo, pero él sabía lo que le aguardaba en casa.
—Sus pecados están perdonados, Nate —dijo Rachel.
—¿Cuáles? Tengo tantos...
—Todos.
—¿Así de simple? Aquí dentro hay demasiadas cosas que funcionan mal.
—Volveremos a rezar esta noche.
—Conmigo será más difícil que con otras personas.
—Confíe en mí, Nate. Y confíe en Dios. He visto casos peores.
—Confío en usted. El que me preocupa es Dios.
Ella le apretó un poco más la mano y durante un rato ambos contemplaron en silencio el agua que
burbujeaba a su alrededor.
—Tenemos que irnos —indicó Rachel al cabo, pero no se movieron.
—He estado pensando en el entierro de la niña —dijo Nate.
—¿En qué sentido?
—¿Veremos el cuerpo?
—Supongo que sí. No creo que nos pase inadvertido.
—En tal caso, prefiero no ir. Jevy y yo regresaremos al poblado y esperaremos.
—¿Está segur?
—No quiero ver una niña muerta.
—Muy bien. Lo comprendo.
Nate la ayudó a levantarse, a pesar de que a ella no le hacía ninguna falta. Ambos mantuvieron las manos
entrelazadas hasta que Rachel se inclinó para calzarse las botas. Como de costumbre, Lako apareció como por
ensalmo y a continuación reanudaron la marcha. No tardaron en ser engullidos por la oscura selva.
Nate encontró a Jevy dormido bajo un árbol. Ambos echaron a andar con mucho cuidado por el sendero,
vigilando a cada paso la posible presencia de serpientes, y regresaron lentamente al poblado.
Al jefe no se le daban bien las predicciones meteorológicas. No hubo ninguna tormenta. Llovió un par de
veces a lo largo del día mientras Nate y Jevy combatían el aburrimiento durmiendo la siesta en sus hamacas
prestadas. Los aguaceros duraron muy poco, y después de cada uno de ellos el sol regresó para calentar la
húmeda tierra y hacer que aumentase la humedad. Incluso estando a la sombra y moviéndose sólo si era
estrictamente necesario, ambos hombres se achicharraban de calor.
Contemplaron a los indios dondequiera que hubiese actividad, pero el trabajo y los juegos se ajustaban al
flujo y el reflujo del bochorno. Cuando el sol salía con toda su fuerza, los ípicas se refugiaban en sus chozas o a
la sombra de los árboles que se alzaban detrás de ellas. En el transcurso de los chaparrones los niños jugaban
bajo la lluvia. Cuando las nubes cubrían el sol, las mujeres salían para dedicarse a sus quehaceres e ir al río.
Tras una semana en el Pantanal, Nate estaba como atontado por el ritmo de vida apático que allí se
seguía. Cada día era una copia exacta del anterior. Nada había cambiado allí desde hacía siglos.
Rachel regresó a media tarde. Ella y Lako fueron directos al jefe para informarle sobre los
acontecimientos del otro poblado. Después, Rachel se acercó a Nate y a Jevy. Estaba cansada y quería dar una
cabezada antes de hablar de negocios.
Mientras ella se alejaba, Nate se preguntó si tendría que esperar otra hora.
Rachel era esbelta y resistente, y seguramente hubiera podido correr maratones.
—¿Qué está mirando? —le preguntó Jevy con una sonrisa.
—Nada.
—¿Cuántos años tiene Rachel?
—Cuarenta y dos.
—¿Cuántos años tiene usted?
—Cuarenta y ocho.
—¿Ha estado casada?
—No.
—¿Cree que ha estado alguna vez con un hombre?
—¿Por qué no se lo preguntas?
—¿Y por qué no se lo pregunta usted?
—La verdad es que no me importa.
Volvieron a quedarse dormidos, ya que no tenían otra cosa mejor que hacer. En un par de horas
empezarían los combates de lucha, a continuación vendría la cena y, finalmente, la oscuridad. Nate soñaba con
el Santa Loura, un barco de lo más sencillo, pero que a cada hora que pasaba le parecía mejor. En sus sueños el
barco se estaba convirtiendo rápidamente en un espléndido y elegante yate.
Cuando los hombres empezaron a arreglarse el cabello y a prepararse para sus juegos, Nate y Jevy se
retiraron. Uno de los ipicas más corpulentos los llamó y, con una radiante sonrisa en los labios, pareció
invitarlos a luchar. Nate apuró el paso. De repente, se imaginó arrastrado por todo el poblado por un rechoncho
y pequeño guerrero al que le zangoloteaban los genitales. Jevy tampoco quería participar. Rachel acudió en su
ayuda. Ella y Nate se dirigieron hacia el río, a su lugar acostumbrado en el estrecho banco de roca bajo los
árboles. Allí volvieron a sentarse muy juntos, rodilla contra rodilla.
—Hizo usted bien en no ir dijo Rachel. Parecía fatigada. La siesta no la había repuesto.
—¿Por qué?
—Todos los poblados tienen un médico. Lo llaman shalyun y es el que cuece las hierbas y raíces con que
prepara sus medicinas. También conjura espíritus para resolver toda suerte de problemas.
—Ah, se refiere a un curandero.
—Más bien es un hechicero. En la cultura indígena abundan los espíritus, y el shalyun es algo así como el
encargado de dirigir el tráfico. Sea como fuere, los shalyun son mis enemigos naturales. Yo constituyo una
amenaza para su religión. Siempre están planeando el modo de perjudicarme. Persiguen a los creyentes
cristianos. Oprimen a los nuevos conversos. Quieren que me vaya y no paran de ejercer presión sobre los jefes
para que me echen. Es una lucha diaria. En el último poblado río abajo, yo tenía una pequeña escuela donde
enseñaba a leer y escribir. Era para los creyentes, pero estaba a disposición de todos. Hace un año tuvimos un
brote de malaria y murieron tres personas. El shalyun local convenció al jefe de que la enfermedad era un
castigo que había caído sobre el poblado por culpa de mi escuela. Ahora la escuela está cerrada.
Nate se limitaba a escuchar: La valentía de Rachel, ya admirable de por sí, estaba alcanzando nuevas
cotas. El calor y el lánguido ritmo de la vida de aquel lugar lo habían inducido a creer que entre los ipicas todo
era paz. Ningún visitante hubiese sospechado que en aquellos parajes se estuviera librando una guerra por las
almas.
—Los padres de Ayesh, la niña que murió, son cristianos, y su fe es muy profunda. El shalyun hizo correr
la voz de que él hubiera podido salvar a la pequeña, pero que ellos no lo llamaron. Como es natural, querían que
yo atendiera a Ayesh. En esta región abundan las serpientes bima y los shalyun preparan remedios caseros
contra su veneno. Jamás he visto que ninguno de ellos resultara eficaz. Ayer, una vez que me marché después de
que la niña hubiera muerto, el shalyun invocó a los espíritus y celebró una ceremonia en el centro del poblado.
Me culpó a mí de la muerte. Y le echó la culpa a Dios. —Sus palabras brotaban con más rapidez que de
costumbre, como si quisiera darse prisa en emplear el inglés una vez más—. Hoy durante el entierro, el shalyun
y otros alborotadores se han puesto a bailar y a cantar muy cerca de nosotros. Los pobres padres se han sentido
muy abrumados por el dolor y la humillación. Yo no he podido terminar el acto religioso. —Se le quebró
ligeramente la voz y se mordió el labio inferior.
Nate le dio una palmada en el brazo. —No se preocupe. Todo ha terminado.
Ella no podía llorar en presencia de los indios. Tenía que mostrarse fuerte y estoica, llena de fe y valor en
todas las circunstancias, pero en presencia de Nate sí podía llorar, pues él lo comprendería; de hecho, esperaba
que lo hiciese.
Se enjugó las lágrimas y, poco a poco, se sobrepuso.
—Lo siento —dijo.
—No se preocupe —repitió Nate, tratando de ayudarla.
Las lágrimas de una mujer fundían la fachada de frialdad tanto ante la barra de un bar como a la orilla de
un río.
Se oyeron unos gritos procedentes del poblado. Los combates de lucha ya habían empezado. Nate pensó
fugazmente en Jevy. Confiaba en que no hubiera sucumbido a la tentación de jugar con los muchachos.
—Ahora creo que tiene que irse —dijo Rachel, rompiendo súbitamente el silencio. Había conseguido
dominar sus emociones y el tono de su voz volvía ser el normal.
—¿Cómo?
—Sí, ahora. Cuanto antes.
—Estoy deseando irme, pero dentro de tres horas oscurecerá.
—Hay motivos para preocuparse.
—La escucho.
—Me parece haber detectado un caso de malaria en el otro poblado. La transmiten los mosquitos y se
extiende con mucha rapidez.
Nate empezó a rascarse y ya estaba deseando estar en la embarcación cuando recordó las píldoras.
—Estoy protegido. Tomo clorono sé qué.
—¿Cloroquina?
—Exacto.
—¿Cuándo empezó a tomarla?
—Dos días antes de partir de Estados Unidos.
—¿Y dónde están ahora las pastillas?
—Me las dejé en el barco grande.
Rachel sacudió la cabeza en gesto de reproche.
—Deben tomarse antes, durante y después del viaje —dijo en tono autoritario, como si la muerte fuese un
hecho inminente—. ¿Y Jevy? —preguntó—. ¿También toma las pastillas?
—Ha estado en el ejército. Estoy seguro de que se encuentra bien.
—No pienso discutir, Nate. Ya he hablado con el jefe. Esta mañana, antes del amanecer, envió a dos
pescadores. Las aguas desbordadas son peligrosas durante las primeras dos horas; después la navegación es más
fácil. Les proporcionará tres guías en dos canoas y yo enviaré a Lako para que actúe de intérprete. Cuando
lleguen al río Xeco, siguen todo recto hasta el Paraguay.
—¿Eso está muy lejos?
—El Xeco se encuentra a unas cuatro horas de aquí. El Paraguay, a seis. Y ustedes navegarán empujados
por la corriente.
—Muy bien. Veo que lo tiene usted todo planeado.
