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 El testamento

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ANA

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MensajeTema: El testamento   Vie Sep 04, 2009 11:54 pm



El testamento

Hasta el último día y hasta la última hora. Soy un viejo solitario a quien nadie ama, enfermo, resentido y
cansado de vivir. Estoy preparado para el más allá; tiene que ser mejor que esto.
Soy el propietario del monumental edificio de cristal en que ahora me encuentro y del noventa y siete por
ciento de la empresa que, en el piso inmediatamente inferior al mío, tiene su sede en él. También del kilómetro
de terreno que lo rodea por tres de sus lados y de las dos mil personas que trabajan aquí y de las otras veinte mil
que no, y asimismo del gasoducto que transporta el gas al edificio desde mis pozos petrolíferos de Texas. Mía es
la compañía que le suministra la electricidad y tengo en arriendo el invisible satélite que navega a muchos
kilómetros de altura, a través del cual yo ladraba en otros tiempos órdenes a mi imperio, que se extiende por
todo el mundo. El valor de mis bienes supera los once mil millones de dólares. Soy dueño de minas de plata en
Nevada y de cobre en Montana, de plantaciones de café en Kenia, de minas de carbón en Angola, de
plantaciones de caucho en Malasia, de explotaciones de gas natural en Texas, de pozos de petróleo en Indonesia
y de acerías en China. Mi empresa es propietaria de empresas que producen electricidad y fabrican ordenadores
y construyen embalses e imprimen libros de bolsillo y transmiten señales a mi satélite. Son tantos los países por
los que se hallan repartidas las sucursales de mis filiales que casi nadie podría localizarlas.
Antes era dueño de todos los juguetes apropiados: yates, jets privados y rubias, casas en Europa,
haciendas en Argentina, una isla en el Pacífico, purasangres e incluso un equipo de hockey. Pero ya me he hecho
demasiado viejo para los juguetes.

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Última edición por ANITA el Mar Sep 08, 2009 2:04 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: El testamento   Vie Sep 04, 2009 11:57 pm

El dinero es la raíz de mis males.
Tuve tres familias, tres ex esposas que me dieron siete hijos, seis de los cuales siguen vivos y hacen todo
lo que pueden para atormentarme. Que yo sepa, engendré a los siete y enterré a uno. Debería decir que lo enterró
su madre, pues yo me encontraba fuera del país.
Estoy enemistado con mis ex esposas y todos mis hijos. Hoy todos se hallan reunidos aquí porque me
estoy muriendo y ha llegado la hora de repartir el dinero.
Llevo mucho tiempo planeando este día. Mi edificio tiene catorce pisos, todos ellos largos, anchos y
situados alrededor de un recóndito patio trasero donde antaño yo celebraba banquetes al aire libre. Vivo y
trabajo en el piso superior, cuatro mil metros cuadrados de opulencia que a muchos les parecerían obscenos,
pero que a mí no me molestan en absoluto. He ganado hasta el último centavo de la fortuna que poseo con mi
sudor, mi inteligencia y mi buena suerte. Debería tener también el derecho de regalar todo ese dinero a quien me
diera la gana, pero me persiguen.
¿Por qué debería preocuparme por quién recibe el dinero? He hecho con él todo lo imaginable. Sentado
aquí en mi silla de ruedas, esperando solo, no se me ocurre ni una sola cosa que quiera comprar o ver, ni un solo
lugar a donde quiera ir ni otra aventura a la que quiera lanzarme.
Lo he hecho todo y estoy muy cansado.
No me interesa quién reciba el dinero; pero me interesa mucho quién no lo reciba.
Diseñé personalmente cada metro cuadrado de este edificio, y por eso sé exactamente dónde colocar a
cada uno de los participantes en esta pequeña ceremonia. Están todos aquí, esperando, pero les da igual.
Permanecerían en cueros en medio de un temporal de nieve si fuese necesario.
La primera familia la constituyen Lillian y sus hijos, cuatro de mis retoños, habidos de una mujer que
raras veces permitía que la tocara. Nos casamos jóvenes —yo tenía veinticuatro años y ella dieciocho—, lo cual
significa que Lillian también es una vieja. Llevo años sin verla y hoy no la veré. Estoy seguro de que sigue
interpretando el papel de doliente y abandonada pero aun así fiel primera esposa que fue intercambiada por un
trofeo. Jamás ha vuelto a casarse, y estoy seguro de que lleva cincuenta años sin mantener relaciones sexuales.
No sé cómo conseguimos reproducirnos.

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Última edición por ANITA el Mar Sep 08, 2009 2:09 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: El testamento   Vie Sep 04, 2009 11:58 pm

Su hijo mayor, Troy Jr., tiene ahora cuarenta y siete años, y es un idiota inútil que se avergüenza de mi
nombre. De chico adoptó el apodo de TJ y sigue prefiriéndolo a Troy. De los seis hijos que ahora se encuentran
reunidos aquí, TJ es el más tonto, aunque los demás no le van demasiado a la zaga. Lo echaron de su centro
universitario a los dieciocho años por venta de droga.
Como los demás, TJ recibió cinco millones de dólares al cumplir los veintiún años. Y, como a los demás,
éstos se le escaparon entre los dedos como el agua.
No soporto contar las desdichadas historias de los hijos de Lillian. Baste decir que todos están
endeudados hasta las cejas, prácticamente incapacitados para tener un empleo y con muy pocas esperanzas de
cambiar, por lo que el hecho de que yo firme este testamento será el acontecimiento más trascendental de sus
vidas.
Volviendo a mis ex esposas. De la frigidez de Lillian pasé a la tórrida pasión de Janie, una bella joven
contratada como secretaria del departamento de contabilidad, pero rápidamente ascendida cuando decidí que la
necesitaba en mis viajes de negocios. Me divorcié de Lillian y me casé con Janie, que era veintidós años más
joven que yo y estaba firmemente decidida a satisfacerme en todo. Tuvo dos hijos a la mayor velocidad que
pudo y los utilizó como anclas para mantenerme agarrado. Rocky, el más joven de ellos, murió en un automóvil
deportivo con dos amigos en un accidente de tráfico cuyo acto de conciliación al margen de los tribunales me
costó seis millones de dólares.
Me casé con Tira a los sesenta y cuatro años. Ella tenía veintitrés y estaba embarazada de un pequeño
monstruo a quien engendré. Le impuso el nombre de Ramble1 por una razón que jamás entendí. Ahora Ramble
tiene catorce años y ya cuenta en su haber con una detención por robo en una tienda y otra por tenencia de
marihuana. El grasiento cabello se le pega al cuello y le baja por la espalda, y luce aros en las orejas, las cejas y
la nariz. Me dicen que va a clase cuando le apetece.
Ramble se avergüenza de que su padre tenga casi ochenta años, y su padre se avergüenza de que su hijo
se haya traspasado la lengua con cuentas de plata.
Y él, junto con los demás, espera que yo estampe mi firma en este testamento y mejore con ello su vida.
A pesar de que poseo una fortuna enorme, el dinero no durará demasiado en poder de estos necios.
Soy un viejo moribundo y no debería odiar a nadie, pero no puedo evitarlo. Todos ellos son unos
miserables. Las madres me odian y han enseñado a sus hijos a odiarme también.
Son unos buitres que vuelan en círculo con una expresión de avidez en los ojos y las garras dispuestas
para la rapiña, mareados ante la perspectiva de entrar en posesión de unas ilimitadas cantidades de dinero
constante y sonante.
Mi estado mental es ahora una cuestión de gran importancia. Creen que padezco un tumor porque digo
cosas raras. Balbuceo incoherencias en las reuniones y a través del teléfono, y mis ayudantes murmuran a mis
espaldas, asienten con la cabeza y piensan para sus adentros: «Sí, es verdad. Eso es cosa del tumor».
Hace dos años hice testamento y se lo dejé todo a mi última amante, que por aquel entonces se paseaba
por mi apartamento vestida tan sólo con unos pantis estampados con motivos de piel de leopardo, por lo que
creo que efectivamente me vuelven loco las rubias de veinte años dotadas de todas las curvas correspondientes.
Sin embargo, más tarde la eché a la calle. La trituradora de documentos se zampó el testamento. Sencillamente,
me cansé.
Hace tres años hice testamento por gusto y lo dejé todo a instituciones benéficas, más de cien. Un día yo
estaba maldiciendo a TJ y él estaba maldiciéndome a mí y le hablé de aquel nuevo testamento. Entonces él, su
madre y sus hermanos contrataron a toda una serie de abogados marrulleros y recurrieron a los tribunales en un
intento de encerrarme en un centro sanitario para que me sometieran a tratamiento y emitieran un dictamen sobre
mi estado. Fue una jugada muy hábil por parte de sus abogados, pues si me hubieran declarado mentalmente
incapacitado mi testamento habría sido considerado nulo.
Pero yo tengo muchos abogados y les pago a mil dólares la hora para que manipulen el ordenamiento
legal en mi beneficio. No me encerraron en el manicomio, a pesar de que tal vez fuese cierto que por aquel
entonces yo estaba un poco mal de la chaveta.
Tengo mi propia trituradora de documentos que he utilizado para destruir todos los antiguos testamentos.
Todos han desaparecido, devorados por ese chisme.
Luzco largas batas blancas de seda tailandesa, me rasuro la cabeza como un monje y apenas pruebo
bocado, de modo que mi cuerpo se ha encogido y arrugado. Creen que me he convertido al budismo, pero en
realidad estoy estudiando a Zoroastro. No saben distinguir lo uno de lo otro. Casi puedo comprender por qué
razón creen que mis facultades mentales se han deteriorado.

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MensajeTema: Re: El testamento   Vie Sep 04, 2009 11:59 pm

Lillian y la primera familia están en la sala de juntas de los ejecutivos, en el décimotercer piso, justo
debajo de mí. Es una espaciosa sala de mármol y caoba con alfombras mullidas y una larga mesa ovalada en el
centro, alrededor de la cual hay ahora un montón de personas muy nerviosas. No es de extrañar que haya más
abogados que miembros de la familia.
Lillian tiene uno, al igual que cada uno de sus cuatro hijos, a excepción de TJ, que se ha presentado con
tres para demostrar su importancia y asegurarse de que todos los flancos estén debidamente cubiertos. TJ tiene
más problemas legales que la mayoría de los reclusos del corredor de la muerte. En uno de los extremos de la
mesa hay una gran pantalla digital que transmitirá lo que allí ocurra.
El hermano de TJ es Rex, de cuarenta y cuatro años, mi segundo hijo, casado actualmente con una
bailarina de striptease llamada Amber, una pobre criatura sin seso pero con un busto tan enorme como falso. Si
no me equivoco, es su tercera esposa, o quizá sea la segunda; en cualquier caso, ¿quién soy yo para condenar a
nadie? Está aquí junto con todas las demás actuales esposas o amantes, todas ellas hechas un manojo de nervios
ahora que están a punto de repartirse once mil millones de dólares.
La primera hija de Lillian, la mayor de mis hijas, es Libbigail, una criatura a la que yo amaba
desesperadamente hasta que se fue a la universidad y se olvidó de mí. Más tarde se casó con un africano y
eliminé su nombre de mis testamentos.
Mary Ross fue el último vástago de Lillian. Está casada con un médico que aspira a ser millonario, pero
ambos están llenos de deudas.
Janie y la segunda familia esperan en una sala del décimo piso. Janie ha tenido dos maridos desde que
nos divorciamos hace ya muchos años. Estoy casi seguro de que actualmente vive sola. Yo contrato
investigadores para mantenerme al corriente, pero ni siquiera el FBl podría seguir la pista de sus saltos de lecho
en lecho. Tal como ya he dicho, su hijo Rocky se mató. Su hija Geena está aquí, con su segundo marido, un
imbécil con un máster en gestión empresarial, pero lo bastante peligroso como para tomar unos quinientos
millones de dólares y perderlos magistralmente en tres años.
Y finalmente está Ramble, repantigado en un sillón del quinto piso, lamiéndose el aro de oro que le
adorna la comisura de los labios mientras se manosea el pegajoso cabello verde y mira enfurecido a su madre,
que ha tenido el descaro de presentarse aquí con un melenudo y pequeño gigoló.
Hoy Ramble espera hacerse rico y entrar en posesión de una fortuna sencillamente porque yo lo
engendré. Por supuesto, también ha venido con su abogado, una especie de hippie radical a quien Tira vio en la
televisión y contrató de inmediato después de haberse acostado con él. Están esperando junto con los demás.
Conozco a esta gente. La observo.
Aparece Snead por la parte de atrás de mi apartamento. Es mi fiel y abnegado servidor desde hace casi
treinta años, un rechoncho y amable hombrecillo con chaleco blanco, humilde y sumiso, con la cintura
perpetuamente doblada, como si se inclinara ante el rey. Snead se planta delante de mí con las manos cruzadas
sobre el vientre, como siempre, la cabeza ladeada y una empalagosa sonrisa en los labios, y me pregunta con la
afectada cadencia que adquirió hace años, cuando estábamos en Irlanda:
—¿Cómo se encuentra, señor?
No contesto, porque no se me exige ni se espera de mí que lo haga.
—¿Un poco de café, señor?
—El almuerzo.
Snead guiña los ojos, hace una profunda reverencia y se retira de la estancia arrastrando por el suelo las
vueltas de los pantalones. Él también espera hacerse rico cuando me muera, y supongo que está contando los
días como los demás.
Lo malo de tener dinero es que todo el mundo quiere un poquito. Una simple rebanada, una astillita.
¿Qué es un millón de dólares para un hombre que tiene miles de millones? «Dame un millón, tío, ni siquiera te
darás cuenta. Hazme un préstamo y olvidémoslo. Incluye mi nombre en el testamento; hay sitio.»
Snead es un fisgón tremendo y hace años lo sorprendí revolviendo mi escritorio, en busca, supongo, del
testamento. Quiere que me muera porque espera unos cuantos millones.
¿Qué derecho tiene a esperar nada? Hace años que debería haberlo despedido.
Su nombre no figura en mi nuevo testamento.
Deposita una bandeja delante de mí; en ella hay un paquete sin abrir de galletas Ritz, un tarrito de miel
con sello de plástico alrededor de la tapa y una lata de 3.5 centilitros de Fresca, a temperatura ambiente. A la
mínima variación, Snead sería despedido en el acto.
Le digo que se retire y mojo las galletas en la miel. La última comida.
Permanezco sentado y miro a través de las paredes de cristal tintado. Cuando el día es claro, puedo ver la
parte superior del monumento a Washington, que está a diez kilómetros de distancia, pero hoy no.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:00 am

Hoy el tiempo es frío y desapacible, sopla el viento y el cielo está encapotado; no es mal día para morir. El viento arranca las
últimas hojas de las ramas de los árboles y las dispersa por el aparcamiento de abajo.
¿Por qué me preocupa el dolor? ¿Qué tiene de malo un poco de sufrimiento? He causado más desgracias
que diez personas juntas.
Pulso un timbre y aparece Snead. Hace una reverencia y empuja mi silla de ruedas a través de la puerta de
mi apartamento que da acceso al vestíbulo de mármol, baja por el pasillo de mármol y cruza otra puerta.
Estamos acercándonos, pero no experimento inquietud alguna.
Hago esperar a los psiquiatras más de dos horas.
Pasamos por delante de mi despacho y saludo con una inclinación de la cabeza a Nicolette, mi más
reciente secretaria, una joven encantadora por la que siento un profundo aprecio. Con un poco de tiempo, podría
convertirse en la cuarta.
Pero no hay tiempo. Sólo minutos.
Una muchedumbre espera: jaurías de abogados y unos psiquiatras que deberán establecer si estoy en mi
sano juicio. Se hallan reunidos alrededor de una larga mesa de mi sala de juntas y, cuando entro, su
conversación cesa de inmediato y todo el mundo me mira. Snead me sitúa junto a la mesa, al lado de mi
abogado, Stafford.
Hay cámaras apuntando en todas direcciones y los técnicos se apresuran a enfocarlas. Todos los
murmullos, todos los movimientos, todas las respiraciones serán grabados, pues está en juego una fortuna.
El último testamento que firmé dejaba muy poco a mis hijos. Lo preparó Josh Stafford, como siempre. Lo
destruí en la trituradora esta mañana.
Permanezco sentado aquí para demostrar al mundo que poseo la suficiente capacidad mental para hacer
un nuevo testamento. En cuanto lo haya demostrado, nadie podrá discutir la forma en que decida disponer de
mis bienes.
Frente a mí hay tres psiquiatras, cada uno de ellos contratado por una de las familias. En las tarjetas
dobladas que hay delante de ellos alguien ha escrito sus nombres en letras de imprenta: doctor Zadel, doctor
Flowe, doctor Theishen. Escruto sus rostros. Puesto que tengo que parecer cuerdo, conviene que los mire a los
ojos.
Esperan que esté un poco chiflado, pero me dispongo a comérmelos para el almuerzo.
Stafford dirigirá el espectáculo. Cuando todos se acomodan y las cámaras están preparadas, dice:
—Me llamo Josh Stafford y soy el abogado del señor Troy Phelan, sentado aquí, a mi derecha.
Miro uno a uno a los psiquiatras, con expresión de furia, que ellos me devuelven, hasta que finalmente
parpadean y apartan los ojos. Los tres visten traje oscuro. Zadel y Flowe lucen barba rala. Theishen lleva pajarita
y no aparenta más de treinta años. A las familias se les otorgó el derecho de elegir a quien quisieran.
—El propósito de esta reunión —prosigue Stafford— es someter al señor Phelan al examen de un equipo
de psiquiatras para determinar su capacidad para otorgar testamento. Suponiendo que el equipo médico
establezca que se encuentra en pleno uso de sus facultades mentales, el señor Phelan tiene intención de firmar un
testamento para el reparto de sus bienes a su muerte.
Stafford golpea con el lápiz un fajo de papeles de casi tres centímetros de grosor que se encuentra delante
de nosotros. Estoy seguro de que las cámaras utilizan el zoom para captar un primer plano y de que la mera
contemplación del documento hace que un estremecimiento recorra de arriba abajo las columnas vertebrales de
mis hijos y de sus madres, diseminados por todo el edificio.
No han visto el testamento y no tienen derecho a hacerlo. Un testamento es un documento privado cuyo
contenido sólo se revela después de la muerte del firmante. Los herederos sólo pueden hacer conjeturas acerca
de lo que se ha dispuesto en él.
Se les ha inducido a creer que el grueso de mi herencia se repartirá más o menos equitativamente entre
los hijos y que habrá generosos regalos para las ex esposas. Lo saben; lo presienten. Se trata de una cuestión de
vida o muerte para ellos, pues todos están endeudados. El testamento que tengo ante mí va a hacerlos ricos y
acabará con todas las disputas. Stafford lo ha preparado, y en las conversaciones que ha mantenido con los
abogados de las tres familias ha trazado, a grandes rasgos y con mi autorización, el presunto contenido del
documento. Cada hijo recibirá entre trescientos y quinientos millones aproximadamente, y otros cincuenta
millones irán a parar a cada una de las tres ex esposas. Cuando estas mujeres se divorciaron quedaron muy bien
provistas, pero eso, como es natural, ya se ha olvidado.
El total de regalos a las familias suma unos tres mil millones de dólares. Después de que el Gobierno
arramble con varios miles de millones más, el resto irá a parar a obras benéficas.
Asi pues, ya ven ustedes por qué están aquí, lustrosos, repeinados, sobrios (casi todos), contemplando
con ansia los monitores a la espera y en la esperanza de que yo, el viejo, pueda conseguir su propósito. Estoy
seguro de que les han dicho a sus psiquiatras: «No sean demasiado duros con el viejo. Lo queremos cuerdo».

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:01 am

Si todos están tan contentos, ¿a qué tomarse la molestia de este examen psiquiátrico? Porque voy a
joderlos por última vez, y quiero hacerlo bien.
Lo de los psiquiatras ha sido idea mía, pero mis hijos y sus abogados son tan lentos que aún no se han
dado cuenta.
Zadel es el primero en lanzarse.
—Señor Phelan, ¿puede decirnos la fecha, el lugar y la hora?
Me siento un escolar de primaria. Inclino la barbilla sobre el pecho como un imbécil y sopeso la pregunta
el tiempo suficiente como para que ellos se deslicen hasta el borde de su asiento y murmuren: «Vamos, viejo
hijo de puta. No me digas que no sabes a qué día estamos».
—Lunes —susurro—. Lunes, 9 de diciembre de 1996. El lugar es mi despacho.
—¿Y la hora?
—Aproximadamente las dos y media de la tarde —contesto. No llevo reloj.
—¿Y dónde está su despacho? —En McLean, Virginia.
Flowe se inclina sobre su micrófono.
—¿Puede decirnos los nombres y las fechas de nacimiento de sus hijos?
—No. Los nombres puede que sí, pero no sus fechas de nacimiento.
—Muy bien, díganos los nombres.
Me lo tomo con calma. Es demasiado pronto para mostrarme duro. Quiero que suden un poco.
Troy Phelan Jr., Rex, Libbigail, Mary Ross, Geena y Ramble. Pronuncio los nombres como si el solo
hecho de pensar en ellos me resultara doloroso.
A Flowe se le permite añadir algo más. —Hubo un séptimo hijo, ¿no es cierto? —Exacto.
—¿Recuerda usted su nombre? —Rocky.
—¿Qué le ocurrió?
—Murió en un accidente de tráfico.
Permanezco sentado muy tieso en mi silla de ruedas con la cabeza erguida mientras desplazo rápidamente
la mirada de un psiquiatra a otro, proyectando absoluta cordura hacia las cámaras. Estoy seguro de que mis hijos
y mis ex esposas se sienten orgullosos de mí, contemplando los monitores con quienes las acompañan, apretando
la mano de sus actuales consortes y mirando a sus ávidos abogados con una sonrisa, porque hasta ahora el viejo
Troy ha conseguido superar satisfactoriamente el examen preliminar.
Puede que hable en voz baja y algo hueca y que parezca un poco chiflado con mi bata blanca de seda, mi
rostro arrugado y mi turbante verde, pero he respondido a las preguntas.
«Vamos, viejo», me dicen en tono suplicante.
—¿Cuál es su actual estado físico? —pregunta Theishen.
—Me encuentro mejor.
—Corren rumores de que padece algún tipo de cáncer.
Vas directamente al grano, ¿eh?
—Yo creía que esto era un examen mental —digo, mirando a Stafford, que no puede reprimir una
sonrisa.
Las normas, sin embargo, permiten formular cualquier pregunta. Esto no es una sala de justicia.
—Lo es —dice cortésmente Theishen—, pero todas las preguntas son pertinentes.
—Comprendo.
—¿Está dispuesto a responder?
—¿Sobre qué?
—Sobre la cuestión del tumor.
—Por supuesto que padezco un tumor. Está localizado en la cabeza, tiene el tamaño de una pelota de
golf, crece día a día, es inoperable y mi médico dice que no duraré tres meses.
Casi me parece oír el rumor del descorche de las botellas de champán debajo de mí. ¡La existencia del
tumor se ha confirmado!
—¿Se encuentra usted en este momento bajo los efectos del alcohol o de algún tipo de droga o
medicamento?
—No.
—¿Tiene en su poder alguna clase de medicamento contra el dolor?

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:03 am

—Todavía no.
—Señor Phelan —interviene Zadel—, hace tres meses la revista Forbes reveló que el valor neto de sus
bienes alcanza los ocho mil millones de dólares. ¿Le parece un cálculo aproximado?
—¿Desde cuándo Forbes es famosa por la exactitud de sus afirmaciones?
—¿O sea que el cálculo no es exacto?
—Está entre los once mil y los once mil quinientos millones, dependiendo de los mercados.
Lo digo muy despacio, pero mis palabras son cortantes y mi voz rezuma autoridad. Nadie duda de la
magnitud de mi fortuna.
Flowe decide insistir en la cuestión del dinero.
—Señor Phelan, ¿puede usted describir en general la organización de sus activos empresariales?
—Sí, puedo.
—¿Lo hará?
—Supongo —respondo. Hago una pausa para que suden. Stafford me ha asegurado que no tengo por qué
revelar aquí ninguna información de carácter privado. «Limítese a facilitarles una visión de conjunto», dijo—. El
Grupo Phelan es una empresa privada que engloba setenta sociedades distintas, algunas de las cuales cotizan en
bolsa.
—¿Qué participación tiene usted en el Grupo Phelan? —Aproximadamente un noventa y siete por ciento.
El resto está en manos de un puñado de empleados.
Theishen se incorpora al acoso. No han tardado mucho en centrar su atención en el oro.
—Señor Phelan, ¿tiene su empresa intereses en Spin Computer?
—Sí —contesto muy despacio, tratando de localizar Spin Computer en mi jungla empresarial.
—¿Cuál es su participación?
—El ochenta por ciento.
—¿Y Spin Computer cotiza en bolsa?
—En efecto.
Theishen juguetea con un montón de documentos de aspecto oficial y veo desde aquí que tiene el informe
anual de la empresa y los estados de cuentas trimestrales, algo que cualquier estudiante universitario
semianalfabeto podría obtener.
—¿Cuándo adquirió usted Spin? —pregunta.
—Hace unos cuatro años.
—¿Cuánto pagó por ella?
—Un total de trescientos millones, a veinte dólares por acción. Quiero contestar a estas preguntas más
despacio, pero no puedo. Traspaso con la mirada a Theishen, ansioso de escuchar la siguiente.
—¿Y cuál es su valor en la actualidad? —inquiere.
—Bueno, ayer cerró a cuarenta y tres y medio, un punto menos. Desde que compré la empresa las
acciones se han fraccionado, por lo que ahora la inversión gira en torno a ocho cincuenta.
—¿Ochocientos cincuenta millones?
—Exacto.
Llegados a este punto, el examen prácticamente ha terminado. Si mis facultades mentales pueden
comprender los precios de las acciones al cierre, no cabe duda de que mis adversarios deben de estar satisfechos.
Casi me parece ver sus estúpidas sonrisas. Y casi me parece oír sus silenciosas exclamaciones de satisfacción.
Vamos, Troy. Dales duro.
Zadel quiere un poco de historia, en un intento, imagino, de poner a prueba los límites de mi memoria.
—Señor Phelan, ¿dónde nació usted?
—En Montclair, Nueva jersey.
—¿Cuándo?
—El 12 de mayo de 1918.
—¿Cuál era el apellido de soltera de su madre?
—Shaw.
—¿Cuándo murió?
—Dos días antes del ataque a Pearl Harbor.
—¿Y su padre?
—¿Qué desea saber?
—¿Cuándo murió?
—No lo sé. Desapareció cuando yo era pequeño.
Zadel mira a Flowe, que tiene el cuaderno de apuntes lleno de preguntas.
—¿Quién es su hija menor? —pregunta.
—¿De qué familia?
—Mmm..., de la primera.
—Tiene que ser Mary Ross.
—Eso está muy bien...
—Pues claro que lo está.
—¿Dónde cursó ella estudios universitarios?
—En Tulane, Nueva Orleans.
—¿Qué estudió?
—Algo relacionado con la Edad Media. Después se casó muy mal, como todos los demás. Creo que esta
habilidad la han heredado de mí.
Advierto que se ponen tensos, y casi me parece ver a los abogados y a los actuales amantes o consortes
disimulando unas sonrisitas, pues nadie puede negar que me casé efectivamente muy mal.
Y me reproduje todavía peor.
Flowe termina de repente su tanda de preguntas. Theishen sigue encaprichado con el dinero.
—¿Posee usted intereses predominantes en MountainCom?
—Sí, estoy seguro de que tiene los datos en ese montón de papeles. La empresa cotiza en bolsa.
—¿Cuál fue su inversión inicial?
—Unos diez millones de acciones a dieciocho dólares la acción.
—Y ahora...
—Ayer cerró a veintiuno por acción. Un canje y un fraccionamiento de acciones en los últimos seis años
han hecho que ahora la empresa valga unos cuatrocientos millones. ¿Responde eso a su pregunta?
—Sí, creo que sí. ¿Cuántas empresas suyas cotizan en bolsa?
—Cinco.
Flowe mira a Zadel y yo me pregunto cuánto va a durar todo esto. De repente, me siento cansado.
—¿Alguna pregunta más? —inquiere Stafford.
No vamos a apremiarlos porque queremos que queden enteramente satisfechos.
—¿Tiene usted intención de firmar hoy un nuevo testamento? —pregunta Zadel.
—Sí, ése es mi propósito.
—¿Eso que tiene delante en la mesa es el testamento?
—Lo es.
—¿Otorga este testamento una considerable parte de sus bienes a sus hijos?
—Sí.
—¿Está usted preparado para firmar el testamento en este momento?
—Sí.
Zadel deposita cuidadosamente su pluma sobre la mesa, cruza las manos con aire pensativo y mira a
Stafford.
—En mi opinión, el señor Phelan se halla en estos momentos en suficiente uso de sus facultades mentales
para disponer libremente de sus bienes. —Lo dice con gran esfuerzo, como si todos estuviesen perplejos tras mi
actuación.
Los otros dos se apresuran a intervenir.
—No abrigo la menor duda acerca de la salud mental del señor Phelan —le dice Flowe a Stafford—. Me
parece una persona increíblemente perspicaz.
—¿Ninguna duda? —pregunta Stafford.
—Ninguna en absoluto.
—¿Doctor Theishen?