—Confíe en mí, Nate. He enfermado por dos veces de malaria y es algo que no le recomiendo. La
segunda vez estuve a punto de morir.
¿A qué vienen tantas prisas? A Nate no se le había ocurrido la posibilidad de que Rachel muriese. El
hecho de que ella se ocultara en la selva y rechazara el papeleo sería suficiente para complicar el caso de la
herencia Phelan. Si moría, el caso tardaría años en resolverse.
Nate la admiraba enormemente. Era todo lo que él no era: fuerte y valiente, sólidamente anclada en la fe,
feliz en su sencillez, segura del lugar que ocupaba en el mundo y en el más allá.
—No se muera, Rachel —le dijo.
—La muerte no me da miedo. Para un cristiano, es una recompensa. Pero rece por mí, Nate.
—Lo haré, se lo prometo.
—Es usted un hombre bueno. Tiene buen corazón y buenos pensamientos. Sólo le falta un poco de
ayuda.
—Lo sé. No soy muy fuerte. —Nate guardaba los papeles en un sobre doblado en su bolsillo. Los sacó—.
¿Podríamos, por lo menos, hablar de esto un momento?
—Sí, pero sólo como un favor a usted. Creo que, después de todo lo que se ha esforzado para llegar a un
lugar tan apartado, lo menos que puedo hacer es mantener esta pequeña charla jurídica.
—Gracias. —Nate le entregó la primera hoja, una copia del testamento de Troy.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:15 am

Ella lo leyó muy despacio, tratando de desentrañar los párrafos del texto manuscrito. Al terminar,
preguntó:
—¿Es un documento legalmente válido?
—Hasta ahora, sí.
—Lo veo muy rudimentario.
—Los testamentos escritos a mano son legalmente válidos, lo siento, pero así es la ley.
Ella volvió a leerlo. Nate contempló las sombras que caían sobre el límite de la vegetación. Ahora la
oscuridad le daba miedo, tanto en tierra como en el agua. Estaba deseando marcharse.
—Troy no se preocupaba por sus restantes hijos, ¿verdad? —preguntó Rachel en tono risueño.
—Usted tampoco lo hubiera hecho; pero, además, no creo que tuviese mucha vocación de padre.
—Recuerdo el día en que mi madre me habló de él. Yo tenía diecisiete años. Fue a finales de un verano.
Mi padre adoptivo acababa de morir de cáncer y nuestra vida era bastante triste.
Troy había conseguido descubrir mi paradero y estaba presionando a mi madre para que le permitiera
visitarme. Ella me contó la verdad acerca de mis padres biológicos, pero la revelación no significó nada para mí.
No me importaban aquellas personas. Más tarde supe que mi madre biológica se había suicidado. ¿Qué le
parece, Nate? Mis verdaderos progenitores se suicidaron. ¿Habrá algo en mis genes?
—No. Usted es mucho más fuerte que ellos.
—Yo acojo la muerte de buen grado.
—No diga eso. ¿Cuándo conoció a Troy?
—Transcurrió un año. Él y mi madre se hicieron amigos por teléfono. Ella llegó a convencerse de que los
motivos de Troy eran buenos, de modo que un día éste se presentó en nuestra casa. Tomamos té con pastas y
después él se fue. Más adelante envió dinero para mi matrícula de la universidad y comenzó a insistir en que
aceptara un empleo en una de sus empresas. Empezó a comportarse como un padre y a mí me molestó. De
pronto murió mi madre y el mundo se derrumbó en torno a mí. Cambié de apellido y me matriculé en la Facultad
de Medicina. A lo largo de los años recé por Troy tal como rezo por todas las personas extraviadas que conozco,
y pensé que él se había olvidado de mí.
—Está claro que no —dijo Nate.
Un mosquito negro se posó en su muslo y él lo aplastó con fuerza suficiente como para partir un madero.
En caso de que fuese portador de la malaria, ya no podría transmitírsela a nadie. El rojo perfil de la huella de su
mano se dibujó en su piel.
Le pasó a Rachel el documento de renuncia y el de acuse de recibo. Ella los leyó atentamente.
—No voy a firmar nada —dijo—. No quiero
—Pues quédeselos. Y rece por ellos.
—¿Se está usted burlando de mí?
—No. Es que no sé qué voy a hacer ahora.
—En eso no puedo ayudarle. No obstante, le pediré un solo favor.
—Lo que usted quiera.
—No le diga a nadie dónde estoy. Se lo suplico, Nate. Le ruego que proteja mi intimidad.
—Se lo prometo, pero tiene usted que ser realista.
—¿Qué quiere decir?
—Es una historia muy llamativa. Si acepta el dinero, se convertirá en la mujer más rica del mundo. Si lo
rechaza, el caso será todavía más sensacional.
—¿Y eso a quién le importa?
—Qué inocente es usted. Veo que está muy bien protegida contra los medios de comunicación.
Actualmente las noticias son incesantes, veinticuatro horas de interminable información acerca de todo. Horas y
horas de noticiarios, programas de noticias, bustos parlantes, reportajes de última hora. Todo es basura. Ninguna
noticia es lo bastante insignificante para que no se la localice y se la rodee de sensacionalismo.
—Pero ¿cómo van a encontrarme?
—Buena pregunta. Tenemos suerte, porque Troy le había seguido la pista, pero, que sepamos, no se lo
comunicó a nadie.
—Lo cual significa que estoy a salvo, ¿no? Usted no puede revelar mi paradero. Los abogados de su
bufete tampoco.
—Muy cierto—Y usted se había extraviado cuando llegó aquí, ¿verdad?
—Por completo.
—Tiene que protegerme, Nate. Éste es mi hogar. Ésta es mi gente. No quiero verme obligada a huir otra
vez.
UNA HUMILDE MISIONERA DE LA SELVA RECHAZA UNA FORTUNA DE ONCE MIL
MILLONES DE DÓLARES Menudo titular. Los buitres invadirían el Pantanal con sus helicópteros y sus
vehículos anfibios. Nate se compadeció de ella. —Haré lo que pueda —dijo.
—¿Me da su palabra?
—Sí, se lo prometo.
El cortejo de despedida lo encabezaba el jefe en persona, seguido de su mujer y una docena de hombres
y, a continuación, Jevy y no menos de diez hombres más. Todos avanzaron por el tortuoso sendero que conducía
al río.
—Ya es hora de que se vayan —dijo Rachel.
—Supongo que sí. ¿Seguro que estaremos a salvo en la oscuridad?
—Sí. El jefe envía a sus mejores pescadores. Dios los protegerá. Rece sus oraciones.
—Así lo haré.
—Yo rezaré por usted todos los días, Nate. Es usted una buena persona y tiene buen corazón. Merece
salvarse.
—Gracias. ¿Quiere usted casarse?
—No puedo.
—Por supuesto que puede. Yo me encargo del dinero, usted se encarga de los indios. Conseguimos una
choza más grande y nos quitamos la ropa.
Ambos se echaron a reír y aún estaban sonriendo cuando apareció el jefe. Nate se levantó para decir hola,
adiós o lo que fuera, pero por un instante se le nubló la vista. Una oleada de vértigo le subió desde el pecho y le
atravesó la cabeza. Consiguió recuperarse, recobró la visión y miró a Rachel para comprobar si ésta se había
dado cuenta.
No lo había hecho. Los párpados empezaron a dolerle y las articulaciones y los codos a palpitarle.
Tras una serie de ceremoniosos gruñidos en lengua ipica, todo el mundo se acercó al río. Cargaron
comida en la embarcación de Jevy y en las dos estrechas canoas que iban a utilizar los guías y Lako. Nate le dio
las gracias a Rachel, quien a su vez dio las gracias al jefe. Cuando hubieron terminado todas las despedidas de
rigor, llegó el momento de la partida.
De pie con el agua hasta los tobillos, Nate abrazó cariñosamente a Rachel y le dio unas palmadas en la
espalda diciendo:
—Gracias.
—¿Gracias por qué?
—Pues la verdad es que no lo sé. Gracias por crear una fortuna en honorarios de abogados.
—Me cae usted bien, Nate —dijo ella sonriendo—, pero me importan un bledo el dinero y los abogados.
—Usted también me cae bien.
—No vuelva, se lo ruego.
—No se preocupe.
Todo el mundo estaba esperando. Los pescadores ya se encontraban en el río. Jevy sostenía en su mano el
canalete, ansioso de iniciar la travesía.
Nate puso un pie en la embarcación.
—Podríamos pasar la luna de miel en Corumbá —insistió en tono de broma.
—Adiós, Nate —repuso ella—. Dígale a la gente que no consiguió encontrarme.
—Así lo haré. Hasta siempre.
Nate se sentó en el duro banco de la embarcación y notó que la cabeza le volvía a dar vueltas. Mientras se
alejaban, saludó con la mano a Rachel y a los indios, pero sus figuras estaban borrosas.
Empujadas por la corriente, las canoas se deslizaron sobre el agua mientras los indios remaban en
perfecta sincronía. No desperdiciaron el esfuerzo ni perdieron el tiempo. Tenían prisa. El motor se puso en
marcha al tercer intento y de inmediato dieron alcance a las canoas. Cuando Jevy aminoró la velocidad, el motor
titubeó, pero no se caló. Al llegar al primer meandro del río, Nate volvió la cabeza. Rachel y los indios seguían
en la orilla.

A pesar de las nubes que ocultaban el sol y de la suave brisa que le acariciaba el rostro, Nate se dio
cuenta de que estaba sudando. Tenía las piernas y los brazos húmedos. Se frotó el cuello y la frente y contempló
la humedad de sus dedos. En lugar de rezar tal como había prometido hacer, murmuró:
—Mierda. Estoy enfermo.
La fiebre no era muy alta, pero aumentaba por momentos. La brisa le provocaba escalofríos. Se acurrucó
en su asiento y buscó algo más que ponerse. Jevy advirtió que algo le ocurría y, al cabo de unos minutos, le
preguntó:
—¿Se siente bien, Nate?
Nate sacudió la cabeza mientras un ramalazo de dolor le bajaba desde los ojos hasta la columna vertebral.
Se sonó la nariz. Dos meandros más abajo observó que los árboles eran menos gruesos y el terreno era más bajo.