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:05 am

—No nos engañemos; el señor Phelan sabe exactamente lo que hace. Su mente es mucho más rápida que
la nuestra.
Vaya, hombre, muchas gracias. Eso significa mucho para mí. Sois unos pobres psiquiatras que ganáis con
gran esfuerzo cien mil dólares al año. Yo he ganado miles de millones y, sin embargo, vosotros me dais
palmaditas en la cabeza y me decís que soy muy listo.
—¿De modo, pues, que la opinión es unánime? —pregunta Stafford.
—Sí. Totalmente.
Los tres asienten enérgicamente con la cabeza.
Josh Stafford empuja el testamento hacia mí y me entrega una pluma.
—Éstos son la última voluntad y el testamento de Troy L. Phelan —digo—, que anulan todos los
anteriores testamentos y codicilos.
Tiene noventa páginas de extensión y lo ha preparado Stafford con la ayuda de alguien de su bufete.
Comprendo la idea, pero la letra impresa se me escapa. No lo he leído ni pienso hacerlo. Paso a la última página,
garabateo un nombre que nadie puede leer y después lo cubro momentáneamente con las manos.
Los buitres jamás lo verán.
—Se levanta la sesión —dice Stafford.
Todos se apresuran a recoger sus cosas. Siguiendo mis instrucciones, las tres familias son desalojadas a
toda prisa de sus respectivas estancias e invitadas a abandonar el edificio.
Una cámara sigue enfocándome; sus imágenes no irán a parar más que a los archivos. Los abogados y los
psiquiatras se retiran a toda prisa. Le digo a Snead que se siente junto a la mesa. Stafford y Durban, uno de sus
ayudantes, permanecen en la habitación, también sentados. Cuando estamos solos, busco bajo la orla de mi bata,
saco un sobre y lo abro. Extraigo de él tres páginas de amarillo papel de oficio y las deposito delante de mí sobre
la mesa. Sólo faltan unos segundos, y un leve estremecimiento de temor recorre mi cuerpo. Este testamento me
exigirá más fuerza de la que he tenido en muchas semanas.
Stafford, Durban y Snead contemplan las hojas de papel amarillo, absolutamente desconcertados.
—Éste es mi testamento —anuncio, tomando la pluma—. Un testamento ológrafo que he redactado hace
apenas unas horas. Lleva la fecha del día de hoy y ahora lo firmo.
Vuelvo a garabatear mi nombre. Stafford está demasiado aturdido para reaccionar.
—Anula todos mis anteriores testamentos —añado—, incluido el que acabo de firmar hace menos de
cinco minutos.
Vuelvo a doblar los papeles y los introduzco en el sobre.
Hago rechinar los dientes y recuerdo lo mucho que estoy deseando morir. Empujo el sobre hacia Stafford
y, al mismo tiempo, me levanto de mi silla de ruedas. Me tiemblan las piernas. El corazón me palpita con fuerza.
Ahora faltan sólo unos segundos. Seguro que habré muerto antes de estrellarme contra el suelo.
—¡Eh! —grita alguien, creo que Snead. Pero ya me estoy apartando de ellos.
El inválido camina, casi corre, pasando por delante de la hilera de sillones de cuero, por delante de uno
de mis retratos, uno muy malo encargado por una de mis esposas, por delante de todo, y se dirige hacia la puerta
corrediza que no está cerrada con llave. Lo sé porque lo he ensayado hace unas horas.
—¡Deténgase! —grita alguien mientras todos me siguen.
Nadie me ha visto caminar desde hace un año. Tomo el tirador y abro la puerta. El aire es amargamente
frío. Salgo descalzo a la estrecha terraza que rodea el último piso del edificio. Sin mirar hacia abajo, me
encaramo a la barandilla.
Snead se encontraba a dos pasos de distancia del señor Phelan y por un instante creyó que le daría
alcance. El sobresalto de ver al viejo no sólo levantarse y caminar sino prácticamente correr hacia la puerta lo
dejó paralizado. El señor Phelan llevaba años sin moverse con semejante rapidez.
Snead llegó a la barandilla justo a tiempo para gritar horrorizado y contemplar después con impotencia
cómo el señor Phelan caía en silencio, retorciéndose y agitando los brazos y las piernas, cada vez más diminuto
hasta estrellarse finalmente contra el suelo. El criado se agarró con fuerza a la barandilla, miró hacia abajo con
incredulidad y rompió a llorar.
Josh Stafford salió a la terraza un paso por detrás de Snead y lo vio arrojarse al vacío. Ocurrió todo tan de
repente, por lo menos el salto, que la caída propiamente dicha pareció durar una hora. Un hombre de ochenta
kilos cae sesenta metros en cuestión de pocos segundos, pero más tarde Stafford le dijo a la gente que el viejo
flotó una eternidad, como una pluma empujada por el viento.
Tip Durban alcanzó la barandilla después que Stafford y sólo vio el impacto del cuerpo en el patio de
ladrillo situado entre la entrada principal del edificio y una calzada circular. Por alguna extraña razón, Durban sostenía en la mano el sobre que había tomado con aire distraído durante la precipitada carrera por sujetar al
viejo Troy. Mientras contemplaba la terrorífica escena que se desarrollaba abajo en medio del gélido aire y
observaba a los primeros espectadores acercarse al accidentado, el sobre le pareció mucho más pesado que al
principio.
El descenso de Troy Phelan no alcanzó el alto nivel de dramatismo que él había soñado. En lugar de
flotar hacia la tierra como un ángel en una impecable zambullida de cisne, con la bata de seda ondeando a su
espalda, y morir estrellado contra el suelo en presencia de sus aterrorizadas familias, a las que había imaginado
abandonando el edificio justo en el momento adecuado, su caída sólo fue presenciada por un modesto
administrativo que estaba cruzando con paso cansino el aparcamiento tras un prolongado almuerzo en un bar. El
hombre oyó una voz, levantó la vista y vio, horrorizado, que un pálido cuerpo desnudo caía agitando los brazos
y las piernas, con una cosa semejante a una sábana enredada alrededor del cuello. El cuerpo aterrizó boca arriba
sobre el suelo de ladrillo, con el sordo ruido que cabía esperar de semejante impacto.
El administrativo corrió al lugar del accidente justo en el momento en que un guardia de seguridad se
percataba de que algo raro ocurría y, dando media vuelta, abandonaba su puesto junto a la entrada principal de la
Torre Phelan. Ni el administrativo ni el guardia de seguridad habían visto jamás al señor Troy Phelan, por lo que
ninguno de los dos supo al principio a quién pertenecían los restos mortales que estaban contemplando. El
cuerpo sangraba, iba descalzo, estaba doblado y desnudo, y tenía una sábana arrugada a la altura de los brazos.
Y estaba completamente muerto.
Unos treinta segundos más y Troy hubiera podido ver cumplido su deseo. Por encontrarse en el quinto
piso, Tira, Ramble, el doctor Theishen y su séquito de abogados fueron los primeros en abandonar el edificio, y,
por consiguiente, los primeros en tropezarse con el suicidio. Tira soltó un grito, no de dolor, de amor o de pena
por la pérdida del que había sido su esposo, sino de puro sobresalto ante el espectáculo que ofrecía el viejo Troy
despanzurrado sobre el suelo de ladrillo. Fue un desdichado y desgarrador grito que Snead, Stafford y Durban
pudieron oír con toda claridad desde catorce pisos más arriba.
A Ramble la escena le pareció genial. Hijo de la televisión y adicto a los videojuegos, los espectáculos
truculentos lo atraían como un imán. Se apartó de su gritona madre y se arrodilló junto a su padre muerto. El
guardia de seguridad apoyó una firme mano sobre su hombro.
—Es Troy Phelan —anunció uno de los abogados, inclinándose sobre el cadáver.
—No me diga —repuso el guardia. —Jo —exclamó el administrativo. Otras personas salieron corriendo
del edificio.
Janie, Geena y Cody, con su psiquiatra el doctor Flowe y sus abogados, fueron los siguientes. Pero no
hubo gritos ni nadie se derrumbó. Permanecieron muy juntos, a prudente distancia de Tira y su grupo,
contemplando con expresión de incredulidad al pobre Troy.
Se oyó el chirrido de unas radios mientras se acercaba otro guardia y asumía el mando de la situación,
pidiendo una ambulancia.
—¿Y eso de qué va a servir? —preguntó el administrativo que, por haber sido el primero, había
adquirido posteriormente un mayor protagonismo.
—¿Quiere llevárselo usted en su coche? —replicó el guardia. Ramble observó cómo la sangre llenaba los
canales entre los ladrillos y bajaba formando perfectos ángulos por una suave pendiente hacia una fuente helada
y el mástil de bandera que había a su lado.
Un ascensor se detuvo en el vestíbulo y de él salió la primera familia con su séquito. TJ y Rex habían
aparcado sus respectivos coches en la parte de atrás, puesto que en otro tiempo habían sido autorizados a tener
despachos en el edificio. Mientras todo el grupo giraba a la izquierda en dirección a una salida, alguien que se
encontraba junto a la puerta principal gritó:
—¡El señor Phelan se ha arrojado al vacío!
El grupo cambió de rumbo y salió a la carrera por la puerta en dirección al patio de ladrillo, donde lo
encontraron cerca de la fuente.
Ahora no tendrían ni siquiera que esperar a que el tumor terminara su obra.
Joshua Stafford tardó aproximadamente un minuto en recuperarse del sobresalto y empezar a pensar de
nuevo como un abogado. Esperó a que la tercera y última familia apareciera en el patio de abajo y entonces les
dijo a Snead y Durban que entrasen.
La cámara aún estaba encendida. Snead se situó de cara a ella, levantó la mano derecha, juró decir la
verdad y después, conteniendo las lágrimas, explicó lo que acababa de presenciar. Stafford abrió el sobre y
sostuvo las amarillas hojas lo bastante cerca para que la cámara pudiera captarlas.
—Sí, lo he visto firmar esto —dijo Snead—. Hace apenas unos segundos.
—¿Y ésta es su firma? —Sí, lo es.
—¿Declaró él que esto era su última voluntad y su testamento?

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Última edición por ANITA el Mar Sep 08, 2009 2:14 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:06 am

—Dijo que era su testamento.
Stafford apartó los papeles antes de que Snead atinara a leerlos. Repitió el mismo procedimiento con
Durban y a continuación se situó delante de la cámara y expuso su versión de los hechos. La cámara se apagó y
los tres bajaron a la planta baja para presentar sus respetos al señor Phelan. El ascensor estaba lleno de
empleados del señor Phelan, todos ellos aturdidos, pero deseosos de echar un insólito y último vistazo al viejo.
El edificio estaba vaciándose. Los apagados sollozos de Snead sonaban amortiguados en un rincón.
Los guardias de seguridad habían mandado retirarse a la gente, dejando a Troy solo en medio de su
charco. Una sirena se acercaba. Alguien tomó unas fotografías para dejar constancia de la imagen de aquella
muerte y después cubrieron el cadáver con una manta negra.
En el caso de las familias, las leves punzadas de dolor no tardaron en ser superadas por el sobresalto de la
muerte. Permanecieron de pie con la cabeza inclinada, contemplando con tristeza la manta mientras ordenaban
sus ideas con vistas a los futuros acontecimientos. Era imposible contemplar a Troy y no pensar en el dinero. El
dolor por la pérdida de un pariente, incluso de un padre con quien ha habido desavenencias, no puede
interponerse en el camino de quinientos millones de dólares.
En el caso de los empleados, el sobresalto cedió el lugar al desconcierto. Corrían rumores de que Troy
vivía allá arriba, por encima de sus cabezas, pero muy pocos de ellos lo habían visto. Era un excéntrico, estaba
loco, padecía una enfermedad, los rumores lo abarcaban todo. La gente no le gustaba. En el edificio había
importantes vicepresidentes que sólo lo veían una vez al año. Si la empresa funcionaba tan bien sin él, sus
puestos de trabajo tenían forzosamente que estar asegurados.
En el caso de los psiquiatras —Zadel, Flowe y Theishen—, el momento estuvo cargado de tensión.
Habían declarado que el hombre estaba cuerdo y a los pocos minutos se había arrojado al vacío. Sin embargo,
hasta un loco puede tener intervalos de lucidez, ése era el término legal que se repetían a sí mismos una y otra
vez mientras se estremecían de inquietud en medio de la gente. Aunque esté loca como un cencerro, basta un
intervalo de lucidez en medio de la locura para que una persona pueda otorgar un testamento válido. Se
mantendrían firmes en sus opiniones. Gracias a Dios que todo estaba grabado. El viejo Troy era listo. Y estaba
lúcido.
Los abogados superaron rápidamente el sobresalto y no experimentaron el menor pesar. Permanecieron
con expresión muy seria al lado de sus clientes, contemplando el lamentable espectáculo. Los honorarios serían
enormes.
Una ambulancia entró en el patio de ladrillo y se detuvo a escasa distancia de Troy. Stafford se acercó a
la valla y les susurró algo a los guardias.
Colocaron rápidamente el cadáver de Troy en una camilla y se lo llevaron.
Veintidós años atrás Troy Phelan había trasladado el cuartel general de su empresa al norte de Virginia
para huir de los impuestos de Nueva York. Se había gastado cuarenta millones de dólares en el edificio que
llevaba su nombre y el solar que ocupaba, un dinero varias veces amortizado por el simple hecho de estar
domiciliado en Virginia.
Había conocido a Joshua Stafford, un prometedor abogado del distrito de Columbia, en medio de un
desagradable juicio que él había perdido y Stafford ganado. Phelan admiraba su estilo y su tenacidad, y decidió
contratarlo. En la última década, Stafford había duplicado el tamaño de la empresa de su cliente y se había hecho
rico con el dinero que ganaba combatiendo sus batallas.
En los últimos años de su vida, nadie había estado más cerca del señor Phelan que Josh Stafford. Éste y
Durban regresaron a la sala de juntas del decimocuarto piso y cerraron la puerta. Mandaron retirarse a Snead y le
ordenaron que se fuera a descansar.
Delante de la cámara en marcha, Stafford abrió el sobre y sacó las tres hojas de papel amarillo. La
primera era una carta de Troy dirigida a él. Mirando a la cámara, dijo:
—Esta carta está fechada el día de hoy, lunes 9 de diciembre de 1996. Está escrita de puño y letra por
Troy Phelan y yo soy el destinatario. Consta de cinco párrafos. A continuación, la leeré en su totalidad:
Querido Josh: ahora estoy muerto. Éstas son mis instrucciones y quiero que usted las siga fielmente. En
caso de ser necesario utilice la vía legal, pero quiero que se cumplan mis deseos.
Primero, quiero una rápida autopsia por razones se comprenderá más adelante.
Segundo, no habrá entierro ni ninguna clase de servicio. Quiero que se me incinere y que esparzan mis
cenizas desde el aire sobre mi rancho de Wyoming.
Tercero, quiero que mi testamento se mantenga en secreto hasta el 15 de enero de 1997. La ley no exige
que usted lo dé a conocer de inmediato. Guárdelo un mes.
Hasta siempre. Troy.
Stafford depositó muy despacio la primera hoja sobre la mesa y tomó cuidadosamente la segunda. La
estudió un momento y después dijo dirigiéndose a la cámara:
—Este documento de una sola página constituye, presuntamente, el último testamento de Troy L. Phelan.
Voy a leerlo en su totalidad.
Último testamento de Troy L. Phelan. Yo, Troy L. Phelan, habiendo sido declarado en pleno uso de mis
facultades mentales, anulo expresamente por el presente documento todos los anteriores testamentos y codicilos
otorgados por mí y vengo en disponer de mis bienes tal como sigue:
A cada uno de mis hijos, Troy Phelan, Jr., Rex Phelan, Libbigail Jeter, Mary Ross Jackman, Geena
Strong y Ramble Phelan, les otorgo la suma de dinero necesaria para pagar todas las deudas que hayan contraído
hasta la fecha. Cualquier deuda en la que incurran a partir de esta fecha no será cubierta por la presente
donación. Si alguno de mis hijos intenta impugnar este testamento, la donación que le corresponda será anulada.
A mis ex esposas Lillian, Janie y Tira no les doy nada. Ya fueron adecuadamente compensadas en
ocasión de sus divorcios.
Lego el resto de mis bienes a mi hija Rachel Lane, nacida el 2 de noviembre de 1954 en el Hospital
Católico de Nueva Orleans de una mujer llamada Evelyn Cunningham, ya difunta en la actualidad. (—Stafford
jamás había oído hablar de aquellas personas. Tuvo que hacer una pausa para recuperar el aliento antes de
proseguir—.) Nombro albacea de este testamento a mi fiel abogado Joshua Stafford y le otorgo amplios poderes
discrecionales en su ejecución.
El propósito de este documento es el de ser un testamento ológrafo. Todas las palabras han sido escritas
de mi puño y letra y firmo por la presente.
Firmado el 9 de diciembre de 1996 a las tres de la tarde por Troy L. Phelan.
Stafford depositó el papel sobre la mesa y parpadeó, mirando a la cámara. Necesitaba dar una vuelta por
el edificio y quizás una ráfaga de aire gélido, pero siguió adelante. Tomó la tercera hoja y dijo:
—Ésta es una nota de un solo párrafo, también dirigida a mí. Voy a proceder a su lectura:
Josh, Rachel Lane es una misionera de Tribus del Mundo, en la frontera entre Brasil y Bolivia. Lleva a
cabo su labor en medio de una remota tribu india, en una región llamada el Pantanal. La ciudad más próxima es
Corumbá. No he podido localizarla. No he mantenido contacto con ella en los últimos veinte años. Firmado,
Troy Phelan.
Durban apagó la cámara y rodeó por dos veces la mesa mientras Stafford leía el documento una y otra
vez.
—¿Sabías que tenía una hija ilegítima?
Stafford estaba contemplando con aire ausente la pared.
—No. Redacté once testamentos para Troy y él jamás la mencionó.
—Creo que no deberíamos sorprendernos.
Stafford había dicho muchas veces que ya había perdido la capacidad de sorprenderse por cualquier cosa
que hiciera Troy Phelan. Tanto en sus negocios como en su vida privada, el hombre era caprichoso y caótico. Y
Stafford había ganado millones corriendo detrás de su cliente y apagando incendios.
Lo cierto, no obstante, era que estaba sorprendido. Acababa de presenciar un suicidio dramático después
de que un hombre confinado en una silla de ruedas se hubiese levantado de un salto y echado a correr. Y ahora
tenía en su poder un testamento válido que, en unos párrafos escritos a toda prisa, legaba una de las fortunas más
grandes del mundo a una desconocida heredera sin que se hubiera hecho la mínima planificación de bienes. Los
impuestos sobre la herencia serían brutales.
—Necesito un trago, Tip —dijo.
—Es un poco pronto.
Se dirigieron al despacho contiguo del señor Phelan y descubrieron que todo estaba abierto. La actual
secretaria y todas las demás personas que trabajaban en el decimocuarto piso se encontraban todavía en la planta
baja.
Cerraron la puerta a su espalda y registraron rápidamente los cajones del escritorio y los archivadores.
Troy había esperado que lo hicieran, de lo contrario jamás hubiera dejado abierta su oficina privada. Sabía que
Josh pondría inmediatamente manos a la obra. En el cajón central del escritorio encontraron un contrato suscrito
con un horno crematorio de Alexandria, fechado varias semanas atrás. Debajo había un dossier sobre las
Misiones de las Tribus del Mundo.
Recogieron todo lo que pudieron llevar en sus manos y después fueron en busca de Snead y le ordenaron
que cerrase el despacho con llave.
—¿Qué hay en este último testamento? —preguntó Snead.
Estaba pálido y tenía los párpados hinchados. El señor Phelan no podía morirse sin dejarle algo, algún
medio con que sobrevivir. Había sido su fiel servidor durante treinta años.

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Última edición por ANITA el Mar Sep 08, 2009 2:15 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:09 am

—No puedo decírselo —contestó Stafford—. Regresaré mañana para inventariarlo todo. No permita la
entrada a nadie.
—Por supuesto que no —susurró Snead, y rompió nuevamente a llorar.
Stafford y Durban se pasaron media hora haciendo un recorrido de rutina con un representante de la
policía. Le mostraron el lugar en el que Troy se había encaramado a la barandilla, le facilitaron los nombres de
los testigos y describieron la última carta y el último testamento, omitiendo los detalles.
Era pura y llanamente un suicidio. Prometieron entregar una copia del informe de la autopsia y el policía
dio el caso por cerrado antes de abandonar el edificio.
Alcanzaron el cadáver en el despacho del forense y tomaron las disposiciones necesarias para la autopsia.
—¿Por qué una autopsia? —preguntó Durban en voz baja mientras ambos esperaban a que terminara el
papeleo.
—Para demostrar que no había tomado drogas ni bebidas alcohólicas, nada que pudiera afectar su
capacidad de discernimiento. Pensó en todo.
Ya eran casi las seis cuando se dirigieron a un bar del hotel Willard cerca de la Casa Blanca, a dos
manzanas de distancia de su despacho. Sólo tras haber tomado un par de copas consiguió Stafford esbozar su
primera sonrisa.
—De modo que pensó en todo, ¿eh?
—Es un hombre muy cruel —dijo Durban, profundamente sumido en sus pensamientos.
El sobresalto estaba desapareciendo, pero la realidad comenzaba a imponerse.
—Querrás decir «era».
—No. Sigue siéndolo. Aún ostenta el mando. —¿Te imaginas la cantidad de dinero que esos imbéciles se
gastarán en un mes?
—Es casi un crimen no decirles nada.
—No podemos. Hemos recibido órdenes.
Tratándose de unos abogados cuyos clientes raras veces se hablaban, la reunión fue un insólito momento
de colaboración. El ego más grande de la estancia pertenecía a Hark Gettys, un letrado pendenciero especialista
en litigios que llevaba varios años representando a Rex Phelan. Hark había insistido en que se celebrara la
reunión poco después de su regreso a su despacho de la avenida Massachusetts. De hecho, les había sugerido la
idea a los abogados de TJ y Libbigail mientras contemplaban cómo introducían al viejo en la ambulancia.
La idea era tan buena que los demás abogados no pudieron oponerse. Llegaron al despacho de Gettys
pasadas las cinco junto con Flowe, Zadel y Theishen. Un reportero de los tribunales y dos cámaras estaban
esperando.
Por razones obvias, el suicidio los había puesto nerviosos. Cada psiquiatra entró por separado y fue
interrogado exhaustivamente acerca de sus observaciones a propósito del señor Phelan poco antes de que éste se
arrojara al vacío.
Ninguno de los tres abrigaba la menor duda acerca de que el señor Phelan sabía a la perfección lo que
hacía, estaba en su sano juicio y tenía capacidad más que suficiente para testar. No hace falta estar loco para
suicidarse, subrayaron cuidadosamente.
Cuando los trece abogados les hubieron arrancado todas las opiniones posibles, Gettys dio por finalizada
la reunión. Eran casi las ocho de la tarde.
Según la revista Forbes, Troy Phelan era el décimo hombre más rico de Estados Unidos. Su muerte fue
noticia en todos los medios de difusión; la modalidad que había elegido la convertía en un acontecimiento desde
todo punto de vista sensacional.
Delante de la mansión de Lillian en Falls Church, un numeroso grupo de reporteros aguardaba en la calle
la salida de un portavoz de los deudos. Filmaron a los amigos y vecinos que entraban y salían, haciéndoles
intrascendentes preguntas acerca del estado de ánimo de la familia.
Dentro, los cuatro hijos mayores de Phelan se hallaban reunidos con sus esposas e hijos para recibir las
condolencias. Su actitud ante los visitantes era de tristeza, pero cuando éstos se iban, el tono cambiaba por
completo. La presencia de los nietos de Troy —nada menos que once— obligaba a TJ, Rex, Libbigail y Mary
Ross a intentar disimular la alegría que experimentaban. Pero era difícil. Se sirvió vino y champán en
abundancia. El viejo Troy no hubiera querido que estuvieran tristes, ¿verdad? Los nietos mayores bebieron más
que sus padres.
En el estudio había un televisor sintonizado con la CNN y cada media hora los miembros de la familia se
reunían para escuchar las últimas informaciones sobre la dramática muerte de Troy.
Cuando un corresponsal especializado en temas económicos elaboró un reportaje de diez minutos de
duración acerca de la magnitud de la fortuna Phelan, todos sonrieron.
Lillian consiguió desempeñar con toda credibilidad el papel de desconsolada viuda. Al día siguiente se
dedicaría a adoptar las debidas disposiciones.
Hark Gettys llegó sobre las diez y anunció a la familia que había hablado con Josh Stafford. No habría
entierro ni ceremonia de ningún tipo; sólo una autopsia, tras lo cual el cadáver sería incinerado y sus cenizas
esparcidas. Las instrucciones figuraban por escrito y Stafford ya estaba preparado para presentar batalla en los
tribunales en defensa de la voluntad de su cliente.
Tanto a Lillian como a sus hijos les importaba un bledo lo que hicieran con Troy, pero tenían que
protestar y discutir con Gettys. No estaba bien que lo despidieran sin ninguna ceremonia. Libbigail incluso
consiguió derramar una lagrimita y hablar con voz entrecortada.
—Yo que ustedes no me opondría —les aconsejó Gettys con expresión muy seria—. El señor Phelan lo
puso por escrito poco antes de morir y los tribunales obligarán a que se cumplan sus deseos.
Cedieron rápidamente. Era absurdo perder tiempo y dinero en minutas de abogados, y también lo era
prolongar el dolor. ¿Por qué empeorar las cosas? Troy siempre se había salido con la suya, y ellos habían
aprendido por las malas a no oponer resistencia a Josh Stafford.
—Cumpliremos sus deseos —dijo Lillian, y los otros cuatro, ubicados detrás de su madre, asintieron
tristemente con la cabeza. No se mencionó el testamento ni se hizo la menor referencia a cuándo se enterarían de
su contenido, pero la pregunta flotaba en el aire. Convenía que se mostraran debidamente afligidos durante unas
horas; después ya pondrían manos a la obra. Puesto que no habría velatorio ni entierro ni ceremonia, quizá
pudieran reunirse al día siguiente para analizar la cuestión de la herencia.
—¿Por qué la autopsia? —preguntó Rex.
—No lo sé —contestó Gettys—. Stafford dijo que así lo disponía el señor Phelan por escrito, pero ni
siquiera él está muy seguro. Gettys se fue y ellos bebieron un poco más. Las visitas dejaron de presentarse y
Lillian se fue a la cama. Libbigail y Mary Ross se marcharon con sus familias. TJ y Rex bajaron a la sala de
billar del sótano, donde cerraron la puerta y bebieron whisky. A medianoche ambos estaban dando tacadas,
celebrando su nueva y fabulosa riqueza, borrachos como cubas.
A las ocho de la mañana del día siguiente, Josh Stafford se dirigió a los preocupados directores del Grupo
Phelan. Dos años atrás, Troy Phelan lo había hecho miembro del consejo de administración, pero a él no le
gustaba aquel papel. En los últimos seis años, el Grupo Phelan había actuado con gran provecho sin haber
recibido demasiada ayuda de su fundador. Por algún extraño motivo, probablemente una depresión, Troy había
perdido el interés por el día a día de la gestión de su imperio. Se conformaba con seguir la marcha de los
mercados y examinar los informes sobre los beneficios.
El director gerente del grupo era Pat Solomon, un hombre de empresa contratado por Troy unos veinte
años atrás. Cuando Stafford entró en la estancia, parecía tan nervioso como los demás.
El nerviosismo estaba más que justificado. En la empresa todos estaban al corriente de las actividades de
las esposas y los hijos de Troy. La sola insinuación de que la propiedad del Grupo Phelan podría pasar a manos
de aquella gente hubiera aterrorizado a cualquier consejo de administración.
Josh empezó por revelarle los deseos del entierro.
—No se celebrará ningún funeral —anunció en tono sombrío—. De modo que no habrá manera de que
presenten ustedes sus condolencias.
Asimilaron la noticia sin hacer ningún comentario. En la muerte de una persona normal, semejante
ausencia de disposiciones les hubiera parecido estrambótica, pero tratándose de Troy, no era fácil sorprenderse.
—¿A quién pasará la propiedad de la empresa? —preguntó Solomon.
—Eso no puedo decírselo en estos momentos —contestó Stafford, consciente de lo evasiva e
insatisfactoria que era su respuesta—. Troy firmó un testamento poco antes de arrojarse al vacío y me ordenó
que lo mantuviese en secreto durante cierto tiempo. Bajo ningún pretexto puedo divulgar su contenido. Al
menos por el momento.
—¿Cuándo entonces?
—Muy pronto; pero no ahora.
—¿0 sea que todo sigue como siempre?
—Exacto. Este consejo de administración se mantiene todo el mundo conserva su cargo. Mañana la
empresa hará lo mismo que hizo la semana pasada.
Todo aquello sonaba muy bien, pero nadie se lo creía. La compañía estaba a punto de cambiar de mano.
Troy jamás había creído en la conveniencia de repartir las acciones del Grupo Phelan. Pagaba bien a la gente,
pero no aceptaba la tendencia de permitir que los suyos se convirtieran en propietarios de una parte de la
empresa. Sólo un tres por ciento de las acciones estaba en manos de unos pocos empleados que habían recibido
un trato de favor. Se pasaron una hora discutiendo el texto de un comunicado de prensa y después decidieron
suspender las reuniones por espacio de un mes.

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Última edición por ANITA el Mar Sep 08, 2009 2:16 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:11 am

Stafford se reunió con Durban en el vestíbulo y juntos se dirigieron en el automóvil de uno de ellos al
despacho del forense en McLean. La autopsia ya había finalizado.
La causa de la muerte era evidente. No había restos de alcohol ni de droga de ningún tipo.
Y no había tumor. Ni el menor signo de cáncer. Troy gozaba de buena salud física en el momento de su
muerte, aunque estaba ligeramente desnutrido.
Tip rompió el silencio mientras cruzaban el Potomac por el puente Roosevelt.
—¿Te dijo él que padecía un tumor cerebral?
—Sí. Varias veces.
Stafford conducía, pero no prestaba la menor atención a las calles, los puentes o los automóviles. ¿Qué
otras sorpresas les tendría reservadas Troy?
—¿Por qué mintió?
—¿Quién sabe? Estás tratando de analizar a un hombre que acaba de arrojarse desde lo alto de un
edificio. El tumor cerebral confería carácter apremiante a todas las cosas. Todo el mundo, yo incluido, pensaba
que se estaba muriendo. Su excentricidad hizo que la sugerencia de un equipo de psiquiatras pareciera una idea
estupenda. Tendió una trampa, ellos acudieron en tropel y ahora sus propios psiquiatras juran que Troy estaba en
su sano juicio. Además, buscaba comprensión. Era un viejo solitario.
—Pero estaba loco, ¿no? Al fin y al cabo, pegó un salto.
—Troy era raro en muchas cosas, pero sabía exactamente lo que hacía.
—¿Por qué saltó?
—Padecía una depresión. Ya te he dicho que era un viejo muy solitario.
Se encontraban en la avenida Constitution, detenidos en medio de un intenso tráfico, tratando de entender
lo que había ocurrido mientras contemplaban los faros traseros de los vehículos que tenían delante.
—Parece fraudulento —dijo Durban—. Los engaña con la promesa del dinero, satisface a sus psiquiatras
y, en el último segundo, otorga un testamento que los deja totalmente arruinados.
—Fue fraudulento, pero eso es un testamento, no un contrato. Según la legislación de Virginia, una
persona no está obligada a dejarles un solo centavo a sus hijos.
—Pero ellos lucharán, ¿no crees?
—Probablemente. Tienen muchos abogados. Hay demasiado dinero en juego.
—¿Por qué los odiaba tanto?
—Creía que eran unas sanguijuelas. Se avergonzaba, y ellos no paraban de pelearse con él. Jamás
ganaron honradamente un centavo y malgastaron mucho dinero suyo. Troy pensaba que, si eran capaces de
despilfarrar millones, también podrían dilapidar miles de millones. Y tenía razón.
—¿Qué parte de culpa le correspondía en esas peleas familiares?
—Una parte muy considerable. No era fácil querer a Troy. Una vez me dijo que había sido un mal padre
y un marido pésimo. No podía quitarles las manos de encima a las mujeres, sobre todo a las que trabajaban para
él. Se consideraba su propietario. —Recuerdo algunas denuncias por acoso sexual.
—Lo arreglamos con discreción. Y soltando muchos dólares. Troy no quería pasar por esa humillación.
—¿Cabe la posibilidad de que existan otros herederos desconocidos?
—Lo dudo. Pero ¿qué puedo saber yo? Jamás imaginé que tuviera otra heredera, y esta idea de dejárselo
todo a ella es algo que no acierto a comprender. Troy y yo nos pasamos muchas horas hablando de sus bienes y
de la forma de repartirlos.
—¿Cómo la encontraremos?
—No lo sé. Aún no he pensado en ella.
Cuando Stafford regresó a su bufete descubrió que todos los que trabajaban en él estaban en ascuas.
Según los criterios de Washington, se trataba de una firma de abogados más bien pequeña: sesenta
profesionales. Josh era el fundador y el socio principal. Tip Durban y otros cuatro letrados tenían la
consideración de socios, lo cual significaba que Josh los escuchaba de vez en cuando y les entregaba una parte
de los beneficios. Durante treinta años, el bufete se había caracterizado por la agresividad con que llevaba los
casos, pero, cuanto más se acercaba Josh a los sesenta, tanto menos tiempo se pasaba en las salas de justicia y
tanto más sentado tras su escritorio atestado de papeles. Habría podido tener cien abogados si hubiera
incorporado a ex senadores, cabilderos y analistas de reglamentaciones, algo normal en el distrito de Columbia,
pero a Josh le encantaban las salas de justicia y sólo contrataba a jóvenes asociados que hubieran intervenido por
lo menos en diez casos con jurado.
La carrera promedio de un abogado especialista en pleitos es de veinticinco años. El primer ataque
cardíaco suele inducirlos a tomarse las cosas con la calma suficiente como para retrasar un segundo. Josh había
evitado quemarse, ocupándose del laberinto de necesidades legales del señor Phelan: valores, leyes
antimonopolio, empleo, fusiones de empresas y docenas de cuestiones de carácter personal.
Tres grupos de asociados esperaban en la sala de recepción de su espacioso despacho. Dos secretarias
tendían memorandos y mensajes telefónicos hacia él mientras se quitaba el abrigo y se sentaba detrás de su
escritorio.
—¿Qué es lo más urgente? —preguntó.
—Creo que esto —contestó una secretaria.
Era de Hark Gettys, un hombre con quien Josh se había pasado el último mes hablando tres veces a la
semana. Marcó el número y Hark se puso inmediatamente al aparato.
Prescindieron de los comentarios intrascendentes y Hark fue directamente al grano.
—Mire, Josh, ya puede imaginarse hasta qué extremo está apremiándome la familia.
—Me lo imagino.
—Quieren ver el maldito testamento, por lo menos conocer su contenido.
Las siguientes frases serían decisivas, y Josh las había preparado con sumo cuidado.
—No tan rápido, Hark.
Tras una breve pausa, Hark preguntó:
—¿Por qué? ¿Ocurre algo?
—Me preocupa la cuestión del suicidio.
—¿Cómo? ¿Qué quiere decir?
—Mire, Hark, ¿cómo puede un hombre estar en pleno uso de sus facultades mentales segundos antes de
arrojarse al vacío?
La tensa voz de Hark se elevó una octava y sus palabras revelaron una ansiedad todavía mayor.
—Ya oyó lo que dijeron los psiquiatras. Qué demonios, lo tenemos grabado.
—¿Siguen manteniendo las mismas opiniones después del suicidio?
—¡Por supuesto que sí!
—¿Me lo puede demostrar? Busco ayuda en esta cuestión, Hark.
—Mire, Josh, anoche sometimos nuevamente a examen a nuestros tres psiquiatras. Se trataba de un
ejercicio muy duro, y se mantienen firmes en sus opiniones. Cada uno de ellos firmó una declaración jurada de
ocho páginas de extensión, ratificándose en sus opiniones acerca de la salud mental del señor Phelan.
—¿Podría ver esas declaraciones?
—Se las envío ahora mismo.
—Sí, por favor.
Josh colgó y esbozó una sonrisa sin mirar a nadie en particular. Los asociados, tres grupos de brillantes,
intrépidos y jóvenes abogados, entraron en el despacho. Se sentaron alrededor de una mesa caoba que había en
un rincón de la estancia.
Josh empezó por resumirles el contenido del testamento manuscrito de Troy y los problemas legales a los
que probablemente daría lugar. Al primer equipo encomendó la peliaguda cuestión de la capacidad de testar del
finado. Le preocupaba el tiempo que había transcurrido entre la lucidez y la locura. Quería un análisis de todos
los casos que tuvieran alguna relación, aunque fuera remota, con la firma de un testamento por parte de una
persona considerada loca.
Al segundo equipo le encargó una investigación sobre testamentos ológrafos, y, concretamente, sobre la
mejor manera de atacarlos y defenderlos.
Cuando se quedó solo con el tercer equipo, se relajó y se sentó. Sus componentes eran los más
afortunados, pues no tendrían que pasarse los tres días siguientes en la biblioteca.
—Tenéis que localizar a una persona que, según sospecho, no desea que se la localice.
Les dijo lo que sabía acerca de Rachel Lane. No era mucho. El legajo encontrado en el despacho de Troy
contenía muy poca información.
—Primero —añadió—, investigad las Misiones de las Tribus del Mundo. ¿Quiénes son? ¿Cómo actúan?
¿Cómo eligen a sus colaboradores? ¿Adónde los envían? Todo. Segundo, hay unos excelentes investigadores
privados en el distrito de Columbia. Suelen ser ex agentes del FBI y tipos del Gobierno especializados en la
búsqueda de personas desaparecidas. Elegid a los dos mejores y mañana tomaremos una decisión. Tercero, la madre de Rachel se llamaba Evelyn Cunningham, ya ha muerto. Elaboremos su biografía. Suponemos que ella y
el señor Phelan tuvieron una aventura cuya consecuencia fue una hija.
—¿Suponemos? —preguntó uno de los asociados.
—Sí. No damos nada por sentado.
Les indicó que se retirasen y se dirigió a una sala en la que Tip Durban había preparado una pequeña
rueda de prensa. Nada de cámaras, sólo reporteros. Una docena de ellos permanecían ávidamente sentados
alrededor de una mesa, con los magnetófonos y micrófonos. Pertenecían a grandes periódicos y a famosas
publicaciones sobre economía.
Se iniciaron las preguntas. Sí, existía un testamento redactado en el último minuto, pero él no podía
revelar su contenido. Sí, se había realizado una autopsia, pero no podía comentarla. La empresa seguiría
funcionando sin que se introdujese, por el momento, cambio alguno. No podía revelar quiénes serían los nuevos
propietarios.
Estaba claro, y nadie se sorprendió de que así fuera, que las familias se habían pasado el día conversando
en privado con los reporteros.
—Corren insistentes rumores de que en el último testamento el señor Phelan reparte su fortuna entre sus
seis hijos. ¿Puede usted negar o confirmar este extremo?
—No. Son simples conjeturas.
—¿Acaso no se estaba muriendo de cáncer?
—Eso corresponde a los resultados de la autopsia y no puedo hacer ningún comentario al respecto.
—Hemos oído que un equipo de psiquiatras lo examinó poco de sus facultades antes de su muerte y lo
declaró en pleno uso mentales. ¿Puede usted confirmarlo?
—Sí —contestó Stafford—, es cierto.
Se pasaron los veinte minutos siguientes hurgando y husmeando en el tema del examen mental. Josh se
mantuvo firme y se limitó a afirmar que, «al parecer», el señor Phelan estaba perfectamente cuerdo.
Los reporteros especializados en temas económicos querían cifras. Puesto que el Grupo Phelan era una
empresa privada herméticamente dirigida, nunca había sido fácil obtener información. Se presentaba ahora la
ocasión de abrir un resquicio, o eso pensaban ellos. Pero Josh apenas les dijo nada.
Al cabo de una hora se disculpó y regresó a su despacho, donde una secretaria le comunicó que habían
llamado del crematorio. Ya estaban preparados para recibir los restos mortales del señor Phelan.
A TJ la resaca le duró hasta el mediodía. Después se bebió una cerveza y pensó que ya era hora de
empezar a ejercer presión. Telefoneó a su principal abogado para que le informara acerca de la situación y el
abogado le aconsejó que tuviera paciencia.
—Eso llevará un poco de tiempo, TJ —le dijo.
—Pero es que quizá yo no esté de humor para esperar —replicó TJ, quien sentía que la cabeza estaba a
punto de estallarle.
—Démosles unos cuantos días.
TJ colgó el auricular y se dirigió a la parte de atrás de su sucia vivienda, donde, por suerte, no encontró a
su mujer. Hacía pocas horas que estaban levantados, pero ya habían reñido tres veces. A lo mejor había salido de
compras para gastarse una fracción de su nueva fortuna. Que lo hiciera, a TJ ya no le preocupaban las compras.
—El viejo cabrón ha muerto —dijo en voz alta. No había nadie más en la casa.
Sus dos hijos estaban en el colegio mayor; las matrículas las pagaba Lillian, que todavía conservaba parte
del dinero que le había sacado a Troy en el divorcio, varias décadas atrás. De modo que TJ vivía solo con Biff,
una divorciada de treinta años cuyos dos hijos vivían con el padre. Biff era agente de la propiedad inmobiliaria y
vendía preciosos pisitos para recién casados.
TJ abrió otra cerveza y se miró en el espejo de cuerpo entero del vestíbulo.
—Troy Phelan, junior —proclamó—. Hijo de Troy Phelan, el décimo hombre más rico de Estados
Unidos, valor neto once mil millones de dólares, ahora difunto, al que sobreviven sus amantes esposas y sus
amantes hijos, todos los cuales lo amarán todavía más después de la legalización oficial del testamento. ¡Pues sí!
Decidió en aquel lugar y momento que, a partir de ese día, abandonaría el apelativo de TJ e iría por la
vida como Troy Phelan, Jr. El nombre tenía magia.
La vivienda olía un poco mal, pues Biff se negaba a hacer las tareas domésticas. Estaba demasiado
ocupada con sus teléfonos móviles. El suelo estaba cubierto de porquería; las paredes, desnudas. Los muebles
eran de alquiler y pertenecían a una empresa que contrataba abogados para recuperar toda suerte de cosas.
Propinó un puntapié a un sofá y gritó:

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Última edición por ANITA el Mar Sep 08, 2009 2:17 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:12 am

—¡Ya podéis venir a recoger esta mierda! No tardaré mucho en contratar los servicios de unos
diseñadores.
Estaba deseando prender fuego a la casa. Como se tomara un par de cervezas más, quizás empezara a
juguetear con las cerillas. Se vistió con su mejor traje, el de color gris que se había puesto la víspera, cuando su
querido y anciano padre se había enfrentado con los psiquiatras y había interpretado tan maravillosamente bien
su papel. Puesto que no se celebraría ningún funeral, no se vería obligado a salir corriendo a comprarse uno
nuevo de color negro.
—Ya voy, Armani —canturreó alegremente mientras se subía la cremallera de los pantalones.
Por lo menos tenía un BMW. Aunque viviera en una pocilga, el mundo no lo sabía. En cambio, el mundo
sí veía su coche, y por eso él se esforzaba en reunir cada mes los seiscientos ochenta dólares que le costaba el
alquiler. Maldijo su miserable vivienda de propiedad horizontal mientras hacía marcha atrás en el aparcamiento.
Era una de las ochenta que se habían construido últimamente alrededor de un somero estanque, en una
superpoblada zona de Manassas.
Había crecido en un entorno mucho mejor que aquél. Durante sus primeros veinte años había llevado una
vida de lujo hasta el momento en que había entrado en posesión de su herencia. Sus cinco millones de dólares
habían desaparecido antes de que él cumpliera los treinta años y su padre lo despreciaba por ello.
Ambos discutían acaloradamente cada dos por tres. Junior había tenido distintos empleos en el Grupo
Phelan, y todos habían acabado de forma desastrosa. Su padre lo había despedido varias veces. Al viejo se le
ocurría un nuevo negocio y dos años después éste valía millones. En cambio, las ideas de Junior terminaban en
bancarrotas y pleitos.
En los últimos años, las discusiones ya casi habían terminado. Como ninguno de los dos podía cambiar,
ambos se limitaban a ignorarse mutuamente; pero cuando apareció el tumor, TJ volvió a alargar la mano.
¡Oh, qué mansión se iba a construir! Ya tenía pensado incluso el arquitecto, una japonesa que vivía en
Manhattan, acerca de la cual había leído un reportaje en una revista.
En cuestión de un año probablemente se iría a vivir a Malibú, Aspen o Palm Beach, donde podría exhibir
su dinero y la gente lo tomaría en serio.
—¿Qué hace uno con quinientos millones de dólares? —se preguntó en voz alta mientras circulaba a toda
velocidad por la interestatal—. Quinientos millones de dólares libres de impuestos —añadió con una sonrisa.
Un amigo suyo era dueño del concesionario de la BMW-Porsche donde él había alquilado su automóvil.
Junior entró en la sala de exposición pavoneándose como si fuera el rey del mundo. Habría podido comprar todo
aquel maldito negocio si hubiera querido. En el escritorio de un vendedor vio el periódico de la mañana, en el
que con grandes titulares se anunciaba la muerte de su padre. TJ no experimentó ni una sola punzada de dolor.
Dickie, el gerente, salió de su despacho y le dijo:
—Lo siento mucho, TJ.
—Gracias —contestó Troy junior, frunciendo ligeramente el entrecejo—. Ha sido mejor para él.
—De todos modos, te doy el pésame.
—No te preocupes.
Ambos entraron en el despacho y cerraron la puerta.
—El periódico dice que tu padre firmó un testamento justo antes de morir —dijo Dickie—. ¿Es cierto
eso?
Troy junior ya estaba examinando los relucientes folletos de los últimos modelos.
—Sí. Yo estaba allí. Repartió los bienes en seis partes, una para cada uno de nosotros.
Lo dijo con indiferencia, sin levantar los ojos, como si el dinero ya le quemara en las manos.
Dickie abrió la boca y se sentó en su sillón. Se preguntó si estaría en presencia de un tipo muy rico, si
aquel muerto de hambre de TJ Phelan se habría convertido en multimillonario. Como todas las personas que
conocían a TJ, Dickie suponía que el viejo lo habría desheredado para siempre.
—A Biff le gustaría un Porsche —dijo Troy junior sin dejar de estudiar los folletos—. Un Carrera Turbo
GII de color rojo con dos capotas.
—¿Cuándo?
Troy junior lo miró enfurecido.
—Ahora mismo.
—Pues claro, TJ. Y el pago, ¿cuándo se efectuará?
—Lo pagaré al mismo tiempo que el mío de color negro, también un Sri. ¿Qué precio tienen?
—Unos noventa mil dólares cada uno.
—No hay problema. ¿Cuándo pueden hacernos la entrega?
—Primero he de buscarlos. Tardaré uno o dos días. ¿En efectivo?
—Naturalmente.
—¿Cuándo recibirás el dinero?
—Dentro de un mes aproximadamente. Pero los automóviles los quiero ahora.
Dickie contuvo la respiración y experimentó una sacudida.
—Mira, TJ, yo no puedo entregar dos vehículos nuevos sin alguna forma de pago.
—Muy bien. Pues entonces
—Vamos, TJ.
—Podría comprar todo tu negocio, ¿sabes? Ahora mismo podría entrar en cualquier banco y pedir diez o
veinte millones o lo que pueda valer este negocio y me lo darían en un plazo de sesenta días, ¿comprendes?
Dickie entornó los ojos y asintió lentamente. Sí, lo comprendía.
—¿Cuánto dinero te ha dejado tu padre?
—El suficiente para comprar incluso el banco. ¿Me entregas esos automóviles o voy unas puertas más
abajo?
—Deja que los busque.
—Ya veo que eres muy listo —dijo TJ—. Date prisa. Volveré esta tarde. Ya puedes empezar a llamar por
teléfono.
Arrojó los folletos sobre el escritorio de Dickie y abandonó el despacho con paso majestuoso.
La idea que tenía Ramble del luto era pasarse el día encerrado en el cuarto del sótano fumando porros y
escuchando música rap sin prestar atención a los que llamaban a la puerta. Su madre le había permitido faltar a
clase debido a la tragedia; de hecho, le había autorizado a tomarse una semana de vacaciones. No tenía ni idea
de que llevaba un mes sin pisar el instituto.
La víspera, mientras salían de la Torre Phelan, su abogado le había dicho que su dinero iría a parar a un
fideicomiso hasta que él cumpliera dieciocho o veintiún años, según lo que estipulara el testamento. Y, aunque
ahora no pudiese tocar el dinero, sin duda tendría derecho a una generosa asignación.
Formaría un grupo musical y produciría álbumes con su propio dinero. Tenía amigos músicos que no
iban a ninguna parte porque no podían permitirse el lujo de alquilar estudios de grabación, pero su grupo sería
distinto. Decidió que se llamaría Ramble; él sería el contrabajista y cantante y las chicas lo perseguirían. Sería un
rock alternativo con fuertes influencias de rap, una cosa nueva. Una cosa que estaba inventándose.
Dos pisos más arriba, en el estudio de su espaciosa residencia, Tira, su madre, se pasaba el día charlando
por teléfono con los amigos que llamaban para darle su más sentido pésame. Casi todos chismorreaban con ella
lo suficiente para preguntarle cuánto dinero podría recibir en herencia, pero ella no se atrevía a calcularlo. Se
había casado con Troy en 1982 a la edad de veintitrés años y antes de hacerlo, había firmado un voluminoso
acuerdo prenupcial en virtud del cual en caso de divorcio sólo recibiría diez millones de dólares y una casa.
Se habían separado seis años atrás. Sólo le quedaban dos millones.
Sus necesidades eran muy grandes. Sus amigos poseían casas en tranquilas calas de las Bahamas mientras
que ella tenía que conformarse con hoteles de lujo. Ellos compraban ropa de diseño en Nueva York; ella, en
tiendas locales. Los hijos de sus amigos estudiaban en internados y no les daban la lata; en cambio, Ramble
estaba en el sótano y no quería salir de él.
Estaba segura de que Troy le habría dejado unos cincuenta millones de dólares. Una cantidad miserable.
Hizo el cálculo matemático mientras hablaba por teléfono con su abogado.
Geena Phelan Strong tenía treinta años y estaba sobreviviendo en medio de algo que se había convertido
en un tumultuoso matrimonio con Cody, su segundo marido, perteneciente a una acaudalada familia del Este.
Sin embargo, hasta la fecha el dinero no había sido más que un rumor y, desde luego, ella no lo había visto ni de
lejos. Cody había recibido una educación impecable —Taft, Dartmouth y un máster en Administración de
Empresas en Columbia— y se consideraba un visionario en el mundo del comercio. No conseguía conservar
ningún empleo. Su talento no podía permanecer encerrado entre las paredes de un despacho. Las órdenes y los
caprichos de los jefes no cortarían las alas a sus sueños. Cody sería multimillonario, un hombre hecho a sí
mismo, por supuesto, probablemente el más joven de la historia.
El hecho, no obstante, era que al cabo de seis años de vivir con ella Cody aún no había encontrado un
hueco. Y no sólo eso, sino que sus pérdidas eran asombrosas. En 1992 había hecho una arriesgada apuesta con
futuros de cobre que le había costado más de un millón del dinero de Geena. Y dos años después se había pillado los dedos con unas opciones sin garantía cuando el mercado bursátil cayó espectacularmente. Geena lo
abandonó durante cuatro meses, pero regresó siguiendo los consejos de sus asesores. Una empresa de pollos
congelados fracasó, y Cody escapó con unas pérdidas de sólo medio millón de dólares.
Gastaban un montón de dinero. Su abogado les había aconsejado que, a modo de terapia, viajaran, y
gracias a ello ambos habían recorrido el mundo. El hecho de ser jóvenes y ricos aliviaba muchos de sus
problemas, pero el dinero se estaba acabando. Los cinco millones de dólares que Troy le había entregado a su
hija al cumplir ésta los veintiún años habían quedado reducidos a menos de un millón, y sus deudas eran cada
vez más elevadas. La presión que estaba sufriendo su matrimonio había alcanzado casi el punto límite cuando
Troy se había arrojado al vacío desde su terraza.
De ahí que se hubieran pasado la mañana buscando casa en Swinks Mill, el lugar de sus más grandiosos
sueños. Éstos habían ido aumentando de tamaño conforme avanzaba el día, y a la hora del almuerzo ya estaban
interesándose por casas valoradas en más de dos millones de dólares. A las dos de la tarde se reunieron con una
entusiasta corredora de fincas apellidada Lee, una mujer con cabello cardado, pendientes de oro, dos teléfonos
móviles y un reluciente Cadillac. Geena se presentó como «Geena Phelan», pronunciando el apellido con toda
claridad, pero estaba claro que la tal Lee no debía de leer las publicaciones sobre economía, pues ni se inmutó, y
cuando ya iban por la tercera casa Cody se vio obligado a revelarle en voz baja la verdad acerca de su suegro.
—¿Aquel ricachón que se arrojó al vacío? —preguntó Lee, llevándose la mano a la boca.
Geena estaba inspeccionando el armario de un pasillo que en realidad ocultaba una sauna.
Cody asintió tristemente con la cabeza.
Al anochecer ya estaban visitando una casa vacía valorada en cuatro millones y medio de dólares y
considerando seriamente la posibilidad de hacer una oferta. Lee raras veces trataba con clientes tan ricos, motivo
por el cual ambos estaban volviéndola loca.
Rex, de cuarenta y cuatro años, hermano de Ti, era, en el momento de la muerte de Troy, el único de sus
hijos sometido a una investigación criminal. Todos sus males se debían al hundimiento de un banco y a toda la
serie de pleitos e investigaciones a que ello había dado lugar. Varios auditores bancarios y el FBI llevaban tres
años haciendo exhaustivas investigaciones.
Para costear su defensa y su lujoso estilo de vida, Rex había comprado, de la herencia de un hombre
muerto en el transcurso de un tiroteo, una cadena de bares topless y clubes de striptease de la zona de Fort
Lauderdale. El negocio de la carne era muy lucrativo; la clientela siempre era buena y el dinero en efectivo
podía ocultarse fácilmente. Sin ser demasiado codicioso, Rex se embolsaba unos veinticuatro mil dólares al mes
libres de impuestos, aproximadamente cuatro mil de cada uno de sus seis clubes. Éstos figuraban a nombre de su
mujer, Amber Rockwell, una bailarina de striptease a la que una noche había visto hacer su número en un bar.
De hecho, todos sus bienes estaban a nombre de su mujer, lo cual le producía una considerable inquietud. Con
un poco más de ropa, un poco menos de maquillaje y zapatos más discretos, Amber se hacía pasar por una mujer
respetable en los círculos que frecuentaban en Washington. Pocas personas conocían su pasado, pero en su fuero
interno ella era una puta, y el hecho de que fuese la propietaria de todo hacía que el pobre Rex se pasara muchas
noches sin dormir.
En el momento de la muerte de su padre, Rex estaba enfrentándose con varios embargos preventivos y
demandas judiciales de acreedores, socios e inversores del banco por valor de más de siete millones de dólares.
Y la suma seguía aumentando. Los juicios, sin embargo, habían sido inútiles, pues los acreedores no tenían a qué
agarrarse. Rex no era dueño de nada, ni siquiera de su coche. Él y Amber habían alquilado una vivienda en un
edificio en régimen de propiedad horizontal y un par de Corvette idénticos, con todos los documentos a nombre
de ella. Los clubes y bares eran propiedad de una empresa registrada en paraísos fiscales, organizada por Amber
sin la menor huella de su marido. Hasta entonces, Rex se había mostrado demasiado escurridizo para que lo
atraparan.
El matrimonio era todo lo estable que cabía esperar de dos personas con un amplio historial de
inestabilidad; ambos celebraban muchas fiestas y tenían amigos muy turbulentos, todos ellos atraídos por el
apellido de Phelan. La vida era divertida a pesar de los apuros económicos, pero Rex estaba tremendamente
preocupado por Amber y los bienes que ésta tenía a su nombre. Una desagradable discusión podía bastar para
que ella desapareciera.
Las preocupaciones se habían terminado con la muerte de Troy. El columpio se había inclinado y de
repente su apellido valía una fortuna. Vendería los bares y los clubes, pagaría las deudas de golpe y después se
dedicaría a jugar con el dinero. Pero, como hiciera un solo movimiento en falso, Amber volvería a bailar sobre
las mesas con unos mojados billetes de dólar en el taparrabo.

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Última edición por ANITA el Mar Sep 08, 2009 2:17 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:15 am

Rex se pasó el día con su abogado Hark Gettys. Necesitaba desesperadamente el dinero y había insistido
en que Gettys llamara a Josh Stafford y le pidiera echar un vistazo al testamento. Rex había hecho planes muy
importantes y ambiciosos para cuando se reuniese con aquellos millones, y Hark estaría a su lado en todas las
etapas. Quería hacerse con el control del Grupo Phelan. Su parte de las acciones, unida a las de TJ y sus dos
hermanas, le daría sin duda una mayoría de títulos con derecho a voto. Pero ¿estaban las acciones en un fideicomiso, en cesión directa o bien inmovilizadas de cualquiera de las cien tortuosas maneras que Troy habría
ideado para reírse de ellos desde la tumba?
—¡Tenemos que ver ese maldito testamento! —estuvo gritándole a Hark a lo largo de todo el día.
Hark lo calmó con un prolongado almuerzo regado con un excelente vino y, a primera hora de la tarde,
ambos comenzaron a beber whisky. Amber pasó por allí y los encontró a los dos borrachos, pero no se enfadó.
Ahora le era imposible enfadarse con Rex. Lo amaba más que nunca.
El viaje al Oeste sería un grata tregua que les permitiría apartarse del caos creado por el salto al vacío del
señor Phelan. Su rancho se encontraba en las cercanías de Jackson Hole, en los montes Teton, donde el suelo ya
estaba cubierto por una capa de nieve de treinta centímetros de espesor y se esperaban más nevadas. ¿Qué
opinaría la señorita Manners de que esparciesen las cenizas sobre una tierra cubierta de nieve? ¿Convendría que
esperaran hasta el día siguiente, o las arrojarían sin más? A Josh le importaba un bledo. Él las habría arrojado al
rostro de cualquier desastre natural.
Estaban persiguiéndolo los abogados de los herederos Phelan. Los recelosos comentarios que le había
hecho a Hark Gettys acerca de la capacidad de testar del viejo habían lanzado una onda expansiva de temor a
todas las familias y éstas habían reaccionado con una histeria comprensible. Y con amenazas. El viaje sería
como unas pequeñas vacaciones. Él y Durban podrían estudiar las investigaciones preliminares y elaborar sus
planes.
Despegaron del aeropuerto en el Gulfstream N del señor Phelan, un aparato en el que Josh sólo había
tenido el privilegio de viajar una vez. Era el más nuevo de la flota y, con su precio de treinta y cinco millones de
dólares, había sido el juguete más caro del difunto. El verano anterior habían volado con él a Niza, donde el
viejo paseaba desnudo por la playa, contemplando embobado a las jóvenes francesas. Josh y su mujer se habían
dejado la ropa puesta, al igual que los demás acompañantes norteamericanos, y habían tomado el sol sentados
alrededor de la piscina.
Una azafata les sirvió el desayuno y después se retiró a la cocina de la parte de atrás mientras ellos
extendían sus papeles sobre la mesa redonda. El vuelo duraría cuatro horas.
Las declaraciones juradas firmadas por los doctores Flowe, Zadel y Theishen eran extensas y minuciosas,
llenas de opiniones y redundancias que ocupaban varios párrafos y no dejaban la menor sombra de duda: Troy
estaba en pleno uso de sus facultades mentales, era un hombre de inteligencia brillante y sabía muy bien lo que
hacía momentos antes de morir.
Stafford y Durban leyeron las declaraciones juradas y les hizo gracia lo irónico de la situación. Cuando se
leyera el nuevo testamento, aquellos tres expertos serían despedidos, naturalmente, y se contrataría a otra media
docena para que hicieran toda suerte de oscuras y terribles conjeturas acerca de la salud mental del pobre Troy.
En cuanto a la cuestión de Rachel Lane, apenas se había averiguado nada acerca de la misionera más rica
del mundo. Los investigadores contratados por el bufete seguían buscando frenéticamente.
Según las primeras investigaciones llevadas a cabo a través de Internet, la sede de las Misiones de las
Tribus del Mundo estaba en Houston, Texas. La organización, fundada en Tyzo, contaba con cuatro mil
misioneros repartidos por todo el globo que trabajaban exclusivamente con nativos. Su único propósito era
divulgar el Evangelio cristiano a las más remotas tribus de la Tierra. Estaba claro que Rachel no había heredado
las creencias religiosas de su padre.
Nada menos que veintiocho tribus indias del Brasil y por lo menos diez de Bolivia estaban siendo
atendidas en aquellos momentos por los misioneros de la organización. Más otras trescientas en el resto del
mundo. Puesto que las tribus en las que centraban sus esfuerzos vivían apartadas de la civilización moderna, los
misioneros recibían un exhaustivo entrenamiento en métodos de supervivencia en la selva, lenguas y
conocimientos médicos.
Josh leyó con gran interés un relato escrito por un misionero que se había pasado siete años en la jungla,
tratando de adquirir los suficientes conocimientos de la lengua de una tribu primitiva como para poder
comunicarse con sus miembros. Vivía en un cobertizo y los indios apenas mantenían tratos con él. A fin de
cuentas, se trataba de un blanco de Misouri que había sido enviado a su poblado y que todo lo que sabía decir
era «hola» y «gracias». Si necesitaba una mesa, se la fabricaba. Si necesitaba comida, cazaba algún animal.
Tuvieron que transcurrir cuatro años para que los indios empezaran a confiar en él. Ya llevaba casi seis años allí
cuando les contó su primer relato de la Biblia. Le habían enseñado a tener paciencia, a cultivar las relaciones, a
aprender la lengua y la cultura de los indígenas y a empezar a contar las historias de la Biblia muy despacio.
La tribu casi no mantenía contactos con el mundo exterior. Su vida apenas había cambiado en mil años.
¿Qué clase de persona podía tener la fe y el compromiso suficientes para abandonar la sociedad moderna
y marchar a semejante mundo prehistórico? El misionero escribía que los indios sólo lo aceptaron cuando se
dieron cuenta de que no se iría de allí. Había decidido vivir allí para siempre. Los amaba y quería ser uno de
ellos. 0 sea, que Rachel vivía en un cobertizo y dormía en una cama que ella misma se había fabricado y se
preparaba la comida sobre el fuego, comiendo lo que cultivaba o cazaba, contando relatos de la Biblia a los
niños y el Evangelio a los mayores, ajena por completo a los acontecimientos, las inquietudes y las presiones del
mundo. Era muy feliz. Su fe la sostenía.
El hecho de ir a molestarla parecía casi una crueldad. Durban leyó el mismo material.
—Puede que jamás la encontremos —dijo—. No hay teléfonos ni electricidad; qué demonios, hay que
trepar por las montañas para llegar hasta aquella gente.
—No tendremos más remedio que hacerlo —repuso Josh. —¿Nos hemos puesto en contacto con Tribus
del Mundo? —Lo haremos hoy mismo, un poco más tarde.
—¿Y qué les dirás?
—No lo sé; pero no puedes decirles que estás buscando a una de sus misioneras porque acaba de heredar
once mil millones de dólares.
—Once mil antes de impuestos.
—De todos modos quedará una bonita suma.
—Pues entonces, ¿qué les dirás?
—Les diremos que ha surgido un asunto legal muy urgente y tenemos que hablar directamente con
Rachel.
Sonó uno de los faxes que había a bordo del aparato y de inmediato se empezaron a recibir memorandos.
El primero era de la secretaria de Josh, con una lista de las llamadas de la mañana, casi todas ellas de los
abogados de los herederos Phelan. Dos eran de reporteros.
Los asociados estaban empezando a presentar los informes de sus investigaciones preliminares sobre
distintos aspectos de la legislación de Virginia aplicable en el caso que los ocupaba. A cada página que Josh y
Durban leían, el testamento precipitadamente garabateado por el viejo Troy iba adquiriendo más fuerza.
El almuerzo consistió en unos bocadillos y fruta, servidos también por la azafata, que permanecía en la
parte de atrás del aparato y se las ingeniaba para presentarse sólo cuando sus tazas de café ya estaban vacías.
Tomaron tierra en Jackson Hole con buen tiempo. Las máquinas habían empujado la nieve a los lados de
la pista de aterrizaje. Descendieron del aparato, recorrieron una distancia de veinticinco metros y subieron a
bordo de un Sikorski S76 C, el helicóptero preferido de Troy. Diez minutos más tarde ya estaban sobrevolando
su amado rancho. Un fuerte viento comenzó a zarandear el aparato, y Durban palideció. Josh abrió muy despacio
una portezuela y una ráfaga le azotó el rostro.
El piloto empezó a volar en círculo a seiscientos metros de altura mientras Josh arrojaba las cenizas
contenidas en una pequeña urna. El viento las dispersó de inmediato en todas direcciones de tal forma que los
restos de Troy se desvanecieron mucho antes de alcanzar la nieve que cubría el suelo. Cuando la urna estuvo
vacía, Josh metió el brazo entumecido por el frío y volvió a cerrar la portezuela.
La casa era técnicamente una cabaña de troncos, con la suficiente cantidad de madera maciza como para
conferirle el aspecto de vivienda rústica. Pero, con sus cuatrocientos metros cuadrados de superficie, lo era todo
menos una cabaña. Troy se la había comprado a un actor en decadencia.
Un mayordomo vestido de pana se hizo cargo de su equipaje y una sirvienta les preparó café. Mientras
Josh telefoneaba al despacho, Durban se dedicó a admirar los trofeos de caza disecados que colgaban en las
paredes. En la chimenea ardían unos troncos y la cocinera les preguntó qué deseaban para cenar.
El asociado se apellidaba Montgomery, llevaba cuatro años en el bufete y había sido elegido
personalmente por el señor Stafford. Se había perdido tres veces en las calles de Houston antes de localizar la
sede de las Misiones de las Tribus del Mundo en la planta baja de un edificio de cinco pisos. Aparcó su
automóvil de alquiler y se enderezó el nudo de la corbata.
Había hablado un par de veces con el señor Trill por teléfono y, aunque llegó a la cita con una hora de
retraso, semejante detalle no pareció importar. El señor Trill era afable y cortés, pero no se mostraba demasiado
dispuesto a colaborar.
—¿En qué puedo servirle? —preguntó. —Necesito cierta información sobre —contestó Montgomery.
Trill asintió con la cabeza sin decir nada. —Una tal Rachel Lane —añadió Montgomery.
—El nombre no me suena —dijo Trill, desplazando la como si tratara de localizarla—, pero la verdad es
que cuatro mil colaboradores.
—Trabaja cerca de la frontera entre Brasil y Bolivia.
—¿Cuántas cosas sabe usted acerca de ella?
—No muchas, pero tenemos que localizarla.
—¿Con qué objeto?
—Por un asunto de carácter legal —respondió Montgomery, titubeando lo bastante para resultar
sospechoso.
Trill frunció el ceño y se cruzó de brazos. Ya no sonreía.
—¿Hay algún problema? —preguntó.
—No, pero el asunto es muy urgente. Tenemos que hablar ella.
—¿No pueden enviar una carta o un paquete?
—Me temo que no. Necesitamos su colaboración y su firma.
—Supongo que es confidencial.
—Extremadamente confidencial.
Trill suavizó la expresión. —Discúlpeme un momento —dijo.
Trill abandonó el despacho y Montgomery permaneció sentado, estudiando el espartano mobiliario. La
única decoración consistía en una serie de fotos ampliadas de niños indios colgadas en las paredes.
Al regresar, Trill parecía una persona distinta; se mostraba rígido, serio y nada dispuesto a colaborar.
—Lo siento, señor Montgomery —dijo sin sentarse—, pero no podremos ayudarle.
—¿Ella está en Brasil?
—Lo siento.
—¿En Bolivia?
—Lo siento.
—¿Existe siquiera?
—No puedo responder a sus preguntas.
—¿A ninguna?
—A ninguna.
—¿Podría hablar con su jefe o supervisor?
—Por supuesto que sí.
—¿Dónde está?
—En el cielo.
Tras cenar unos gruesos bistecs con salsa de setas, Josh Stafford y Tip Durban se retiraron al estudio,
donde también había una chimenea encendida. Otro mayordomo, un mexicano con chaqueta blanca y pantalones
vaqueros almidonados, les sirvió un whisky de malta muy añejo procedente del armario del señor Phelan.
Pidieron puros habanos. Pavarotti cantaba un villancico navideño desde un lejano equipo estereofónico.
—Se me ocurre una idea —dijo Josh, contemplando el fuego de la chimenea—. Tenemos que enviar a
alguien en busca de Rachel Lane, ¿verdad?
Tip estaba dando una profunda calada a su puro y se limitó a asentir con la cabeza.
—Y no podemos enviar a cualquiera —añadió Josh—. Tiene que ser un abogado, alguien capaz de
explicar las cuestiones legales. Y además ha de ser de nuestra firma, porque se trata de un asunto confidencial.
Con la boca llena de humo, Tip siguió asintiendo tranquilamente con la cabeza.
—¿A quién enviamos? —preguntó Josh.
Tip exhaló lentamente el humo por la boca y la nariz; una nube azul pasó por delante de su rostro y subió
hacia el techo.
—¿Eso cuánto tiempo llevará? —dijo finalmente.
—No lo sé, pero no será un viaje rápido. Brasil es un país muy grande, casi tan grande como Estados
Unidos. Y estamos hablando de selvas y montañas. Aquellas gentes están tan aisladas que jamás han visto un
automóvil.
—No seré yo quien vaya.
—Podemos contratar guías locales y aun así el viaje llevaría una semana.
—¿No hay caníbales por allí abajo?
—No.
—¿Ni anacondas?
—Cálmate, Tip. No irás.
—Gracias.