El río se ensanchó y penetró en un lago desbordado, en cuyo centro se alzaban tres árboles podridos. Nate estaba
seguro de que no había visto aquellos árboles durante la travesía de ida. Estaban siguiendo otro camino. Sin la
ayuda de la corriente, las canoas navegaban un poco más despacio, pero seguían surcando el agua con
asombrosa rapidez. Los guías no estudiaron el lago. Sabían exactamente adónde iban.
—Jevy, creo que he contraído la malaria —musitó Nate. Su voz era áspera y ya empezaba a dolerle la
garganta.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Jevy, al tiempo que reducía la velocidad por un instante.
—Rachel me lo advirtió. Ayer detectó un brote de malaria en el otro pueblo. Por eso nos hemos ido tan
pronto.
—¿Tiene fiebre?
—Sí, y dificultades para enfocar la vista.
Jevy detuvo la embarcación y llamó a los indios, que ya casi se habían perdido de vista. Apartó los
bidones vacíos de combustible y los restos de las provisiones y desenrolló rápidamente la tienda.
—Sufrirá escalofríos —le advirtió mientras trabajaba.
La embarcación se balanceaba siguiendo el ritmo de sus movimientos.
—¿Tú has enfermado alguna vez de malaria? —quiso saber Nate.
—No, pero casi todos mis amigos se han muerto de eso.
—¿En serio?
—Es una broma. Eso no suele matar a la gente, pero se pondrá usted muy malo.
Procurando evitar los movimientos bruscos y manteniendo la cabeza lo más inmóvil posible, Nate se
arrastró por detrás de su asiento y se tendió en el centro de la batea. Un saco de dormir hacía las veces de
almohada. Jevy extendió por encima de él la tienda y la sujetó con los dos bidones vacíos de combustible.
Los indios se acercaron para ver qué ocurría. Lako formuló unas preguntas en portugués. Nate oyó que
Jevy pronunciaba la palabra «malaria» y que ello daba lugar a unos murmullos en ípica. Reanudaron la
navegación de inmediato. La embarcación parecía más rápida, tal vez porque Nate estaba tendido en el fondo y
la sentía deslizarse a través del agua. De vez en cuando una rama que Jevy no había visto provocaba una
sacudida, pero a Nate le daba igual. La cabeza le dolía como si sufriera la peor resaca de su vida, y mover los
músculos y las articulaciones constituía un auténtico tormento. Además, estaba temblando. Ya empezaban a
producirse los escalofríos.
Se oyó un retumbo en la distancia. Nate temió que fuera un trueno. «Vaya —pensó—. Justo lo que
faltaba.»
Las nubes de lluvia no se acercaron. El río trazó una curva hacia el oeste y Jevy vio los anaranjados y
amarillos vestigios de una puesta de sol. Después el río volvió a girar hacia el este en medio de la creciente
oscuridad del Pantanal. Las canoas aminoraron por dos veces la velocidad mientras los ipicas discutían acerca
del ramal de la bifurcación que deberían tomar. Jevy los seguía a unos treinta metros de distancia, pero fue
acercándose conforme aumentaba la oscuridad. No veía a Nate escondido debajo de la tienda, pero sabía que su
amigo estaba sufriendo. En realidad, Jevy conocía a un hombre que había muerto de malaria.
Cuando llevaban dos horas de navegación, los guías los condujeron a través de una serie de angostas
corrientes y tranquilas lagunas hasta que, al llegar a un río más ancho, se detuvieron por un instante. Los indios
necesitaban un descanso. Lako llamó a Jevy y le explicó que ya estaban a salvo, pues acababan de dejar atrás la
parte más difícil y el resto sería más fácil. El Xeco se encontraba a unas dos horas de navegación y conducía
directamente al Paraguay.
Jevy preguntó si podían hacer la travesía solos. La respuesta fue que no. Aún quedaban varios horcajos y,
además, los indios conocían un paraje del Xeco donde el río seguramente se había desbordado. Allí se
detendrían para dormir.
Lako quiso saber cómo estaba el norteamericano.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:16 am

—No muy bien— contestó Jevy.
Nate oyó voces y advirtió que la embarcación no se movía. Ardía de fiebre de la cabeza a los pies. Se
notaba la piel y la ropa empapadas de sudor y el aluminio que tenía debajo también estaba mojado. Tenía los
ojos cerrados a causa de la hinchazón de los párpados y se notaba la boca tan seca que el solo hecho de abrirla le
dolía. Oyó que Jevy le preguntaba algo en inglés, pero no pudo contestar. La lucidez iba y venía.
En medio de la oscuridad, las canoas navegaban todavía más despacio. Jevy las seguía de cerca y a veces
utilizaba las linternas para ayudar a los guías a estudiar los desvíos y los afluentes. A media velocidad, el motor
de la batea producía un zumbido constante. Se detuvieron una sola vez para comer una hogaza de pan, beber un
poco de zumo y hacer sus necesidades. Amarraron las tres embarcaciones juntas.
Lako estaba preocupado por el norteamericano. ¿Qué iba a decirle a la misionera?, le preguntó a Jevy.
Que había pillado la malaria, fue la respuesta.
Unos relámpagos lejanos terminaron con la breve cena y el descanso. Los indios se pusieron nuevamente
en marcha, remando con energía. Llevaban varias horas sin avistar tierra. No había ningún lugar donde
desembarcar y capear el temporal.
Al final, el motor se detuvo. Jevy echó mano del último bidón lleno que quedaba y volvió a ponerlo en
marcha. Navegando a media velocidad, dispondría de combustible para unas seis horas más, suficiente para
llegar hasta el Paraguay. Allí habría tráfico fluvial y casas, y más tarde o más temprano encontrarían el Santa
Loura. Jevy conocía el lugar exacto en que el Xaco vertía sus aguas en el Paraguay. Navegando río abajo, creía
que darían con Welly hacia el amanecer.
Los relámpagos seguían estallando, pero no los alcanzaron. Cada destello inducía a los guías a remar con
mayor denuedo, pero ya empezaban a cansarse. En determinado momento, Lako agarró un costado de la batea y
un ípica agarró el otro mientras Jevy sostenía la linterna en alto por encima de su cabeza; de esta manera,
siguieron avanzando como si lo hicieran a bordo de una barcaza.
Los árboles y la maleza eran cada vez más densos a medida que el río se ensanchaba. A ambos lados se
veía la tierra de la orilla. Los indios empezaron a hablar entre sí y, al entrar en el Xeco, dejaron de remar.
Estaban agotados y tenían que detenerse. «Hace tres horas que deberían haberse acostado», pensó Jevy.
Buscaron un sitio y desembarcaron.
Lako explicó que llevaba muchos años trabajando como ayudante de la misionera. Había visto numerosos
casos de malaria; él mismo la había contraído en tres ocasiones. Retiró la tienda que cubría la cabeza y el pecho
de Nate y le tocó la frente. Tenía mucha fiebre, le dijo a Jevy, que sostenía la linterna de pie en medio del barro
y estaba deseando subir de nuevo a la embarcación.
No se podía hacer nada, sentenció Lako completando su diagnóstico. La fiebre desaparecería y, a las
cuarenta y ocho horas, se produciría otro acceso. Le preocupaban los ojos hinchados, pues era la primera vez
que veía algo así en un caso de malaria.
El mayor de los guías dijo algo a Lako al tiempo que señalaba hacia el oscuro río. La traducción que
recibió Jevy fue que se mantuviera en el centro de la corriente y no prestara atención a los pequeños horcajos,
sobre todo a los de la izquierda; en cuestión de un par de horas encontraría el Paraguay. Jevy les dio
efusivamente las gracias y se puso nuevamente en marcha.
La fiebre no remitió. Una hora más tarde, Jevy examinó a Nate y observó que el rostro le ardía tanto
como antes; estaba acurrucado en posición fetal, parecía semi-inconsciente y murmuraba palabras inconexas.
Jevy le hizo beber un poco de agua y le echó el resto sobre el rostro.
El Xeco era ancho y muy fácil de navegar. Pasaron por delante de una casa (Jevy se dijo que debía de
hacer un mes que no veía una) y como un faro que llamara a un barco extraviado, la luna se abrió paso entre las
nubes e iluminó las aguas que tenían delante.
—¿Puede oírme, Nate? —preguntó Jevy sin levantar la voz lo bastante como para que se le oyera—.
Nuestra suerte está cambiando.
Después bajó hacia el Paraguay siguiendo el reflejo de la luna.
Se trataba de una chalana, una especie de caja de zapatos flotante de nueve metros de eslora, dos metros y
medio de manga y fondo plano, utilizada como medio de transporte en el Pantanal. Jevy había capitaneado
varias docenas de ellas. Vio la luz doblar una curva y, al oír el golpeteo del motor diésel, comprendió
exactamente la clase de embarcación que era.
Además, conocía al capitán, que en el instante en que el marinero detuvo la chalana dormía en su litera.
Eran casi las tres de la madrugada. Jevy amarró la batea a la proa y saltó a bordo. Le dieron dos bananas
mientras él les ofrecía un rápido resumen de lo que estaba haciendo. El marinero le sirvió café azucarado. Se
dirigían al norte, a la base militar de Porto Indio para comerciar con los soldados. Les sobraban unos cuantos
litros de combustible. Jevy prometió pagarles en Corumbá. Tranquilo. En el río todo el mundo echa una mano.
Más café y unos barquillos azucarados. Después Jevy preguntó por Welly y el Santa Loura.
—Está en la desembocadura del Cabixa —dijo—, amarrado en el lugar donde antes había un
embarcadero.
Sacudieron la cabeza.
—Pues allí no lo hemos visto —repuso el capitán.
El marinero lo confirmó. Conocían el Santa Loura y hubiera sido imposible que les pasase inadvertido.
—Tiene que estar allí —insistió Jevy.
—No. Ayer al mediodía pasamos por el Cabixa. No había ni rastro del Santa Loura.
Quizá Welly se hubiera adentrado un poco en el Cabixa para ir en su busca. Debía de estar muy
preocupado. Jevy lo perdonaría por haber movido el Santa Loura de sitio, pero no sin antes pegarle una bronca.
El barco estaría allí, no le cabía la menor duda. Tomó un poco más de café y les contó lo de Nate y la
malaria. En Corumbá corrían rumores acerca de que la enfermedad estaba asolando el Pantanal. Para Jevy
aquello no era nada nuevo.
Llenaron un bidón de combustible de uno de los barriles de la chalana. Por regla general, el tráfico fluvial
en la estación de las lluvias era tres veces más rápido corriente abajo que en sentido contrario. Una batea con un
buen motor podía llegar al Cabixa en cuatro horas, al puesto de venta de la orilla del río en diez y a Corumbá en
dieciocho. El Santa Loura, en caso de que lo encontraran, tardaría un poco más, pero al menos allí tendrían
hamacas y comida.
El plan de Jevy era detenerse y descansar brevemente en el Santa Loura. Quería acostar a Nate en una
cama y utilizaría el teléfono satélite para llamar a Corumbá y ponerse en contacto con Valdir. A su vez, éste
buscaría a un buen médico que sabría qué hacer cuando llegaran a la ciudad.
El capitán le dio otra caja de barquillos y un vaso de papel lleno de café. Jevy prometió reunirse con ellos
en Corumbá a la semana siguiente. Les dio las gracias y soltó las amarras. Nate estaba vivo, pero inmóvil. La
fiebre seguía sin remitir.
Levy, a quien el café había ayudado a mantenerse despierto, se puso a ajustar el estrangulador, abriéndolo
hasta que el motor empezaba a renquear y cerrándolo antes de que se parara. Cuando se desvaneció la oscuridad,
una espesa bruma se extendió sobre el río.
Llegó a la desembocadura del Cabixa una hora después del amanecer. El Santa Loura no estaba allí. Jevy
amarró la batea en el viejo embarcadero y se dirigió hacia la única casa que había cerca de la orilla para hablar
con el propietario. Lo encontró en el establo, ordeñando una vaca. El hombre recordaba a Jevy y le contó la
historia de la tormenta que se había llevado el barco. Jamás se había visto nada peor por allí. Ocurrió en mitad
de la noche y nadie vio nada. El viento soplaba con tal fuerza que él, su mujer y su hijo se habían escondido
debajo de la cama.
—¿Dónde se hundió? —preguntó Jevy.
—No lo sé.
—¿Y el chico?
—¿Welly? Ni idea.
—¿Nadie ha visto al chico? ¿Has preguntado por ahí?
No había hablado con nadie del río desde que Welly desapareciera en la tormenta. Estaba muy triste por
lo ocurrido y, para redondear la cosa, señaló que, en su opinión, lo más probable era que Welly hubiese muerto.
Nate no había muerto. La fiebre bajó considerablemente y, cuando despertó, tenía frío y estaba sediento.
Se abrió los párpados con ayuda de los dedos y en torno a él sólo vio agua, la maleza de la orilla y la granja.
—Jevy —musitó.
Se notaba la garganta irritada y hablaba con un hilo de voz. Se incorporó y se pasó un rato frotándose los
ojos. No podía enfocar nada. Jevy no contestaba. Le dolía todo el cuerpo: los músculos, las articulaciones, hasta
la sangre que circulaba por su cerebro. Tenía un fuerte sarpullido en el pecho y el cuello y se rascó tanto que se
hizo daño. El olor que despedía su cuerpo lo mareaba.
El granjero y su mujer acompañaron a Jevy a la embarcación. No tenían ni una gota de combustible, lo
que contrarió a su visitante.
—¿Cómo se encuentra, Nate? —preguntó Jevy, saltando al interior de la embarcación.
—Me estoy muriendo —contestó Nate en un débil susurro. Jevy le tocó la frente y le acarició suavemente
el sarpullido.
—Le ha bajado la fiebre.
—¿Dónde estamos?
—En el Cabixa. Ni rastro de Welly. El barco se hundió en una tormenta.
—Vaya suerte la nuestra —dijo Nate, haciendo una mueca al sentir una punzada de dolor en la cabeza—.
¿Dónde está Welly?
—No lo sé. ¿Podrá aguantar hasta Corumbá?
—Preferiría morirme de una maldita vez.
—Acuéstese, Nate.
Se apartaron de la orilla sin prestar atención al granjero y a su mujer, que los saludaban con la mano,
hundidos en el barro hasta los tobillos.
Nate permaneció un rato incorporado. La caricia del viento en el rostro le resultaba agradable. Sin
embargo, no tardó en volver a sentir frío. Un estremecimiento le atravesó el pecho y lo obligó a acostarse. Bajo
la tienda, Nate trató de rezar por Welly, pero sólo pudo concentrarse en ello durante unos segundos. Se resistía a
creer que hubiera contraído la malaria.
Hark preparó el almuerzo con todo detalle. Éste se iba a celebrar en el comedor privado del hotel Hay-
Adams. Habría ostras y canapés, caviar y salmón, champán francés y ensaladas variadas. A las once ya estaban
todos allí, vestidos con prendas informales y metiendo mano a los canapés.
Les había asegurado que la reunión era de la máxima importancia, y su carácter estrictamente reservado.
Había localizado al único testigo que podía permitirles ganar el pleito. Sólo habían sido invitados los abogados
de los hermanos Phelan. Las ex esposas aún no habían impugnado el testamento y no tenían demasiado interés
en participar. Su posición legal era muy débil. El juez Wycliff le había dado a entender confidencialmente a uno
de sus abogados que no vería con buenos ojos las frívolas demandas de aquellas.
Tanto si su comportamiento era frívolo como si no, los seis hermanos se habían apresurado a impugnar el
testamento. Todos habían entrado en la refriega, alegando esencialmente lo mismo: que Troy Phelan no estaba
en pleno uso de sus facultades mentales en el momento de firmar su último testamento.
Un máximo de dos abogados por heredero, y a ser posible sólo uno, había sido autorizado a participar en
la reunión. Hark estaba presente en representación de Rex. Wally Bright lo estaba en representación de
Libbigail. Yancy era el único abogado de Ramble. Grit estaba allí en representación de Mary Ross. Y la señora
Langhorne, la antigua profesora de Derecho, era la representante de Geena y Cody. Troy junior había contratado
y despedido a tres bufetes desde la muerte de su padre.
Sus más recientes abogados pertenecían a una firma con cuatrocientos letrados en plantilla. Se llamaban
Hemba y Hamilton y se presentaron a la recién creada confederación.
Hark cerró la puerta y dirigió la palabra al grupo. Les ofreció una breve biografía de Malcolm Snead, un
hombre con quien había venido reuniéndose casi a diario.
—Estuvo al servicio del señor Phelan durante treinta años —explicó con expresión muy seria—. Es
probable que lo ayudara a redactar su último testamento, y también lo es que esté dispuesto a declarar que el
viejo había perdido la chaveta en aquel momento.
Los abogados se quedaron de una pieza. Hark contempló sus risueños rostros por un instante antes de
añadir:
—0 es posible que su intención sea declarar que no sabía nada del testamento manuscrito y que el señor
Phelan estaba perfectamente cuerdo y lúcido el día en que murió.
—¿Cuánto pide? —preguntó Wally Bright, yendo directamente al grano.
—Cinco millones de dólares. El diez por ciento ahora y el resto cuando se llegue a un acuerdo.
Las exigencias de Snead no asustaron a los abogados. Considerando lo mucho que estaba en juego, en
realidad su codicia era más bien moderada.
—Como es natural, nuestros clientes no disponen de esta suma —prosiguió Hark—. Por consiguiente, si
queremos comprar su testimonio, de nosotros depende. A unos ochenta y cinco mil dólares por heredero,
podemos firmar un contrato con el señor Snead. Estoy convencido de que su declaración nos permitirá ganar el
pleito o bien forzará un acto de conciliación.
El nivel de riqueza de los presentes en la estancia era muy desigual. La cuenta del bufete de Bright era
deficitaria. Éste debía impuestos atrasados. En el otro extremo del espectro, algunos de los socios de la firma en
que trabajaban Hemba y Hamilton ganaban más de un millón de dólares al año.
—¿Está usted insinuando que paguemos de nuestro bolsillo a un testigo mentiroso? —inquirió Hamilton.
—Nosotros ignoramos que miente —contestó Hark. Ya tenía previstas todas las preguntas—. Nadie lo
sabe. Estaba solo con el señor Phelan. No hay testigos. La verdad será la que el señor Snead quiera que sea.
—Me suena un poco deshonroso —intervino Hemba.
—¿Se le ocurre alguna idea mejor? —rezongó Grit, que ya andaba por el cuarto canapé.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:17 am

Hemba y Hamilton pertenecían a una prestigiosa firma jurídica y no estaban acostumbrados a la suciedad
y la mugre de las calles, lo cual no significaba que ellos o los de su clase fuesen menos corruptos, pero sus
clientes eran grandes empresas que utilizaban a los cabilderos para sobornar legalmente a los políticos con el fin
de conseguir importantes contratas gubernamentales y que ocultaban el dinero en cuentas secretas en Suiza, todo
ello con la ayuda de sus fieles abogados. El hecho de pertenecer a un importante bufete los inducía a fruncir el
entrecejo ante el comportamiento poco ético sugerido por Hark y aprobado por Grit, Bright y los demás.
—No estoy muy seguro de que nuestro cliente lo apruebe —señaló Hamilton.
—Su cliente dará saltos de alegría —repuso Hark. Cubrir con el manto de la ética a TJ Phelan casi
parecía un chiste—. Le aseguro que le conocemos mejor que ustedes. Se trata de establecer si ustedes están
dispuestos a participar o no.
—¿Está usted insinuando que nosotros, los abogados, adelantemos los primeros quinientos mil? —
preguntó Hemba en tono despectivo.
—Exactamente —contestó Hark.
—En tal caso, nuestra firma jamás participaría en este plan.
—Pues, en tal caso, su firma está a punto de ser despedida —terció Grit—. No olvide que son ustedes el
cuarto bufete en un mes. De hecho, Troy Phelan ya había amenazado con prescindir de sus servicios. Ambos se
callaron y escucharon. Hark se dispuso a proseguir.