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Última edición por ANITA el Mar Sep 08, 2009 2:18 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:37 am

—Pero comprendes el problema, ¿verdad? Tenemos sesenta abogados, todos ellos terriblemente
ocupados y abrumados por más trabajo del que podemos llevar a cabo. Ninguno de nosotros está en condiciones
de dejarlo todo de golpe para ir en busca de esa mujer.
—Envía a un auxiliar.
A Josh no le gustaba la idea. Bebió un sorbo de whisky, dio una calada al habano y prestó atención al
chisporroteo de las llamas en la chimenea.
—Tiene que ser un abogado —dijo casi hablando para sí.
El mayordomo regresó con más bebidas. Preguntó si deseaban postre y café, pero ya habían tomado todo
lo que les apetecía.
—¿Qué tal Nate? —preguntó Josh cuando ambos quedaron otra vez a solas.
Era evidente que Josh había estado pensando en Nate desde el primer momento, lo cual irritó ligeramente
a Tip, que preguntó:
—¿Bromeas?
—No.
Se pasaron un rato estudiando la posibilidad de enviar a Nate mientras cada uno de ellos trataba de
superar sus iniciales reparos y temores. Nate O'Riley era un socio de veintitrés años de antigüedad en la firma
que en aquellos momentos se encontraba confinado en un centro de desintoxicación en los montes Azules, al
oeste del distrito de Columbia. Se había pasado los últimos diez años visitando centros como aquél, y cada una
de las veces se había curado, había superado sus hábitos y se había acercado cada vez más a las más altas cotas
de poder, entregado por entero a su bronceado y a sus partidos de tenis y firmemente dispuesto a librarse de sus
adicciones de una vez por todas. Pero a pesar de insistir en que cada una de sus caídas sería la última y de
afirmar que ya había tocado fondo, la que seguía a la anterior era aún más dura. Ahora, a la edad de cuarenta y
ocho años, O'Riley estaba arruinado, se había divorciado dos veces y acababa de ser denunciado una vez más
por fraude fiscal. Su futuro distaba mucho de ser brillante.
—Era muy aficionado ¿verdad?
—Pues sí. El submarinismo, el montañismo y todas estas bobadas, pero cuando empezó la cuesta abajo se
limitó a trabajar.
La cuesta abajo había comenzado a los treinta y tantos, coincidiendo con el período en que consiguió una
impresionante serie a las actividades al aire libre, de sonadas condenas contra médicos acusados de negligencia
en el ejercicio de su profesión. Nate O'Riley se convirtió en una estrella en esa clase de juego y empezó a beber
y a consumir cocaína. Descuidó a su familia y se obsesionó con sus adicciones: los grandes veredictos, la bebida
y la droga. Se las arreglaba en cierto modo para conservar el equilibrio, pero siempre estaba al borde del
desastre. De pronto perdió un juicio y se despeñó por primera vez.
La firma lo escondió en un elegante balneario hasta que estuvo suficientemente recuperado y pudo
protagonizar una rutilante reaparición. La primera de muchas.
—¿Cuándo sale? —preguntó Tip.
Ya no estaba sorprendido y la idea le gustaba cada vez más.
—Pronto.
Nate se había convertido en un adicto irremediable. Podía pasarse meses e incluso años sin probar la
droga, pero siempre acababa recayendo. Las sustancias químicas le habían destrozado la mente y el cuerpo. Su
conducta se volvió excéntrica y los rumores acerca de su locura fueron filtrándose a todos los ámbitos de la
firma, hasta que acabaron por propagarse a través de la red de chismorreos del mundillo de la abogacía.
Casi cuatro meses atrás se había encerrado en una habitación de motel con una botella de ron y una bolsa
de pastillas en lo que muchos de sus compañeros interpretaron como un intento de suicidio.
Josh lo confinó en un centro de desintoxicación por cuarta vez en diez años.
—Puede que sea beneficioso para él —apuntó Tip—. Me refiero a eso de alejarse de aquí durante un
tiempo.
Al tercer día del suicidio del señor Phelan, Hark Gettys llegó a su despacho antes del amanecer, ya
cansado pero ansioso de que empezara el día. Había cenado muy tarde con Rex Phelan y después ambos se
habían pasado dos horas en un bar, en el que apenas habían podido contener su impaciencia por la cuestión del
testamento mientras planeaban sus futuras estrategias. Por eso tenía los ojos hinchados y enrojecidos y le dolía la
cabeza; pero a pesar de ello se movía con agilidad alrededor de la cafetera.
Las tarifas horarias de Hark eran muy variadas. El año anterior se había encargado de un desagradable
caso de divorcio por una suma tan baja como doscientos dólares la hora. A cada posible cliente le pedía
trescientos cincuenta dólares, lo cual era bastante poco para un ambicioso abogado del distrito de Columbia,
pero cuando conseguía que lo contrataran por esa suma, más tarde hinchaba la minuta y obtenía lo que merecía.
Una cementera indonesia le había pagado cuatrocientos cincuenta dólares la hora por un asunto sin importancia
y después había intentado estafarlo con un cheque falso. Había resuelto un caso de homicidio en el que había
ganado una tercera parte de trescientos cincuenta mil dólares. Por consiguiente, en la cuestión de los honorarios
ponía toda la carne en el asador.
Hark trabajaba como especialista en litigios en un bufete de cuarenta abogados, un equipo de segunda fila
con un historial de combates cuerpo a cuerpo y disputas que habían dificultado su desarrollo, por cuyo motivo él
estaba deseando abrir su propia firma. Casi la mitad de sus ganancias anuales iban a parar a la partida de gastos
generales, y en su opinión aquel dinero pertenecía a su bolsillo.
En determinado momento de una noche de insomnio, había tomado la decisión de aumentar su tarifa a
quinientos dólares la hora y de cobrar una semana con carácter retroactivo. Llevaba seis días trabajando
exclusivamente en el asunto Phelan y, ahora que el viejo había muerto, su chiflada familia era el sueño dorado
de cualquier abogado.
Lo que Hark ansiaba con toda el alma era una dura contienda, una larga y encarnizada pelea en la que
numerosas jaurías de abogados presentaran toneladas de estupideces legales. Un juicio sería algo maravilloso,
una batalla de alto nivel por una de las más grandes herencias de Estados Unidos, en la que él desempeñaría el
papel principal. Ganar la batalla sería bonito, pero no lo más importante. Se embolsaría una fortuna y se haría
famoso y en eso estribaba el moderno ejercicio de la abogacía. A quinientos dólares la hora, sesenta horas a la
semana, cincuenta semanas al año, la facturación anual bruta de Hark alcanzaría el millón y medio de dólares.
Los gastos generales para un nuevo bufete —alquiler, secretarias, auxiliares— sumarían medio millón de dólares
como máximo, por lo que él podría ganar un millón de dólares en caso de que abandonara su miserable firma y
abriera su propio bufete unas puertas más abajo.
Listo. Apuró de un trago el café y se despidió mentalmente de su desordenado despacho. Echaría el
cerrojo con el caso Phelan y puede que con uno o dos más. Se llevaría a su secretaria y a su auxiliar y se daría
prisa en hacerlo, antes de que la firma pudiera reclamarle parte de los honorarios del caso del millonario suicida.
Se sentó tras su escritorio y se le aceleró el pulso al pensar en su nueva firma y en la forma en que podría
combatir con Josh Stafford. Tenía motivos para estar preocupado. Stafford no había querido revelarle el
contenido del nuevo testamento. Había puesto en duda su validez a la vista del suicidio, y el cambio de tono de
Stafford inmediatamente de éste lo había desconcertado. Ahora Stafford se había ausentado de la ciudad y no
contestaba a sus llamadas.
Estaba deseando que la pelea comenzase.
A las nueve se reunió con Libbigail Phelan Jeter y Mary Ross Phelan Jackman, las dos hijas del primer
matrimonio de Troy. Rex había concertado la cita a instancias de Hark. Aunque ambas mujeres tenían abogado
en aquel momento, Hark las quería como clientes. Cuantos más clientes tuviera, mayor sería su fuerza en la
mesa de negociación y en la sala de justicia, aparte de que podría cobrarles a cada uno de ellos quinientos
dólares la hora por el mismo trabajo.
La reunión fue un poco embarazosa, pues ninguna de las dos mujeres se fiaba de Hark, sencillamente
porque no se fiaban de su hermano Rex. TJ tenía tres abogados y su madre tenía otro. ¿Por qué debían ellas
juntar sus fuerzas siendo así que nadie más lo hacía? Habiendo tanto dinero en juego, ¿no era mejor que cada
uno contase con su propio abogado?
Hark insistió, pero ganó muy poco terreno. Aunque estaba decepcionado, más tarde siguió adelante con
su plan de abandonar la firma de inmediato. Podía oler el dinero.
Libbigail Phelan Jeter había sido una niña rebelde que no quería a su madre Lillian y ansiaba ser objeto
de la atención de su padre, que raras veces paraba en casa. Tenía nueve años cuando sus padres se divorciaron.
A los catorce años, Lillian la envió a un internado. Troy desaprobaba los internados, aun cuando distaba
de ser un experto en educación infantil, y mientras Libbigail estudiaba en el instituto, había hecho el insólito
esfuerzo de mantenerse en contacto con ella. Muchas veces le decía que la prefería a todos sus hijos. No cabía
duda de que era la más inteligente.
Pero Troy no asistió a la ceremonia de su graduación y se olvidó de enviarle un regalo. El verano que
precedió al inicio de sus estudios universitarios Libbigail se lo pasó tratando de buscar algún medio de lastimar a
su padre. Se fue a Berkeley, oficialmente para estudiar poesía medieval irlandesa, pero tenía el propósito de
estudiar muy poco o nada en absoluto. A Troy no le gustaba la idea de que cursase estudios en California y
menos en una universidad tan radical como la de Berkeley. La guerra del Vietnam estaba tocando a su fin. Los
estudiantes habían ganado y ya era hora de que lo celebrasen.
Se deslizó sin dificultad hacia la cultura de las drogas y el sexo fácil. Vivía en una casa de tres pisos con
un grupo de estudiantes de todas las razas, sexos e inclinaciones sexuales. Las combinaciones variaban cada
semana, lo mismo que el número. Se llamaban a sí mismos «comuna», pero no tenían estructuras ni normas. El
dinero no constituía ningún problema, porque casi todos ellos pertenecían a familias acomodadas.
Libbigail eraconocida simplemente como una hija de una familia rica de Connecticut. Por aquel entonces se calculaba que la
fortuna de Troy sólo ascendía a unos cien millones de dólares.
Dominada por su espíritu de aventura, Libbigail avanzó por la cadena de la droga hasta que la heroína se
apoderó de ella. Su proveedor era un batería de jazz llamado Tino, que vivía más o menos en la comuna. Tino
rondaba los cuarenta, había abandonado sus estudios secundarios en Memphis y nadie sabía exactamente cómo o
cuándo había empezado a formar parte del grupo. Y a nadie le importaba.
Libbigail se aseó justo lo suficiente para viajar al Este al cumplir los veintiún años, un día memorable
para todos los hijos de Troy Phelan, pues era la ocasión en que el viejo les hacía el Regalo. Troy no creía en la
conveniencia de crear fideicomisos para sus hijos. Si no eran responsables a la edad de veintiún años, ¿por qué
llevarlos de la correa? Los fideicomisos exigían fideicomisarios y abogados y daban lugar a constantes peleas
con los beneficiarios que no soportaban recibir el dinero con cuentagotas de manos de unos contables. Había que
darles el dinero, pensaba Troy, y dejar que se ahogaran o nadaran.
Casi todos los hijos de Troy Phelan se ahogaron rápidamente. A Troy se le pasó por alto el cumpleaños
de Libbigail. Se encontraba en algún lugar de Asia por asuntos de negocios. Además, su segundo matrimonio
con Janie estaba en pleno apogeo. Rocky y Geena eran pequeños y él había perdido cualquier interés que
hubiese podido tener por su primera familia.
Libbigail no lo echó de menos. Los abogados completaron los trámites del Regalo y ella se pasó una
semana con Tino en un elegante hotel de Manhattan, completamente drogada.
El dinero le duró casi cinco años, un período de tiempo en el que hubo dos maridos, numerosos amantes,
dos detenciones, tres prolongadas estancias en centros de desintoxicación y un accidente de tráfico que por poco
le cuesta la pierna izquierda.
Su actual marido era un ex motero al que había conocido en un centro de rehabilitación. Pesaba ciento
cuarenta y cinco kilos y lucía una rizada barba gris que le llegaba hasta el pecho. Se llamaba Spike y había
evolucionado hasta convertirse en un tipo honrado. Se dedicaba a fabricar armarios en un taller situado en la
parte de atrás de su modesta vivienda del suburbio de Lutherville, en Baltimore.
El abogado de Libbigail era un desgreñado sujeto llamado Wally Bright en cuyo despacho se presentó de
inmediato tras haber abandonado el de Hark. Le hizo un informe completo de todo lo que había dicho éste.
Wally era un picapleitos que garantizaba divorcios rápidos en anuncios que pegaba en los respaldos de los
asientos de los autobuses del área de Bethesda. Había tramitado uno de los divorcios de Libbigail y tuvo que
esperar un año para cobrar los honorarios. Aun así se había mostrado paciente con ella, pues, a fin de cuentas, se
trataba de una Phelan. Libbigail sería la entrada que le permitiría alcanzar los elevados honorarios que jamás
había conseguido ganar.
En presencia de ella Wally llamó a Hark Gettys y ambos se enzarzaron en una agria disputa telefónica
que duró un cuarto de hora mientras él paseaba enfurecido detrás de su escritorio y agitaba los brazos, soltando
palabrotas.
—¡Estoy dispuesto a matar por mi cliente! —rugió en determinado momento, y aquello impresionó a
Libbigail.
Al terminar, la acompañó amablemente a la puerta y le dio un beso en la mejilla. La acarició, le dio unas
palmaditas y le hizo carantoñas, prestándole la atención que ella había ansiado recibir toda su vida. No era fea;
puede que estuviese un poco gruesa y que se le notaran las huellas de la dura vida que había llevado en otros
tiempos, pero Wally había visto cosas mucho peores, e incluso se había acostado con algunas de ellas. En caso
de que se presentara una ocasión propicia, era probable que la aprovechara.
La montañita de Nate estaba cubierta con una capa de quince centímetros de nieve reciente cuando lo
despertaron los acordes de la música de Chopin que atravesaba las paredes. La semana anterior había sido
Mozart. Y la otra no se acordaba. Vivaldi pertenecía a su pasado reciente, pero todo era muy confuso.
Tal como venía haciendo cada mañana desde hacía casi cuatro meses, Nate se acercó a la ventana y
contempló el valle de Shenandoah que se extendía ante sus ojos, unos mil metros más abajo. El valle también
estaba cubierto de nieve, y él recordó que ya era casi la Navidad.
Ellos —los médicos y Josh— le habían prometido que saldría por esas fechas. Al pensar en la Navidad se
entristeció. Había pasado algunas muy agradables en tiempos no muy lejanos, cuando los niños eran pequeños y
él llevaba una vida estable. Pero ahora los niños se habían ido porque eran mayores o sus madres se los habían
llevado, y lo que menos deseaba era pasarse otras Navidades en un bar cantando villancicos con otros
desventurados borrachos, fingiendo ser feliz.
El blanco valle estaba sumido en el silencio y sólo algunos automóviles se movían como hormigas a lo
lejos.
Debería haber dedicado diez minutos a la oración o el yoga que habían tratado de enseñarle en Walnut
Hill, pero en su lugar hizo unas flexiones y se fue a nadar.

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Última edición por ANITA el Mar Sep 08, 2009 2:19 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:40 am

El desayuno consistió en un café solo y un bollo en compañía de Sergio, su asesor, terapeuta y guru.
Durante los pasados cuatro meses Sergio había sido también su mejor amigo. Lo sabía todo acerca de la
desgraciada vida de Nate O'Riley.
—Hoy tienes visita —le anunció Sergio.
—¿Quién?
—El señor Stafford.
—Maravilloso.
Cualquier contacto con el exterior le resultaba agradable, pues allí se respiraba una atmósfera muy
cerrada. Josh lo visitaba una vez al mes. Otros dos amigos de la firma habían efectuado el viaje de tres horas por
carretera desde el distrito de Columbia, pero estaban muy ocupados y Nate lo comprendía.
En Walnut Hill la televisión estaba prohibida a causa de los anuncios de cerveza y de los muchos
programas y películas en que se glorificaba el alcohol e incluso las drogas. Las revistas más populares no
estaban autorizadas por los mismos motivos. Pero a Nate le daba igual. Después de cuatro meses, le importaba
un bledo lo que ocurriera en el Capitolio o en Wall Street o en el Medio Oeste.
—¿Cuándo? —preguntó.
—A última hora de la mañana.
—¿Después de mi ejercicio?
—Pues claro.
Nada podía interferir el ejercicio, una orgía de sudor, gruñidos y gritos de dos horas de duración con una
sádica y malhumorada entrenadora personal a la que Nate adoraba en secreto.
Estaba descansando en su suite, comiéndose una naranja mientras contemplaba nuevamente el valle,
cuando llegó Josh.
—Te veo estupendo —le dijo Josh—. ¿Cuánto has adelgazado?
—Seis kilos —contestó Nate, dándose unas palmadas en el liso vientre.
—De verdad que estás muy delgado. A lo mejor, me convendría pasar una temporada aquí.
—Te lo recomiendo. La comida no tiene nada de grasa, es totalmente insípida y la prepara un chef que
habla con acento. Las raciones llenan medio plato; un par de bocados y listo. El almuerzo y la cena duran unos
siete minutos... si masticas despacio.
—Por mil dólares al día cabría esperar una comida exquisita.
—¿Me has traído galletitas o algo así? ¿Patatas fritas tal vez? Seguro que escondes algo en la cartera.
—Lo siento, Nate. No llevo nada.
—¿Ni siquiera unos Doritos?
—Lo siento.
Nate volvió a hincar el diente en la naranja. Estaban sentados muy cerca el uno del otro, contemplando el
paisaje. Los minutos iban pasando.
—¿Qué tal estás? —preguntó Josh.
—Tengo que salir de aquí, Josh. Estoy convirtiéndome en un robot.
—Tu médico dice que dentro de una semana más o menos.
—Estupendo. ¿Y después qué?
—Ya veremos.
—¿Y qué significa eso?
—Significa que ya veremos.
—Vamos, Josh.
—Nos lo tomaremos con calma y veremos qué ocurre.
—¿Podré regresar al despacho? Por favor, Josh, dime algo.
—No tan deprisa, Nate. Tienes enemigos.
—¿Y quién no los tiene? Pero, qué demonios, el bufete es Los tipos harán lo que tú digas.
—Tienes un par de problemas.
—Tengo mil problemas; pero tú no puedes echarme de un puntapié.
—El hecho de que estés sin un centavo puede arreglarse. Lo del fraude fiscal no es tan fácil.
En efecto, no lo era, y Nate no podía despacharlo sin más. Entre los años 1992 y 1995, había olvidado
declarar aproximadamente sesenta mil dólares en ingresos por otros conceptos.
Nate arrojó la piel de la naranja a la papelera y dijo:
—¿Y qué tengo que hacer? ¿Quedarme sentado en casa todo el día?
—Con un poco de suerte.
—¿Y eso qué significa?
Josh tenía que andarse con mucho tiento. Su amigo acababa de salir de un agujero muy negro. Era
imprescindible evitar los sobresaltos y las sorpresas.
—¿Crees que me enviarán a prisión? —preguntó Nate.
—Troy Phelan ha muerto —dijo Josh.
Nate tardó un segundo en asimilar la noticia.
—Ah, el señor Phelan —dijo.
Nate tenía su pequeña ala en la firma. Estaba situada al final de un largo pasillo de la sexta planta. Allí, él
y otro abogado, junto con tres auxiliares y media docena de secretarias, se dedicaban a presentar querellas contra
médicos y no se preocupaban por lo que ocurría en el resto de la empresa. Por supuesto que sabía quién era Troy
Phelan, pero jamás había intervenido en sus asuntos legales.
—Lo lamento —dijo.
—¿0 sea, que no te habías enterado?
—Aquí no me entero de nada. ¿Cuándo murió?
—Hace cuatro días. Se arrojó al vacío desde una ventana.
—¿Sin paracaídas?
—Has dado en el clavo.
—No sabía volar.
—No. Ni siquiera lo intentó. Yo fui testigo. Acababa de firmar dos testamentos; el primero lo había
preparado yo; el segundo y último lo escribió él mismo de su puño y letra. Después se arrojó al vacío.
—¿Dices que lo viste hacerlo?
—Sí.
—Vaya. El hijo de puta debía de estar medio chiflado.
La voz de Nate tenía una punta de ironía. Casi cuatro atrás una criada lo había encontrado en una
habitación motel con la tripa llena de pastillas y de ron.
—Se lo ha dejado todo a una hija ilegítima de la que nunca había oído hablar.
—¿Está casada? ¿Qué pinta tiene?
—Quiero que la busques.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Se ha perdido?
—No sabemos dónde está.
—¿Cuánto dinero le...?
—Algo así como once mil millones de dólares
—¿Y ella lo sabe?
—No. Ni siquiera está enterada de que ha muerto.
—¿Sabe que Troy es su padre?
—No tengo ni idea de qué sabe.
—¿Dónde está?
—En Brasil, creemos. Es misionera y trabaja con una remota tribu india.
Nate se levantó y empezó a caminar arriba y abajo por la estancia.
—Una vez estuve una semana allí —dijo—. Sé que estudiaba, pero ya no me acuerdo qué; quizás
estuviese en la Facultad de Derecho. Era carnaval, había chicas desnudas bailando por las calles de Río, escuelas
de samba y un millón de personas de juerga toda la noche.
Se calló de repente, como si aquel bonito recuerdo hubiera aflorado a la superficie y hubiera vuelto a
desaparecer rápidamente.
—Ahora no se trata de un carnaval.
—Me lo imaginaba. ¿Te apetece un café?
—Sí. Solo.
Nate pulsó un timbre de la pared y pidió café a través del interfono. Los mil dólares diarios cubrían
también el servicio de habitación. Se sentó de nuevo junto a la ventana y preguntó:
—¿Cuánto tiempo permaneceré fuera?
—Es un poco difícil saberlo, pero yo diría que unos diez días. No hay prisa y puede que te cueste un poco
encontrarla.
—¿En qué parte del país?
—En la zona occidental, cerca de Bolivia. La organización para la que trabaja envía gente a la selva,
donde ayudan a unos indios que viven como en la Edad de Piedra. Hemos llevado a cabo algunas
investigaciones y parece ser que se enorgullecen de localizar a los pueblos más remotos de la Tierra.
—Tú quieres que primero yo encuentre la selva correspondiente, vaya en busca de la correspondiente
tribu de indios y después trate de convencerlos de que soy un abogado estadounidense que ha acudido allí en son
de paz y necesita que lo ayuden a localizar a una mujer que probablemente no desea que la localicen.
—Algo así.
—Podría ser divertido.
—Considéralo una aventura.
—Además, eso me mantendrá fuera del despacho, ¿no es cierto, Josh? Una maniobra de distracción
mientras tú ordenas las cosas.
—Alguien tiene que ir, Nate. Un abogado de nuestra firma tiene que encontrarse cara a cara con esa
mujer, mostrarle una copia del testamento, explicarle el contenido de éste y averiguar qué desea hacer. Eso no lo
puede hacer un auxiliar jurídico ni un abogado brasileño.
—¿Por qué yo?
—Porque todos los demás están ocupados. Tú sabes de qué va esto. Llevas más de veinte años
haciéndolo. La vida en el despacho, los almuerzos en los juzgados, las noches en el tren... Además, podría
beneficiarte.
—¿Acaso pretendes mantenerme alejado de las calles, Josh? Porque en ese caso, pierdes el tiempo. Estoy
limpio. Se acabaron los bares, las juergas y los traficantes de droga. Estoy limpio, Josh. Para siempre.
Josh asintió con la cabeza porque era lo que se esperaba que hiciera, pero ya había pasado otras veces por
la misma situación.
—Te creo —dijo, deseando con toda su alma poder hacerlo.
El conserje llamó a la puerta y entró con el café en una bandeja de plata.
Al cabo de un rato, Nate preguntó:
—¿Qué hay de la denuncia? Yo no puedo abandonar el país hasta que todo esté arreglado.
—He hablado con el juez, le he dicho que era un asunto urgente. Quiere verte dentro de noventa días.
—¿Es simpático?
—Es un auténtico Papá Noel.
—0 sea que, si me declaran culpable, ¿crees que dará una oportunidad?
—Falta un año todavía. Ya nos ocuparemos de ello más adelante.
Sentado en torno a una mesita e inclinado sobre su taza de café, Nate reflexionó acerca de las preguntas
que necesitaba hacer. Josh estaba ante él, con la mirada perdida en la distancia.
—¿Y si digo que no? —aventuró Nate.
Josh se encogió de hombros, como si le diera igual.
—No pasa nada. Ya encontraremos a alguien. Considéralo unas vacaciones. A ti no te da miedo la selva,
¿verdad?
—Por supuesto que no.
—Pues entonces, que te diviertas.
—¿Cuándo me iría?
—Dentro de una semana. Brasil exige un visado y tendremos que echar mano de ciertas influencias.
Además, hay que atar algunos cabos sueltos.
Walnut Hill exigía un período mínimo de una semana de preparación antes de soltar de nuevo a sus
clientes a los lobos.
Los habían mimado y desintoxicado, les habían hecho un lavado de cerebro y habían vuelto a ponerlos en
forma física, mental y emocionalmente. La preparación antes de la salida los ayudaba a regresar al mundo.
—Una semana, repitió Nate para sus adentros.
—Aproximadamente, sí.
—Y el trabajito me llevará unos diez días.
—Es probable.
—Y yo estaré de vacaciones allí abajo.
—Eso parecerá.
—Se me antoja una idea estupenda.
—¿Quieres saltarte la Navidad?
—Sí.
—¿Y tus hijos?
—Ni una sola palabra, Josh —dijo Nate mientras removía el café con una cucharilla—. Llevo casi cuatro
meses aquí y ninguno de ellos me ha dicho ni una sola palabra.
Su voz reflejaba dolor, y tenía los hombros encorvados. Por un instante, su aspecto fue el de una persona
muy frágil.
Josh sí había tenido noticias de las familias. Las dos ex esposas tenían abogados que habían llamado para
pedir dinero. El hijo mayor de Nate era un alumno de grado en la Universidad del Noroeste, necesitaba dinero
para la matrícula y los gastos y había llamado personalmente a Josh, pero no para preguntar por el estado o el
paradero de su padre, sino por otra cosa mucho más importante: la participación de éste en los beneficios de la
firma del año anterior. Era tan grosero y descarado que Josh lo había mandado a paseo.
—Me gustaría evitar todas las fiestas y el jolgorio —añadió Nate, levantándose, al parecer un poco más
animado, para dar un paseo descalzo por la habitación.
—¿Irás allí abajo?
—¿Eso está por el Amazonas?
—No; está en el área del Pantanal, del mundo.
—¿Pirañas, anacondas y caimanes?
—Naturalmente.
—¿Caníbales?
—No más que en el distrito de Columbia.
—Hablo en serio.
—Estoy seguro de que no les apetecerá cortarte en filetes. Nate, no dramatices. Si yo no estuviera tan
ocupado, me encantaría ir. El Pantanal es una gran reserva ecológica.
Jamás he oído hablar de ese lugar.
—Eso es porque dejaste de viajar hace años. Entraste en tu despacho y ya no volviste a salir.
—Más que para desintoxicarme.
—Tomarte unas vacaciones, conocer otra parte del mundo.
Nate bebió un sorbo de café lo suficientemente despacio como para cambiar el rumbo de la conversación.
—¿Y qué ocurrirá a la vuelta? ¿Tengo mi despacho? ¿Sigo siendo socio?
—¿Es eso lo que quieres?
—Pues claro —contestó Nate, pero con tono algo vacilante.
—¿Estás seguro?
—¿Qué otra cosa puedo hacer?
—No lo sé, Nate, pero ésta es tu cuarta desintoxicación en diez años. Las recaídas son cada vez peores. Si
salieras ahora mismo, te irías directamente al despacho y, durante seis meses, serías el mejor especialista del
mundo en pleitos por negligencias médicas. No prestarías ninguna atención a los viejos amigos, los viejos bares,
los antiguos barrios. Sólo trabajo, trabajo y trabajo. No tardarías en conseguir un par de sonadas sentencias y
sonados juicios y entonces empezarías a experimentar los efectos de la tensión. Apretarías un poco más la
tuerca. Al cabo de un año, se produciría una grieta. Podrías tropezar con un viejo amigo, una chica de otra vida.
Un mal jurado podría emitir un veredicto desfavorable, y entonces... Yo vigilaría todos tus movimientos, pero
nunca puedo decir cuándo empieza el deslizamiento por la pendiente.
—No habrá más deslizamientos, Josh. Lo juro.

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Última edición por ANITA el Mar Sep 08, 2009 2:20 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:42 am

—Eso ya lo he oído otras veces, y quiero creerte; pero ¿y si vuelven a salir tus demonios, Nate? La última
vez estuviste a sólo unos minutos de matarte.
—No habrá más recaídas.
—La próxima será la última, Nate. Celebraremos un funeral, te diremos adiós y contemplaremos cómo te
colocan en la fosa. Y yo no quiero que eso ocurra.
—No ocurrirá, te lo aseguro.
—Pues entonces olvídate del despacho. Allí dentro hay demasiada tensión.
Lo que más aborrecía Nate de la desintoxicación eran los largos períodos de silencio o meditación, tal
como los llamaba Sergio. Los pacientes tenían que sentarse como monjes en la semipenumbra, cerrar los ojos y
buscar la paz interior. Nate podía sentarse en el suelo y todo lo demás, pero no podría evitar recordar los juicios
y el acoso de los inspectores de Hacienda, buscar la manera de maquinar contra sus ex esposas y, por encima de
todo, preocuparse por su futuro. La conversación que estaba manteniendo con Josh ya la había ensayado muchas
veces.
Sin embargo, sus ingeniosas réplicas y sus rápidas respuestas le fallaban cuando estaba sometido a
tensión. Los cuatro meses de soledad casi absoluta le habían embotado sus reflejos. Lo único que podía hacer
era inspirar lástima.
—Vamos, Josh. No puedes propinarme un puntapié sin más.
—Llevas más de veinte años pleiteando, Nate. Me parece que ya es suficiente. Creo que ha llegado la
hora de que empieces a hacer otra cosa.
—Me convertiré en cabildero y almorzaré con los secretarios de prensa de mil pequeños congresistas.
—Ya te encontraremos un sitio.
—No se me dan bien los almuerzos. A mí lo que me gusta es pleitear.
—La respuesta es no. Puedes quedarte en la firma y ganar un montón de dinero, mantenerte sano y jugar
al golf. Tu vida será estupenda, siempre y cuando los inspectores de Hacienda no te metan entre rejas.
Durante unos agradables momentos, Nate se había olvidado de los inspectores de Hacienda, pero ahora
habían vuelto a recordárselos. Se sentó y vertió un poco de miel de un pequeño recipiente en el café tibio; el
azúcar y los edulcorantes artificiales no estaban permitidos en un lugar tan sano con Walnut Hill.
—Eso de pasar un par de semanas en los humedales brasileños está empezando a sonarme muy bien—
dijo.
—¿Significa eso que irás?
—Sí.
Puesto que Nate disponía de mucho tiempo para leer, Josh le dejó un abultado dossier acerca del
testamento de Phelan y su misteriosa nueva heredera. Más dos libros sobre los indígenas de remotos parajes de
América del Sur.
Nate se pasó ocho horas leyendo sin descanso y se olvidó incluso de cenar. Estaba deseando marcharse e
iniciar su aventura. Cuando a las diez Sergio entró a verle, lo encontró sentado como un monje en el centro de la
cama, rodeado de papeles y perdido en otro mundo.
—Ya es hora de que me vaya —le dijo Nate.
—Sí —repuso Sergio—. Mañana empezaré a preparar el papeleo.
Las luchas internas se agravaron y los herederos de Troy Phelan empezaron a dedicar menos tiempo a
conversar entre sí y más a visitar los despachos de sus abogados. Transcurrió una semana sin que se diese a
conocer el contenido del testamento. Los herederos estaban cada vez más nerviosos, pues tenían la fortuna casi a
la vista, pero no podían alargar la mano para tomarla. Prescindieron de los servicios de varios abogados y
contrataron a otros.
Mary Ross Phelan Jackman decidió cambiar de abogado porque el que tenía no le cobraba una tarifa lo
suficientemente elevada. Su marido era un prestigioso traumatólogo con múltiples negocios. Trataba a diario con
hombres de leyes. El más reciente de ellos era un torbellino llamado Grit, que había entrado espectacularmente
en la refriega, cobrando una tarifa de seiscientos dólares la hora.
Durante la espera, los herederos estaban contrayendo cuantiosas deudas. Firmaban contratos de compra
de impresionantes mansiones. Les entregaban automóviles nuevos. Contrataban a distintos asesores para que les
diseñaran residencias con piscina, les buscaran el avión privado más idóneo, les aconsejaran acerca de qué
purasangres les convenía comprar.
Cuando no se peleaban, se dedicaban a las compras. La única excepción era Ramble, pero sólo por el
simple hecho de ser menor de edad. El chico se pasaba el rato con su abogado, quien seguramente contraía
deudas en nombre de su cliente.
Los grandes litigios suelen empezar con una carrera a los juzgados. El hecho de que Josh Stafford se
negara a revelar el contenido del testamento e hiciera al mismo tiempo veladas alusiones a la incapacidad de
testar de Troy, hizo que finalmente cundiese el pánico entre los abogados de los herederos.
Diez días después del suicidio, Hark Gettys acudió al juzgado de distrito del condado de Fairfax,
Virginia, y presentó una petición de apertura obligatoria de la última voluntad y testamento de Troy L. Phelan.
Y, con toda la astucia propia de un ambicioso abogado merecedor de ser tenido en la debida cuenta, le comunicó
la información a un reportero del Post. Tras la presentación de la petición, ambos se pasaron una hora
conversando. Algunos de los comentarios se hicieron con carácter extraoficial y otros a mayor honra y gloria del
abogado. Un reportero gráfico tomó algunas fotografías.
Curiosamente, Hark presentó la petición en nombre de los herederos Phelan, incluyendo sus nombres y
direcciones como si de sus clientes se tratase. Al regresar a su despacho, les envió copias por fax. A los pocos
minutos, sus líneas telefónicas quedaron colapsadas.
El reportaje del Post de la mañana siguiente se completaba con una fotografía de gran tamaño de Hark,
acariciándose la barba y con el entrecejo fruncido. El reportaje ocupaba más espacio de lo que él esperaba. Lo
leyó al amanecer en una cafetería de Chevy Chase y después se dirigió a toda prisa a su nuevo despacho.
Un par de horas más tarde, poco después de las nueve, el despacho del secretario del juzgado de distrito
de Fairfax estaba más abarrotado de abogados que de costumbre. Llegaron formando pequeñas jaurías, se
dirigieron casi hablando en monosílabos a los funcionarios y trataron por todos los medios de hacer caso omiso
los unos de los otros. Sus peticiones eran muy variadas, pero todos querían lo mismo: reconocimiento de su
papel en el asunto Phelan y petición de apertura del testamento.
En el condado de Fairfax las legalizaciones se asignaban al azar a un solo juez de los doce que allí había.
El caso Phelan fue a parar al escritorio del honorable E Parr Wycliff, de treinta y seis años, un jurista con poca
experiencia, pero con mucha ambición. Le encantó recibir un caso tan sonado.
Wycliff tenía el despacho en el juzgado del condado de Fairfax y se pasó toda la mañana controlando la
presentación de los documentos en la oficina del secretario. Su secretaria le llevaba las peticiones y él las leía de
inmediato.
Cuando al final se posó la polvareda, llamó a Josh Stafford y se presentó. Antes de ir al grano, y según la
costumbre, ambos dedicaron unos minutos a una charla intrascendente, presidida, sin embargo, por la rigidez y
la cautela que exigía la importancia del asunto que tenían entre manos. Josh jamás había oído hablar del juez
Wycliff.
—¿Hay un testamento? —preguntó finalmente Wycliff.
—Sí, señoría, lo hay.
Josh eligió las palabras con cuidado. En Virginia era delito ocultar la existencia de un testamento. En
caso de que el juez quisiera saberlo, Josh se mostraría plenamente dispuesto a colaborar.
—¿Dónde está?
—Aquí, en mi despacho.
—¿Quién es el albacea?
—Yo.
—¿Cuándo tiene intención de legalizarlo?
—Mi cliente me pidió que esperara hasta el día 15 de enero.
—Mmm. ¿Por alguna razón en particular?
Había una razón muy sencilla. Troy quería que sus codiciosos hijos disfrutaran de una última orgía de
compras antes de que él tirara de la alfombra que pisaban. Era una crueldad y una vileza muy propia de él.
—No tengo ni idea —contestó Josh—. Se trata de un testamento ológrafo. El señor Phelan lo firmó
segundos antes de arrojarse al vacío.
—¿Un testamento ológrafo?
—Sí.
—¿No estaba usted con él?
—Sí. Es una larga historia.
—Quizá convendría que me la contara.
—Puede que sí.
Josh tenía el día muy ocupado. Wycliff no, pero dio a entender que no disponía de un solo minuto libre.
Ambos acordaron reunirse para almorzar un rápido bocadillo en el despacho de Wycliff.
A Sergio no le gustaba la idea de que Nate viajase a Suramérica. Después de haberse pasado casi cuatro
meses viviendo en un lugar tan altamente estructurado como Walnut Hill, donde las verjas y las puertas estaban
cerradas y un invisible guardia armado vigilaba la carretera dos kilómetros más abajo, y en el que la televisión,
las películas, los juegos, las revistas y los teléfonos estaban fuertemente controlados, el regreso a una sociedad
conocida solía ser traumático. Y la idea de un regreso previo paso por Brasil era aún más preocupante.
A Nate no le importaba. No estaba en Walnut Hill por orden judicial. Josh lo había internado allí y, si
Josh le pedía que jugara al escondite en la selva, lo haría. Que Sergio protestara y despotricase todo lo que
quisiera.
La semana de preparación para la salida se convirtió en un infierno. La dieta cambió de carecer por
completo de grasa a baja en grasas, y se añadieron ingredientes inevitables tales como sal, pimienta, queso y un
poco de mantequilla a fin de preparar su organismo para los males del exterior. El estómago de Nate se rebeló,
lo que hizo que adelgazase más de un kilo.
—Esto es sólo una pequeña muestra de lo que te aguarda allí abajo— le dijo Sergio en tono presuntuoso.
Ambos riñeron durante la terapia, lo que era habitual en Walnut Hill. Tenían que endurecerle la piel y
afilarle los cantos. Sergio empezó a distanciarse de su paciente. Las despedidas solían ser difíciles, por lo que
Sergio abrevió las sesiones y adoptó una actitud distante.
Nate empezó a contar las horas que le faltaban para salir.
El juez Wycliff se interesó por la última voluntad de Troy Phelan, pero Josh se negó cortésmente a
revelársela. Estaban comiendo unos bocadillos adquiridos en una tienda de comida preparada, sentados
alrededor de una mesita en un rincón del pequeño despacho de su señoría. La ley no exigía que Josh revelara el
contenido del testamento, al menos por el momento. Wycliff estaba traspasando un poco los límites, pero su
curiosidad era comprensible.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:43 am

—Comprendo en cierto modo a los demandantes —dijo—. Tienen todo el derecho a saber cómo se
distribuye la herencia. ¿Por qué aplazarlo?
—Me limito a cumplir los deseos de mi cliente —contestó Josh.
—Tendrá que legalizar el testamento más tarde o más temprano.
—Por supuesto que sí.
Wycliff acercó su agenda a su plato de plástico y le echó un vistazo, mirando después a Josh por encima
de sus gafas de lectura.
—Hoy estamos a 21 de diciembre. No hay manera de reunir a todos los interesados antes de Navidad.
¿Qué le parece el día 27?
—¿Qué se propone hacer?
—Una lectura del testamento.
La idea pilló tan por sorpresa a Josh que éste estuvo a punto de atragantarse con una hoja de eneldo.
Reunir a los Phelan con su séquito de nuevos amigos y parásitos y todos sus joviales abogados en la sala de
justicia de Wycliff, y encargarse de que la prensa se enterase de ello... Mientras masticaba otro encurtido y
estudiaba su pequeña agenda de tapas negras, tuvo que hacer un esfuerzo por reprimir una sonrisa. Ya le parecía
oír los jadeos y los gemidos, las exclamaciones de asombro y absoluta incredulidad, y a continuación las
maldiciones en voz baja, seguidas tal vez de un lloriqueo y un par de sollozos mientras los Phelan trataban de
asimilar la faena que su amado progenitor les había jugado.
Sería un momento tan terrible, espléndido y absolutamente singular en toda la historia judicial de Estados
Unidos que, de repente, Josh no pudo esperar.
—El 27 me parece muy bien —dijo.
—De acuerdo. Lo notificaré a las partes interesadas en cuanto consiga identificarlas a todas. Hay muchos
abogados.
—Es lógico que así sea si piensa que hay seis hijos y tres ex esposas, lo que supone nueve equipos de
abogados, contando sólo los principales.
—Espero que mi sala de justicia sea lo bastante espaciosa para acogerlos a todos.
Tendrían que permanecer de pie, estuvo a punto de decir Josh. Todos reunidos en silencio mientras se
rasgaba el sobre, se sacaba el testamento y se leían las increíbles palabras en él escritas.
—Le sugiero que lo lea —dijo Josh.
Wycliff tenía intención de hacerlo. Estaba imaginándose la misma escena que Josh. Sería uno de sus
momentos más espectaculares, la lectura de un testamento que repartiría once mil millones de dólares.
—Supongo que será un tanto polémico —repuso el juez.
—Es perverso.
Su señoría llegó incluso a sonreír.
Antes de su última caída, Nate vivía en un apartamento de un viejo edificio de Georgetown que había
alquilado después de su último divorcio, pero ahora lo había perdido tras quedarse sin fondos. Por consiguiente,
no tenía dónde pasar su primera noche de libertad.
Como de costumbre, Josh había preparado cuidadosamente su salida. Llegó a Walnut Hill el día acordado
con una bolsa llena de pantalones cortos y camisas J. Crew nuevos y pulcramente planchados para su viaje al
sur. Tenía el pasaporte y el visado, una elevada suma de dinero en efectivo, montones de instrucciones y billetes,
y un mapa. Incluso un botiquín de primeros auxilios.
Nate no tuvo ni siquiera ocasión de ponerse nervioso. Dijo adiós a algunos miembros del personal del
centro de desintoxicación, pero casi todos estaban ocupados en otros quehaceres, pues preferían evitar las
despedidas. Después cruzó orgullosamente la puerta principal tras haberse pasado ciento cuarenta días en un
maravilloso estado de abstinencia; limpio, bronceado, en buena forma y con ocho kilos menos de los ochenta y
cinco con que había entrado allí, un peso que no conocía desde hacía veinte años.
Josh iba al volante, y durante los primeros cinco minutos ninguno de los dos dijo nada. La nieve cubría
los pastizales, pero su espesor fue disminuyendo a medida que se alejaban de los Montes Azules. Estaban a 22
de diciembre. A un volumen muy bajo la radio transmitía villancicos.
—¿Podrías apagarla? —dijo finalmente Nate.
—¿Qué?
—La radio.
Josh pulsó un botón y la música que él ni siquiera había oído se desvaneció.
—¿Qué tal te sientes? —preguntó.
—¿Podrías detenerte en la tienda más próxima?
—Pues claro. ¿Por qué?
—Quiero un paquete de seis botellas.
—Muy gracioso.
—Sería capaz de matar por una botella grande de Coca-Cola. Compraron bebidas sin alcohol en la tienda
de un pueblo. Cuando la mujer que atendía la caja les deseó jovialmente feliz Navidad, Nate no pudo contestar.
Una vez de nuevo en el automóvil, Josh puso rumbo a Dulles, a dos horas de camino.
—El destino de tu vuelo es Sáo Paulo, donde esperarás tres horas para tomar otro avión con destino a una
ciudad llamada Campo Grande.
—¿Habla inglés la gente de allí abajo?
—No. Son brasileños. Hablan portugués.
—Claro.
—Pero en el aeropuerto podrás hablar en ingles.
—¿Qué tamaño tiene Campo Grande?
—Medio millón de habitantes,tu tomarás otro vuelo local, las ciudades son cada vez más pequeñas.
—Y los aviones también.
—Sí, igual que aquí.
—No sé por qué, pero la idea de un vuelo local en un aparato brasileño no me hace mucha gracia.
Échame una mano, Josh. Estoy nervioso.
—0 eso, o un viaje de seis horas en autocar.
—Sigue hablando.
—En Corumbá. te reunirás con un abogado llamado Valdir Habla inglés.
—¿Te has puesto en contacto con él?
—Sí.
—¿Y has podido entenderle?
—Sí, casi todo. Es un hombre muy simpático. Trabaja por unos cincuenta dólares la hora, aunque no te lo
creas.
—¿Qué tamaño tiene Corumbá?
—Noventa mil habitantes.
—0 sea, que habrá comida y agua y un sitio donde dormir.
—Sí, Nate, dispondrás de una habitación. Es más de lo que tienes aquí.
—Gracias, hombre.
—Perdón. ¿Quieres echarte atrás?
—Sí, pero no lo haré. Mi objetivo en estos momentos es huir de este país antes de que vuelvan a
desearme una feliz Navidad. Sería capaz de pasarme dos semanas durmiendo en una zanja con tal de no ver
muñecos de nieve.
—Déjate de zanjas. Es un buen hotel.
—¿Y qué tengo que hacer con Valdir?
—Te está buscando un guía que te acompañará al Pantanal.
—¿Cómo? ¿En avión? ¿En helicóptero?
—Probablemente en una embarcación. Según tengo entendido, aquella zona está llena de ríos y pantanos.
—Y de serpientes, caimanes y pirañas.
—Pero qué cobarde eres. Yo creía que te apetecía ir.
—Y es cierto. Conduce más rápido.
—Cálmate. Josh señaló una cartera de documentos que había detrás del asiento del copiloto—. Ábrela —
dijo—. Es tu cartera de trabajo.
Nate la tomó soltando un gruñido.
—Pesa una tonelada. ¿Qué hay aquí dentro?
—Cosas muy buenas.
Era nueva, de cuero marrón, pero hecha de tal forma que pareciese usada y lo bastante grande para
contener una pequeña biblioteca sobre jurisprudencia. Nate se la colocó sobre las rodillas y la abrió.
Juguetes —murmuró.
—Este diminuto aparato gris de aquí es lo último en teléfonos digitales —dijo Josh, orgulloso de los
chismes que había reunido—. Valdir tendrá servicio local para ti cuando llegues a Corumbá.
—0 sea que en Brasil tienen teléfonos.
—Montones de ellos. Es más, allí las telecomunicaciones están en pleno apogeo. Todo el mundo tiene
teléfono móvil.
—¿A pesar de ser tan pobres? ¿Y eso qué es?
—Un ordenador.
—¿Para qué demonios quiero yo un ordenador?
—Es el modelo más reciente en su tipo. Fíjate en lo pequeño que es.
—Ni siquiera puedo leer el teclado.
—Puedes conectarlo al teléfono y disponer de correo electrónico.
—Qué barbaridad. ¿Y todo eso tendré que hacerlo en medio de un pantano bajo la atenta mirada de las
serpientes y los caimanes?
—Eso depende de ti.
Josh, yo ni siquiera tengo correo electrónico en el despacho.
—No es para ti, sino para mí. Quiero mantenerme en contacto contigo. Cuando la encuentres, quiero
saberlo de inmediato.
—¿Eso qué es?
—El mejor juguete de la cartera. Es un teléfono satélite. Puedes utilizarlo en cualquier lugar de la Tierra.
Procura que las pilas estén cargadas y podrás localizarme en todo momento.
—Acabas de decir que tienen un sistema telefónico estupendo.
—Pero no en el Pantanal. Son unos humedales de setenta mil kilómetros cuadrados sin ciudades y con
muy poca gente. El SatFone será tu único medio de comunicación en cuanto abandones Corumbá.
Nate abrió la bolsa de plástico duro y examinó el pequeño reluciente teléfono.
—¿Cuánto te ha costado esto? —preguntó.
—A mí ni un centavo.
—Entonces, ¿cuánto le ha costado a la herencia Phelan?
—Cuatro mil cuatrocientos dólares. Y los vale.
—¿Tienen electricidad mis indios? —preguntó Nate, hojeando el manual de instrucciones.
—Por supuesto que no.
—En ese caso, ¿cómo haré para cargar las pilas?
—Hay una pila adicional. Ya se te ocurrirá algo.
—Qué salida tan discreta.
—Ya verás como cuando llegues allí me agradecerás todos estos juguetes.
—¿Puedo agradecértelos ahora?
—No.
—Gracias, Josh. Por todo.
—Faltaría más.
En la abarrotada terminal, sentados alrededor de una mesita al otro lado de la bulliciosa barra, ambos se
tomaron un café exprés muy flojo y leyeron los periódicos. Josh no paraba de echar vistazos a la barra; pero
Nate daba la impresión de no haberse dado cuenta. A pesar de que el logotipo de neón de la Heineken no pasaba
inadvertido fácilmente.
Un cansado y delgado Papá Noel pasó por allí, buscando niños a los que ofrecer los baratos regalos que
llevaba en la bolsa. Elvis estaba cantando Blue Christmas desde un tocadiscos automático. Había mucha gente,
el ruido resultaba muy molesto y todo el mundo regresaba a casa para celebrar las fiestas.
—¿Qué tal estás? —preguntó Josh.
—Muy bien. ¿Por qué no te vas? Estoy seguro de que tienes cosas mejores que hacer.
—Me quedaré.
—Mira, Josh, estoy bien. Si crees que estoy esperando a que te marches para correr a la barra a tragarme
un vaso de vodka, te equivocas. No me apetece el alcohol. Estoy limpio y me enorgullezco de ello.
Josh se sintió un poco avergonzado, sobre todo porque se había puesto en evidencia. Las borracheras de
Nate eran legendarias. En caso de que sucumbiera a la tentación, no habría en todo el aeropuerto suficiente
alcohol para satisfacerlo.
—No estoy preocupado por eso —mintió.
—Pues vete. Ya soy mayor.
Se despidieron junto a la puerta, fundiéndose en un cálido abrazo y prometiendo llamarse casi cada hora.
Josh tenía mil cosas que hacer en el despacho. Había adoptado en secreto dos pequeñas medidas de precaución.
Primero, había reservado dos asientos contiguos para el vuelo. Nate ocuparía el de la ventanilla; el del pasillo
permanecería vacío. No convenía que un sediento ejecutivo se sentara a su lado y comenzara a beber whisky y
vino. Los pasajes eran de ida y vuelta y costaban más de siete mil dólares cada uno, pero el dinero no tenía
importancia.
Segundo, Josh había hablado con un empleado de la compañía aérea y le había explicado que Nate
acababa de salir de una clínica de desintoxicación, por lo que bajo ninguna circunstancia tendrían que servirle
alcohol. A bordo habría una carta de Josh dirigida a la compañía aérea en caso de que fuera necesario mostrarla
para convencer a Nate.
Un auxiliar de vuelo le sirvió zumo de naranja y café. Nate se cubrió con una manta ligera y contempló
cómo desaparecía bajo sus pies la vasta superficie del distrito de Columbia mientras el aparato de la Varig se
elevaba en medio de las nubes.
Experimentó una sensación de alivio por el hecho de poder alejarse de Walnut Hill y Sergio, de la ciudad
y sus agobios, de sus pasados problemas con su última esposa, su ruina económica y sus contratiempos con
Hacienda. A diez mil metros de altura, Nate ya casi había tomado la decisión de no regresar jamás.
Pero todos los regresos le afectaban los nervios. El temor a que volviera a caer estaba siempre presente, a
flor de piel. Ahora lo más terrible de la situación era que había habido tantos regresos que ya se sentía un
veterano. Tal como hacía con sus esposas y los casos más famosos que había ganado, podía compararlos entre
sí. ¿Hasta cuándo habría otro?
A la hora de la cena, se dio cuenta de que Josh había estado trabajando entre bastidores. No le ofrecieron
vino. Picó del plato con toda la cautela de alguien que acaba de pasarse casi cuatro meses disfrutando de las
mejores lechugas del mundo; hasta hacía unos días, no había tomado grasas, mantequilla ni azúcar, y no quería
que se le revolviera el estómago. Hizo una breve siesta, pero estaba harto de dormir. En su calidad de atareado
abogado y noctámbulo, se había acostumbrado a dedicar muy pocas horas al sueño. Durante su primer mes en
Walnut Hill habían tenido que suministrarle somníferos para que durmiera diez horas al día. En estado de coma,
no podía oponer resistencia.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:45 am

Reunió su colección de «juguetes» en el vacío asiento de al lado y empezó a leer los manuales de
instrucciones. El teléfono satélite lo intrigaba, aunque no podía creer que se viera obligado a utilizarlo.
Otro teléfono le llamó la atención. Era el más reciente artilugio técnico de los viajes aéreos, un pequeño
dispositivo prácticamente escondido en la pared, junto a su asiento. Lo tomó y llamó a Sergio. Estaba cenando,
pero se alegró de oírle.
—¿Dónde estás? —le preguntó.
—En un bar —contestó Nate en voz baja, porque las luces del interior del aparato ya se habían
amortiguado.
—Muy gracioso.
—Probablemente sobrevolando Miami, y aún me quedan ocho horas de vuelo. Acabo de descubrir este
aparato y me apetecía llamarte.
—0 sea, que estás bien.
—Pues sí. ¿Me echas de menos?
—Todavía no. Y tú, ¿me echas de menos a mí?
—¿Bromeas? Soy un hombre libre y estoy volando rumbo a la selva para emprender una maravillosa
aventura. Te echaré de menos más tarde, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. Y me llamarás cuando estés en apuros.
—No estaré en apuros, Sergio. Esta vez no.
—Así me gusta, Nate.
—Gracias, Serge.
—Faltaría más. No dejes de llamarme.
Pusieron una película, pero nadie la miraba. El auxiliar de vuelo sirvió más café. La secretaria de Nate era
una resignada mujer llamada Alice que llevaba casi diez años resolviéndole los problemas. Vivía con su
hermana en una vieja casa de Arlington. Fue la siguiente en recibir su llamada. En los últimos cuatro meses sólo
se habían hablado una vez.
La conversación duró media hora. Alice se alegró de oír su voz y de saber que ya había salido del centro
de desintoxicación. Ignoraba lo de su viaje a América del Sur, lo cual era un poco extraño habida cuenta de que
normalmente se enteraba de todo. Pero por teléfono se mostró reservada e incluso recelosa. Nate, procurador de
los tribunales, tenía la mosca detrás de la oreja y atacó como si estuviera haciendo una repregunta.
Alice seguía trabajando en el departamento de pleitos, todavía en el mismo despacho, pero para otro
abogado.
—¿Quién? —preguntó Nate.
Uno nuevo, especialista en pleitos. Alice hablaba con cierto cuidado y Nate comprendió que había
recibido instrucciones precisas del propio Josh. Era natural que Nate la llamara nada más salir.
¿Qué despacho ocupaba el nuevo? ¿Quién era su auxiliar jurídico? ¿De dónde procedía? ¿Cuántos casos
de negligencia médica había llevado? ¿La habían asignado a él sólo provisionalmente? Alice se mostró lo
suficientemente evasiva para no decir nada.
—¿Quién ocupa mi despacho?
—Nadie. No se ha tocado nada. Sigue habiendo montones de expedientes en todos los rincones.
—¿Qué está haciendo Kerry?
—Sigue tan ocupado como siempre. Está esperándole. Kerry era el auxiliar jurídico preferido de Nate.
Alice dio una respuesta adecuada a todas sus preguntas, pero reveló muy pocas cosas. Se mostró
especialmente hermética acerca del nuevo abogado.
—Vaya preparándose —le dijo Nat cuando la conversación empezó a decaer—. Ya es hora de que
regrese.
—Aquí ha sido todo muy aburrido.
Nate colgó muy despacio y volvió a repasar las palabras de su secretaria. Algo había cambiado. Josh
estaba reorganizando discretamente su firma. ¿Decidiría prescindir de Nate? Probablemente no, pero sus días en
las salas de justicia habían terminado.
Resolvió preocuparse por ello más adelante. Tenía muchas personas a los que llamar y muchos teléfonos
con que hacerlo. Conocía a un juez que había dejado la bebida diez años atrás y quería comentarle el maravilloso
informe que le habían hecho en el centro de desintoxicación. Su primera ex mujer se merecía una buena reprimenda, pero no estaba de humor para hacérsela. Y quería telefonear a sus cuatro hijos y preguntarles por
qué no lo habían llamado ni le habían escrito.
En lugar de ello, sacó una carpeta de la cartera de documentos y empezó a leer todo lo relacionado con el
señor Troy Phelan y el asunto que tenía entre manos. A medianoche, mientras el avión sobrevolaba algún lugar
del Caribe, Nate se quedó dormido.
Una hora antes del amanecer, el aparato inició el descenso. Nate estaba durmiendo a la hora del
desayuno, por lo que, cuando despertó, un auxiliar de vuelo le sirvió a toda prisa un café.
La ciudad de Sáo Paulo apareció ante sus ojos con su enorme superficie de casi mil trescientos kilómetros
cuadrados. Nate contempló el mar de luces de abajo y se preguntó cómo era posible que una ciudad pudiera
albergar a veinte millones de personas.
Hablando muy rápidamente en portugués, el piloto dio los buenos días al pasaje y después dijo algo que
Nate no comprendió. La traducción en inglés que oyó a continuación no fue mucho mejor. Confiaba en no verse
obligado a señalar las cosas con el dedo y expresarse con gruñidos para abrirse camino por el país. La barrera
idiomática le produjo un fugaz acceso de ansiedad que terminó en cuanto una agraciada auxiliar de vuelo
brasileña le pidió que se abrochara el cinturón de seguridad.
En el aeropuerto hacía calor y había mucha gente. Recogió su bolsa de viaje, cruzó el control de aduana
sin que nadie le echara un vistazo siquiera y volvió a despacharla en el vuelo de la Varig a Campo Grande.
Después encontró un bar en cuya pared figuraba el menú. Señaló con el dedo y dijo «Espresso». La cajera marcó
y frunció el entrecejo al ver su dinero norteamericano, pero se lo cambió. Un real brasileño equivalía a un dólar
norteamericano. Ahora Nate tenía unos cuantos reais.
Se tomó el café hombro con hombro con un grupo de ruidosos turistas japoneses. Otros idiomas flotaban
en torno a él; el español y el alemán se mezclaban con el portugués que brotaba de los altavoces. Lamentó no
haberse comprado un libro con las frases más habituales para poder comprender por lo menos alguna que otra
palabra.
El aislamiento empezó a dejar sentir su efecto, al principio muy lentamente. En medio de la multitud, era
un hombre solitario.
No conocía a nadie. Casi nadie sabía dónde estaba en aquellos momentos y pocas eran las personas a
quienes les importaba. El humo de los cigarrillos de los turistas le molestaba, por lo que se alejó rápidamente de
allí en dirección al vestíbulo principal, donde podía contemplar el techo, dos niveles más arriba, y la planta baja
del nivel inferior. Empezó a pasear sin rumbo entre la muchedumbre, llevando la pesada maleta y maldiciendo a
Josh por haberla llenado con tantas tonterías.
Oyó hablar en inglés en voz alta y se encaminó hacia el lugar del que procedían las voces. Unos hombres
de negocios estaban esperando cerca del mostrador de la United, y él se sentó a su lado. Estaba nevando en
Detroit y ellos querían regresar a casa por Navidad. Un oleoducto los había llevado al Brasil. Nate no tardó en
cansarse de su intrascendente cháchara. Ambos lo curaron de cualquier añoranza que pudiera sentir.
Echaba de menos a Sergio. Después de su reciente desintoxicación, la clínica lo había colocado durante
una semana en una especie de situación de transición para facilitar su regreso a la vida normal. No le gustaba
aquel lugar ni las cosas que había tenido que hacer allí, pero, ahora que pensaba en ello, la idea tenía lógica. Una
persona necesitaba unos cuantos días para recuperar la orientación. A lo mejor, Sergio estaba en lo cierto. Lo
llamó desde un teléfono de pago y lo despertó. En Sáo Paulo eran las seis y media de la mañana, pero en
Virginia sólo las cuatro y media.
A Sergio no le importó. Formaba parte de su trabajo.
No había asientos de primera en el vuelo a Campo Grande y no había ninguno vacío. Nate se llevó una
grata sorpresa al ver que todos los viajeros estaban muy concentrados en la lectura de los periódicos de la
mañana, muy variados, por cierto. Los diarios eran tan vistosos y modernos como cualquiera de los que había en
Estados Unidos, y quienes los leían parecían verdaderamente ávidos de noticias. A lo mejor, Brasil no era un
país tan atrasado como él pensaba. ¡Aquella gente sabía leer! El interior del aparato, un 727, estaba limpio y en
perfectas condiciones. En el carrito de las bebidas había Coca-Cola y Sprite; Nate se sentía casi como casa.
Sentado junto a la ventanilla veinte filas más atrás, se olvidó del memorándum acerca de los indios que
descansaba sobre sus rodillas y se dedicó a contemplar la tierra de abajo. Era una extensión inmensa, verde y
exuberante, salpicada de suaves colinas y granjas ganaderas, y unos rojos caminos sin asfaltar la entrecruzaban
en todas direcciones. Era de un fuerte color anaranjado y los caminos discurrían sin orden ni concierto desde una
pequeña finca a la siguiente. Las autopistas eran prácticamente inexistentes.
De pronto apareció un camino asfaltado por el que circulaban unos vehículos. El aparato descendió y el
piloto dio la bienvenida a los pasajeros a Campo Grande. En la ciudad había altos edificios, un centro abarrotado
de gente, el obligado campo de fútbol, muchas calles y muchos automóviles. Todas las casas tenían un tejado de
tejas rojas. Gracias a la característica eficiencia de las grandes empresas, Nate disponía de un informe, redactado
sin duda por uno de los asociados más noveles que trabajaban a trescientos dólares la hora, en el que se analizaba Campo Grande como si su existencia revistiera una importancia decisiva en los asuntos por los que se
encontraba allí. Seiscientos mil habitantes. Centro de comercio ganadero. Muchos vaqueros. Rápido desarrollo.
Comodidades modernas. Era bueno saberlo, pero ¿para qué molestarse? Nate ni siquiera dormiría en esa ciudad.
Aunque el aeropuerto le pareció notablemente pequeño para una urbe de aquel tamaño, enseguida cayó
en la cuenta de que estaba comparándolo todo con Estados Unidos. Tenía que dejar de hacerlo. Al descender del
aparato, se vio azotado por una vaharada de calor. Debían de estar, como mínimo, a treinta y ocho grados.
Faltaban dos días para la Navidad y en el hemisferio sur hacía un calor sofocante. Entornó los ojos para
protegerlos de la luz del sol y bajó por la escalerilla, sujetándose fuertemente al pasamano.
Consiguió pedir el almuerzo en un restaurante del aeropuerto y, cuando se lo sirvieron, se alegró de
comprobar que era algo que podía comer. Un bocadillo caliente de pollo con un panecillo que jamás había visto
en ningún otro sitio, con un acompañamiento de patatas fritas tan crujientes como las de cualquier restaurante de
comida rápida de Estados Unidos. Comió muy despacio, contemplando la distante pista de aterrizaje. En mitad
de su almuerzo, un bimotor turbohélice de la Air Pantanal tomó tierra y rodó hasta el terminal. Bajaron seis
personas.
Dejó de masticar mientras trataba de vencer un repentino ataque de temor. Los vuelos locales eran tema
de noticias en los periódicos y en la CNN, sólo que en Estados Unidos nadie oiría jamás hablar de aquél en caso
de que el avión cayera.
Sin embargo, el aparato estaba limpio y parecía sólido, e incluso moderno hasta cierto punto, y los pilotos
eran unos profesionales pulcramente uniformados. Nate siguió comiendo. Debía procurar ser positivo, se dijo.
Paseó alrededor de una hora por la pequeña terminal. En una tienda de periódicos compró un libro de
frases en portugués y empezó a aprenderse de memoria las palabras. Leyó unos anuncios de viajes de aventuras
al Pantanal, «ecoturismo» se llamaba en inglés y en otros idiomas. Se podían alquilar vehículos. Había una
cabina de cambio de divisas, un bar con anuncios de marcas de cerveza y un estante con botellas de whisky.
Cerca de la entrada principal vio un escuálido árbol de Navidad artificial con una solitaria sarta de bombillitas de
colores que parpadeaban al ritmo de un villancico. A pesar de sus esfuerzos por no hacerlo, Nate pensó en sus
hijos.
Era la víspera de la Nochebuena. No todos los recuerdos resultaban dolorosos.
Subió al avión apretando los dientes y con la columna vertebral en tensión y después se pasó durmiendo
casi toda la hora que duró el vuelo a Corumbá. El pequeño aeropuerto al que llegó era muy húmedo y estaba
lleno de bolivianos que esperaban un vuelo a Santa Cruz. Todos iban cargados con cajas y bolsas de regalos
navideños.
Encontró un taxista que no hablaba ni una sola palabra de inglés, pero dio igual. Nate le mostró las
palabras «Palace Hotel» de su itinerario de viaje, y el viejo y sucio Mazda salió disparado.
Según otro informe preparado por el equipo de Josh, Corumbá tenía noventa mil habitantes. La ciudad,
situada a orillas del río Paraguay, en la frontera con Bolivia, se había autoproclamado hacía mucho tiempo
capital de la región del Pantanal. Había crecido al amparo del tráfico y el comercio fluvial y seguía viviendo de
él. Desde el sofocante calor de la parte de atrás del taxi, Corumbá parecía una agradable y perezosa ciudad
provinciana. Las calles estaban asfaltadas, eran anchas y aparecían bordeadas de árboles. Los comerciantes
permanecían sentados a la sombra de los toldos de sus tiendas, charlando entre sí mientras aguardaban la llegada
de los clientes. Los adolescentes circulaban velozmente entre el tráfico con sus ciclomotores. Niños descalzos
comían helados sentados alrededor de unas mesas colocadas en las aceras.
Cuando se acercaron a la zona comercial, se produjo un atasco. El taxista murmuró algo por lo bajo, pero
no pareció molestarse demasiado. El mismo taxista en Nueva York o en el distrito de Columbia habría estado a
punto de cometer un acto de violencia.
Pero aquello era Brasil y Brasil estaba en América del Sur. Los relojes funcionaban más despacio. Nada
era urgente. El tiempo no tenía una importancia tan decisiva. «Quítate el reloj», se dijo Nate, pero en su lugar
cerró los ojos y aspiró una sofocante bocanada de aire.
El hotel Palace estaba en el centro de la ciudad, en una calle que bajaba suavemente hacia el río
Paraguay, cuyas aguas fluían majestuosas en la distancia. Nate le entregó al taxista un puñado de reais y esperó
pacientemente el cambio. Le dio las gracias en portugués, con un tímido «Obrigado». El taxista sonrió y dijo
algo que él no entendió. Las puertas del vestíbulo estaban abiertas, al igual que todas las puertas que daban a las
aceras de Corumbá.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:46 am