—Para evitar la embarazosa situación de tener que pedir a cada uno de nosotros que suelte la pasta, he
encontrado un banco dispuesto a prestarnos quinientos mil dólares a un plazo de un año. Lo único que
necesitamos son seis firmas en el documento del préstamo. Yo ya he firmado.
—Yo lo firmaré —anunció Bright en un alarde de jactancia. Era intrépido porque no tenía nada que
perder.
—A ver si lo entiendo —dijo Yancy—. Nosotros le pagamos primero el dinero a Snead y éste habla. ¿Es
así?
—Sí.
—¿No convendría que primero oyéramos su versión?
—Su versión aún debe ser elaborada en parte. Esto es lo bueno del trato. En cuanto le paguemos, será
nuestro. Podremos configurar su declaración y estructurarla a nuestra conveniencia. Tenga en cuenta que no hay
otros testigos, exceptuando tal vez su secretaria.
—¿Cuánto vale la secretaria? —preguntó Grit.
—Es gratis. Va incluida en el paquete de Snead.
¿Cuántas veces en el ejercicio de la profesión se presenta la oportunidad de embolsarse un porcentaje de
la décima fortuna más grande del país?
Los abogados hicieron sus cálculos. Un pequeño riesgo ahora y una mina de oro después.
La señora Langhorne los sorprendió a todos diciendo:
—Aconsejaré a mi firma que aceptemos el trato; pero esto ha de ser un secreto hasta la tumba.
—La tumba —repitió Yancy—. Podrían quitarnos la licencia e incluso procesarnos. Sobornar a alguien
para que cometa perjurio es un delito.
—Usted no lo comprende —le dijo Grit—. No puede haber perjurio. La verdad la define Snead y sólo
Snead. Si él afirma que ayudó al difunto a redactar el testamento y que en ese momento el viejo estala chiflado,
¿quién puede rebatirlo? Es un trato sensacional. Yo firmaré.
—Ya somos cuatro —dijo Hark. —Yo firmaré —aseguró Yancy. Hemba y Hamilton vacilaron.
—Tendremos que consultarlo con nuestra firma —señaló Hamilton muy serio
—¿Es necesario que les recuerde que todo esto es confidencial? —intervino Bright.
Tenía gracia. El combatiente callejero y ex alumno de clases nocturnas estaba reprendiendo a los
guardianes de la ley por una cuestión de ética.
—No —contestó Hemba—. No hace falta que nos lo recuerde.
Hark llamanaría a Rex, le comentaría lo del trato y Rex llamaría a su hermano TJ y le comunicaría que
sus abogados estaban torpedeándolo Hemba y Hamilton pasarían a la historia en cuestión de cuarenta y ocho
horas.
—Hay que actuar con rapidez —les advirtió Hark a sus colegas—. El señor Snead alega apuros
económicos y está absolutamente dispuesto a llegar a un acuerdo con la otra parte.
—Por cierto —dijo Langhorne—, ¿sabemos algo más acerca de la otra parte? Todos estamos
impugnando el testamento. Alguien tiene que defenderlo. ¿Dónde está Rachel Lane?
—Evidentemente, se esconde —respondió Hark—. Josh me ha asegurado que saben dónde se encuentra,
que permanecen en contacto con ella y que ella contratará a unos abogados para que protejan sus intereses.
—Por once mil millones de dólares, me lo imagino —soltó Grit. Los abogados reflexionaron por un
instante acerca de los once mil millones, cada uno de ellos dividiéndolos por distintas magnitudes del número
seis y aplicando después sus porcentajes personales. Cinco millones para Snead parecía una suma razonable.
Jevy y Nate llegaron renqueando al puesto de venta a primera hora de la tarde. El motor de la batea
estaba fallando cada vez más y les quedaba muy poco combustible. Fernando, el propietario de la tienda, se
hallaba tendido en una hamaca del porche, al abrigo de los abrasadores rayos del sol. Era un viejo y curtido
veterano del río que había conocido al padre de Jevy.
Ambos hombres ayudaron a Nate a desembarcar. La fiebre había vuelto a subirle y tenía las piernas
débiles y entumecidas, por lo que los tres avanzaron muy despacio por el estrecho embarcadero y subieron con
cuidado por los peldaños del porche. Tras haberlo tendido en la hamaca, Jevy hizo un rápido recuento de los
acontecimientos de la pasada semana. A Fernando no se le escapaba nada de lo que ocurría en el río.
—El Santa Loura se hundió —dijo—. Hubo una gran tormenta.
—¿Has visto a Welly? —le preguntó Jevy.
—Sí. Una embarcación de transporte de ganado lo sacó del río. Se detuvieron aquí. Él mismo me contó la
historia. Estoy seguro de que se encuentra en Corumbá.
Jevy soltó un suspiro de alivio al enterarse de que Welly aún vivía. Sin embargo, la pérdida del barco era
una trágica noticia. El Santa Loura era uno de los mejores barcos del Pantanal, y se había hundido estando bajo
su cuidado.
Mientras ambos hablaban, Fernando estudió a Nate. Éste apenas podía oír sus palabras, y mucho menos
comprenderlas, pero tampoco le importaba.
—Eso no es malaria —declaró Fernando, rozando con el dedo el sarpullido del cuello de Nate.
Jevy se acercó a la hamaca y observó a su amigo. Tenía el cabello enmarañado y mojado y los ojos
todavía cerrados a causa de la hinchazón de los párpados.
—¿Qué es? —preguntó.
—La malaria no provoca un sarpullido como éste. El dengue sí.
—¿La fiebre del dengue?
—Sí. Se parece a la malaria. Produce fiebre, escalofríos y dolores en los músculos y las articulaciones, y
también lo transmiten los mosquitos; pero el sarpullido indica que es el dengue.
—Mi padre lo tuvo una vez y se puso muy enfermo.
—Tienes que llevarlo a Corumbá cuanto antes.
—¿Puedes prestarme tu motor?
La embarcación de Fernando estaba amarrada bajo el destartalado edificio. Su motor no estaba tan
oxidado como el de Jevy y tenía cinco caballos más de potencia. Ambos pusieron manos a la obra de inmediato,
cambiando los motores y llenando los depósitos, tras lo cual, después de pasarse una hora tendido en la hamaca
en estado comatoso, el pobre Nate fue conducido de nuevo al embarcadero y colocado en la embarcación bajo la
tienda. Estaba demasiado enfermo para darse cuenta de lo que ocurría.
Ya eran casi las dos y media. Corumbá se encontraba a diez horas de viaje. Jevy le dejó el número de
teléfono de Valdir a Fernando. No era corriente que los barcos que navegaban por el Paraguay contasen con
radio, pero en caso de que Fernando viera casualmente alguno que la tuviese, Jevy quería que se pusiera en
contacto con Valdir y le comunicara la noticia.
Jevy navegó a toda velocidad, orgulloso una vez más de tener una embarcación capaz de surcar el agua
con tal rapidez. La estela hervía a su espalda.
La fiebre del dengue podía ser mortal. Su padre había estado gravemente enfermo durante una semana,
con intensos dolores de cabeza y fiebre muy alta. Le dolían tanto los ojos que su madre lo tuvo varios días en
una habitación a oscuras. Era un rudo hombre del río, acostumbrado a las heridas y el dolor, por lo que, cuando
Jevy lo oyó gemir como un niño, pensó que su padre se estaba muriendo. El médico lo visitaba a días alternos
hasta que, al final, la fiebre remitió.
Podía ver los pies de Nate asomar por debajo de la tienda, eso era todo.
Nate despertó una vez, pero no consiguió ver nada. Volvió a despertar y todo estaba oscuro. Trató de
decirle algo a Jevy acerca del agua, que le diera un sorbito y quizás un poco de pan, pero no consiguió articular
palabra. Hablar exigía esfuerzo y movimiento, sobre todo cuando uno trataba de gritar por encima del rugido del
motor. Las articulaciones estaban totalmente anquilosadas y él se sentía soldado al casco de aluminio de la embarcación.
Rachel estaba tendida a su lado bajo la maloliente tienda, rozándole las rodillas con las suyas como
cuando ambos estaban sentados juntos en el suelo delante de su choza y más tarde en el escalón de piedra de la
orilla del río, bajo el árbol. Era el cauto y breve contacto de una mujer ansiosa de percibir la inocente sensación
de la carne. Llevaba once años viviendo entre los ipicas, cuya desnudez creaba una distancia entre ellos y
cualquier persona civilizada. El hecho de dar un simple abrazo constituía una tarea complicada. ¿Por dónde
agarrar? ¿Dónde dar una palmada? ¿Cuánto rato apretar? Seguro que jamás había tocado a ninguno de los
varones.
Nate hubiera querido besarla aunque sólo fuese en la mejilla, pues estaba claro que llevaba años sin
recibir semejante muestra de afecto. «¿Cuándo fue la última vez que te besaron, Rachel? —había deseado
preguntarle—. Tú has estado enamorada; ¿hasta qué extremo llegaste en lo físico?»
Sin embargo, se guardó las preguntas y, en su lugar, ambos hablaron sobre unas personas a las que no
conocían. Ella tenía un profesor de piano cuyo aliento olía tan mal que hasta las teclas de marfil se habían vuelto
amarillas. Él tenía un entrenador de lacrosse que estaba paralizado de cintura para abajo porque se había roto la
columna vertebral durante un partido. Una chica que asistía a la misma iglesia que Rachel se quedó embarazada
y su padre la condenó desde el púlpito. Una semana después la chica se suicidó. A él se le había muerto un
hermano de leucemia. Nate le acarició las rodillas y al parecer a ella le gustó, pero no fue más allá. No hubiera
estado bien propasarse con una misionera.
Ella se encontraba allí para evitar que él muriera. Había enfermado dos veces de malaria. La fiebre sube y
baja, los escalofríos golpean el vientre como si fueran puños de hielo, pero luego desaparecen. Las náuseas se
experimentan en oleadas. Después pasan varias horas sin que ocurra nada. Rachel le dio unas palmadas en el
brazo y le prometió que viviría. «Eso se lo dice a todos», pensó Nate, dispuesto a aceptar la muerte.
Cesaron las palmadas. Nate abrió los ojos y buscó con la mano a Rachel, pero ya no estaba.
Jevy lo oyó delirar en un par de ocasiones. Cada vez detuvo la embarcación, le dio a beber a Nate un
poco de agua y le mojó con cuidado el sudoroso cabello.
—Ya estamos llegando —le repetía, para tranquilizarlo—. Ya estamos llegando.
Las primeras luces de Corumbá hicieron que a Jevy se le llenaran los ojos de lágrimas. Las había
observado infinidad de veces cuando regresaba de sus viajes a la parte norte del Pantanal, pero nunca se había
sentido tan feliz de hacerlo. Las luces parpadeaban a lo lejos, en lo alto de la colina. Las contó hasta que se
confundieron en una sola imagen borrosa.
Eran casi las once de la noche cuando Jevy saltó a las aguas someras y tiró de la batea hasta alcanzar el
agrietado suelo de hormigón. El muelle estaba desierto. Subió corriendo por la ladera de la colina hasta un
teléfono público.
Valdir estaba viendo la televisión y fumando su último cigarrillo de la noche sin prestar atención a las
protestas de su regañona mujer cuando sonó el teléfono.
Descolgó el auricular sin levantarse, pero enseguida se puso en pie de un salto.
—¿Quién es? —preguntó la mujer mientras él corría al dormtorio.
Jevy ha regresado —contestó él, volviendo la cabeza.
—¿Quién es Jevy?
Pasando por su lado, Valdir le dijo:
—Me voy al río.
A la mujer le importó un bledo.
Mientras cruzaba la ciudad en su automóvil, Valdir llamó a un médico amigo suyo que acababa de
acostarse y lo convenció de que se reuniera con él en el hospital.
Jevy estaba paseando arriba y abajo por el muelle. El norteamericano permanecía sentado en una roca,
con la cabeza apoyada sobre las rodillas. Sin una palabra, lo acomodaron cuidadosamente en el asiento de atrás y
salieron disparados mientras la grava volaba a su espalda.
Valdir tenía tantas preguntas que no sabía ni por dónde empezar. La reprimenda vendría más tarde.
—¿Cuándo se puso enfermo? —preguntó en portugués.
Sentado a su lado, Jevy se restregaba los ojos, tratando de permanecer despierto. Llevaba sin dormir
desde que habían abandonado el poblado de los indios.
—No lo sé —contestó—. Los días se confunden. Es la fiebre del dengue. El sarpullido aparece al cuarto
o quinto día, y creo que ya lleva dos días así. No lo sé.
Estaban cruzando el centro a toda prisa, sin respetar los semáforos ni las señales. Los cafés de las aceras
ya estaban cerrando y apenas había tráfico.
—¿Encontrasteis a la mujer?

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:19 am

—Sí.
—¿Dónde?
—Muy cerca de las montañas. Creo que está en Bolivia. A un día de viaje al sur de Porto Indio.
—¿El lugar figura en el mapa?
—No.
—Entonces, ¿cómo disteis con ella?
Ningún brasileño reconocía jamás haberse extraviado, mucho menos si se trataba de un guía
experimentado como Jevy, pues ello habría afectado a su pundonor y quizás a su bolsillo.
—Estábamos en una zona inundada, donde los mapas no significan nada. Encontré a un pescador que nos
ayudó. ¿Cómo está Welly?
—Welly está bien. El barco se ha perdido.
A Valdir le preocupaba más el barco que su marinero.
—Jamás había visto tormentas más tremendas. Hemos tropezado con tres.
—¿Qué dijo la mujer?
—No lo sé. Casi no hablé con ella.
—¿No se sorprendió de veros?
—No me lo pareció. De hecho, se mostró que le gustó nuestro amigo de aquí atrás.
—¿Cómo fue su encuentro?
—Pregúnteselo a él.
Nate estaba acurrucado en el asiento trasero, prácticamente inconsciente, y se suponía que Jevy no sabía
nada, por lo que Valdir no insistió. Los abogados podrían hablar más tarde, cuando Nate estuviera en
condiciones de hacerlo.
Una silla de ruedas esperaba junto al bordillo cuando llegaron al hospital. Acomodaron a Nate y
siguieron al enfermero por la acera. El aire era cálido y pegajoso, todavía sofocante. En los peldaños de la
entrada, una docena de mujeres de la limpieza y auxiliares en bata blanca charlaban en voz baja mientras
fumaban. El hospital no disponía de aire acondicionado. El médico amigo era muy desabrido y fue directamente
al grano. El papeleo se haría por la mañana. Empujaron la silla de ruedas en que iba Nate a través del desierto
vestíbulo y de toda una serie de pasillos hasta llegar a una pequeña sala de reconocimiento donde una
adormilada enfermera se hizo cargo de él. Jevy y Valdir contemplaron desde un rincón cómo el médico y la
enfermera desnudaban al paciente. La enfermera lo lavó con alcohol y unos paños blancos. El médico estudió el
sarpullido, que empezaba en la barbilla y terminaba en la cintura. Nate estaba cubierto por completo de
picaduras de mosquito, algunas de las cuales se habían convertido en pequeñas llagas rojas de tanto que se había
rascado. Le tomaron la temperatura, la presión arterial y las pulsaciones cardíacas. —Parece dengue —
diagnosticó el médico diez minutos después.
A continuación le dio una rápida lista de instrucciones a la enfermera. Ésta apenas lo escuchó, pues ya se
las sabía de memoria, y empezó a lavar el cabello del paciente.
Nate musitó algo que no estaba dirigido a ninguno de los presentes. Aún tenía los ojos cerrados a causa
de la hinchazón de los párpados, llevaba una semana sin afeitarse y se hubiera encontrado a gusto tirado en una
cuneta, delante de un bar.
—La fiebre es muy alta —dijo el médico—. Está delirando. Empezaremos por suministrarle antibióticos
y analgésicos por vía intravenosa, mucha agua y, más tarde, quizás un poco de comida.
La enfermera aplicó un grueso apósito de gasa sobre los ojos de Nate y lo aseguró con un trozo de
esparadrapo.
Localizó la vena y empezó a administrarle el gota a gota. Sacó una bata amarilla de un cajón y se la puso.
El médico volvió a tomarle la temperatura.
—Debería empezar a bajarle muy pronto —le dijo a la enfermera—. En caso contrario, llámeme a mi
casa.
Consultó su reloj.
—Gracias —musitó Valdir.
—Lo veré mañana a primera hora —dijo el médico, y se marchó. Jevy vivía en las afueras de la ciudad,
en una zona donde las casas eran muy pequeñas y las calles no estaban asfaltadas. Se quedó dos veces dormido
mientras Valdir lo llevaba hasta allí en su coche.
La señora Stafford estaba comprando antigüedades en Londres. El teléfono sonó doce veces antes de que
Josh respondiera. El reloj digital marcaba las 2.20 de la madrugada.
—Aquí Valdir —anunció la voz.
—Ah, sí, Valdir. —Josh se rascó la cabeza rogando en que sean buenas noticias. —Su chico ha vuelto.
—Gracias a Dios.
—Pero no se encuentra bien.
—¡Cómo! ¿Qué le ha ocurrido?
—Tiene la fiebre del dengue, una enfermedad muy parecida a la malaria. La transmiten los mosquitos.
Aquí es bastante frecuente.
—Yo creía que tenía medicinas para todo. Josh se había levantado, estaba inclinado y se tiraba del
cabello con aire distraído.
—No hay ninguna medicina para el dengue.
—No se va a morir, ¿verdad?
—Qué va. Está en el hospital. Lo atiende un médico amigo mío. Asegura que el chico se repondrá.
—¿Cuándo podré hablar con él?
—Quizá mañana. Tiene mucha fiebre y está inconsciente.
—¿Encontró a la mujer?
—Sí.
«Así me gusta», pensó Josh. Dejó escapar un suspiro de alivio y se sentó en la cama. De modo que era
verdad que ella estaba allí.
—Déme el número de su habitación.
—No hay teléfono en las habitaciones.
—Pero es una habitación privada, ¿no? Vamos, Valdir, aquí el dinero no es problema. Dígame que está
bien atendido.
—Está en muy buenas manos, pero el hospital es un poco distinto de los que tienen ustedes.
—¿Le parece que me desplace hasta allí?
—Si usted quiere..., pero no es necesario. No podrá cambiar el hospital. El médico es muy bueno.
—¿Cuánto deberá permanecer ingresado?
—Unos cuantos días. Mañana por la mañana lo sabremos con mayor exactitud.
—Llámeme temprano, Valdir. Lo digo en serio. He de hablar con él cuanto antes.
—Sí, lo llamaré temprano.
Josh se dirigió a la cocina para tomarse un vaso de agua fría. Después empezó a caminar arriba y abajo en
su estudio. A las tres de la madrugada, se dio por vencido, se preparó un café muy cargado y bajó a su despacho
del sótano.
Como era un norteamericano muy rico, no repararon en gastos. A Nate le inyectaron en las venas los
mejores medicamentos que había en la farmacia. La fiebre remitió, y dejó de sudar. El dolor desapareció por
efecto de las mejores sustancias químicas fabricadas en Estados Unidos. Roncaba sumido en un profundo sueño
cuando, dos horas después de su llegada, la enfermera y un camillero lo trasladaron a su habitación, que esa
noche compartiría con otros cinco pacientes. Afortunadamente para él, tenía los ojos vendados y se encontraba
en estado comatoso. No pudo ver las llagas abiertas, los temblores incontrolados del viejo que tenía al lado, la
exangüe y encogida criatura que había al otro lado de la estancia. No pudo aspirar el hedor de las excreciones
corporales.
Aunque no poseía activos a su nombre y se había pasado buena parte de su vida adulta metido en apuros
económicos, Rex Phelan tenía talento para los números. Se trataba de una de las pocas cosas que había heredado
de su padre. Era el único heredero Phelan dotado de la capacidad y la resistencia suficientes para leer las seis
peticiones de impugnación del testamento de Troy. Al terminar, se dio cuenta de que seis bufetes estaban
repitiendo, en esencia, los mismos argumentos. Más aún, parte de la jerga legal parecía copiada directamente de
la anterior o de la siguiente.