Las primeras palabras que oyó al entrar estaba pronunciándolas a gritos alguien de Texas. Un grupo de
palurdos estaba pagando la cuenta del hotel. Habían bebido, parecían de buen humor y ansiaban regresar a casa
para las vacaciones. Nate se sentó cerca de un televisor y esperó a que se fueran.
Su habitación estaba en el octavo piso. Por dieciocho dólares al día, le dieron una habitación de cuatro
por cuatro metros, con una cama estrecha y muy baja, casi a ras del suelo. En el supuesto de que tuviera colchón,
debía de ser muy delgado. Nada de colchón de muelles ni cosa por el estilo. Un escritorio, una silla, un aparato de aire acondicionado en la ventana, un pequeño frigorífico con agua embotellada, refrescos y cerveza, y un
limpio cuarto de baño con jabón y un buen surtido de toallas. «No está mal», pensó, recordando que aquello era
una aventura. Si bien no se trataba del lujoso hotel Four Seasons, resultaba más que aceptable.
Se pasó media hora tratando de llamar a Josh, pero la barrera idiomática se lo impidió. El recepcionista
de la entrada tenía suficientes conocimientos de inglés como para encontrar una telefonista exterior, pero, a
partir de allí, el portugués dominaba la situación. Probó con su nuevo teléfono móvil, pero el servicio local no
estaba activado.
Nate, fatigado, se tendió en la frágil cama y se quedó dormido.
Valdir Ruiz era un hombre bajito y de cintura fina, piel morena y cabeza pequeña casi completamente
calva, a excepción de unos pocos mechones de cabello engominado y peinado hacia atrás. Sus ojos negros
estaban rodeados de arrugas como consecuencia de sus treinta años de fumador empedernido. Tenía cincuenta y
dos años y, a la edad de diecisiete, había abandonado su hogar para pasar un año con una familia de lowa gracias
a su inclusión en un programa de intercambio estudiantil organizado por el Rotary Club. Estaba orgulloso de su
inglés, a pesar de que no lo utilizaba demasiado en Corumbá. Casi todas las noches veía la CNN y la televisión
norteamericana en su afán por mantenerse en forma.
Después de su año en lowa, había cursado estudios superiores en Campo Grande y Derecho en Río.
Desde allí había regresado a regañadientes a Corumbá para incorporarse al pequeño bufete de su tío y cuidar de
sus ancianos padres. A lo largo de más años de los que él hubiera querido, Valdir había soportado el lánguido
ritmo del ejercicio de su profesión en Corumbá, soñando con lo que hubiera podido hacer en la gran ciudad.
Pero era un hombre simpático y estaba satisfecho de la vida, tal como suelen estar casi todos los
brasileños. Trabajaba eficazmente en su pequeño despacho, con la única ayuda de una secretaria que atendía el
teléfono y escribía a máquina. A Valdir le gustaban los asuntos relacionados con inmuebles, escrituras, contratos
y cosas por el estilo. Jamás iba a los juzgados, sobre todo porque en Brasil las salas de justicia no formaban
parte del ejercicio de la abogacía. Los juicios no eran muy frecuentes.
Los pleitos al estilo norteamericano no se habían abierto camino hasta el Sur; es más, seguían estando
limitados a los cincuenta estados de la Unión. Valdir se asombraba de las cosas que decían y hacían los
abogados en la CNN. A menudo se preguntaba por qué querían llamar la atención. El hecho de que los abogados
protagonizaran ruedas de prensa y pasaran de uno a otro programa de televisión para hablar de sus clientes era
algo inaudito en Brasil.
Su despacho se encontraba a tres manzanas de distancia del hotel Palace, en un extenso y umbroso solar
que su tío había adquirido varias décadas atrás. Las frondosas copas de los árboles cubrían el tejado y, gracias a
ello, Valdir podía mantener las ventanas abiertas por mucho calor que hiciera. Le gustaba el ligero bullicio de la
calle. A las tres y cuarto advirtió que un hombre al que jamás había visto anteriormente se detenía para examinar
su despacho. El hombre era extranjero sin duda; probablemente, norteamericano. Valdir comprendió entonces
que se trataba del señor O'Riley.
La secretaria les sirvió un cafezinho, el fuerte café solo azucarado que los brasileños beben a lo largo de
todo el día en unas minúsculas tacitas, y Nate se sintió inmediatamente cautivado por él. Sentado en el despacho
de Valdir, con quien ya se tuteaba, admiró el ambiente que lo rodeaba: el ruidoso ventilador del techo, las
ventanas abiertas y los amortiguados rumores de la calle que penetraban a través de ellas, las pulcras hileras de
las polvorientas carpetas de los estantes situados a la espalda de Valdir y el arañado y gastado entarimado.
En el despacho hacía bastante calor, pero no era un calor desagradable. Nate estaba protagonizando una
película filmada cincuenta años atrás.
Valdir llamó al distrito de Columbia y consiguió ponerse en contacto con Josh. Ambos hablaron un
momento y después le tendió el teléfono a Nate, que dijo:
—Hola, Josh.
Josh estuvo a punto de soltar un suspiro de alivio al oír su voz. Nate le contó los detalles de su viaje a
Corumbá, haciendo especial hincapié en el hecho de que todo iba bien, él seguía sin probar la bebida y estaba
deseando seguir adelante con su aventura.
Valdir se puso a examinar el contenido de una carpeta en un rincón de la estancia, aparentando no sentir
el menor interés por la conversación, pero no se perdió detalle. ¿Por qué se enorgullecía tanto Nate O'Riley de
no probar la bebida?
Cuando terminó la conversación telefónica, Valdir sacó y extendió un gran mapa de navegación aérea del
estado de Mato Grosso do Sul, con una superficie aproximada a la de Texas, y señaló el Pantanal. Éste cubría
todo el sector noroccidental del estado y penetraba en el de Mato Grosso, al norte, y en Bolivia al oeste.
Centenares de ríos y corrientes surcaban como venas todo el Pantanal. El territorio estaba sombreado en color
amarillo y en él no había ni pueblos ni ciudades. Tampoco había caminos ni carreteras. Ciento sesenta mil kilómetros cuadrados de pantanos, pensó Nate, recordando los innumerables memorandos que Josh le había
hecho preparar.
Valdir encendió un cigarrillo mientras ambos estudiaban el mapa. Había hecho unos cuantos «deberes».
Cuatro letras equis de color rojo marcaban el extremo occidental del mapa, cerca de Bolivia.
—Aquí hay unas tribus indígenas —dijo, indicando las equis de color rojo—. Guatós e ipicas.
—¿Qué tamaño tienen? —preguntó Nate, inclinándose hacia delante en su primer contacto visual con el
territorio que tendría que explorar para localizar a Rachel Lane.
—No lo sabemos a ciencia cierta —contestó Valdir, pronunciando las palabras muy despacio y con gran
precisión. Quería impresionar al norteamericano con sus conocimientos del inglés—. Hace cien años había
muchos más, pero la población indígena va disminuyendo, con cada generación.
—¿Qué contacto mantienen con el mundo exterior? —quiso saber Nate.
—Muy escaso. Su cultura no ha cambiado en mil años. Comercian un poco con sus embarcaciones
fluviales, pero no desean cambiar.
—¿Sabemos dónde están los misioneros?
—Es difícil de decir. He hablado con el ministro de Sanidad del estado de Mato Grosso do Sul. Lo
conozco personalmente y en su despacho se tiene una idea general del lugar donde están trabajando los
misioneros. Hablé también con un representante del FUNAL Es nuestra Oficina de Asuntos Indios.
—Valdir señaló dos de las equis—. Estos son guatós. Es probable que haya misioneros por aquí.
—¿Sabes cómo se llaman? —preguntó Nate, a pesar de constarle que era una pregunta inútil.
Según un memorándum de Josh, a Valdir no le habían facilitado el nombre de Rachel Lane. Todo lo que
le habían dicho era que la mujer trabajaba para Tribus del Mundo.
Valdir sacudió la cabeza sonriendo.
—Sería demasiado sencillo —repuso—. Tienes que comprender que en Brasil hay por lo menos veinte
organizaciones de misioneros norteamericanas y canadienses distintas. Es fácil entrar en nuestro país y circular
por él. Sobre todo en las zonas subdesarrolladas. En realidad, a nadie le importa quién está por allí ni lo que
hace. Simplemente pensamos que, si son misioneros, tienen que ser buena gente.
Nate señaló Corumbá y después la equis roja más cercana.
—¿Cuánto se tarda en ir desde aquí hasta allí?
—Depende. En avión, aproximadamente una hora. Con una embarcación, de tres a cinco días.
—Pues entonces, ¿dónde está mi avión?
—La cosa no es tan fácil —contestó Valdir, sacando otro mapa. Lo desenrolló y lo extendió sobre el
primero—. Esto es un mapa topográfico del Pantanal. Y éstas son las fazendas.
—¿Las qué?
—Fazendas. Unas fincas muy grandes.
—Yo creía que todo el territorio era pantanoso.
—No. Muchas zonas están lo bastante elevadas como para criar ganado. Las fazendas se constituyeron
hace doscientos años y todavía las trabajan los pantaneiros. Sólo algunas fazendas son accesibles por vía fluvial.
Por eso emplean pequeños aviones. Las pistas de aterrizaje están marcadas en azul.
Nate observó que había muy pocas pistas cerca de los poblados indios.
—Aunque te desplazaras en avión a la zona —añadió Valdir—, tendrías que utilizar una embarcación
para llegar hasta los indios.
—¿Cómo son las pistas?
—Están todas cubiertas de hierba. A veces la cortan y a veces no. El mayor problema son las vacas.
—¿Las vacas?
—Sí, a las vacas les gusta la hierba. En ocasiones es difícil aterrizar porque las vacas literalmente se están
comiendo la pista. Valdir lo dijo sin la menor intención de hacerse el gracioso.
—¿Y no las pueden apartar?
—Sí, si saben que tú vas a ir, pero no tienen teléfono.
—¿Que en las fazendas no tienen teléfono?
—Así es. Están muy aisladas.
—¿Significa eso que yo no podría desplazarme en avión al Pantanal y alquilar una embarcación para ir en
busca de los indios?
—No. Las embarcaciones están aquí, en Corumbá, y también los guías.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:49 am

Nate contempló el mapa, poniendo especial atención en los meandros del río Paraguay, cuyo curso
serpeaba hacia los poblados indios del norte.
En algún punto de aquel curso de agua, cabía esperar que en sus inmediaciones, en medio de aquellos
inmensos humedales, una humilde sierva de Dios vivía sus jornadas en paz y tranquilidad, atendiendo a su
rebaño sin pensar en el futuro.
Y él tenía que encontrarla.
—Me gustaría sobrevolar por lo menos la zona —dijo Nate. Valdir enrolló el último mapa.
—Puedo buscar un avión y un piloto.
—¿No podría ser una embarcación?
—Lo estoy intentando. Ésta es la estación de las crecidas y casi no quedan embarcaciones disponibles.
Los ríos bajan muy llenos. Es la época del año en que más tráfico fluvial hay.
Qué oportuno había sido Troy, pensó Nate, al irse al otro barrio en la estación de las crecidas. Según las
investigaciones llevadas a cabo por el bufete, las lluvias empezaban en noviembre y duraban hasta febrero, y
todas las zonas más bajas, así como muchas fazendas, quedaban inundadas.
—De todos modos, te advierto que el viaje en avión tiene sus riesgos —dijo Valdir, encendiendo otro
cigarrillo mientras enrollaba el primer mapa—. Los aviones son pequeños, y si hubiera algún fallo en el motor,
bueno...
Su voz se perdió mientras ponía los ojos en blanco y se encogía de hombros como si ya se hubieran
perdido todas las esperanzas.
—Bueno ¿qué?
—No hay ningún lugar donde efectuar un aterrizaje de emergencia, ninguno donde tomar tierra. Hace un
mes cayó un avión. Lo encontraron cerca de la orilla de un río, rodeado de caimanes.
—¿Qué fue de los pasajeros? —inquirió Nate, temiendo la respuesta.
—Pregúntaselo a los caimanes.
—Cambiemos de tema.
—¿Un poco más de café?
—Sí, por favor.
Valdir llamó a gritos a su secretaria. Después, ambos se acercaron a una ventana para contemplar el
tráfico de la calle.
—Creo que he encontrado un guía —anunció Valdir.
—Muy bien. ¿Habla inglés?
—Sí, con gran fluidez. Es un chico que acaba de dejar el ejército. Un chico estupendo. Su padre era
piloto naval.
—Me parece muy bien.
Valdir se acercó a su escritorio y tomó el teléfono. La secretaria le sirvió a Nate otra tacita de cafezinho
que él se tomó de pie junto a la ventana. Al otro lado de la calle había un pequeño bar, y frente a él, en la acera,
tres mesas debajo de un toldo. Un letrero de color rojo anunciaba cerveza Antartica, una botella grande de la
cual dos hombres en mangas de camisa y corbata compartían sentados a una mesa. Era un escenario perfecto: un
día caluroso, un ambiente festivo y dos amigos compartiendo un trago a la sombra.
De repente, Nate experimentó un mareo. El anuncio de la cerveza se desenfocó, la escena vino y se fue y
apareció de nuevo ante sus ojos mientras el corazón le martilleaba en el pecho y él sentía que le faltaba la
respiración. Apoyó la mano en el alféizar de la ventana para no perder el equilibrio. Le temblaban las manos y
tuvo que dejar el cafezinho encima de la mesa. A su espalda, Valdir seguía hablando en portugués sin
apercibirse de nada.
La frente se le cubrió de sudor. Le parecía sentir el sabor de la cerveza. Se estaba iniciando el
deslizamiento. Una raja en la armadura. Una grieta en un embalse. Un terremoto en la montaña de férrea
determinación que había construido en los últimos cuatro meses con la ayuda de Sergio.
Respiró hondo y procuró serenarse. El mal momento pasaría, estaba seguro. Le había ocurrido otras
veces, muchas veces. Tomó la tacita de café y bebió precipitadamente un sorbo mientras Valdir colgaba el
teléfono y anunciaba que el piloto se mostraba reacio a volar a ningún sitio en vísperas de Navidad. Nate regresó
a su asiento bajo el ruidoso ventilador del techo.
Ofrécele un poco más de dinero —dijo.
Josh Stafford le había asegurado a Valdir que el dinero no sería ningún problema en aquella misión.
—Me llamará dentro de una hora —señaló Valdir.
Nate ya estaba listo para empezar. Sacó su teléfono móvil nuevo y Valdir lo ayudó en la tarea de
encontrar una telefonista de la AT&T que hablara inglés. Para hacer una prueba, llamó a Sergio y le respondió el
contestador. Después llamó a su secretaria Alice y le deseó feliz Navidad.
El teléfono funcionaba bien y Nate se enorgulleció de él. Le dio las gracias a Valdir y abandonó el
despacho. Ambos volverían a ponerse en contacto antes de que terminara el día.
Bajó hacia el río, a pocas manzanas de distancia del despacho de Valdir, y encontró un pequeño parque
donde unos hombres estaban ocupados colocando unas sillas para un concierto. A última hora de la tarde el
ambiente era húmedo y la sudada camisa se le pegaba al pecho. El grave episodio ocurrido en el despacho de
Valdir lo había asustado más de lo que quería reconocer. Se sentó en el borde de una mesa de cámping y
contempló el inmenso Pantanal que se extendía ante sus ojos. Un astroso adolescente apareció como por arte de
ensalmo y le ofreció marihuana. Guardaba las bolsitas en una cajita de madera. Nate lo rehuyó con un gesto de
la mano. Quizás en otra vida.
Un músico empezó a rasguear la guitarra y la gente se congregó poco a poco alrededor de él mientras el
sol se ponía por detrás de las no muy lejanas montañas de Bolivia.
El dinero dio resultado. El piloto accedió a regañadientes a volar, pero insistió en salir temprano para
poder estar de regreso en Corumbá al mediodía. Tenía hijos pequeños, su mujer estaba enfadada y, además, era
la víspera de Navidad. Valdir se lo prometió y lo tranquilizó, entregándole un buen anticipo en efectivo.
También se le había pagado un anticipo a Jevy, el guía con quien Valdir se había pasado una semana
negociando. Jevy tenía veinticuatro años, estaba soltero, era un levantador de pesos de fuertes y musculosos
brazos y, cuando entró en el vestíbulo del hotel Palace, llevaba un sombrero de ganadero, pantalones cortos de
tela de tejanos, botas negras del ejército, camiseta sin mangas y un reluciente cuchillo de caza remetido en el
cinto como si se dispusiera a despellejar algo. El joven le estrechó la mano y Nate pensó por un instante que se
la trituraría.
—Bom dia —dijo con una ancha sonrisa en los labios.
—Bom dia —contestó Nate, rechinando los dientes al oír el crujido de sus dedos.
El cuchillo no podía pasar inadvertido; su hoja medía más de veinte centímetros de largo.
—¿Habla portugués? —preguntó Jevy.
—No. Sólo inglés.
—No hay problema —dijo Jevy, aflojando finalmente su presa mortal—. Yo hablo inglés.
—Su acento era muy marcado, pero por el momento Nate le entendía todo—. Lo aprendí en el ejército —
añadió con orgullo.
Jevy era un tipo que caía inmediatamente simpático. Tomó la cartera de documentos de Nate y le hizo un
comentario ingenioso a la chica del mostrador de recepción. Ésta se ruborizó y experimentó el deseo de que le
hiciera otro.
Su vehículo era una camioneta Ford modelo de 1978 de tres cuartos de tonelada, la más grande que Nate
hubiera visto en Corumbá. Estaba pintada de negro y parecía preparada para enfrentarse con la selva, con
grandes neumáticos, un torno en el parachoques delantero, unas sólidas rejillas sobre los faros delanteros. No
tenía guardabarros ni aire acondicionado.
Recorrieron a toda velocidad las calles de Corumbá, sin apenas detenerse ante los semáforos en rojo,
haciendo caso omiso de las señales de stop y avasallando a todos los automóviles y motocicletas, que
inmediatamente se apartaban del camino de aquel verdadero carro blindado. Deliberadamente o por descuido, el
silenciador funcionaba muy mal. El motor era extraordinariamente ruidoso y Jevy se sentía obligado a hablar
mientras asía el volante como si fuera un piloto de carreras. Nate no oyó ni una sola palabra. Sonrió y asintió
con la cabeza como un idiota, tenso y con los pies firmemente plantados en el suelo mientras se agarraba con
una mano al marco de la ventanilla y sujetaba la cartera de documentos con la otra. Cada vez que llegaban a un
cruce, el corazón se le paralizaba en el pecho.
Estaba claro que los conductores se regían por un sistema de tráfico en el que no se tenían en cuenta las
normas del código de circulación, en caso de que hubiera alguna. Sin embargo, no se producían accidentes.
Todo el mundo, incluido Jevy, se las ingeniaba para detenerse o ceder el paso o virar bruscamente en el último
instante.
El aeropuerto estaba desierto. Aparcaron en la pequeña terminal y se dirigieron a un extremo de la pista
de aterrizaje, donde había cuatro pequeños aparatos. Un piloto a quien Jevy no conocía estaba poniendo a punto
uno de ellos. Se hicieron las correspondientes presentaciones en portugués. El piloto se llamaba Milton, o eso
creyó entender Nate. Parecía simpático, pero era evidente que hubiera preferido no volar ni trabajar en vísperas
de Navidad.
Mientras los brasileños conversaban, Nate examinó el aparato. Lo primero que observó fue que
necesitaba una mano de pintura, lo cual lo preocupó sobremanera. Si el exterior se encontraba en semejante estado, ¿qué podía esperarse del interior? Los neumáticos, sin embargo, brillaban como espejos. Había manchas
de gasolina alrededor de la zona del único motor. Era un viejo Cessna 206.
Les llevó quince minutos llenar el depósito de combustible, y la salida, programada para primera hora de
la mañana, estaba retrasándose, pues ya eran casi las diez. Nate sacó el elegante teléfono móvil que guardaba en
el espacioso bolsillo de sus pantalones cortos y llamó a Sergio. Éste le dijo que estaba tomando café con su
mujer y que se disponía a salir a hacer unas compras de última hora. Nate se alegró una vez más de no estar en
Estados Unidos y de encontrarse lejos del frenesí navideño. En la costa del Atlántico medio hacía frío y caía
aguanieve. Nate le aseguró a Sergio que seguía entero y sin problemas.
Creía haber detenido el deslizamiento; había sido un fugaz momento de debilidad, y por eso decidió no
mencionárselo a Sergio. Debería haberlo hecho, pero ¿por qué preocuparlo?
Mientras ambos hablaban, el sol se ocultó detrás de una negra nube y unas dispersas gotas de lluvia
cayeron alrededor de Nate, que apenas se dio cuenta de ello. Colgó tras un obligado «Feliz Navidad».
El piloto anunció que ya estaba todo listo.
—¿Te sientes seguro? —le preguntó Nate a Jevy mientras cargaban en el aparato la cartera de
documentos y una mochila.
Jevy soltó una carcajada.
—No hay problema —dijo—. Este hombre tiene cuatro hijos pequeños y una bonita esposa, o eso dice él
por lo menos; ¿por qué iba a poner en peligro su vida?
Jevy quería tomar lecciones de vuelo, por lo que se ofreció a ocupar el asiento de la derecha, al lado de
Milton. A Nate le pareció muy bien. Se sentó en el pequeño asiento de atrás y se abrochó el cinturón de
seguridad lo mejor que pudo. El motor se encendió con cierto titubeo, excesivo a juicio de Nate. La pequeña
cabina parecía un horno hasta que Milton abrió su ventanilla. La corriente de aire generada por el movimiento de
la hélice los ayudó a respirar. Rodaron brincando por la pista hasta llegar al final de la misma. No tuvieron
ningún problema con la autorización de despegue, pues no había ningún otro aparato a punto de aterrizar o
levantar vuelo. Cuando al fin despegaron, Nate tenía la camisa pegada al pecho y el sudor le bajaba por el
cuello.
Corumbá quedó inmediatamente debajo de ellos. Desde el aire la ciudad parecía más bonita, con sus
pulcras hileras de casitas y sus calles aparentemente tranquilas y ordenadas. En el centro reinaba más ajetreo que
antes, había atascos y los peatones caminaban deprisa por las aceras. La ciudad se levantaba en lo alto de una
barranca que dominaba el río. Siguieron el curso de éste hacia el norte mientras tomaban lentamente altura y
Corumbá desaparecía a sus espaldas. Había nubes dispersas y una ligera turbulencia.
A mil doscientos metros de altura, la majestuosa extensión del Pantanal surgió de repente ante sus ojos
mientras atravesaban una nube enorme y siniestra. Al este y al norte, docenas de riachuelos describían círculos
sin ir a ninguna parte, uniendo centenares de marjales entre sí. Los ríos bajaban crecidos y en muchas zonas sus
cauces se juntaban. Los tonos del agua eran muy variados. La que estaba estancada en los marjales era de color
azul oscuro, que se convertía en negro allí donde abundaban las malas hierbas. Las lagunas más profundas eran
de color verde. Los afluentes menores arrastraban una tierra rojiza y el caudaloso Paraguay era de un color
marrón oscuro tan intenso como el del chocolate malteado. En el horizonte, hasta donde alcanzaba la vista, toda
el agua era azul y toda la tierra verde.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:51 am