Seis bufetes estaban librando la misma batalla y cada uno de ellos exigía una parte exorbitante del pastel.
Ya era hora de llegar a un pequeño acuerdo familiar. Decidió empezar con su hermano TJ, que era el blanco más
fácil, pues sus abogados seguían aferrados a cuestiones éticas.
Ambos hermanos acordaron reunirse en secreto; sus esposas se odiaban mutuamente, por lo que bastaría
con que no se enteraran para evitar las discordias. Rex le dijo a Troy junior por teléfono que ya era hora de que
enterraran el hacha de guerra. Los intereses económicos así lo exigían.
Se encontraron para desayunar en una crepería de una zona residencial y, tras pasarse unos minutos
tomando crepes y hablando de fútbol, la irritación que reinaba entre ambos se esfumó. Rex fue directamente al
grano contando la historia de Snead.
—Es algo tremendo —dijo rebosante de entusiasmo—. Puede hacernos ganar o perder el juicio. —
Reforzó su argumento, abordando poco a poco el pagaré que todos los abogados, menos los de Troy junior,
querían firmar—. Tus abogados están poniendo muchos peros —añadió con expresión sombría, mirando
rápidamente a su alrededor como si hubiera espías sentados a la barra.
—¿El hijo de puta pide cinco millones? —preguntó Troy junior, todavía sin poder creerse lo de Snead.
—Es una ganga. Mira, está dispuesto a decir que fue la única persona que estaba con papá cuando
redactó el testamento. Hará lo que sea necesario para cargárselo. Ahora sólo exige medio millón. Más adelante
podemos birlarle el resto.
A Troy junior le pareció bien. Cambiar de bufete jurídico no constituía ninguna novedad para él. Si
hubiese sido sincero, habría reconocido que la firma a la que pertenecían Hemba y Hamilton era un poco
intimidatoria. Cuatrocientos abogados. Vestíbulos de mármol. Cuadros de firma en las paredes. Alguien estaba
pagando tanto refinamiento.
Rex cambió de tema.
—¿Has leído las seis peticiones? —preguntó.
Troy junior se zampó una fresa y negó con la cabeza. Ni siquiera había leído la que se había presentado
en su nombre. Hemba y Hamilton habían discutido los detalles con él y él había firmado, pero era un documento
muy largo y Biff estaba esperándolo en el automóvil.
—Pues yo las he leído todas muy despacio y con mucho cuidado, y las seis son iguales. Tenemos seis
bufetes haciendo el mismo trabajo e impugnando el mismo testamento. Es absurdo.
—Yo también le he estado dando vueltas al asunto —dijo Troy junior en tono esperanzado.
—Y los seis esperan hacerse ricos cuando se llegue a un arreglo. ¿Cuánto van a cobrar los tuyos?
—¿Cuánto cobrará Hark Gettys? —El veinticinco por ciento.
—Los míos quieren el treinta. Hemos acordado dejarlo en el veinte —dijo Troy junior, y se sintió
momentáneamente orgulloso por el hecho de haber conseguido superar a Rex en la negociación.
—Vamos a hacer unos cálculos —continuó Rex—. Supongamos que contratamos a Snead, que éste dice
lo que tiene que decir, que intervienen nuestros psiquiatras, que se arma un follón y que la otra parte accede a
llegar a un acto de conciliación. Supongamos que cada heredero recibe... qué sé yo, unos veinte millones. Eso
sumarían cuarenta en esta mesa. Cinco son para Hark. Cuatro para tus chicos. Ya son nueve, y nosotros nos
quedamos con treinta y uno.
—Yo acepto.
—Y yo también, pero si eliminamos a tus chicos y sumamos nuestras fuerzas, Hark reducirá su
porcentaje. No necesitamos tantos abogados, TJ. Están cabalgando los unos sobre los hombros de los otros a la
espera de echarse encima de nuestro dinero.
—No soporto a Hark Gettys.
—Muy bien. Deja que yo trate con él. No te pido que seáis amigos.
—¿Y por qué no despedimos a Hark y nos quedamos con mis chicos?
—Porque el que ha dado con Snead es Hark. Porque Hark ha encontrado el banco que nos prestará el
dinero para comprar a Snead. Porque Hark está dispuesto a firmar los papeles y tus chicos respetan demasiado la
ética. Es un asunto desagradable, TJ. Hark lo comprende.
—Pues a mí me parece un estafador hijo de puta.
—¡Por supuesto que sí! Es nuestro estafador y, si unimos nuestras fuerzas, su porcentaje bajará de
veinticinco a veinte. Y, si podemos atraer a Mary Ross, lo reducirá a diecisiete coma cinco. Si convencemos a
Libbigail, el porcentaje se reducirá a quince.
Jamás conseguiremos convencer a Libbigail.
—Siempre cabe la posibilidad. Si tres de nosotros nos juntamos, quizá nos haga caso.
—¿Y qué me dices del matón de su esposo?
Troy junior formuló la pregunta con absoluta sinceridad. Estaba hablando con un hermano, casado con
una bailarina de striptease.
—Iremos incorporándolos uno a uno. Cerremos el trato y vayamos a ver a Mary Ross. No me parece que
su abogado, ese tal Grit, sea demasiado listo.
—Es absurdo que nos peleemos —dijo tristemente Troy junior.
—Y nos costará una fortuna. Ya es hora de que hagamos una tregua.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 2:20 am

—Mamá se sentirá orgullosa.
Los indios llevaban muchas décadas utilizando la elevación de terreno que había cerca del Xeco. Servía
de campamento para los pescadores, que a veces se quedaban a pasar la noche allí, y de parada para los barcos
que navegaban por el río. Rachel, Lako y otro indio llamado Ten estaban acurrucados bajo un cobertizo a la
espera de que cesara la tormenta. La techumbre, de paja, tenía goteras, y el viento les arrojaba la lluvia a la cara.
Tras pararse una hora luchando contra la tormenta para sacar del Xaco la canoa, ésta se encontraba ahora a sus
pies. Rachel tenía la ropa empapada, pero, por suerte, el agua que caía del cielo estaba caliente. Los indios sólo
llevaban una cuerda alrededor de la cintura y un taparrabo de cuero.
En otro tiempo ella había dispuesto de un bote de madera provisto de un viejo motor. Había pertenecido a
sus predecesores, los Cooper, y cuando conseguía combustible la utilizaba para navegar por los ríos que unían
los cuatro poblados ípicas, y viajar a Corumbá, lo que suponía dos largos días a la ída, y cuatro a la vuelta.
El motor finalmente se averió y no hubo dinero para comprar otro. Cada año, cuando presentaba su
modesto presupuesto a Tribus del Mundo, Rachel pedía una lancha motora nueva o, por lo menos, una de
segunda mano que estuviera en buen estado. Había encontrado una en Corumbá por trescientos dólares, pero los
presupuestos de la organización era muy ajustados y sus asignaciones se gastaban en suministros médicos y
literatura bíblica. «Sigue rezando —le decían—. Puede que el año que viene...»
Rachel lo aceptaba sin protestar. Si el Señor quería que ella tuviera una nueva fuera de borda, la tendría.
El cómo y el cuándo lo dejaba en Sus manos. Ella no tenía que preocuparse por semejantes cuestiones.
Puesto que no disponía de embarcación, se desplazaba a pie entre los distintos poblados, casi siempre en
compañía del lisiado Lako. Cada mes de agosto convencía al jefe de que le prestara una canoa y a un guía para
desplazarse al Paraguay. Allí esperaba el paso de una embarcación de transporte de ganado o de una chalana que
se dirigiera hacia el sur. Dos años atrás había tenido que esperar tres días, en los que durmió en el establo de una
pequeña fazenda a la orilla del río. En tres días pasó a convertirse de extraña en amiga y de amiga en misionera,
pues el granjero y su esposa acabaron abrazando el cristianismo gracias a sus enseñanzas y sus oraciones.
Al día siguiente se quedaría con ellos hasta que pasara algún barco con destino a Corumbá.
El viento aullaba a través del cobertizo. Rachel tomó la mano de Lako y ambos se pusieron a rezar, no
por su seguridad, sino por la salud de su amigo Nate.
Al señor Stafford le sirvieron el desayuno, a base de cereales y fruta, en su escritorio. No quería
abandonar su despacho y, tras haber anunciado que pensaba quedarse encerrado todo el día en sus oficinas, las
secretarias tuvieron que correr a reorganizar nada menos que seis citas. A las diez, pidió que le trajeran un bollo.
Llamó a Valdir y le dijeron que había salido de su despacho para acudir a una cita en la otra punta de la ciudad.
Valdir tenía un teléfono móvil. ¿Por qué no había llamado?
Un asociado le entregó un informe de dos páginas sobre el dengue, obtenido a través de Internet. El
asociado le dijo que debía ir a los juzgados y preguntó si el señor Stafford necesitaba encargarle algún otro
trabajo de carácter médico. El señor Stafford no captó la ironía.
Mientras se comía el bollo, Josh leyó el informe. Estaba escrito en letras mayúsculas a doble espacio con
márgenes de dos centímetros y medio y tenía aproximadamente una página y media de extensión. Un típico
memorándum Stafford. La fiebre del dengue era una infección viral común en todas las regiones tropicales del
mundo. Lo transmitía un mosquito del género Aedes, que prefería picar de día. El primer síntoma era una
sensación de profundo cansancio seguida de fuertes cefaleas y una fiebre ligera que subía rápidamente y estaba
acompañada de sudor, náuseas y vómitos. A medida que aumentaba la fiebre, aparecían dolores difusos en los
músculos de las pantorrillas y de la espalda. La enfermedad se conocía también con el nombre de «fiebre
rompehuesos» debido a los terribles dolores musculares y articulares que provocaba. Cuando todos los demás
síntomas ya estaban presentes, aparecía una erupción. La fiebre podía remitir por uno o dos días, pero por regla
general regresaba con mayor intensidad. Al cabo de aproximadamente una semana, la infección disminuía y el
peligro desaparecía. No existía tratamiento ni vacuna. Para recuperarse por completo se necesita un mes de
descanso y mucho líquido.
Esta descripción correspondía a los casos leves. El dengue podía dar paso a una fiebre hemorrágica cuya
evolución a menudo era fatal, sobre todo en los niños.
Josh estaba dispuesto a enviar el jet del señor Phelan a Corumbá para recoger a Nate. A bordo irían un
médico, una enfermera y cuanto fuese necesario.
—Es el señor Valdir —anunció una secretaria a través del interfono.
No debía atenderse ninguna otra llamada.
La bolsa del suero intravenoso se vació hacia el mediodía, pero nadie se molestó en echarle un vistazo.
Varias horas después, Nate despertó. Sentía la mente despejada y no tenía fiebre. Estaba entumecido, pero no
sudaba. Se tocó la gruesa gasa que le cubría los ojos y el esparadrapo que la sujetaba y, tras pensarlo un poco,
decidió investigar. En el brazo izquierdo tenía clavada la aguja intravenosa, por lo que empezó a tirar del
esparadrapo con los dedos de la mano derecha. Oyó pisadas y unas voces procedentes de otra habitación. Había
gente ocupada en algo en el pasillo. Más cerca, alguien no paraba de gemir con voz lastimera.
Poco a poco consiguió arrancar el esparadrapo, que se había adherido con fuerza a la piel y el cabello, y
maldijo a la persona que se lo había colocado. Hizo a un lado el vendaje, que quedó colgando por encima de la
oreja izquierda. La primera imagen fue la de una desconchada pared pintada de amarillo pálido, justo por encima
de él. La pintura del techo también estaba cuarteada y mostraba unas grandes grietas negras cubiertas de polvo y
telarañas. Del centro colgaba un ventilador que se bamboleaba al girar.
De pronto le llamaron la atención dos viejos pies cubiertos de cicatrices, heridas y callos desde los dedos
hasta las plantas, proyectándose hacia arriba. Levantó ligeramente la cabeza y comprobó que pertenecían a un
arrugado hombrecillo cuya cama casi rozaba la suya. Al parecer estaba muerto.
Los gemidos procedían de la pared que había junto a la ventana, y los emitía un pobre hombre tan
menudo y arrugado como el otro. Estaba sentado en el centro de la cama con las piernas y los brazos doblados,
padeciendo en estado hipnótico.
El hedor a orina rancia, excrementos humanos y poderosos antisépticos se combinaba, formando un único
y penetrante olor. Se oían las risas de las enfermeras en el pasillo. La pintura de todas las paredes se estaba
descascarillando. Había cinco camas aparte de la suya, todas con ruedas y colocadas sin orden ni concierto.
Su tercer compañero de habitación se encontraba junto a la puerta. Iba desnudo a excepción de unos
mojados pañales y tenía el cuerpo cubierto de rojas llagas abiertas. También daba la impresión de estar muerto, y
Nate confiaba en que, por su propio bien, lo estuviese.
No había timbre que pulsar ni interfono por el que llamar, ninguna manera de pedir ayuda como no fuera
gritando, lo cual tal vez despertase a los muertos. Si aquellas criaturas se levantaban era probable que quisieran
charlar con él.
Por un instante Nate deseó echar a correr, sacar los pies de la cama, apoyarlos en el suelo, arrancarse la
intravenosa del brazo y huir hacia la libertad. Se arriesgaría a salir a la calle. Estaba seguro de que allí fuera no
habría tantas enfermedades. Cualquier lugar sería mejor que aquella sala de leprosos.
Sin embargo, sus pies parecían ladrillos. Trató de levantarlos, primero uno y después el otro, pero apenas
consiguió moverlos. Hundió la cabeza en la almohada, cerró los ojos y sintió deseos de llorar. «Estoy en un
hospital de un país del Tercer Mundo repetía una y otra vez—. Dejé Walnut Hill, mil dólares diarios, timbres
para todo, alfombras, duchas, terapeutas a mi entera disposición... »
El hombre de las llagas soltó un gruñido y Nate se hundió todavía más. Después tomó cuidadosamente la
gasa, se la colocó de nuevo sobre los ojos y la aseguró con el esparadrapo tal como estaba antes, sólo que más
fuerte.
Snead acudió a la cita con su propio contrato, que había escrito él mismo sin la ayuda de ningún abogado.
Hark lo leyó y no tuvo más remedio que reconocer que no estaba mal redactado. Llevaba por título «Contrato
por servicios de testigo experto». Los expertos daban opiniones. Snead se centraría sobre todo en los hechos,
pero a Hark no le importaba lo que dijera el contrato. Lo firmó y entregó un cheque conformado por valor de
medio millón de dólares. Snead lo tomó con mucho cuidado, examinó cada una de las palabras, lo dobló y se lo
guardó en el bolsillo de la chaqueta.
—¿Por dónde empezamos? —preguntó con una amplia sonrisa en los labios.
Había muchas cosas que discutir. Los demás abogados de los Phelan querían estar presentes. Hark sólo
tuvo tiempo para formular una primera pregunta.
—En términos generales, ¿en qué estado mental se encontraba el viejo la mañana en que murió?
Snead se agitó, se revolvió en su asiento y frunció el ceño como si estuviera reflexionando. Quería decir
lo más apropiado. Tenía la sensación de que ahora los cuatro millones y medio de dólares dependían de las
palabras que pronunciase.
—No estaba en su sano juicio —contestó.
La frase quedó en suspenso mientras él esperaba una señal de aprobación.
Hark asintió con la cabeza. De momento, todo bien.
—Y esta situación, ¿tenía algo de insólito?
—No, en sus últimos días no le funcionaba bien la cabeza.
—¿Cuánto tiempo pasaba usted con él?
—Prácticamente las veinticuatro horas del día.
—¿Dónde dormía?
—En mi habitación, al final del pasillo, pero él tenía un timbre para llamarme. Yo estaba de guardia las
veinticuatro horas del día. A veces se levantaba en mitad de la noche y quería un zumo de fruta o una pastilla.
Pulsaba el botón, sonaba el timbre y yo iba a buscar lo que él pedía.
—¿Quién más vivía con él?
—Nadie más.
—¿Con qué otra persona se relacionaba?
—Quizá con Nicolette, la joven secretaria. La chica le gustaba.
—¿Mantenía relaciones sexuales con ella?
—¿Serviría eso para favorecer nuestra causa?
—Sí.
—Pues entonces le diré que follaban como conejos.
Hark no pudo por menos que sonreír. La afirmación según la cual Troy se acostaba con su última
secretaria no sorprendería a nadie.
Ambos no habían tardado demasiado en encontrar la misma longitud de onda.
—Mire, señor Snead, eso es lo que nosotros queremos. Necesitamos todas las rarezas, las
excentricidades, los lapsus evidentes, las cosas extrañas que hacía y decía y que, tomadas en su conjunto, sirvan
para convencer a cualquier persona de que el señor Phelan no estaba en su sano juicio. Dispone de todo el
tiempo que haga falta. Siéntese y empiece a escribir. Reúna todas las piezas. Hable con Nicolette, cerciórese de
que se acostaba con el viejo y preste atención a lo que ella le diga.
—Dirá cualquier cosa que nosotros queramos.
—Muy bien. Ensáyelo bien y procure que no haya ningún resquicio que otros abogados puedan
descubrir. Todo lo que usted cuente ha de sostenerse por sí solo.
—No hay nadie que pueda rebatir mis afirmaciones.
—¿Está seguro? ¿Ningún chófer de limusina, ninguna criada o ex amante, o quizás otra secretaria?
—Tuvo a su servicio a todas esas personas, es verdad, pero nadie vivía en el piso decimocuarto con el
señor Phelan y conmigo. Era un hombre muy solitario. Y estaba completamente chalado.
—Entonces, ¿cómo es posible que actuara tan bien en presencia de los tres psiquiatras?
Snead reflexionó por unos instantes. Estaba fallándole la capacidad de mentir.
—¿A usted qué le parece? —preguntó.
—Pues a mí me parece que el señor Phelan sabía que el examen iba a ser difícil porque era consciente de
su pérdida de facultades, y precisamente por esta razón le había pedido a usted que le preparara una lista con las
preguntas que le formularían. También me parece que usted y el señor Phelan se habían pasado aquella mañana
repasando cosas tan sencillas como la fecha del día, que él no conseguía recordar, los nombres de los hijos, que
prácticamente había olvidado, las universidades donde éstos habían estudiado, con quién se habían casado,
etcétera, y que después ensayaron varias preguntas relacionadas con su salud. Me parece asimismo que, tras
haberle ayudado a aprenderse de memoria estos datos básicos, se pasó usted por lo menos dos horas haciéndole
preguntas sobre sus propiedades, la estructura del Grupo Phelan, las empresas que poseía, las adquisiciones que
había hecho, los precios de cierre de determinadas acciones... Él le demostraba cada vez más confianza en
cuestiones económicas, por cuyo motivo usted no tuvo ninguna dificultad a la hora de prepararlo para el
examen. Para el viejo fue muy aburrido, pero usted estaba firmemente decidido a que conservara toda su
agudeza mental justo antes de que se sometiese al examen. ¿Le suena?
Snead se mostró encantado. Y se quedó de una pieza ante la capacidad del abogado de inventarse
mentiras en el acto.
—¡Sí, sí, eso es! Así fue como el señor Phelan consiguió engañar a los psiquiatras.
—Pues siga trabajando en ello, señor Snead. Cuanto más elabore su declaración, mejor testigo será. Los
abogados de la otra parte lo acosarán. Atacarán su declaración y lo llamarán embustero; por consiguiente, debe
estar preparado. Anótelo todo para tener siempre constancia escrita de sus relatos.
—Me gusta la idea.
—Fechas, momentos, lugares, incidentes, cosas raras... Todo, señor Snead. Y lo mismo tiene que hacer
Nicolette. Haga que lo consigne por escrito.
—No se le da bien escribir.
—Pues ayúdela. De usted depende, todo, el dinero, tendrá que ganárselo.

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