Mientras Nate miraba hacia el este y el norte, sus dos acompañantes miraban hacia el oeste, donde se
levantaban las lejanas montañas de Bolivia. Jevy le señaló algo. El cielo estaba más oscuro más allá de las
cumbres.
Cuando ya llevaban quince minutos de vuelo, Nate vio por primera vez una casa. Era una granja
construida junto a la orilla del Paraguay, muy pulcra, con el consabido tejado de tejas rojas. Unas vacas blancas
pastaban en el prado y abrevaban en el río. Cerca de la casa había ropa tendida en una cuerda. No se veía la
menor señal de actividad humana... ni vehículos, ni antena de televisión, ni tendidos eléctricos. A escasa
distancia de la casa, al final de un camino sin asfaltar, había un pequeño huerto vallado. El aparato atravesó una
nube y la granja desapareció.
Más nubes, cada vez más densas. Milton descendió a novecientos metros y se situó debajo de ellas. Jevy
le había dicho que querían ver los lugares de mayor interés, por lo que le pidió que procurara volar lo más bajo
posible. El primer poblado Guató se encontraba a una hora aproximadamente de Corumbá.
Abandonaron durante unos cuantos minutos el curso del río y sobrevolaron una fazenda. Jevy dobló su
mapa y se lo tendió a Nate tras trazar un círculo en él.
—Fazenda da Prata —dijo, señalando hacia abajo.
En el mapa, todas las fazendas tenían nombre, al igual que las grandes fincas. La Fazenda da Prata no era
mucho más grande que la primera granja que había visto Nate. Había vacas, un par de pequeñas dependencias
anexas, una casa un poco más grande y una larga y recta franja de tierra que Nate identificó finalmente como una pista de aterrizaje. Cerca de allí no se veía ningún río, y mucho menos carreteras. El único acceso era por
aire.
Milton estaba cada vez más preocupado por el encapotado cielo del oeste. Las nubes se desplazaban
hacia el este y ellos se dirigían al norte, por lo que el encuentro parecía inevitable. Jevy se volvió hacia Nate y
gritó:
—No le gusta el aspecto de aquel cielo de allí.
A Nate tampoco, pero él no era el piloto. Como no se le ocurrió ninguna respuesta, se limitó a encogerse
de hombros.
—Lo estudiaremos unos minutos —añadió Jevy.
Milton quería regresar a casa. Nate deseaba ver por lo menos algunos poblados indios. Aún abrigaba la
débil esperanza de aterrizar, encontrar a Rachel y llevársela a Corumbá tal vez para almorzar con ella en un
bonito café y comentarle la cuestión de la herencia de su padre. Sin embargo, era una esperanza vana que se
esfumaba por momentos.
La posibilidad de emplear un helicóptero no estaba excluida. La herencia se lo podía permitir sin
dificultad. Si Jevy conseguía localizar el poblado y un lugar apropiado para efectuar un aterrizaje, él alquilaría
uno de inmediato.
Estaba soñando.
Otra pequeña fazenda, ésta muy cerca del río Paraguay. Las gotas de lluvia empezaron a azotar las
ventanillas del aparato y Milton bajó a seiscientos metros de altura. A la izquierda, mucho más cerca, se
levantaba una impresionante cadena montañosa cuya base estaba cubierta por unos espesos bosques a través de
los cuales serpeaba el río.
Por encima de las cumbres de las montañas, la tormenta se acercaba rápidamente a ellos. De repente, el
cielo se encapotó mucho más de lo que ya estaba y unas fuertes ráfagas de viento empezaron a azotar el Cessna.
Éste descendió en picado, como consecuencia de lo cual Nate se golpeó la cabeza contra el techo de la cabina y
se llevó un susto de muerte.
—Vamos a volver —gritó Jevy.
Su voz no sonaba tan tranquila como Nate hubiera deseado. La expresión del rostro de Milton era
impenetrable, pero el impasible piloto se había quitado las gafas de sol y su frente estaba perlada de sudor. El
aparato se desvió bruscamente a la derecha, primero hacia el este y después en dirección al sureste para
completar la vuelta y seguir rumbo al sur, donde un horrible espectáculo los esperaba. El cielo en la dirección de
Corumbá estaba totalmente encapotado.
Milton decidió girar rápidamente hacia el este y le dijo algo a Jevy.
—No podemos regresar a Corumbá —gritó Jevy hacia el asiento de atrás—. Quiere buscar una fazenda.
Tomaremos tierra y esperaremos a que pase la tormenta.
Hablaba en tono de nerviosismo y preocupación y su acento era mucho más marcado que de costumbre.
Nate intentó asentir con la cabeza, que las sacudidas movían de un lado para otro, y el primer golpe que
se había dado contra el techo le había provocado un doloroso chichón. Por si fuera poco, empezaba a
revolvérsele el estómago.
Por unos instantes pareció que la carrera la ganaría el Cessna. No era posible, pensó Nate, que un aparato
del tamaño que fuera no le ganase la partida a una tormenta. Se rascó la coronilla y prefirió no mirar hacia atrás.
Pero ahora las oscuras nubes estaban acercándose por los lados.
Hace falta ser un piloto retrasado y medio lelo para despegar sin comprobar primero el funcionamiento
del radar. Por otra parte, el radar, en caso de que lo hubiera, debía de tener veinte años de antigüedad y
seguramente lo habían desenchufado.
La lluvia golpeaba el aparato y el viento aullaba a su alrededor mientras las nubes pasaban velozmente
por su lado. La tormenta los alcanzó y el pequeño avión fue zarandeado violentamente hacia arriba y hacia abajo
y empujado de un lado al otro. Durante dos minutos que parecieron una eternidad Milton no pudo dominarlo a
causa de la turbulencia. Aquello era como si cabalgaran a lomos de un potro cerril en lugar de pilotar un avión.
Nate miraba a través de la ventanilla pero no veía nada, ni agua ni marjales ni preciosas fazendas con
largas pistas de aterrizaje. Se hundió todavía más en su asiento. Apretó los dientes y se hizo el firme propósito
de no vomitar.
Una bolsa de aire hizo que el aparato cayera treinta metros en menos de dos segundos. Los tres hombres
soltaron una maldición. La de Nate fue «¡Mierda!». Sus acompañantes brasileños juraron en portugués. Los tres
reflejaban un profundo temor.
Se produjo una pausa muy breve en cuyo transcurso el viento amainó. Milton empujó hacia delante la
palanca de mando e inició un descenso en picado. Nate se armó de valor, asiendo con ambas manos el respaldo del asiento del piloto y, por primera y Dios quisiera que por última en su vida, se sintió un kamikaze. El corazón
le palpitaba con furia y el estómago se le había subido a la garganta. Cerró los ojos y pensó en Sergio y en el
profesor de yoga de Walnut Hill que le había enseñado a rezar y meditar. Trató de hacer lo uno y lo otro, pero le
fue imposible, allí atrapado en el interior de un aparato que estaba a punto de estrellarse. Se encontraba a pocos
segundos de la muerte.
El trueno que sonó justo por encima del Cessna los hizo estremecer hasta el tuétano y los dejó tan
aturdidos como un disparo en una habitación a oscuras. Nate temió que le estallaran los tímpanos. La caída
terminó a ciento cincuenta metros del suelo. Milton luchó contra el viento y consiguió nivelar el aparato.
—¡Mire a ver si divisa una fazenda! —le gritó Jevy a Nate desde la parte delantera del aparato.
Nate miró a regañadientes a través de la ventana. La lluvia azotaba la tierra, el viento agitaba los árboles
y las pequeñas lagunas estaban cubiertas de cabrillas. Jevy estudió un mapa, pero se encontraban
irremediablemente perdidos. El agua caía en blancas sábanas que limitaban la visibilidad a unos pocos metros.
En determinados momentos, Nate apenas distinguía el suelo. Estaban rodeados de torrentes de lluvia y el fuerte
viento los empujaba de lado y sacudía el pequeño avión cual si fuera una cometa. Milton luchó con los mandos
mientras Jevy miraba desesperadamente en todas direcciones. No pensaban estrellarse sin oponer resistencia.
Pero Nate ya se había dado por vencido. Si no podían ver el suelo, ¿cómo iban a aterrizar sanos y salvos?
Lo peor de la tormenta aún no los había alcanzado. Todo estaba perdido.
No quería hacer ningún trato con Dios. Se lo tenía merecido por la clase de vida que había llevado.
Centenares de personas morían cada año en accidentes de aviación; él no era mejor que cualquiera de ellos.
Vislumbró vagamente un río justo por debajo de ellos y, de repente, se acordó de los caimanes y las
anacondas. Se horrorizó al pensar en un aterrizaje de emergencia en un pantano. Se imaginó gravemente herido,
aferrándose a la vida, luchando por sobrevivir, tratando de conseguir que funcionara el maldito teléfono satélite
mientras intentaba al mismo tiempo repeler a los hambrientos reptiles. Otro trueno sacudió la cabina y entonces
Nate decidió luchar. Estudió el suelo en un vano intento de localizar una fazenda. El fulgor de un relámpago los
cegó momentáneamente. El motor vaciló, estuvo a punto de detenerse, se recuperó y volvió a rugir. Milton
descendió a ciento veinte metros del suelo, una altura que en circunstancias normales no era peligrosa. Pero por
lo menos en el Pantanal no tenía uno que preocuparse por la presencia de colinas o montañas.
Nate se apretó todavía más la correa del hombro y después vomitó entre las piernas. No le dio vergüenza
hacerlo. Estaba muerto de miedo.
La oscuridad los engulló. Milton y Jevy gritaban y temblaban por las sacudidas, tratando de controlar el
aparato. Sus hombros se juntaban y golpeaban. El mapa, totalmente inútil, estaba entre las piernas de Jevy.
Por debajo de ellos se arremolinaba la tormenta. Milton bajó a sesenta metros. Desde aquella altura se
podían ver retazos de suelo. Una ráfaga de viento azotó el Cessna, empujándolo hacia un lado, y entonces Nate
se dio cuenta de lo desesperada que era la situación. Vio un objeto blanco abajo, gritó y lo señaló.
—¡Una vaca! ¡Una vaca! —repuso Jevy, traduciéndole las palabras a Milton.
Efectuaron el descenso atravesando las nubes a veinticinco metros bajo una lluvia cegadora y
sobrevolaron el rojo tejado de una casa. Jevy volvió a gritar e indicó algo que acababa de ver a través de su
ventanilla. La pista de aterrizaje era tan corta como el camino de la entrada de una bonita casa de una zona
residencial y debía de ser peligrosa incluso cuando hacía buen tiempo. Daba igual. No tenían otra opción. En
caso de que se estrellaran, por lo menos habría gente cerca.
Habían descubierto la pista demasiado tarde para aterrizar con el viento de cola, por lo que Milton
efectuó la maniobra para aterrizar de cara a la tormenta. El viento azotaba el Cessna hasta casi paralizarlo. La
lluvia reducía prácticamente toda la visibilidad. Nate se inclinó hacia delante para echar un vistazo a la pista y
no vio más que el agua que cubría el parabrisas.
A quince metros de altura, el viento ladeó el Cessna. Milton consiguió nivelarlo.
—¡Vaca! ¡Vaca! —gritó Jevy.
Nate también la vio. Fallaron a la primera.
En la rápida sucesión de imágenes que se produjo antes de que el aparato tomara tierra, Nate vio a un
asustado muchacho calado hasta los huesos correr entre la alta hierba con un bastón en la mano. Y vio una vaca
apartarse de la pista de aterrizaje, y a Jevy prepararse para lo que estaba a punto de ocurrir, mirando aterrorizado
a través del parabrisas, con la boca abierta, pero sin emitir sonido.
El aparato tocó tierra y siguió avanzando sobre la hierba. Había sido un aterrizaje, no un accidente y, en
aquella décima de segundo, Nate abrigó la esperanza de que ninguno de ellos muriera. Otra ráfaga de viento los
levantó tres metros en el aire, pero volvieron a tocar tierra.
—¡Vaca!¡Vaca!
La hélice rajó una enorme vaca que curiosamente se había quedado inmóvil. El avión experimentó una
fuerte sacudida, todas las ventanillas estallaron hacia fuera y los tres hombres gritaron sus últimas palabras.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:52 am

Nate despertó tendido de costado, cubierto de sangre y muerto de miedo, pero vivo. De repente advirtió
que seguía lloviendo. El viento aullaba en el interior del aparato. Milton y Jevy estaban el uno encima del otro,
pero también se movían e intentaban desabrocharse los cinturones de seguridad. Nate se arrastró hacia una
ventanilla y asomó la cabeza por ella. El Cessna estaba inclinado hacia un lado con un ala rota y doblada bajo el
fuselaje. Había sangre por todas partes, pero no pertenecía a los pasajeros, sino a la vaca. La fuerte lluvia la
estaba limpiando.
El muchacho del bastón los acompañó a un pequeño establo que había cerca de la pista de aterrizaje. Una
vez a salvo de la tormenta, Milton cayó de rodillas y musitó una pequeña y ferviente plegaria a la Virgen María.
Nate lo vio y se unió en cierto modo a él.
No habían sufrido heridas graves. Milton tenía un corte superficial en la frente y Jevy la muñeca derecha
hinchada. Si habían sufrido alguna otra lesión, lo notarían más tarde.
Permanecieron un buen rato sentados sobre la tierra, contemplando la lluvia, oyendo los aullidos del
viento y pensando en silencio en lo que hubiera podido ocurrir.
El propietario de la vaca se presentó aproximadamente una hora más tarde, cuando la tormenta empezó a
amainar y dejó momentáneamente de llover. Iba descalzo y vestía unos desteñidos pantalones cortos de tela de
tejanos y una gastada camiseta de los Chicago Bulls. Se llamaba Marco y ciertamente no estaba muy contento.
Mandó retirarse al chico y se enzarzó en una acalorada discusión con Jevy y Milton a propósito del valor
de la vaca. Milton estaba más preocupado por su avión y Jevy por su muñeca hinchada. De pie junto a la
ventana, Nate se preguntó exactamente cómo era posible que estuviera en el desolado interior del Brasil la
víspera de Navidad en un maloliente establo, dolorido y magullado, cubierto con la sangre de una vaca mientras
tres hombres discutían entre sí en un idioma extranjero y él se alegraba de estar vivo. No había respuestas claras.
A juzgar por las otras vacas que pastaban en las inmediaciones del establo, el valor no podía ser muy alto.
—Yo pagaré lo que valga —le dijo a Jevy.
Jevy le preguntó al hombre cuánto y después le indicó a Nate:
—Cien reais.
—¿Acepta American Express? —preguntó Nate sin que el otro entendiera la broma—. Yo lo pago.
Cien dólares. Los hubiera pagado con gusto sencillamente para que Marco dejara de protestar.
Una vez que el trato hubo sido cerrado, el hombre se convirtió en su anfitrión. Los acompañó a la casa,
donde una mujer descalza y bajita que estaba preparando el almuerzo los recibió con una sonrisa y les dio
efusivamente la bienvenida. Por obvias razones, los invitados eran algo inaudito en el Pantanal. Al enterarse de
que Nate procedía de Estados Unidos, los anfitriones mandaron llamar a sus hijos. El muchacho del bastón tenía
dos hermanos y su madre les dijo a todos que se fijaran bien en Nate, porque era norteamericano.
Después la mujer tomó las camisas de los hombres y las introdujo en un barreño de agua de lluvia con
jabón. Comieron arroz con alubias negras, sentados alrededor de una mesita y desnudos de cintura para arriba
sin que ello les preocupara en absoluto. Nate estaba orgulloso de sus tonificados bíceps y su liso estómago. Jevy
tenía toda la pinta de un auténtico levantador de pesos, y el pobre Milton presentaba las señales típicas de estar
acercándose rápidamente a la mediana edad, lo cual parecía claro que no le importaba.
Los tres apenas hablaron durante el almuerzo. Aún se encontraban bajo los efectos del accidente. Los
niños permanecían sentados en el suelo, cerca de la mesa, comiendo pan sin levadura y arroz mientras
contemplaban extasiados todos y cada uno de los movimientos de Nate.
Había un pequeño río a unos quinientos metros camino abajo y Marco tenía una lancha motora. El río
Paraguay se encontraba a cinco horas de distancia. Tal vez tuviera suficiente gasolina, o tal vez no, pero en
cualquier caso sería imposible llevar en ella a los tres hombres.
Cuando el cielo se despejó, Nate y los niños se acercaron al avión y sacaron la cartera de documentos.
Por el camino, Nate les enseñó a contar hasta diez en inglés. Y ellos le enseñaron a él a hacerlo en portugués.
Eran unos muchachos muy simpáticos que a pesar de su terrible timidez inicial no tardaron en familiarizarse con
Nate. Éste recordó que era la víspera de Navidad. ¿Visitaría Papá Noel el Pantanal? Al parecer, nadie le
esperaba.
Nate sacó el teléfono satélite y lo colocó sobre un suave y liso tocón del patio delantero. El disco receptor
tenía veinticinco centímetros cuadrados de tamaño y el teléfono propiamente dicho no era más grande que un
ordenador portátil. Un hilo conectaba el disco con el teléfono. Nate lo encendió, marcó los números de su carnet
de identidad y de su identificación personal e hizo girar lentamente el disco hasta que éste captó la señal del
satélite Astar-Este que se encontraba a ciento cincuenta kilómetros de altura sobre el Atlántico, sobrevolando
una zona próxima al ecuador. La señal era fuerte; un agudo pitido ininterrumpido la confirmó, y entonces Marco
y el resto de su familia se acercaron un poco más a Nate, que no pudo por menos de preguntarse si alguna vez en
su vida habrían visto un teléfono.
Jevy le fue diciendo el número del teléfono de la casa de Milton en Corumbá. Nate lo marcó muy
despacio y esperó, conteniendo la respiración. Si no podía hacer la llamada, los tres tendrían que pasar las
Navidades con Marco y su familia. La casa era pequeña y Nate pensó que seguramente lo harían dormir en el
establo. Perfecto.
El plan alternativo consistía en enviar a Jevy y Marco con la embarcación. Era casi la una del mediodía.
Si el viaje hasta el Paraguay duraba cinco horas, llegarían allí justo antes de que oscureciese, suponiendo que
hubiera combustible suficiente. Una vez en el gran río, tendrían que enfrentarse con la tarea de buscar ayuda, lo
cual podría llevarles varias horas. En caso de que se quedaran sin gasolina, estarían perdidos en el Pantanal. Jevy
no se había opuesto directamente a aquel plan, pero nadie se mostraba demasiado partidario de seguirlo.
Había otros factores. Marco no quería salir tan tarde. Normalmente, cuando iba al Paraguay para sus
negocios, partía al amanecer. Aunque cabía la posibilidad de que un vecino que vivía a una hora de camino de
allí le prestase gasolina, tampoco era muy seguro que lo hiciese.
—0i —dijo una voz femenina a través del micrófono y todo el mundo sonrió.
Nate le pasó el teléfono a Milton, quien saludó a su mujer y le contó la triste historia de su apurada
situación. Jevy le tradujo a Nate la conversación mientras los niños lo miraban con asombro.
El diálogo adquirió un tono más tenso y, de repente, quedó interrumpido.
—La mujer está buscando un número de teléfono —explicó Jevy. Era el de un piloto conocido de Milton,
quien, tras prometer a su esposa que regresaría para la cena, colgó.
El piloto no estaba en casa. Su mujer dijo que se encontraba en Campo Grande por un asunto de trabajo y
que regresaría al anochecer. Milton le informó acerca de dónde estaba en aquellos momentos y ella le facilitó
otros números telefónicos en los que quizá pudiese localizar a su marido.
—Dile que hable rápido —dijo Nate, marcando otro número—. La duración de estas pilas no es eterna.
No hubo respuesta en el siguiente número. En el otro el piloto contestó y, mientras explicaba que estaban
reparándole el avión, se cortó la comunicación.
Las nubes cubrían de nuevo el cielo. Nate levantó la vista hacia éste con incredulidad. Milton estaba a
punto de echarse a llorar. Fue un rápido aguacero en cuyo transcurso los niños jugaron bajo la fría lluvia
mientras los mayores los contemplaban en silencio, sentados en el porche.
Jevy tenía otro plan. En las afueras de Corumbá había una base militar. Él no estaba apostado en ella,
pero levantaba pesos con varios oficiales de allí. Cuando el cielo volvió a despejarse, regresaron al tocón y se
congregaron alrededor del teléfono. Jevy llamó a un amigo que le buscó los números telefónicos.
El Ejército tenía helicópteros, y ellos, al fin y al cabo, habían sufrido un accidente aéreo. Cuando el
segundo oficial contestó, Jevy le explicó rápidamente lo ocurrido y le pidió ayuda.
Ver a Jevy conversar por teléfono fue una tortura para Nate. No entendía una sola palabra, pero el
lenguaje corporal se lo decía todo. Sonrisas y fruncimientos de cejas, súplicas apremiantes, pausas desesperantes
y repetición de cosas ya dichas.
Cuando terminó, Jevy le dijo a Nate:
—Llamará a su comandante. Quiere que vuelva a llamarlo dentro de una hora.
Aquel plazo les pareció tan largo como si les hubiese dicho una semana. El sol volvió a salir y quemó la
hierba mojada. La humedad era muy densa. Todavía desnudo de cintura para arriba, Nate empezó a notar el
escozor que le producía el sol.
Se refugiaron bajo la sombra de un árbol para huir de sus rayos. La mujer fue a ver cómo estaban las
camisas que había dejado tendidas durante el último aguacero y comprobó que seguían mojadas.
Jevy y Milton tenían una piel mucho más morena que la de Nate y no les importaba que les diera el sol. A
Marco tampoco le importaba. Los tres se acercaron al aparato para inspeccionar los daños. Nate prefirió
quedarse bajo la sombra del árbol. El calor de la tarde era sofocante. Comenzaba a sentir que se le entumecían el
pecho y los hombros cuando se le ocurrió echar una siesta. Los niños, sin embargo, tenían otros planes. Al final,
Nate consiguió entender sus nombres: Luis era el mayor, el que había apartado a la vaca de la pista de aterrizaje
segundos antes de que ellos tocaran tierra, Oli era el mediano y Tomás el pequeño. Utilizando el libro de frases
que tenía en la cartera, Nate rompió poco a poco la barrera idiomática. «Hola; ¿cómo estás?; ¿cómo te llamas?;
¿cuántos años tienes?; buenas tardes.» Los chicos repetían las frases en portugués para que Nate pudiera
aprender la pronunciación y después él les hizo hacer lo mismo en inglés. Jevy regresó con unos mapas y
efectuaron la llamada. Al parecer, el Ejército tenía cierto interés por el asunto. Milton señaló un mapa y dijo:
—Fazenda Esperanza.
Jevy repitió sus palabras con un entusiasmo que se desvaneció segundos antes de colgar el auricular.
—No consigue localizar al comandante —dijo en inglés, procurando disimular su desesperación—.
Estamos en Navidad, ¿sabe? Navidad en el Pantanal. A cuarenta grados y con una humedad todavía más alta. Un

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:54 am

sol de justicia sin filtro solar. Bichos e insectos sin repelente. Unos alegres chiquillos sin la menor esperanza de
recibir juguetes. Sin música, porque no había electricidad. Sin árbol de Navidad, ni comida navideña.
Aquello era una aventura, se repetía una y otra vez. ¿Dónde estaba su sentido del humor?
Guardó el teléfono en su funda y cerró ésta. Milton y Jevy regresaron al avión. La mujer entró en la casa.
Marco tenía algo que hacer en el patio de atrás. Nate regresó a la sombra del árbol, pensando en lo bonito que
sería escuchar una sola estrofa de Navidades blancas mientras se tomaba una copa de champán.
Luis apareció con los tres caballos más escuálidos que Nate hubiera visto en su vida. Uno estaba
ensillado con una tosca silla de cuero y madera sobre una especie de almohadilla de color anaranjado que
parecía una vieja alfombra de pelo. Era para Nate. Luis y Oli saltaron a la grupa de sus caballos sin el menor
esfuerzo; de un solo brinco montaron a pelo y se mantuvieron en perfecto equilibrio.
Nate estudió su caballo.
Luis le indicó un sendero. Nate sabía por las señales con el dedo que ambos se habían hecho durante el
almuerzo y después que el sendero conducía al río donde Marco tenía amarrada su lancha.
¿Por qué no? Aquello era una aventura. ¿Qué otra cosa podía hacerse mientras transcurrían lentamente
las horas? Recogió su camisa en la cuerda de tender y, a continuación, consiguió montar en el pobre caballo sin
caerse ni hacerse daño.
A finales de octubre, Nate y otros pacientes de Walnut Hill habían disfrutado de un agradable domingo,
paseando a caballo por los Montes Azules para admirar el soberbio espectáculo de la naturaleza en otoño. Se
pasó una semana con el trasero y los muslos doloridos, pero consiguió superar el temor que le inspiraban los
animales. 0 al menos lo hizo hasta cierto punto.
Tras pelearse unos segundos con los estribos logró introducir los pies en ellos; después sujetó la brida
con tal fuerza que el caballo no podía moverse. Los niños le miraron con gran regocijo y se alejaron al trote. Al
final, el caballo de Nate también se puso a trotar con unos bruscos movimientos que machacaban la entrepierna
de su jinete y lo hacían brincar sin control. Un simple paseo a pie hubiera sido más agradable. Nate soltó la brida
y el caballo aminoró la marcha. Los chicos regresaron y se pusieron a cabalgar a su lado.
El sendero atravesaba un pequeño pastizal y trazaba una curva, por lo que muy pronto perdieron de vista
la casa. Más adelante divisaron agua, un pantano como los muchos que habían visto desde el aire. Los niños no
se amilanaron, pues el sendero atravesaba el centro del pantano y los caballos lo habían cruzado muchas veces.
No aminoraron la marcha en ningún momento. Al principio, el agua sólo tenía unos pocos centímetros de
profundidad, pero después ésta alcanzó los treinta centímetros, y finalmente el nivel de los estribos. Como es
natural, los niños iban descalzos, vestían prendas de cuero y les traía sin cuidado el agua y lo que en ella pudiera
haber. Nate calzaba sus Nike preferidos, que enseguida quedaron empapados.
Las pirañas, unos voraces pececillos con unos dientes tan afilados como navajas, proliferaban por todo el
Pantanal.
Nate hubiera preferido dar media vuelta, pero no sabía cómo decirlo.
—Luis —dijo en un tono de voz que dejaba traslucir bien a las claras su temor.
Los niños le miraron sin el menor asomo de inquietud.
Cuando el agua ya llegaba a la altura del pecho de los caballos, disminuyeron la marcha. Siguieron
avanzando y Nate volvió a verse los pies. Los caballos emergieron al otro lado, justo en el lugar donde
continuaba el sendero.
Pasaron por delante de los restos de una valla a su izquierda. El sendero se ensanchaba hasta convertirse
en un viejo camino de tierra. Muchos años atrás la Fazenda debía de haber sido más importante, con gran
cantidad de cabezas de ganado y muchos empleados.
El Pantanal había sido colonizado hacía más de dos siglos, según había averiguado Nate a través del
informe que le habían facilitado, y desde entonces había cambiado muy poco. El aislamiento de la gente era
asombroso. No había el menor rastro de vecinos ni de otros niños y Nate no hacía más que pensar en las escuelas
y la educación. ¿Se iban los niños a Corumbá cuando alcanzaban la edad suficiente para encontrar trabajo y
casarse, o se quedaban al cuidado de las pequeñas granjas y criaban a la siguiente generación de pantaneiros?
¿Sabían Marco y su mujer leer y escribir y, en caso afirmativo, enseñaban a sus hijos?
Se lo preguntaría a Jevy. Más adelante había más agua, un pantano rodeado de árboles podridos. Como
era de esperar, el sendero lo atravesaba. Era la estación de las lluvias y el nivel del agua había crecido por
doquier. En los meses secos, el pantano era una extensión de barro y hasta un inexperto en aquellas lides habría
podido seguir el sendero sin temor a que lo devoraran las pirañas. «Vuelve en la estación seca», se dijo Nate,
pero era poco probable que lo hiciese.
Los caballos seguían avanzando como si fueran máquinas, sin preocuparse por el pantano y el agua que
les llegaba hasta las rodillas. Los muchachos dormitaban. Al subir el nivel del agua, aminoraron un poco la
marcha. Cuando Nate se notó las rodillas mojadas y ya estaba a punto de lanzarle a Luis un grito desesperado, Oli señaló con absoluta indiferencia dos troncos podridos de unos tres metros de altura a la derecha. Entre ellos,
medio sumergido en el agua, descansaba un enorme reptil negro.
Jacaré —dijo el muchacho volviendo la cabeza por si a Nate le interesara saberlo. Era una especie de
caimán.
Los ojos asomaban por encima del resto del cuerpo y Nate tuvo la certeza de que estaban siguiéndolo
concretamente a él. Sintió que el corazón le empezaba a latir violentamente en el pecho y experimentó el
impulso de pedir socorro. Al darse cuenta de que su invitado estaba muerto de miedo, Luis dio media vuelta
sonriendo. El invitado sonrió a su vez, como si le encantara poder ver finalmente un caimán tan de cerca.
Cuando el nivel de las aguas subió, los caballos levantaron la cabeza. Nate aguijó el suyo bajo el agua,
pero no ocurrió nada. El caimán se sumergió muy despacio hasta que sólo se vieron sus ojos, e inmediatamente
comenzó a nadar hacia ellos desapareciendo en las negras aguas. Nate sacó los pies de los estribos, levantó las
rodillas hasta el pecho y se quedó balanceándose sobre la silla de montar. Los niños hicieron un comentario y se
rieron por lo bajo, pero a Nate no le importó.
Una vez superado el centro del pantano, el nivel del agua bajó hasta las patas de los caballos y siguió
descendiendo. Sano y salvo al otro lado, Nate se relajó y se burló de sí mismo. Cuando regresara a Estados
Unidos, podría sacar partido de aquella aventura. Tenía amigos aficionados a las vacaciones arriesgadas, tipos
que practicaban montañismo, rafting y senderismo, eran entusiastas de los safaris y siempre trataban de superar a
los demás con los relatos de sus experiencias en arriesgadas situaciones de vida o muerte en las partes más
remotas del mundo. Con el aliciente añadido de la faceta ecológica del Pantanal, por diez mil dólares sus amigos
estarían encantados de saltar a la grupa de un caballo y vadear los pantanos fotografiando serpientes y caimanes
por el camino.
Puesto que aún no había ningún río a la vista, Nate llegó a la conclusión de que ya era hora de dar media
vuelta. Se señaló el reloj y Luis lo acompañó de nuevo a casa.
Se puso al teléfono el mismísimo comandante. Jevy se pasó cinco minutos charlando con él de cosas
relacionadas con el Ejército, —lugares donde habían estado estacionados, personas que conocían— mientras la
luz piloto de las pilas parpadeaba cada vez más rápido y el SatFone se iba quedando poco a poco sin batería.
Nate señaló el piloto; Jevy le explicó al comandante que aquélla era la última oportunidad con que contaban.
No habría ningún problema. Ya tenían un helicóptero a punto y estaban reuniendo a la tripulación. ¿Eran
graves las heridas?
—Internas —contestó Jevy, mirando a Milton.
La fazenda se hallaba a cuarenta minutos en helicóptero, según los pilotos militares. El comandante
aseguró que en una hora estarían allí. Milton sonrió por primera vez aquel día.
Transcurrió una hora y el optimismo empezó a desvanecerse. El sol se estaba poniendo rápidamente por
el oeste y la oscuridad no tardaría en llegar, con lo que un rescate era impensable.
Se dirigieron al avión accidentado, en el que Milton y Jevy se habían pasado toda la tarde trabajando sin
descanso. Habían retirado el ala rota y la hélice, que estaba sobre la hierba cerca del avión, todavía manchada de
sangre. El tren de aterrizaje de la derecha se veía doblado, pero no sería necesario sustituirlo.
Marco y su mujer habían despiezado la vaca muerta. Los restos resultaban visibles entre los arbustos,
cerca de la pista de aterrizaje.
Según Jevy, Milton tenía previsto regresar en una embarcación en cuanto consiguiera encontrar un ala y
una hélice nuevas. A Nate semejante cosa se le antojaba prácticamente imposible. ¿Cómo podía trasladar algo
tan voluminoso como el ala de un avión en una pequeña embarcación que sólo servía para navegar por los
afluentes que surcaban el Pantanal y transportarla después a través de las mismas marismas que había cruzado a
caballo?
Allá él con su problema. Nate tenía otras cosas más importantes en que pensar.
La mujer sirvió café caliente y unas galletas crujientes y todos se sentaron sobre la hierba cerca del
establo, charlando animadamente. Los tres niños se acomodaron al lado de Nate, temiendo que los abandonara.
Transcurrió otra hora.
Fue Tomás, el pequeño, quien primero oyó el sonido. Dijo algo, se levantó, señaló con el dedo y los
demás se quedaron paralizados. La intensidad del sonido aumentó y se convirtió en el inconfundible zumbido de
un helicóptero. Corrieron al centro de la pista de aterrizaje y levantaron los ojos al cielo.
En cuanto el aparato tomó tierra, cuatro soldados saltaron desde la cabina abierta y se acercaron
corriendo al grupo. Nate se arrodilló entre los niños y les entregó diez reais a cada uno.
—Feliz Natal —les dijo.
Después les dio un rápido abrazo, tomó su cartera y corrió hacia el helicóptero.
Mientras despegaban Jevy y Nate saludaron con la mano a la pequeña familia. Milton estaba demasiado
ocupado dando las gracias a los pilotos y soldados. A ciento cincuenta metros de altura, el Pantanal empezó a
extenderse hacia el horizonte. Por el este ya había oscurecido.
Ya era de noche en Corumbá cuando media hora más tarde sobrevolaron la ciudad. El espectáculo que
ofrecían los edificios y las casas, las luces navideñas y el tráfico, era maravilloso. Aterrizaron en la base militar
situada al oeste de la ciudad, en lo alto de una peña que dominaba el río Paraguay. El comandante los recibió y,
después de que le dieran las gracias que tanto se merecía, se sorprendió al comprobar que nadie estaba
gravemente herido y se alegró sinceramente del éxito de la operación. Después los envió a la ciudad en un
todoterreno abierto conducido por un joven soldado raso.
Al llegar a la ciudad, el todoterreno se detuvo de repente delante de una pequeña tienda de alimentación.
Jevy entró en ella y salió con tres botellas de cerveza Brahma. Le dio una a Milton y otra a Nate.
Tras vacilar un instante, Nate abrió la botella y se la acercó a los labios. La cerveza estaba muy fría y era
exquisita. Y, además, estaban en Navidad, qué demonios. Podría dominar la situación.
Mientras recorría las polvorientas calles sentado en la parte trasera del todoterreno con una cerveza fría
en la mano, sintiendo en su rostro la caricia del aire húmedo, recordó la suerte que tenía de estar vivo.
Casi cuatro meses atrás había intentado suicidarse. Y hacía siete horas que había sobrevivido a un
accidente de avión.
Pero el día no le había servido de nada. Estaba tan lejos de Rachel Lane como la víspera.
La primera parada fue el hotel. Nate les deseó a todos feliz Navidad y después subió a su habitación, se
desnudó y se pasó veinte minutos en la ducha.
Había cuatro latas de cerveza en el frigorífico. Se las bebió todas en una hora, diciéndose, cada vez que
se tomaba una, que aquello no significaba que hubiese empezado a deslizarse. No lo conduciría a una caída.
Todo estaba bajo control. Había burlado a la muerte, ¿por qué no celebrarlo con un poco de alegría navideña?
Nadie se enteraría. Podría dominar la situación.
Además, la abstinencia jamás le había dado resultado. Se demostraría a sí mismo que podía tolerar un
poco de alcohol. No habría problema. ¿Qué mal podía haber en unas cuantas cervecitas?
El teléfono lo despertó, pero él tardó un poco en levantar el auricular. La cerveza no le había dejado
ningún efecto residual, aparte del remordimiento, pero la pequeña aventura con el Cessna estaba cobrándose su
tributo. El cuello, los hombros y la cintura ya presentaban un color azul oscuro, formando unas nítidas hileras de
magulladuras en los puntos donde la correa del hombro lo había sujetado mientras el aparato tomaba
violentamente tierra. Tenía por lo menos dos chichones en la cabeza, uno de los cuales producido por un golpe
que no recordaba haberse hecho. Sus rodillas habían traspasado la parte posterior de los respaldos de los asientos
de los pilotos; aunque al principio había pensado que se trataba de heridas leves, su gravedad se había
intensificado durante la noche. Tenía los brazos y el cuello bastante quemados por el sol.
—Feliz Navidad —lo saludó la voz. Era Valdir y ya eran casi las nueve.
—Gracias —contestó Nate—. Igualmente.
—De acuerdo. ¿Cómo te encuentras?
—Muy bien, gracias.
—Bueno, Jevy me llamó anoche y me contó lo del avión. Milton debe de estar loco para pilotar un
aparato en medio de una tormenta. Jamás volveré a utilizar sus servicios.
—Yo tampoco.
—¿Te encuentras bien?
—Sí.
—¿Necesitas un médico?
—No.
Jevy dijo que, en su opinión, te encontrabas bien.
—Y así es; sólo estoy un poco magullado.
Se produjo una breve pausa tras la cual Valdir cambió de tema.
—Esta tarde vamos a celebrar una pequeña fiesta navideña en mi casa. Sólo asistirán mi familia y unos
cuantos amigos. ¿Te apetece venir?
La invitación sonó un poco forzada. Nate no supo si Valdir trataba sencillamente de ser cortés o si era
sólo una cuestión de idioma y acento.
—Es muy amable de tu parte —le dijo—, pero tengo montones de cosas que leer.
—¿Seguro?
—Sí, gracias

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 12:59 am

—Muy bien. Tengo una buena noticia. Ayer finalmente conseguí alquilar una embarcación.
A Valdir no le había costado demasiado dejar el asunto de la fiesta y pasar al de la embarcación.
—Estupendo. ¿Cuándo salimos?
—Tal vez mañana. Están preparándola. Jevy conoce la embarcación.
—Estoy deseando navegar por el río. Sobre todo, después de lo de ayer.
A continuación, Valdir se lanzó a un pormenorizado relato de sus tiempos de jugador de béisbol con el
propietario de la embarcación, un tacaño consumado que, al principio, había pedido mil reais a la semana. Lo
habían dejado en seiscientos. Nate escuchaba, pero le daba igual. La herencia Phelan podía permitírselo.
Valdir se despidió, no sin desearle una vez más feliz Navidad. Los Nike aún estaban mojados, pero se los
puso de todos modos junto con unos pantalones cortos deportivos y una camiseta sin mangas. Intentaría
practicar un poco de jogging, pero si las partes doloridas no respondían, se limitaría a dar un paseo. Necesitaba
respirar al aire libre y hacer ejercicio. Mientras se desplazaba muy despacio por la habitación, vio las latas de
cerveza vacías en la papelera.
Ya se encargaría de ese asunto más tarde. Aquello no significaba en modo alguno el comienzo de una
recaída. La víspera había vislumbrado fugazmente toda su vida y aquella experiencia había provocado un
cambio. Hubiera podido morir. Ahora cada día era un regalo y tenía que saborear cada momento. ¿Por qué no
disfrutar de algunos de los placeres de la vida? Sólo un poco de cerveza y de vino, nada en absoluto de bebidas
fuertes, y mucho menos de droga.
Pisaba terreno seguro; había sobrevivido otras veces a las mentiras.
Se tomó dos pastillas de Tylenol y aplicó un filtro solar a aquellas zonas de la piel que estaban
desprotegidas del sol. En el televisor del vestíbulo daban un programa navideño, pero nadie lo miraba pues el
lugar estaba desierto. La joven del mostrador le dirigió una sonrisa y le dio los buenos días. El pesado y
pegajoso calor penetraba a través de las puertas vidrieras abiertas. Nate se detuvo a tomar un rápido trago de
café azucarado. El termo estaba sobre el mostrador, junto con un ordenado montón de tacitas de papel,
esperando a que alguien se detuviera a disfrutar de veinticinco gramos de cafezinho.
Bastaron dos tragos para que empezara a sudar antes de abandonar el vestíbulo. En la acera trató de
practicar unos estiramientos, pero le dolían los músculos y tenía las articulaciones anquilosadas. El desafío no
consistía en correr, sino en caminar sin cojear visiblemente.
Pero nadie miraba. Las tiendas estaban cerradas y las calles desiertas, tal como había supuesto que
ocurriría. Dos manzanas más allá la camiseta ya estaba pegándosele a la espalda. Era como si estuviera haciendo
ejercicio en una sauna.
La avenida Rondon era la última calle asfaltada que bordeaba la barranca por encima del río. Recorrió un
buen trecho de la acera del lado de éste, renqueando ligeramente mientras los músculos se iban soltando poco a
poco y las articulaciones dejaban de crujir. Encontró el mismo parque donde se había detenido dos días atrás a la
hora en que la gente se congregaba allí para escuchar música y villancicos. Aún había algunas sillas plegables.
Sus piernas necesitaban descansar. Se sentó junto a la misma mesa de camping y miró alrededor, buscando al
adolescente que había intentado venderle droga.
Pero no había ni un alma. Se frotó suavemente las rodillas y contempló el inmenso Pantanal, que se
extendía a lo largo de muchos kilómetros hasta perderse en el horizonte. Una espléndida desolación. Pensó en
Luis, y Tomás, sus amiguitos, con diez reais en los bolsillos, pero sin ninguna posibilidad de gastarlos. La
Navidad no significaba nada para ellos; todos los días eran iguales.
En algún lugar de los vastos humedales que se abrían ante sus ojos había una tal Rachel Lane, que en
aquellos momentos era sólo una humilde sierva de Dios, pero que estaba a punto de convertirse en una de las
mujeres más ricas del mundo. Si llegaba a localizarla, ¿cómo reaccionaría ella cuando viera a aquel abogado
norteamericano que había conseguido descubrir su paradero? Las posibles respuestas hicieron que Nate se
sintiera ligeramente incómodo.
Por primera vez se le ocurrió pensar que, a lo mejor, Troy estaba loco de verdad. ¿Qué mente lúcida y
racional entregaría once mil millones de dólares a una persona que no sentía el menor interés por la riqueza, una
persona prácticamente desconocida para todo el mundo, incluido el hombre que había firmado el testamento
garabateado a mano? Parecía una locura, mucho más ahora que Nate estaba sentado por encima del desierto
Pantanal, contemplando su inmensa desolación a más de tres mil kilómetros de casa.
Apenas se sabía nada de Rachel. Su madre, Evelyn Cunningham, era natural de la pequeña ciudad de
Delhi, en Luisiana. A la edad de diecinueve años se había trasladado a Baton Rouge y había encontrado un
trabajo de secretaria en una empresa dedicada a la prospección de yacimientos de gas natural. Troy Phelan era el
propietario de aquella empresa y, en el transcurso de una de sus habituales visitas desde Nueva York, se había
fijado en ella. Evelyn debía de ser una bella e ingenua mujer de educación provinciana. Actuando como un
buitre, Troy se había abatido rápidamente sobre ella y, a los pocos meses, Evelyn había quedado embarazada.
Eso había sido en la primavera de 1954.
En noviembre del mismo año, los representantes de Troy desde la casa matriz se encargaron
discretamente de que Evelyn ingresara en el Hospital Católico de Nueva Orleans, donde Rachel nació el día 2.
Evelyn jamás vio a su hija.
Utilizando un montón de abogados y ejerciendo una enorme presión, Troy dispuso la rápida adopción
privada de Rachel por parte de un pastor protestante y su mujer en Kalispell, Montana. Por aquel entonces
estaba comprando minas de cobre y de zinc en aquel estado y tenía contactos a través de sus empresas de allí.
Los padres adoptivos ignoraban la identidad de los biológicos.
Evelyn no quería a su hija ni deseaba seguir manteniendo tratos con Troy Phelan. Recibió diez mil
dólares y regresó a Delhi, donde, como era de esperar, la aguardaban los rumores que corrían acerca de sus
pecados. Se fue a vivir con sus padres y los tres esperaron pacientemente a que pasara la tormenta. Pero ésta no
pasó. La crueldad propia de las ciudades provincianas hizo que Evelyn se sintiera una paria entre las personas a
las que más necesitaba. Raras veces salía de casa y, con el tiempo, acabó retirándose a la oscuridad de su
dormitorio. Allí, en la escondida lobreguez de su pequeño mundo, Evelyn empezó a echar de menos a su hija.
Escribía cartas a Troy, pero éste no contestaba. Una secretaria las escondía y archivaba. Dos semanas
después del suicidio de Troy, uno de los investigadores de Josh las encontró ocultas en los archivos personales
que aquél tenía en su apartamento.
Con el paso de los años, Evelyn se fue hundiendo cada vez más en su propio abismo. La presencia de sus
padres en la iglesia o en la tienda de ultramarinos siempre provocaba miradas y murmullos, por lo que, al final,
éstos también acabaron apartándose.
Evelyn se suicidó el 2 de noviembre de 1959, cuando Rachel tenía cinco años. Subió al automóvil de sus
padres, condujo hasta las afueras de la ciudad y se arrojó desde lo alto de un puente.
Muy poco se había averiguado acerca de la infancia de Rachel. El reverendo Lane y su esposa cambiaron
dos veces de residencia, desde Kalispell a Butte y desde Butte a Helena. Cuando Rachel tenía diecisiete años, el
clérigo murió de cáncer. Ella era su única hija.
Por razones que solamente él habría podido explicar, Troy decidió entrar de nuevo en la vida de Rachel
cuando ella estaba a punto de terminar sus estudios secundarios. Puede que sintiera un cierto remordimiento.
Puede que estuviera preocupado por su educación universitaria y los gastos que ésta ocasionaría. Rachel sabía
que había sido adoptada, pero jamás había manifestado el menor interés en conocer a sus verdaderos padres.
Aunque los detalles se ignoraban, Troy había conocido a Rachel en algún momento del verano de 1972.
Cuatro años después, Rachel se graduó en la Universidad de Montana. A partir de allí, en su historia había
brechas y grandes huecos que las investigaciones no habían conseguido llenar.
Nate sospechaba que sólo dos personas podían documentar debidamente la relación. Una estaba muerta y
la otra vivía como una india en algún lugar de allí, a la orilla de alguno de los millares de ríos que discurrían por
aquella inmensa región.
Intentó practicar jogging a lo largo de una manzana, pero el dolor se lo impidió. Bastante le costaba
caminar. Pasaron dos automóviles, la gente estaba empezando a ponerse en movimiento. El rugido se acercó
rápidamente a su espalda y se le echó encima antes de que él pudiera reaccionar. Jevy pisó los frenos y se detuvo
junto a la,acera.
—Bom dia —gritó por encima del estruendo del motor. Nate inclinó la cabeza.
—Bom dia.
Jevy hizo girar la llave de encendido y el motor se apagó.
—¿Cómo se encuentra?
—Dolorido. ¿Y tú?
—Sin ningún problema. La chica de recepción me ha dicho que había usted salido a correr. Vamos a dar
una vuelta en coche. Nate hubiera preferido practicar jogging, aunque le doliera, a ir en automóvil con Jevy,
pero había muy poco tráfico y las calles eran más seguras.
Recorrieron el centro de la ciudad, donde el conductor siguió sin prestar la menor atención a los
semáforos y las señales de stop. Jevy jamás se volvía a mirar cuando atravesaban a toda velocidad los cruces.
—Quiero que vea el barco —dijo Jevy en determinado momento. Si estaba dolorido y anquilosado a
causa del accidente aéreo, no se notaba. Nate se limitó a asentir con la cabeza.
Al este de la ciudad, al pie de la barranca, en una caleta de oscuras aguas llenas de manchas de petróleo,
había una especie de astillero. Unas viejas barcas se mecían suavemente en el río; algunas habían sido
desguazadas varias décadas atrás y otras raras veces se utilizaban. Dos de ellas eran, evidentemente,
embarcaciones de transporte de ganado, pues tenían las cubiertas divididas en sucios compartimientos de
madera.
—Aquí está —dijo Jevy, señalando vagamente hacia el río. Aparcaron y bajaron por la orilla. Vieron
varias pequeñas embarcaciones de pesca con la línea de flotación por debajo del agua, cuyos propietarios Nate fue incapaz de decidir si iban o venían. Jevy llamó a gritos a dos de los pescadores y éstos le contestaron con un
comentario humorístico.
—Mi padre era capitán de barco —explicó Jevy—. Yo venía aquí todos los días.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Nate.
—Se ahogó durante una tormenta.
«Estupendo —pensó Nate—. Las tormentas te pillan tanto en el aire como en el agua.»
Una combada tabla de madera contrachapada conducía a su embarcación, formando un puente por
encima de las oscuras aguas. Se detuvieron en la orilla para contemplar el barco, el Santa Loura.
—¿Le gusta? —preguntó Jevy.
—No lo sé —contestó Nate.
Desde luego, era más bonito que los barcos de transporte de ganado. Alguien estaba dando martillazos en
su parte posterior. Una mano de pintura contribuiría enormemente a mejorar su aspecto. El barco tenía poco
menos de veinte metros de eslora, dos cubiertas y, en lo alto de los peldaños, un puente. Era más grande de lo
que Nate esperaba.
—Será sólo para mí, ¿verdad?
—Sí.
—¿No habrá ningún otro pasajero?
—No, sólo usted, yo y un marinero que —¿Cómo se llama?
—Welly.
La madera contrachapada crujió, pero no se rompió. Cuando saltaron a bordo, el barco se hundió un
poco. En la proa estaban alineados varios barriles de gasóleo. Cruzaron una puerta, bajaron dos peldaños y
entraron en el camarote, donde había cuatro literas, cada una con sábanas blancas y una fina plancha de
gomaespuma a modo de colchón. Los doloridos músculos de Nate se estremecieron ante la idea de tener que
pasarse una semana durmiendo sobre una de ellas. El techo era muy bajo, las ventanas estaban cerradas y el
principal problema lo constituía la ausencia de aire acondicionado. El camarote sería un verdadero horno.
—Buscaremos un ventilador —anunció Jevy, que al parecer había leído el pensamiento de Nate—. La
situación no es tan mala cuando el barco se mueve.
Nate no podía creérselo. Caminando de perfil, avanzaron por la estrecha pasarela hacia la parte posterior
del barco, pasando por delante de una cocina con un fregadero y un hornillo de propano, la sala de máquinas y,
finalmente, un pequeño cuarto de baño. En la sala de máquinas, un torvo individuo sin camisa sudaba
profusamente, contemplando la llave inglesa que sostenía en la mano como si ésta le hubiera hecho una faena.
Jevy conocía a aquel hombre y se las arregló para decirle justo lo que no debía, pues de repente unas
duras palabras llenaron el aire. Nate se retiró a la pasarela de la parte de atrás, donde vio una pequeña
embarcación de aluminio amarrada al Santa Loura. La embarcación tenía canaletes y un motor fuera de borda.
Entonces, Nate se imaginó repentinamente a sí mismo y a Jevy surcando las someras aguas a gran velocidad
entre las malas hierbas y los troncos y sorteando caimanes para acabar finalmente en un nuevo callejón sin
salida. La aventura se estaba poniendo cada vez más interesante.
Jevy se echó a reír y la tensión se disipó en parte. El joven se acercó a la parte de atrás de la embarcación
y dijo:
—El hombre necesita una bomba de aceite y hoy la tienda está cerrada.
—¿Y mañana?
—No habrá problema.
—¿Para qué sirve este pequeño?
—Para muchas cosas.
Subieron por los desgastados peldaños que conducían al puente, donde Jevy inspeccionó el timón y los
mandos del motor. Detrás del puente había un cuartito abierto con dos literas donde Jevy y el marinero
dormirían por turnos. Detrás de él había una cubierta de unos cinco metros cuadrados protegida por un toldo de
color verde. Tendida a lo largo de la cubierta había una hamaca de apariencia muy cómoda que de inmediato
llamó la atención de Nate.
—Eso es para usted —dijo Jevy con una sonrisa—. Tendrá mucho tiempo para leer y dormir.
—Qué bien —dijo Nate.
—En ocasiones este barco se emplea para llevar turistas, especialmente alemanes, que quieren ver el
Pantanal.

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MensajeTema: Re: El testamento   Sáb Sep 05, 2009 1:00 am

—¿Has sido capitán de este barco?
—Sí, un par de veces. Hace varios años. El propietario no es muy simpático.
Nate se sentó con mucho cuidado en la hamaca y levantó las doloridas piernas hasta que consiguió
encajar debidamente en ella. Jevy le dio un empujón a fin de que se balanceara y después se fue para charlar un
rato con el maquinista.
Los sueños de Lillian Phelan de poder celebrar una cena de Navidad íntima se vieron frustrados cuando
Troy junior se presentó tarde y borracho, enzarzado en una desagradable pelea con Biff. Ambos habían llegado
en vehículos separados, cada uno de ellos al volante de su Porsche nuevo de distinto color que el otro. Los gritos
se intensificaron cuando Rex, que también había tomado unas copas de más, reprendió a su hermano mayor por
estropearle la Navidad a su madre. La casa estaba llena a rebosar, pues no sólo se hallaban presentes los cuatro
hijos de Lillian —Troy junior, Rex, Libbigail y Mary Ross— y sus once nietos, sino también un variado surtido
de amigos, a la mayoría de los cuales Lillian no había invitado.
Desde la muerte de Troy, los nietos Phelan, al igual que sus padres, habían reunido en torno a sí gran
cantidad de amigos y confidentes.
Hasta la llegada de Troy junior, la fiesta de Navidad había sido una gozosa celebración. Jamás se habían
intercambiado tantos y tan fabulosos regalos. Los herederos Phelan compraron para obsequiarse mutuamente,
sin reparar en gastos, prendas de vestir de diseño, joyas, artilugios electrónicos e incluso obras de arte. Durante
unas cuantas horas, el dinero hizo aflorar a la superficie todas sus mejores cualidades. Su generosidad era
ilimitada.
Sólo faltaban dos días para que se diese lectura al testamento. Spike, el marido de Libbigail, el ex motero
que ésta había conocido en el centro de desintoxicación, trató de mediar en la pelea entre Troy junior y Rex,
pero fue objeto de los insultos del primero, quien le recordó que era «un hippie gordinflón con el cerebro
achicharrado por el LSD ». Entonces Libbigail se ofendió y llamó «zorra» a Biff. Lillian corrió a su dormitorio y
se encerró bajo llave. Los nietos y su séquito bajaron al sótano, donde alguien había colocado un frigorífico
portátil lleno de cervezas.
Mary Ross, quizá la más razonable y ciertamente la menos veleidosa de los cuatro, convenció a sus
hermanos y a Libbigail de que dejaran de gritar y pusieran fin a aquella pelea, alejándose, como los boxeadores,
cada uno a un rincón distinto del ring. Los hermanos se dispersaron en pequeños grupos; unos hacia el estudio y
otros hacia el salón. De ese modo, se instauró un precario alto el fuego.
Los abogados no habían contribuido a mejorar la situación. Ahora trabajaban en equipos para así
defender mejor los intereses de cada uno de los herederos Phelan. Y también se pasaban horas y horas intrigando
y buscando maneras de apropiarse de un trozo más grande del pastel. Cuatro pequeños y muy definidos ejércitos
de letrados seis si se incluían los de Geena y Ramble— trabajaban a un ritmo febril. Cuanto más tiempo se
pasaban los herederos Phelan con sus abogados, tanto más desconfiaban los unos de los otros.
Cuando ya había transcurrido una hora de paz, Lillian emergió de su refugio e inspeccionó la tregua. Sin
decir nada, se dirigió a la cocina y terminó de preparar la comida. Lo más sensato en aquellas circunstancias era
un bufé. Así podrían comer en turnos, acercarse en grupo, llenar los platos y retirarse a la seguridad de sus
rincones.
De esta manera la primera familia Phelan consiguió disfrutar finalmente de una apacible cena de
Navidad. Troy junior comió jamón y boniatos, acodado en solitario en la barra del patio de atrás. Biff lo hizo
con Lillian, en la cocina. Rex y su mujer Amber, la bailarina de striptease, comieron pavo en el dormitorio
mientras seguían en la televisión un partido de fútbol americano. Libbigail, Mary Ross y sus maridos comieron
en el estudio.
En cuanto a los nietos y sus amigos, se llevaron unas pizzas congeladas al sótano, donde la cerveza no
paraba de correr.
La segunda familia no celebró la Navidad, o por lo menos sus miembros no la celebraron juntos. Janie
jamás había sido muy entusiasta de aquellas fiestas, por lo que abandonó el país y se fue a Klosters, en Suiza,
donde se reunía la gente guapa de Europa para esquiar y ser vista. Se hizo acompañar por un culturista de
veintiocho años llamado Lance, encantado de poder hacer aquel viaje a pesar de que ella le doblaba la edad.
Su hija Geena se vio obligada a pasar las Navidades con sus suegros en Connecticut. En condiciones
normales, habría sido una triste perspectiva, pero las cosas habían cambiado drásticamente. Para su esposo,
Cody, fue un triunfal regreso a la vieja finca de su familia, cerca de Waterbury.
La familia Strong había amasado una fortuna con los negocios navieros, pero, tras varios siglos de mala
administración y matrimonios endogámicos, el dinero prácticamente se había esfumado. El apellido y el pedigrí
todavía garantizaban a sus miembros el ser aceptados en las escuelas y los clubes apropiados, y una boda con
algún representante de la familia Strong seguía siendo un acontecimiento; pero la anchura y la longitud del
pesebre eran limitadas y en él ya habían comido demasiadas generaciones.
Eran unas personas tan arrogantes, orgullosas de su apellido, su acento y su estirpe que la mengua del
patrimonio familiar no les preocupaba. Ejercían profesiones en Nueva York y Boston. Se gastaban lo que
ganaban porque la fortuna familiar siempre había sido su red de seguridad.
El último Strong con visión de futuro debía de haber vislumbrado el final y había establecido, para la
educación de los miembros de su familia, unos complicados fideicomisos redactados por ejércitos de abogados,
tan impenetrables y blindados como para que pudiesen resistir los ataques de los futuros Strong. Los ataques se
produjeron, pero los fideicomisos se mantuvieron firmes, gracias a lo cual todos los jóvenes de la familia Strong
aún tenían garantizada una excelente educación. Cody se matriculó en la Taft, fue un estudiante corriente en
Dartmouth e hizo un máster en Administración de Empresas en Columbia.
Su boda con Geena Phelan no fue bien recibida por la familia, sobre todo porque para ella era la segunda.
El hecho de que en el momento de la boda el padre de Geena, con quien ella estaba enemistada, fuera dueño de
una fortuna valorada en seis mil millones de dólares facilitó su entrada en el clan. Sin embargo, siempre la
habían mirado por encima del hombro, y no sólo porque era divorciada y no se había educado en ninguna de las
prestigiosas universidades del Este, sino porque Cody era un poco raro.
No obstante, todos estaban allí para saludarla el día de Navidad. Geena jamás había visto tantas sonrisas
en aquellas personas a las que detestaba, ni tantos afectados abrazos, torpes besos en la mejilla y palmadas en el
hombro. Tanta hipocresía hizo que los aborreciera todavía más.
Tras haberse tomado un par de tragos, a Cody se le soltó la lengua. Los hombres se congregaron
alrededor de él en el estudio y no transcurrió mucho tiempo antes de que alguien preguntara:
—¿Cuánto?
Cody frunció el entrecejo como si el dinero ya fuese una carga.
—Probablemente quinientos millones de dólares —contestó, soltando impecablemente la frase que había
ensayado delante del espejo del cuarto de baño.
Algunos de los hombres emitieron un silbido de asombro. Otros hicieron una mueca, porque conocían a
Cody y, como miembros de la familia Strong, sabían que jamás verían un solo centavo de aquel dinero. En su
fuero interno todos se morían de envidia.
La noticia se filtró al resto de los presentes y las mujeres diseminadas por toda la casa no tardaron en
comentar en voz baja lo de los quinientos millones.
La madre de Cody, una relamida y marchita mujercilla cuyas arrugas crujían cuando sonreía, se quedó
pasmada ante aquella obscena fortuna.
—Es dinero de nuevos ricos —le dijo a una de sus hijas.
Un dinero ganado por un viejo escandaloso que tenía tres mujeres y una recua de hijos malos, ninguno de
los cuales había estudiado en una universidad del Este.
Tanto si era de nuevos ricos como si no, el dinero fue muy envidiado por las mujeres más jóvenes. Éstas
ya se imaginaban los aviones privados, las lujosas residencias en localidades costeras, y las fabulosas reuniones
familiares en lejanas islas y los fideicomisos para las sobrinas y los sobrinos, y puede que incluso regalos
directos en efectivo.
El dinero ablandó a los Strong hasta el extremo de inducirles a comportarse con una cordialidad que
jamás habían mostrado con una intrusa.
A última hora de la tarde, cuando la familia se reunió en torno a la mesa para la tradicional cena, empezó
a nevar. Aquélla sí que era una Navidad perfecta, dijeron todos los Strong. Geena los odió más que nunca.
Ramble se pasó la fiesta reunido con un abogado que le cobraba seiscientos dólares la hora, aunque la
factura sería ocultada como sólo los abogados saben ocultar esa clase de cosas.
Tira también había abandonado el país con un joven gigoló.
Estaba en una playa de no se sabía dónde, haciendo topless y probablemente sin la braguita, y le daba
igual lo que pudiera estar haciendo su hijo de catorce años.
Yancy, el abogado, se había divorciado dos veces, estaba libre en aquellos momentos y tenía unos
gemelos de once años de su segundo matrimonio, unos niños, por cierto, excepcionalmente inteligentes para su
edad; en cambio, Ramble era dolorosamente lento para la suya, por lo que los tres se lo pasaron en grande con
sus videojuegos en el dormitorio mientras Yancy veía un partido de fútbol americano en la televisión.
Su cliente tendría que recibir obligatoriamente cinco millones de dólares al cumplir los veintiún años,
pero, dado su nivel de madurez y el desbarajuste que reinaba en su hogar, el dinero le duraría todavía menos que
a los restantes hermanos Phelan. Sin embargo, a Yancy le importaban un bledo aquellos míseros cinco millones,
pues él ganaría otros tantos con las minutas que iba a arrancar de la parte de la herencia que le correspondía a
Ramble.
Yancy tenía otras preocupaciones. Tira había contratado los servicios de otro bufete, uno
extraordinariamente agresivo que estaba muy cerca del Capitolio y tenía los contactos apropiados. Tira sólo era
una ex esposa, no una hija, y su parte sería muy inferior a la que recibiría Ramble. Los nuevos abogados se
habían dado cuenta y estaban ejerciendo presión sobre ella para que prescindiera de los servicios de Yancy y
empujara al joven Ramble hacia ellos. Por suerte, la madre no se preocupaba demasiado por el hijo y Yancy
estaba desarrollando una espléndida labor de manipulación para conseguir apartar al chico de su madre.
Las risas de los muchachos y sus juegos eran una música celestial para sus oídos.
A última hora de la tarde, Nate entró en una pequeña tienda de comida preparada que había a pocas
manzanas de distancia del hotel. Estaba paseando por la calle, vio que la tienda estaba abierta y decidió que no
estaría mal comprar una cerveza. Sólo una cerveza o tal vez dos. Estaba solo en el confín del mundo. Era
Navidad y no tenía con quién celebrarlo. Una oleada de soledad y depresión se abatió sobre él, que empezó a
deslizarse, empujado al principio por la autocompasión.
Vio las hileras de botellas de bebidas alcohólicas, whisky, ginebra, vodka, todas llenas y sin abrir,
alineadas como preciosos soldaditos vestidos con vistosos uniformes. Abrió la boca y cerró los ojos. Se agarró al
mostrador para no tambalearse y se le contrajo el rostro en una mueca de dolor mientras pensaba en Sergio, allá
en Walnut Hill, en Josh, en sus ex esposas y en las personas a las que había hecho tanto daño con cada una de
sus caídas. Los pensamientos empezaron a girar vertiginosamente y, cuando ya estaba a punto de desmayarse, el
hombrecillo le dijo algo. Nate lo miró enfurecido, se mordió el labio inferior y señaló la botella de vodka. Dos
botellas, ocho reais.
Cada caída había sido distinta. Algunas habían sido muy lentas, un trago por aquí, otro por allá, una
grieta en el dique, seguida de otras.
En cierta ocasión, él mismo se había dirigido a un centro de desintoxicación. Otra vez había despertado
atado con unas correas a una cama, con una jeringa intravenosa en la muñeca. En su última caída, una camarera
lo había encontrado en estado comatoso en la habitación de un motel barato.
Tomó la bolsa de papel con su contenido y se dirigió con paso decidido a su hotel, sorteando un grupo de
sudorosos chiquillos que jugaban al fútbol en la arena. «Qué suerte tienen los niños pensó—. Ni cargas ni
equipaje. Mañana será otro partido.»
En una hora oscurecería, y Corumbá ya empezaba a despertar poco a poco. Los bares y las terrazas de los
cafés estaban abriendo y por la calle circulaban algunos coches. Al llegar al vestíbulo del hotel oyó la música en
directo procedente de la piscina y por un instante, estuvo tentado de sentarse a una mesa para escuchar una
última canción.
Pero no lo hizo. Se fue a su habitación, cerró la puerta y llenó un vaso alto de plástico con cubitos de
hielo. Colocó las botellas una al lado de la otra, abrió una, echó lentamente el vodka sobre el hielo y juró no
detenerse hasta haber vaciado las dos.
Jevy estaba esperando al comerciante que iba a venderle los accesorios cuando éste llegó a las ocho. El
sol ya estaba muy alto en el cielo y ninguna nube filtraba sus rayos. Las aceras se notaban calientes.
No había bomba de aceite, por lo menos para el motor diésel. El comerciante efectuó dos llamadas y Jevy
subió a su camioneta y condujo hasta las afueras de Corumbá, donde un hombre regentaba un negocio de
recuperación de piezas navales en cuyo patio se amontonaban los restos de docenas de embarcaciones
desguazadas. En el taller de los motores, un chico de la sección de accesorios sacó una bomba de aceite muy
gastada, cubierta de grasa y envuelta en un trapo sucio. Jevy pagó gustosamente veinte reais por ella.
Se dirigió al río y aparcó junto a la orilla. El Santa Loura seguía en su sitio. Se alegró de ver que Welly
ya había llegado. Welly era un marinero novato que aún no había cumplido los dieciocho años y afirmaba saber
cocinar, pilotar, guiar, limpiar, navegar y prestar cualquier otro servicio que se le exigiera. Jevy sabía que
mentía, pero semejantes fanfarronadas eran frecuentes entre los muchachos que buscaban trabajo en el río.
—¿Has visto al señor O'Riley? —le preguntó Jevy.
—¿El norteamericano?
—Sí, el norteamericano.
—No. Ni rastro de él.
Un pescador le gritó algo a Jevy desde una barca, pero éste tenía otras preocupaciones en la cabeza.
Avanzó por el puente de madera contrachapada y subió al barco, en cuya parte de atrás se habían reanudado los
golpes. El mismo mugriento maquinista estaba bregando con el motor, medio inclinado sobre el mismo, con el
torso desnudo y chorreando sudor. La atmósfera en la sala de máquinas era asfixiante. Jevy le entregó al hombre
la bomba de aceite y éste la examinó haciéndola girar con sus cortos y rechonchos dedos.
El motor era un diésel de cinco cilindros en línea y la bomba estaba situada al fondo del cárter, justo por
debajo del borde de la rejilla del suelo. El maquinista se encogió de hombros, como si la adquisición de Jevy

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